
El hombre no es una gota en el océano, es un océano en una gota.
Yalal Al Din Rumi
Uno de los fenómenos tan desconocido del gran público, como importante para comprender culturalmente la espiritualidad del siglo xx, y lo que tras de él se está desvelando, fue la determinación por parte del gran rabino Yehuda Ashlag de que el saber de la Cábala, tras generaciones de reserva y secreto, debía de “abrirse al mundo”. El también llamado Baal HaSulam (Varsovia 1884-Jerusalén 1954), conocido entre otras obras por su magna introducción al Zohar, se hizo consciente como el gran cabalista del pasado siglo que sin duda fue, del cambio de paradigma que estaba inaugurando una nueva época de infinitas innovaciones. Por ello puso el énfasis de su mensaje no en los ritos o dogmas, en citas o consejos, sino en la transformación de las personas, por necesidad abiertas hacia un nuevo entorno de altruismo y cooperación sin distinciones con toda la Humanidad.
Este es uno de los muchos elementos para entender la actual y paradójica situación cultural y espiritual planetaria, de intenso avance en numerosos ámbitos y disciplinas, de luz y apertura, al tiempo que de aparente retroceso y sombríos panoramas en la órbita política, migratoria y climática. La propuesta de Ashlag, quien también se interesó por los avances de la ciencia y filósofos tales como Nietzsche y Schopenhauer, fue trascendental para que el saber alcanzase más allá de los doctos e iniciados, a círculos crecientes de individuos despiertos, con sed de conocimiento y sentido en sus vidas, situando en la actualidad el mesianismo como una colosal obra de salvación global. Equivalía eso a declarar que la era mesiánica, núcleo mismo de la fe judía y monoteísta, deja de estar indefinidamente pospuesta en el tiempo, y que tras siglos de especulaciones estériles al fin se encuentra viva, iluminada y presente en todos los seres que tengan ojos y corazón para abrirse a ella.
Dos largos decenios hace que traspusimos el denominado “horizonte del milenio”, y muy a pesar de las dulces expectativas entonces creadas, desde este otro lado de la línea, lo cierto es que salvo en el campo de la ciencia y la medicina, el balance ha de decirse pobre, teñido con el amargo sabor de las últimas guerras, de los bruscos cambios climáticos y los variados ecos de mil turbulencias sociales. Todo ello supone en suma un brusco frenazo, cuando parecía que la recién inaugurada Era de Acuario debería abrirnos un camino de ascensión a fases más adultas e inspiradas de la Humanidad. Tal vez, y como sucede con las salsas agridulces, hayamos de saber encontrar el gusto a la existencia en esta época definida por la complejidad, en un obligado amor fati, en un enamoramiento de nuestro propio destino, a través de un ciclo infinito de contracciones y expansiones, de deleites y daños siempre transitorios, desvelando así salidas imaginativas a la creciente confusión de lo cotidiano. Solo de tal manera, en suma, intermitente y laberíntica, podemos llegar a discernir oportunidades donde antes veíamos obstáculos, resquicios de luz allí donde sentíamos heridas.
Parece claro que en los últimos tiempos se extremaron tales tendencias contrapuestas al enjuiciar nuestra realidad, resultando mucho mejores o peores que los postreros decenios del pasado siglo, según dirijamos en una dirección u otra el enfoque de la mirada. La aceleración general de todos esos fenómenos contrapuestos entre la esperanza y su contrario, entre la compasión y el odio, ha extremado en nuestros días una visión abismalmente dual y cambiante de la realidad. Sí podemos decir que hoy es mejor, dado que existe una mayor percepción de hallarnos interconectados todos los seres humanos en el planeta, el que por añadidura no solo es una roca inerte girando en el espacio, sino que de forma creciente lo percibimos como un ser vivo y sensible, eso que Martin Buber llamó la “mansión cósmica”, una gran nave orgánica y común de la que nadie puede saltar.
