
La polarización no es solo una consecuencia de nuestro tiempo. Es la estrategia de un producto editorial diseñado para obtener ganancias de las impresiones de los anuncios publicitarios que ve cada lector, al leer una noticia. Los medios —tanto tradicionales o nacidos en lo digital— han profesionalizado el debate o “la polémica”, esa palabra que tanto se encuentra en las búsquedas de Google Discover. Polarizar no es solo elegir temas que dividen, sino construir relatos como campos de batalla discursivos, donde el lector es interpelado como un soldado emocional.
Durante años se nos hizo creer que el periodismo era la última frontera del pensamiento moderado. Hoy ser moderado no está de moda y, por lo tanto, asistimos a la reconversión del ejercicio periodístico: un medio ya no se distingue por su compromiso con la verdad —ese concepto manoseado y poliédrico— o con la pluralidad de voces —el coro de los relatos griegos—, sino por su capacidad de generar fricción. La lógica es simple: lo que divide atrae atención y lo que ofende se comparte. El conflicto, estetizado en los titulares de la prensa, se convierte en mercancía de venta dentro del capitalismo algorítmico de la atención. Es una transformación estructural del ecosistema mediático del formato digital. ¿Qué conocimiento producen los medios de comunicación? ¿Qué vínculos promueven con sus lectores? ¿Qué ciudadanía convocan cuando reducen lo político a lo binario y lo ideológico a lo emocional?
En 2020, un estudio de Revista Profesional de la Información describe cómo se ha generado en España, un aumento en los sesgos ideológicos y la formación de audiencias en bucles de reafirmación. Lo que está en juego no es solo la orientación editorial de los medios, sino la construcción del espacio público. Cuando uno se informa solo con voces afines, el disenso se diluye y la opinión contraria pasa a percibirse como enemiga. La construcción del espacio público no es estática: se reconfigura con cada generación. En este contexto, resulta clave atender a los cambios en los hábitos de consumo informativo. Según un estudio de Save the Children publicado en 2024, el 72 % de los adolescentes en España prefiere informarse a través de redes sociales o mediante conversaciones con amigos, antes que recurrir a medios tradicionales.
Esta transformación tiene consecuencias profundas en la forma en que se configura el discurso público. Como me explicó en una entrevista Antoni Gutiérrez-Rubí, autor de Polarización, soledad y algoritmos. Una radiografía de las nuevas generaciones (Siglo XXI Editores, 2025): «La generación Z convive con redes que viralizan el malestar a diario, lo que potencia la ansiedad y el desencanto». Ese decepción no solo afecta a las emociones individuales, sino que erosiona la confianza en las instituciones y en los medios convencionales como espacios legítimos de construcción democrática.
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