
Una esponja amarilla con pantalones cuadrados, de profesión hamburguesero y que vive en una piña. No una roca, un resto de naufragio o una cáscara de algo, no: una piña. Un cangrejo usurero, propietario de la hamburguesería y de cuya esposa nada se sabe, pero que, intuimos, debió de ser un cetáceo, a juzgar por la cabeza de ballena martillo que tiene su hija Perlita. Una estrella de mar, tragaldabas y más tonto que pellizcar cristales, sin oficio conocido, con serios problemas de salubridad y con un nivel de delirio y anarquía que ya hubieran querido muchos dadaístas. Un calamar amargado con su vida, compañero de trabajo de la esponja, con ínfulas de artista que se cree un virtuoso del clarinete y la pintura al óleo. Una ardilla de Texas, científica y con más fuerza que las grúas de Mudanzas Imposibles, que vive en una cápsula submarina modelo iglú y cuyo atuendo se basa en un traje de astronauta o en un biquini con volantes, según esté fuera o dentro de su casa. Un organismo verde del tamaño de un pepinillo y con un solo ojo, que responde al nombre de Plancton y que se pasa la vida urdiendo planes para obtener la receta secreta de las hamburguesas que despacha el cangrejo usurero. Así, a grandes rasgos, este es el reparto de personajes principales de Bob Esponja, una serie de dibujos animados que, con estas cuatro pinceladas, cualquiera podría sospechar que nació después de un colocón de tripi formato DIN-A4. O gracias al ingenio de unos señores con una imaginación envidiable y una capacidad de crear historias fantásticas que para mí la quisiera.
Independientemente del origen más o menos psicotrópico de la idea, y tras años ejerciendo de telespectadora y seguidora de esta serie, he llegado a la siguiente conclusión: Bob Esponja mola. ¿Así de simple? Pues sí, así de plano y en una palabra poco ortodoxa, que para criticar esta serie con argumentaciones profundas y bobadas sobre la idoneidad de su mensaje ya están los comités de pedagogos expertos en semiótica y contenido infantil, algunas asociaciones de madres y padres con pocas luces y mucho tiempo libre, y defensores del espectador con una tendencia a la paranoia que le hacen a uno preguntarse qué tipo de gente nos está defendiendo y de qué. Que si ensalza el terrorismo y la violencia, que si promueve valores que pueden dificultar el aprendizaje del niño… A ver si los del colocón van a ser estos señores, que consideraron mucho más apropiado emitir durante años la historia de un niño que cruzaba solano el globo terráqueo, con un mono como animal de compañía, para buscar a su madre, a la que acababa encontrando enferma y desahuciada. Mucho mejor abocar a los niños al ansiolítico que dejarles volar con la fantasía de quien vive en la piña debajo del mar. Ande va a parar.
Bob Esponja puede parecer profundamente idiota, visto lo feliz que es con la simple goma de pollo con la que viene atado el periódico; y puede parecer un pringado si nos centramos en la ilusión que le hacen los lunes porque toca trabajar, que es lo que más le gusta en el mundo, para estupefacción de todos los que nos queremos morir cada lunes. También pueden resultar tremendamente irritantes la voz y la risa nasal tirando a odiosa que tiene el andoba (al menos en la versión española; la original es un poco más suave y graciosa). De acuerdo. Admito también que a veces se hace difícil de llevar tanta intensidad y tanta alegría de vivir, o esa incapacidad de ver que, más que jugar, su vecino Calamardo está al borde de la autoinmolación. No niego que de entrada no cae bien, cierto, y su amigo Patricio, la estrella de mar descerebrada (como toda Asterias linnaeus, ojo), vago y con un comportamiento daliniano, no ayuda mucho a la hora de defender la gracia de esta serie. Pero es que muy mal tiene que ir el mundo si algo tan nutritivo para las mentes como la fantasía se nos atraganta tanto como para tener que defenderlo con argumentos lógicos.
Bob Esponja es absurdo, pesado, inocente, bobalicón, agotador, ruidoso, inquieto, cansino, ilógico, estridente, curioso, ingenuo, fantasioso e insultantemente feliz. Sí, exactamente igual que un niño, solo que amarillo y poroso, y sin más teorías de la conspiración ni más terrorismo en su contenido que las ideas chapuceras que tiene Plancton para intentar robar la receta del éxito, algo que parece que encontró Stephen Hillenburg hace ya unos años.







las series infantiles de los últimos años (bueno, no tanto, el primer episodio de bob esponja aún se hablaba de pesetas) son un festín de diversión.
me he muerto de risa en tantos episodios de los chalados submarinos que no puedo dar más que las gracias a Neptuno!
j