Se trata también de una feliz época para hilar multitud de cabos dejados sueltos en el curso de la historia. Podríamos decir que habitamos el confín de un ‘tiempo bisagra’, de pasiones constructivas entreveradas con otras destructoras, las que como en el límite de toda paradoja buscan de manera vehemente la resolución en la unidad. ¡Tal parece nuestro destino! La manera de acceder a dicha meta, que no es sino nuestra conexión con el todo, es lo que debe ser dilucidado. Tal cambio colosal de paradigma, para el que las viejas estructuras piramidales de liderazgo egoico han de morir, al tiempo de nacer la anunciada paz y progreso mantenidos, se ve interpretado por los astrólogos mediante el paso de la agotada era de Piscis a la nueva de Acuario. Esta se inició en los últimos años, y como en un larguísimo parto, algo que solo se da cada dos milenios, lleva gestándose en estas décadas con turbulencias sin fin. A decir de quienes de continuo escrutan los planetas y las estrellas, tal cambio de alineación en el cinturón zodiacal implica una mayor introspección y altruismo de los seres humanos, cuyas relaciones habrían de conducirse de forma menos jerarquizada, algo que presumiblemente hará buscar el interés común frente al individualismo competitivo, propio de etapas menos evolucionadas de la historia. La clave de esta nueva consciencia colectica, con una compleja pero indiscutible evolución en variados campos, es sin duda la búsqueda del Conocimiento, algo cuyos ecos nos lanza la famosa máxima délfica (“conócete a ti mismo”), que de forma tan irregular e inconclusa ha seguido por siglos el saber de Occidente. No es, en efecto, exagerado el decir que, tanto en el plano personal como general, de crisis ecológica y social extremas, nuestra civilización se halla en una encrucijada radical entre el conocimiento y la ignorancia, entre el consumismo y la evolución interior. ¡Tales son las caretas reales de los ángeles y los demonios! … ¡Ahí radica hoy el verdadero enfrentamiento entre el bien y el mal!
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Según esta nueva situación planetaria, que trata de surgir en un difícil alumbramiento, y de forma paralela a una mayor consciencia ecológica, pueden percibirse en un número creciente de personas claras tendencias de autodisciplina responsable, lo que antes o después, en el ámbito político, económico, o espiritual, inhabilitará a los cabecillas absolutos, quienes quieran arrogarse figuras paternales y tomar por los demás decisiones interesadas. ¡No serán ya los líderes ni las ideologías de izquierda o derecha quienes salven! Y tal transformación de dogmas propios de instituciones disfuncionales, no solo estará revelando el mencionado cambio astrológico, sino que supondrá una transición desde el paradigma del “control” hacia el de la “unión” de quienes forman las sociedades, junto a una descentralización de estructuras de gestión. Todo ello habrá de ser re-imaginado en el ámbito de una comunidad consciente, formada por seres de una gran autonomía personal, aunque comprometidos con los intereses de una amplia colectividad, lo que, como diría Carl Jung, también conlleva el riesgo de saber gestionar la propia sombra: los demonios internos que el ego crea. En el núcleo de todo ello se encuentra el salto con pértiga más allá de tal ego, del pequeño e interesado yo, el de la más baja biografía, sujeto a la reacción, anclado por inercia en el pasado, en la seguridad de la tribu, aunque lanzado en el curso de la evolución hacia un yo superior, que habrá de ser el terreno compartido por toda la humanidad. En suma, un ser tan entrañable como “inacabado”, en la “cuerda floja” entre dos extremos, como certeramente aparece retratado por el concepto nietzscheano del hombre en tanto que proyecto.
Tras la dura prueba de la pandemia, que supuso una catarsis, al tiempo que un llamado a la transformación, se ha dado un salto y cruce de estructuras sociales y personales, en el que no tuvimos el tiempo ni la distancia suficientes para digerir y examinar lo hecho, a la hora de decidir hacia qué direcciones dirigirnos. Sí pueden constatarse entre la población culta y abierta de todas las latitudes unos intensos deseos de formar parte de algo mayor… algo que trascienda nuestra individualidad, en pos de un estado más estable y evolucionado de la humanidad, por más que amplias capas de la población quieran vivir en un pasado predecible, y de otro lado surjan actitudes que orillen una transformación verdadera, refugiándose como una moda en el ego espiritual.
