Ocio y Vicio Eros

La economía del orgasmo

Detalle de Dánae, de Gustav Klimt. orgasmo
Detalle de Dánae, de Gustav Klimt.

El sexo se ha convertido en el espejo más exacto de la economía, no porque ambos compartan la lógica del intercambio, sino porque cada uno ha aprendido del otro la forma de fingir abundancia mientras calcula pérdidas, de maquillar el deseo con la misma contabilidad con que se maquilla un balance. En algún momento, sin que nadie lo decretara, el placer empezó a gestionarse como un recurso escaso, susceptible de optimización y de agotamiento, y desde entonces cada cuerpo habita su propia oficina invisible donde el orgasmo se mide, se corrige, se proyecta, se posterga.

El capitalismo entendió pronto que ningún territorio produce tanta fidelidad como el placer, y que bastaba con reemplazar el viejo miedo religioso por la promesa de eficiencia sexual, por la ilusión de que gozar es un derecho laboral, un indicador de éxito, una prueba de salud. De esa ecuación nacieron gimnasios que venden resistencia, terapias que facturan orgasmos y tiendas que transforman la ansiedad en bienestar empaquetado, mientras la pornografía —esa fábrica global de imaginarios— uniforma la fantasía con la disciplina de una cadena de montaje. El cuerpo, domesticado bajo la gramática de la mejora continua, ya no se ofrece, se gestiona.

Hoy el sexo se archiva, se comparte, se multiplica en pantallas donde la espontaneidad se filma con luz blanca y la vergüenza se edita en postproducción. Cada encuentro parece sospechosamente profesional, cada jadeo tiene el timbre de una simulación cuidadosamente ensayada. No se folla para perderse, sino para dejar constancia, para acreditar que uno sigue dentro del mercado del deseo. La cama se ha transformado en un escaparate donde el fracaso tiene consecuencias económicas, y la intimidad, en un informe de rendimiento emocional.

Y, sin embargo, incluso en medio de ese simulacro productivo, hay grietas. Ningún sistema ha conseguido todavía monetizar la torpeza, ese temblor que descompone el guion y devuelve al cuerpo su ruido original. Cuando el placer se vuelve errático, cuando te corres a lo grande o el sudor mancha de forma improductiva la superficie del deseo, el capitalismo se queda sin vocabulario, y en esa breve suspensión se cuela la única forma de libertad que queda: la del cuerpo que se gasta a sí mismo sin esperar rédito como una fábrica que produce sin descanso la ilusión de deseo permanente. Cada músculo, cada pliegue, cada secreción responde a una forma de trabajo que ya no se reconoce como tal. Se vende la idea de libertad mientras se fiscaliza el sudor. Los manuales de bienestar llaman placer a lo que no interrumpe la jornada, a lo que no deja manchas ni temblores fuera de control, y en esa asepsia reside la derrota más profunda de la carne.

El cuerpo femenino, domesticado durante siglos por la culpa, ha cambiado de amo sin notar la transferencia. Donde antes mandaba la moral ahora manda el rendimiento, y las reglas son igual de minuciosas. No se trata de ser santa o puta sino de mantener una tasa constante de atractivo y energía, de sostener el deseo como si fuera una empresa. Los labios, los pezones, el olor, la cadencia de los gemidos, todo entra en un catálogo de variables que deben ajustarse para conservar la atención del otro. Se ha creado una ética de la disponibilidad, un modo de estar siempre lista para follar aunque no haya ganas, porque el mercado castiga el silencio con olvido.

El cuerpo masculino tampoco escapa a la contabilidad del deseo, aunque como tantas otras cosas en el heteroptriarcado sistémico, no es comparable. Se mide, se ajusta a estándares, se le exige potencia, constancia, rendimiento, la voluntad polla dura a voluntad. En esa presión compartida, ambos sexos terminan trabajando para un mismo patrón invisible que solo pide resultados. El orgasmo se convierte en un cierre contable y el sudor en acta de productividad. Pero el cuerpo no se deja domesticar del todo. Hay momentos en que el pulso se desordena y las normas se disuelven, momentos en que el deseo se manifiesta con una violencia que ninguna estética puede contener. Entonces el cuerpo recuerda su lenguaje original, el que no busca agradar ni rendir cuentas. Ese temblor improductivo, ese correrse que no se puede fotografiar sin que pierda su sentido, es el último vestigio de autonomía que nos queda. Ninguna empresa lo soportaría. Por eso el cuerpo lo oculta, lo guarda como una pequeña insurrección biológica que todavía sabe oler a vida.

