Periodismo

Cómo recuperar el sentido en tiempos de polarización y algoritmos

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David con la cabeza de Goliat», Caravaggio, hacia 1607, Kunsthistorisches Museum, Viena

La polarización no es solo una consecuencia de nuestro tiempo. Es la estrategia de un producto editorial diseñado para obtener ganancias de las impresiones de los anuncios publicitarios que ve cada lector, al leer una noticia. Los medios —tanto tradicionales o nacidos en lo digital— han profesionalizado el debate o “la polémica”, esa palabra que tanto se encuentra en las búsquedas de Google Discover. Polarizar no es solo elegir temas que dividen, sino construir relatos como campos de batalla discursivos, donde el lector es interpelado como un soldado emocional.

Durante años se nos hizo creer que el periodismo era la última frontera del pensamiento moderado. Hoy ser moderado no está de moda y, por lo tanto, asistimos a la reconversión del ejercicio periodístico: un medio ya no se distingue por su compromiso con la verdad —ese concepto manoseado y poliédrico— o con la pluralidad de voces —el coro de los relatos griegos—, sino por su capacidad de generar fricción. La lógica es simple: lo que divide atrae atención y lo que ofende se comparte. El conflicto, estetizado en los titulares de la prensa, se convierte en mercancía de venta dentro del capitalismo algorítmico de la atención. Es una transformación estructural del ecosistema mediático del formato digital. ¿Qué conocimiento producen los medios de comunicación? ¿Qué vínculos promueven con sus lectores? ¿Qué ciudadanía convocan cuando reducen lo político a lo binario y lo ideológico a lo emocional?

En 2020, un estudio de Revista Profesional de la Información describe cómo se ha generado en España, un aumento en los sesgos ideológicos y la formación de audiencias en bucles de reafirmación. Lo que está en juego no es solo la orientación editorial de los medios, sino la construcción del espacio público. Cuando uno se informa solo con voces afines, el disenso se diluye y la opinión contraria pasa a percibirse como enemiga. La construcción del espacio público no es estática: se reconfigura con cada generación. En este contexto, resulta clave atender a los cambios en los hábitos de consumo informativo. Según un estudio de Save the Children publicado en 2024, el 72 % de los adolescentes en España prefiere informarse a través de redes sociales o mediante conversaciones con amigos, antes que recurrir a medios tradicionales.

Esta transformación tiene consecuencias profundas en la forma en que se configura el discurso público. Como me explicó en una entrevista Antoni Gutiérrez-Rubí, autor de Polarización, soledad y algoritmos. Una radiografía de las nuevas generaciones (Siglo XXI Editores, 2025): «La generación Z convive con redes que viralizan el malestar a diario, lo que potencia la ansiedad y el desencanto». Ese decepción no solo afecta a las emociones individuales, sino que erosiona la confianza en las instituciones y en los medios convencionales como espacios legítimos de construcción democrática.

La polarización no es accidental. Desde que los algoritmos colonizaron las ahora mal llamadas redes sociales, polarizar es el combustible que da de comer al capitalismo de la atención. Plataformas como Facebook, X, TikTok, LinkedIn o Instagram no premian la complejidad, sino la activación inmediata. ¿Quién no ha reaccionado o compartido algo desde el “tengo la razón” o ha respondido un simple comentario desde la predisposición y la aceleración que genera una emoción?

Al adaptarse a esos entornos, los nuevos medios tradicionales —disculpen el oxímoron— asumen esa lógica. La crispación se vuelve norma y el conflicto deja de ser narrado para ser producido en bucle. Lo que visibilizan los medios en sus titulares pasa a la política y la política termina polemizando sobre ellos creando nuevas formas de marketing político en vez de construcción política.

Las consecuencias son claras. La clase política se vuelve mediocre y la sociedad pierde profundidad: en lugar de relatos que ayuden a pensar, consumimos estímulos de dopamina que empujan a reaccionar. No es nada que no sepamos, pero seguimos cayendo. Por ejemplo, los bulos informativos durante la DANA en Valencia, el año pasado, son ilustrativos: involucraron a medios, políticos e influencers, muchos influencers. La prensa compite por visibilidad con medios algorítmicos; la desesperación nos aboca al dragón que se muerde la cola para poder subsistir como modelo de negocio digital.

A ello se le suma, también, una anestesia ética dentro del ecosistema editorial. Cuando la controversia se convierte en información, el espectáculo y el escándalo se mezclan en ella, mientras, que el umbral de lo intolerable se desplaza, y comienza a jugarse con qué es o no libertad de expresión. El lector deja de distinguir entre hecho y opinión, dato y reacción. Los medios pasan a ser agitadores emocionales del presente, las editoriales de libros empiezan a publicar a influencers de la actualidad, así que todos terminan convertidos en content creators sin formación periodística, pero con estructura burocrática como la de Procter & Gamble.

De ahí la diatriba: si no polarizas, desapareces; si renuncias a la complejidad, renuncias a la misión. La función del periodismo no es captar audiencias a cualquier precio, sino producir información para darle sentido a un mundo que tiende al caos. No es de extrañar que el new age y la astrología estén de moda en un mundo sin sentido, cada vez más distópico, ya que lo que está en juego no es la forma del titular, sino las formas de acercarnos a lo real en un mundo cada vez más digitalizado y acelerado.

