Periodismo

Trapielladas, escritos desde la cima de la pirámide de Maslow periodística

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Ilustración: Oriol Malet

En una reseña de la estupenda biografía de Cunqueiro realizada por Antonio Rivero Taravillo, y publicada póstumamente, dice Andrés Trapiello: «El franquismo acabó con el periodismo (que sin libertad no existe)». La observación sería menos irritante si no viniera precisamente de quien parece haber leído a Taravillo sin entenderlo: porque la biografía no es una elegía del periodismo muerto, sino una reivindicación del escritor que, dentro de los márgenes del régimen, conservó una forma de libertad estética que otros ni siquiera intentaron. En esto, no se sabe si por curarse del espanto de que lo relacionen con la ultraderecha por sus pedradas al Gobierno y sus apariciones mitineras, Trapiello parece de acuerdo con la Asociación de la Prensa de Madrid y su lema: «Sin democracia no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia».

No se leerá falta de respeto mayor a quienes, en circunstancias mucho más complicadas que las nuestras, tratan de hacer periodismo. ¿Cómo que no se puede hacer periodismo sin libertad? Precisamente, es más valioso hacerlo en esas circunstancias que en las que te permiten soltar todo lo que quieras sin consecuencias. ¿De verdad cree Trapiello que lo que ha hecho Yoani Sánchez en Cuba durante años no merece el nombre de periodismo? ¿Por qué extraña razón no era periodismo lo que los muchachos de Lunes de Revolución, dirigida por Cabrera Infante, hacían en los primeros años del régimen castrista? ¿Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense al que se le otorgó el Premio Ortega y Gasset y que vio cómo el régimen sandinista le confiscó dos veces la redacción de Confidencial, no hacía periodismo, según Trapiello? En unas líneas de su discurso cuando se le concedió el premio dijo: «Hacer periodismo bajo una dictadura es un acto de resistencia para seguir contando la verdad». ¿Con qué derecho va a discutírsele que a lo que se dedicó durante años fue a hacer periodismo?

Sin salir ni de España ni del franquismo, basta asomarse a Vietnamitas contra Franco, de Jesús A. Martínez, donde se estudia la prensa clandestina de esos años. Las vietnamitas eran unas multicopistas silenciosas gracias a las cuales se imprimieron cientos de páginas de revistas, octavillas, a veces clamando contra injusticias particulares, informando de abusos de poder, reportajes sobre torturas. Quienes se jugaron el pellejo, ahora son recompensados con la cantinela de que no se puede hacer periodismo bajo la bota de un dictador.

Que Cunqueiro y otras muchas plumas españolas durante el franquismo prefiriesen dedicarse a la confitería literaria a cambio de su sueldecito, con más o menos acierto y pericia —gigantesca en el caso del escritor gallego—, no significa que el periodismo quedase abandonado. Lo que les faltaba ya a quienes cometieron la heroicidad de intentar hacer periodismo bajo dictaduras es que desde un pedestal se les diga que sin democracia no puede hacerse periodismo. Claro que se puede; suele pagarse con cárcel o exilio, pero la solución fácil es decir que no se puede y que mejor es dedicarse a las musas.

Eso sin mencionar la estrechez de miras con la que algunos reducen el periodismo como género. Durante el franquismo se publicaron libros como Los cien últimos días de Berlín, de Antonio Ansuátegui; Lo que sé de los nazis, de Luis Abeytua; los reportajes de Margarita Landi (Una mujer junto al crimen); Vichy-Paris, de Gutiérrez Gili, o Los yanquis, de Augusto Assía, que siguen siendo grandes lecciones de periodismo. No enumeraremos los libros importantes del periodismo español durante la dictadura de Primo de Rivera porque se alargaría mucho la cosa, pero basta uno: La vuelta a Europa en avión, de Manuel Chaves Nogales.

En el fondo, ¿qué idea del periodismo puede tener alguien que considera que solo puede hacerse contra la autoridad, y deja fuera del género volúmenes como El descanso del camellero o El envés, del propio Cunqueiro? Ambos son grandes lecciones de cómo escribir columnas sobre casi cualquier cosa: una película de Hitchcock, el Merlín de Walt Disney o una subasta de cartas de amor de grandes poetas. Taravillo, al contrario que Trapiello, parece entender que la libertad no siempre necesita permiso: a veces basta con saber escribirla.

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4 Comentarios

  1. Si Trapiello fuera un escritor suficientemente importante para que alguien se dedicara a compilar las tonterías que ha escrito a lo largo de su vida, se podría hacer una enciclopedia con ellas.

    • No como usted claro, todos tenemos en tan alta estima sus comentarios que los coleccionamos para surtir las letrinas sanchista-progresistas.

  2. Teresa Merino

    Magnífico, Ángel. Muchas gracias.

  3. Pingback: ‘Trapielladas, escritos desde la cima de la pirámide de Maslow periodística’, por Ángel L. Fernández – Asociación de Periodistas de Santa Cruz de Tenerife

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