A veces vemos el corgasmo como un informe trimestral. No hay que sentirlo, hay que presentarlo. Las parejas lo comentan como quien habla de un proyecto que necesita mejoras, los terapeutas lo administran como un antidepresivo y las redes lo convierten en contenido motivacional. Cada cuerpo vive bajo la sospecha de no rendir lo suficiente. El placer ya no es una experiencia sino una métrica, un dato que debe repetirse para ser creíble. La industria del bienestar sexual prospera con ese miedo. Multiplica los dispositivos, los cursos, los suplementos, los métodos que prometen resultados tangibles. Se habla de orgasmos como quien habla de rendimiento deportivo, con cifras, promedios, logros, mientras el cuerpo escucha esas palabras y responde con la misma ansiedad que siente un trabajador al borde del agotamiento. Hay talleres donde la eyaculación se mide en segundos y clínicas donde se ofrece entrenamiento para correrse juntos, como si el placer pudiera sincronizarse mediante software. Nadie confiesa el cansancio de tanto optimismo.

El capitalismo ha conseguido algo que ni la Iglesia logró con siglos de represión: hacer del placer una obligación. No disfrutar es una forma de fracaso. El sexo se ha llenado de exámenes invisibles, de comparaciones con modelos imposibles, de exigencias disfrazadas de libertad. En cada cama flota la voz de todos los que opinan sin haber estado allí. El cuerpo intenta obedecer, pero cada vez que se entrega por deber algo en su interior se encoge, se apaga, se convierte en ese silencio posterior que nadie mide pero todos reconocen. Y sin embargo, incluso dentro de esa maquinaria, hay momentos que escapan a la fiscalización. Son breves, desordenados, casi siempre indecentes. A veces ocurren con un polvo torpe torpe que no sigue el ritmo, otras simplemente con una carcajada que arruina la solemnidad. En esos instantes el placer no se parece a nada que pueda contabilizarse. Es un error en la hoja de cálculo, una fuga de energía que no produce nada, ni orgasmo perfecto ni orgasmo múltiple ni satisfacción garantizada. Solo animalidad

Tal vez esa sea la única forma auténtica de goce que nos queda: aquella que no sirve para nada, que no cura, que no ilumina, que no deja rastro, pero que al menos devuelve al cuerpo su respiración propia. El resto, lo que se vende, lo que se mide, lo que se promete, pertenece a una hoja contable. Porque la historia del sexo ha ido unida a la de la negociación. OnlyFans convirtió la intimidad en un marketplace donde el cuerpo se alquila por fragmentos, las tetas a cinco euros, el gemido premium a veinte, el silencio a ninguno. Las trabajadoras aprenden el lenguaje de la rentabilidad, estudian algoritmos, diseñan estrategias de fidelización, saben que el placer no se improvisa, se programa. Pero detrás de esa autonomía hay una rutina que recuerda demasiado a cualquier otra fábrica: jornadas infinitas, exposición permanente, ansiedad por las cifras. A veces hay placer, pero se parece al placer de respirar después de correr, una satisfacción mecánica que enseguida se transforma en agotamiento. El deseo se vuelve una mercancía que envejece cada noche.

Tinder, por su parte, ofreció la ilusión del acceso universal al afecto, una lotería que prometía encuentros infinitos y que solo produjo un tedio nuevo. Se desliza el dedo con la misma frialdad con que se aprueba un presupuesto. Cada rostro es un anuncio, cada frase un eslogan. La conversación empieza con una mentira benigna y termina con un polvo rápido que nadie recuerda. El algoritmo convierte el rechazo en entretenimiento, y en esa fricción cotidiana entre esperanza y tedio se va diluyendo cualquier posibilidad de conexión real.