Quitémonos la careta y tapémosle los ojos al ego: afirmemos que el periodismo como lo conocimos ha muerto y adaptémonos a otra cosa, pero dejemos de usar la misión periodística como un valor agregado que es, en realidad, inexistente. Incluso directivos lo asumen. Hace poco, uno de los capos de la prensa en español dijo y se tituló así mismo: “Las redes sociales necesitan de la polarización”. Más que un diagnóstico, es una confesión. Si los medios siguen la misma lógica, ¿qué lugar ocupa el encontrar sentido con el periodismo?

La polarización “inofensiva” también entrena reflejos. Ahí está el viral del color del vestido de hace 10 años o el Mundial de desayunos de Ibai de hace unas semanas: parece un juego, pero enseña a confrontar sin matiz. Un juego donde siempre hay “nosotros” contra “ellos”. ¿Dónde queda el espacio para la crítica constructiva si siempre nos peleamos y unos pocos obtienen dinero de dichas peleas?

Frente a esta deriva, recuperar la función ética del periodismo y la divulgación es urgente, pero sin ingresos estables, ¿sostenerlo es viable? ¿Podemos siquiera competir con el algoritmo? Algunos creen que sí, yo creo que es una lucha perdida. Disculpen mi pesimismo.

¿Dónde está el futuro que yo no lo veo?

Esta pregunta la escuché hace muchos años en una canción del grupo de ska y protesta venezolano, Desorden Público. Hoy esta pregunta me sirve para quizás pensar que el futuro del periodismo y la divulgación -si existe- no está en que los medios compitan contra las tecnologías algorítmicas, sino en desobedecerlas y bajar las armas: explorar un periodismo de paz, que visibilice incomodidades, buenas prácticas, ensayar narrativas en antiguos formatos no digitales o, por lo menos, no liderados por los algorítmicos y volver a ofrecer lo que ninguna red social da: desconexión para pensar por uno mismo; espacios para analizar; un vocabulario para disentir sin insultar y narrativas que no traten de infantilizar al lector. Volver a la plaza pública, al ágora, esa que la clase política ha perdido en muchos países al solo comentar los titulares polémicos y no sentarse a ponerse de acuerdo entre contrarios y, sencillamente, hacer política.

Otra opción de futuro es la muerte de los medios y la individualización de la profesión, como ya hemos visto en redes sociales o en espacios como Substack, donde muchos periodistas han optado por informar intentando cobrar por sus newsletters. Sin embargo, la pregunta más difícil de responder sería: ¿la sociedad estará dispuesta a pagar por obtener información detallada y creer que la complejidad es necesaria para abordar el futuro?

El periodismo digital debería admitir que ha perdido el norte ante el ruido algorítmico de las redes sociales —las mismas que ahora dominan el posicionamiento en Google Discover— y desistir de la guerra simbólica por parecer un poder político superior a las grandes plataformas tecnológicas.

Durante años, las plataformas sociales hicieron como Juanito y el lobo: nos dijeron “somos una red social, no somos un medio de comunicación”. Cinco años después, hemos visto cómo han destronado las métricas de los medios que dependían de ellas para distribuir sus contenidos, del mismo modo en que las inteligencias artificiales están desplazando a los buscadores tradicionales y, con ello, erosionando el tráfico que antes llegaba a los medios desde esas fuentes.

¿La respuesta es el papel?

Lo verdaderamente rebelde hoy día sería reconstruir una conexión con el lector desde historias mínimas hipersegementadas. Quizá suene naíf, pero ¿qué nos queda si no? ¿Morir en una carrera por el poderío tecnológico, un terreno que los medios no dominan, ni siquiera cuando anuncian sus propias IA porque, en realidad, no diseñan ni crean tecnologías nuevas? Lo mejor, lo más rebelde y contracultural que podrían hacer es desobedecer esa inercia hacia lo digital y explorar formas que devuelvan a la sociedad lo que el periodismo sí sabe hacer, eso que se promete desde la Antigua Grecia: cultivar la curiosidad, levantar la mirada, cerrar las redes digitales y sostener la escucha para contar la realidad de cada día. La sostenibilidad de la información en medios como productos que no vayan alineados a lo digital sería un cambio de paradigma —o un anacronismo—, pero sería la forma más humana y menos robótica.

En cuanto a los lectores y consumidores la pregunta sería ¿Podremos? ¿Tendremos la disposición y ganas de leer hechos u opiniones sin estar predispuestos? En un mundo que grita guerra —por el tiempo y por los territorios físicos o mentales—, la rebeldía sería compartir un espacio común: situarse desde el amor al otro como ser vivo, ese ser igual que tú —que come, defeca, folla, se reproduce, duerme y muere— y, quizás, desde ahí, construir un espacio plural donde aún sea posible pensar sin gritar, escuchando y formando vínculos aunque no coincidamos del todo con esa otredad. Nadie quiere un bully en su vida: nos desgasta como un «dementor” de Harry Potter. Libremos las batallas que sean estrictamente necesarias y busquemos historias relevantes, sin polémicas y con sentido. Mientras tanto, bailemos, porque no nos queda de otra.


Este artículo fue publicado originalmente en el substack de Ariana Basciani. Si te ha gustado, suscríbete a su boletín para recibir cada semana contenidos completos, inteligentes y afilados sobre cultura, política y sociedad.

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