
Esta historia podría ser un cuento y formar parte de la Historia universal de la infamia y resumir la vida entera de un hombre en una escena, pero no soy Borges. Es un relato armado a partir de relatos y, por tanto, lleva en sí las maneras de la ficción. Moctezuma, último gran tlatoani del Imperio mexica y Hernán Cortés, conquistador español, cruzan sus destinos en 1519 en Tenochtitlan. No hubo nada azaroso ahí, se buscaron hasta encontrarse.
Esta es la trama que enreda a dos hombres desmesurados en un escenario desmesurado durante un momento desmesurado de la historia.
El lugar
La ciudad de Tenochtitlan está erigida sobre un lago y sin embargo su grandeza oculta la vulnerabilidad que se esconde en sus cimientos. El mito cuenta que el sitio fue poblado por un grupo de tribus náhuatl, migrantes que caminaron desde Aztlán con el mandato divino de construir un templo, pero no en cualquier lugar. Las indicaciones eran muy precisas: donde encontraran un águila devorando una serpiente sobre un nopal, allí deberían hacerlo. La visión se materializó en un pequeño islote en medio del lago de Texcoco, que tiene la particularidad de sus aguas saladas. Era un lugar complicado para cualquier urbanización, pero las deidades son así de caprichosas y los hombres obedecieron. Así nació, el 13 de marzo de 1325, la capital del gran Imperio mexica, el que las comodidades de la historia dieron en llamar azteca.
En poco menos de doscientos años hicieron, de un terreno apenas habitable, el centro de una ciudad en permanente y simétrica expansión. Está rodeada de montañas y valles que impiden la salida del agua y, a la vez, permiten controlar la llegada y salida de las personas. Tres calzadas restringen el acceso a una de las ciudades más grandes del mundo en los primeros años del siglo XVI con sus calles muy derechas y muy anchas, con sus diques y sus canales.
Dirán otros que es la Venecia del Nuevo Mundo, pero ¿qué puede significar eso para los mexicas? Tienen sus palacios y sus jardines, recorren la ciudad en sus canoas, traen lo necesario desde los poblados vecinos, tienen su sistema de desagües para mantener la ciudad limpia como si fuera de plata y oro. Y tienen, además, el acueducto de Chapultepec, que les permite conseguir el agua dulce, imprescindible. Si alguien quisiera tomar la ciudad, le alcanzaría con sabotear el acueducto que mantiene viva a Tenochtitlán, un hilo hidráulico tan poderoso como frágil.
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Gracias Andrea Calamari. Me ha encantado tu artículo.