El mercado sexual contemporáneo tiene una paradoja obscena. Nunca hubo tanta libertad formal ni tanta sensación de encierro. El cuerpo, en puesto de entregarse al riesgo del otro, se protege con pantallas que simulan cercanía. La excitación se mide en notificaciones y la soledad en gigabytes. Todo el sistema se sostiene en una promesa falsa de poder, porque quien vende su imagen lo hace para sobrevivir y quien la compra lo hace para no sentirse desechado. En medio de esa maquinaria, el sexo se vuelve un trabajo emocional que no termina nunca. Hay que mantener la atención, sostener la libido, fingir autenticidad. El deseo ya no surge, se administra. Lo que debería oler a semen y flujo vaginal huele a plástico tibio y a tarifa mensual, y el amor romántico, ese invento que sobrevivió a la religión y al psicoanálisis, se ha convertido en el residuo más persistente de la economía sexual. Todo lo demás se ha adaptado al mercado, pero el amor romántico se resiste a morir porque es su mejor truco de marketing. Promete lo que ninguna marca puede ofrecer y fracasa con la misma elegancia con que fracasa un sistema financiero y sus crisis cíclicas. La cultura lo sigue vendiendo como un milagro, aunque ya todos sepan que es un producto defectuoso con envoltorio brillante.

El amor romántico fue el contrato más eficaz de la modernidad. Sirvió para disciplinar el cuerpo, garantizar herencias, sostener guerras domésticas y vender perfumes. Cada generación creyó reinventarlo, pero siempre terminó firmando la misma hipoteca emocional con intereses variables. En la versión contemporánea, el amor se anuncia como una experiencia única, pero viene en formato estándar. La gente se suscribe a parejas como quien se apunta al gimnasio, con entusiasmo inicial y deserción prevista. Las aplicaciones lo han reducido a un intercambio de promesas precarias. Se desliza hacia la derecha con la ilusión de elegir, se conversa lo justo para parecer interesante, se folla con la cortesía de quien deja propina. Lo que antes era un riesgo se ha vuelto un trámite, un procedimiento higiénico para evitar la soledad. Y aun así, el amor persiste como un rumor que ninguno quiere abandonar. Es la nostalgia de una emoción no mediada, la fantasía de que todavía existe algo que no puede comprarse.

El romanticismo sigue imponiendo su gramática, esa obligación de sentir de una sola manera, de creer que el cuerpo necesita un argumento para existir. Pero el cuerpo no ama, el cuerpo folla. Y lo que el capitalismo no puede tolerar es precisamente esa autonomía, esa indiferencia del placer que no necesita relato. Por eso el amor se reinventa como anestesia moral, un bálsamo que permite soportar el ruido del deseo sin enfrentarse a su naturaleza impredecible. Quizá la gran mentira del siglo XXI no sea que el amor lo puede todo, sino que lo puede justificar todo. Se perdona la explotación si viene envuelta en ternura, se disimula la dependencia con frases de autoayuda, se reetiqueta la posesión como compromiso. El amor, domesticado y rentable, se ha convertido en la coartada perfecta del sistema: la promesa de una pureza que nunca existió y que nadie, en realidad, echa de menos cuando se está comiendo una polla o un coño.

Hay un rumor que atraviesa todos los discursos del deseo y que ni el mercado ni la terapia consiguen sofocar. Es la idea de que en algún rincón del tiempo y el espacio el cuerpo fue libre, que existió un sexo sin supervisión, una desnudez sin expectativa de mejora. No es nostalgia, es arqueología. Se busca esa edad perdida del placer como quien excava entre ruinas buscando la primera risa. Tal vez nunca existió, pero la sola posibilidad de imaginarla basta para que el cuerpo siga intentando escapar. La utopía del cuerpo gratuito no promete pureza ni regreso. Es la intuición de un placer que no se intercambia, que no se mide ni se representa. Un cuerpo que se ofrece por aburrimiento, por hambre, por curiosidad, por lo que sea menos por cálculo. Correrse sin expectativas, sin gloria en ello, solo una forma de gasto que recuerda a los dioses antiguos, esos que exigían sacrificios sin motivo.

En un mundo donde cada gesto se capitaliza, la gratuidad se ha vuelto la herejía definitiva. No consumir, no vender, no exhibir, no optimizar. Dejar que el cuerpo sea su propio error. El sistema no tiene defensa contra eso. Puede tolerar la culpa, el deseo, incluso la violencia, pero no entiende el placer sin propósito. Por eso lo ridiculiza, lo llama inmadurez, pecado, pérdida de tiempo. Nada amenaza más al orden que un cuerpo que goza sin producir. Quizá la única revolución posible empiece en esa desobediencia mínima, en la recuperación del placer inútil, porque follar también puede ser una forma de arte y que el arte, cuando es honesto, siempre mancha.

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Un comentario

  1. Que deleite de artículo. Un tributo al contenido y a la forma.
    Ha sido como bajar un tobogán siendo aún un niño.
    Os dejo que repito.

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