De entre los numerosos agentes de cambio, internet ha sido en estas décadas el gran posibilitador de unas casi infinitas conexiones reflejas con nosotros mismos y con el medio, algo que motivó la aceleración vertiginosa de todos los fenómenos planetarios y del propio discurrir del tiempo. En tal línea permanentemente abierta, proliferaron en los últimos años miles de canales de YouTube sobre el despertar de la consciencia, y la evolución hacia una nueva humanidad, dándose la paradoja de una intensa comunicación en el entramado de las redes sociales, al tiempo que de otro lado también crece la soledad y el aislamiento, cerniéndose como nunca sobre estas negras figuras contemporáneas el abismo del suicidio.
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La borrachera tecnológica de nuestros días se ha dado por fortuna paralela a la sensación de no ser meros espectadores y sufridores de la realidad, como si ya estuviéramos instalados en la Matrix, sino para bien y para mal, siendo creadores de ella. Por un lado, nos pensamos mejores que los animales y el resto de la vida manifiesta, lo que supone una visión propia de la era de Piscis, así como por otro, algo que nos introduce de lleno en la de Acuario, comenzamos a somatizar una fase ecológica, más compleja e intuitiva, aunque complementaria con la tecnológica. Fruto de una nueva convergencia, y el interés volcado en una alimentación y ejercicio equilibrados, la Naturaleza comienza a percibirse como la gran salvadora: el hilo de plata que a pesar del filtro de nuestra mente nos conecta con el infinito. No en balde, desde el avión al radar, buena parte de la ingeniería y los inventos contemporáneos se inspiraron en la flora y los seres vivos.
A partir de la II Guerra Mundial y la de Vietnam comenzó a tener un nuevo espacio propio la ética ecológica, cuya expresión más elaborada tal vez sea la ecoespiritualidad de Michel Maxime Egger, quien argumentó la necesidad de un salto desde el ego individual hacia el “yo ecológico”. Este se produciría en virtud de un encuentro entre el sentimiento espiritual y la profunda confianza en el poder transformador de la naturaleza. Una fase de ecología “exterior” daría así paso a una “interior”, de carácter sacro, lo que supondría un “reencantamiento” de nuestro vínculo con el ecosistema y el cosmos. La hipótesis de Gaia, concebida por el químico James Lovelock en los años setenta del pasado siglo en colaboración con la microbióloga Lynn Margulis, propone el que la biósfera terrestre en realidad se trata de un ilimitado sistema auto-organizado. Es el Nobel de Literatura, William Golding, quien evocó a la diosa griega de la Tierra Gaia, con el que nuestro planeta es conocido en medios de la Nueva Era. En esta visión resuenan los ecos del panpsiquismo, así como el nombre de uno de los primeros inspiradores de esta idea medio siglo anterior, el paleontólogo y jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, quien gracias a sus excavaciones en China desarrolló la visión de la Tierra como un vasto ecosistema no solo vivo, sino en pleno proceso de crecimiento hacia metas de unidad y trascendencia. Este gran megaorganismo, cualitativamente superior a la suma de sus partes, se halla según esta visión en una etapa singular de acelerada evolución, de alguna forma impulsada y nutrida por la consciencia humana, por lo que denominó «Noosfera» (del griego nous, entendimiento, mente) a la capa de pensamiento, comunicaciones y acción propia del hombre, que envuelve al planeta. Esa ilimitada malla de ondas, satélites y líneas diversas configura una especie de sistema nervioso planetario, de mente global, lo que el poeta y ciberactivista estadounidense John Perry Barlow llamaría “a new form of collective conciousness” (una nueva forma de consciencia colectiva). Resulta este uno de los caminos más serios y elaborados de pensar a la humanidad como un solo ser, el iniciado por Theilhard, quien intuyó la preexistencia de la consciencia respecto de la materia y el cerebro, y no al contrario. La Geosfera, ámbito de la evolución geológica, para Theilhard fue seguida por la biológica (la Bioesfera), la misma que con el ser humano tomó el camino de la expansión de la conciencia universal o Noosfera. Esta a su vez habrá de dirigirse, según tal concepción evolutiva hacia el Espíritu, a la Cristósfera y el Punto Omega.
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Todos estos fenómenos suceden en el escenario de un firme regreso de lo simbólico y lo sagrado fuera de los formatos de las religiones habituadas, algo que sortea el papel intermediario de unos y otros. Será sin duda por eso una época menos religiosa a la manera tradicional pisciana, de estructuras verticales, de “letra”, sino más espiritual, de experiencias directas y propias, al tiempo que paradójicamente tecnológica: es decir, ya en profundidad de naturaleza acuariana. En esta “aldea global” que desde hace unos decenios habitamos con intensidad creciente, existe pues la posibilidad de alumbrar una comunidad múltiple, proveniente de muy variadas raíces y creencias, pero consciente, despierta.
Frente a la decadencia y el caos de las formas y el fondo de los políticos, que seguimos percibiendo en nuestro día a día con estupor, se da un claro proceso ascensional hacia el conocimiento y una consciencia superior, una percepción novedosa que pone el énfasis en el ser antes que en el poseer. Resulta así al fin posible una coyuntura compleja pero evolucionada, gracias a la generación de una masa crítica de personas que, más allá de la subsistencia, se dirigen hacia un horizonte trascendente. Un número creciente de quienes en su propia experiencia saben aunar los sentimientos con el conocimiento… eso que se ha denominado “pensar con el corazón y sentir con el cerebro.” Ayudan estos a elevar la consciencia, detectando claves y caminos de transformación y cambio, por más que no puedan ser sino indicadores, más que guías o líderes a la manera clásica. En este sentido, y con distintos matices, el Budismo y especialmente las religiones surgidas en la India, enfatizaron el despertar espiritual como una comprensión instantánea, sin filtros, más allá del intelecto, acerca de la naturaleza ultima de la Realidad. Es decir, una experiencia en esencia transformadora, todo ello ligado a la erradicación del sufrimiento, y a una concepción del yo, no en tanto que unidad cerrada, sino como contorno descercado y relacional de vivencias.
El despertar no siempre fue, ni es cómodo… Pero tras él queda el sueño, que supone el tratamiento y la purificación de las sombras, de la pasividad y del miedo… Presentándose ante nosotros, por todo ello, un escenario si no tal vez ideal, sí propicio para una era donde crezcan al fin comunidades sanadas y despiertas.









Parece un artículo mal traducido, o escrito por un extranjero, que intenta decir demasiadas cosas oscuras en un espacio escaso. El resultado es un texto confuso en el que se amontonan las ideas que intentan expresar una tesis incoherente.
Confieso que el título me confundió, pues interpreté el vocablo «Era» como un tiempo verbal, y no como un sustantivo que describe un segmento del tiempo histórico.» Era (algo en el pasado, muy importante) para un comunidad despierta», y esto me entusiasmó. Pensar que estábamos despiertos antes y no ahora fue impactante por el pesimismo que comporta. De alguna manera se engancha con la entrevista a eses dos intelectuales. Lo volveré a leer con más tranquilidad. Gracias.
Si mal no entendí, acá se propone un gobierno espiritual, que de por sí se supone homogéneo, sin contradicciones y por ende eterno y global debido a su efectividad física y espiritual. Sin “alineaciones astrales” sería excelente. Es un viejo sueño que no falta en ningún ser humano cuando despierta a la razón. “La culpa no está en las estrellas, caro Bruto, sino en nosotros mismos”, se decía en una viejísima tragedia. Esto viene a colación debido a su reflexión sobre las redes que, según mi parecer lo ha hecho todo más enrevesado, y se sabe que de frente al caos irremediable se eligen las estrellas o sustitutos. Lo que me queda flotando después de la lectura, es esa similitud de su escrito con las eternas propuesta de la “izquierda”, esa que usted defenestra, por cierto con algunas limaduras, comenzando con aquella de no defenestrar a la “derecha”, que es una condena humana, nuestra “sombra” alargada y sinuosa que, extrañamente se manifiesta en días de sol.