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Partisanos, duques y crema de chocolate: un paseo entre Cúneo y Alba

un paseo entre Cúneo y Alba

Imaginen llanos, campos de trigo, viñedos hasta donde alcanza el ver. Imaginen, allí al fondo, montañas que hacen cosquillas al cielo, montañas de perfiles tenues y grises que asoman. Imaginen trozos de historietas saltando a cada curva. Una torre, una abadía, una plaza con un apellido. Imaginen brujas comiendo hongos y partisanos escribiendo en inglés. Un riachuelo con aroma a gelati, un pueblín de aperitivo y barroco.

Imaginen todo eso.

El Piamonte. La zona más occidental del Piamonte. Cuna de Italia. Principio y fin. De la planicie hasta los Alpes.

Acompáñenos el lector, descubra.

A la historia por el paisaje

Llegar hasta Cúneo desde «un Piamonte más de llano» es pintar a lo Friedrich un esbozo de Van Gogh. Porque tú pasas entre trigales, y es todo con ese matiz «espiga-que-es-hogaza», y hay llanura, y más llanura, y rectas, y allí, al fondo, surgen montañas de perfil azul, montañas bien gordas, montañas que van dibujándose por entre nieblas y grises. Y, casi sin que percibas cambio, verás más verde en cunetas. Primero de maíz creciendo, boronas por nacer. Después bosques, praos, musgos. Y, ya al final, llegas hasta un pontarrón, uno sobre torrente de esos alpinos, con aguas color turquesa y más espuma que una birra bien tirá. Pum, ya estás en los montes, y los edificios tienen otras piedras, y la gente guarda muchos abrigos en casa, y ves allá, a lo lejos (pero muy cerquita), pasos que comunican con el otro lado de Saboya… Ah, los últimos kilómetros, justo antes de llegar a Cúneo, traen como lindes unos postes de la luz que harían feliz al mismísimo Dino Buzzati. Que, ok, Dino era de Belluno, justo al otro lado de Italia, pero es que se parecen tanto a lo de Il grande ritratto que…

Cúneo es una ciudad agradable, tranquila. Señorial, sería palabra correcta. Ayuda que todo el burgo (todo) huele con un agradable aroma dulzón, como si los italianos, tan detallistas, hubiesen echao gotitas de perfume en bancos o jardines. Son, realmente, los alisos, que están floridos y tenemos a miles, pero se te queda saborcillo a helado en cada paseo.

Señorial, decíamos. La villa se funda a finales del siglo XII, y pasa prontito a manos de los Saboya. Ya saben, Adelaida de Susa casándose con Otón I de Saboya (hace un milenio los nombres molaban mucho), Amadeo III haciendo lo de las Cruzadas, Amadeo VI incorporando definitivamente Cúneo (y otras cosucas) a lo que era Condado y, décadas más tarde, Segismundo el Emperador dixit, terminó en Ducado de Saboya. Con el tiempo, Reino del Piamonte, Reino de Cerdeña, Reino de Italia. Con el tiempo y Cavour, claro, pero de Cavour les hablo después.

Y eso, que Cúneo estaba en la casi frontera, porque vivir al pie de las montañas es estar, siempre, en la casi frontera. Eso marca carácter (nada de ostentación, hablar bajito, más hechos que palabras) y desgracias. Mogollón de asedios, tuvo Cúneo. De los franceses, de la Confederación Suiza, incluso uno habsbúrguico que terminó con este cacho de Italia bajo control de Felipe IV. A modo de curiosidad maliciosa… quien recupera la ciudad para los saboyanos es Enrique de Lorena… sí, el que luego será virrey de Catalunya tras lo de la Unión de Armas, el Corpus de Sangre y los francos relamiéndose bigotes…

Precisamente fue un franco (bueno, un francés… bueno, un corso) quien rompió las murallas históricas de Cúneo. Sí, nuestro Napoleón preferido anduvo por aquí haciendo carrera, y dejó a la urbe con aire muy parecido al que tiene hoy. La plaza mayor, las calles amplísimas (tan al gusto de un Vittorio Emanuele), portaladas, adoquines. Sumen el Monviso, centinela pétreo que asoma para vigilar todo Piamonte, y te queda estampa de lo más cuca. No es la Italia renacentista, no… más «Despotismo Ilustrado tirando a liberales» que «Leo da Vinci deja las cosas a medio hacer», por entendernos, que ese paseo junto al Torrente Gesso es muy «Fabrizio Cordera visita el norte para decir que nanai al Senado».

Seguro que me siguen.

Contrasta con los alrededores. Porque allí nos ponemos a defensas que da gusto. Castillos, fuertes, torres, murallas, oteros y más relatos de escaramuzas que en El Capitán Trueno. Vinadio es buen ejemplo, porque en Vinadio parecieran habitar cárceles que vigilan el villorrio. E, incluso, si echamos un ratito para subir hasta el Colle della Lombarda, podremos contemplar esa inexpugnable Línea Maginot que tan buen resultado acabó dando a los franchutes. En fin… no se me piensen que es todo rocalla y aspilleras, porque aquí cada pueblo esconde joyas. Demonte, y la mezcla entre arte urbano, murales históricos y mapas enormérrimos. O Bra, donde se fundó el slow food transalpino, así que imaginen cómo es la cosa, si ya de cuna vienen los italianos con el slow food dentro.

Una delicia…

un paseo entre Cúneo y Alba

Vamos a unificarnos un reino

Tú te imaginas al adolescente Camillo Benso aquí, despertándose una mañana de agosto. Te lo imaginas asomao a los cristales, en calzoncillos (o lo que se pusieran entonces), alegañado. Te lo imaginas, sí, con un poco de resaca, porque de Camillo tenemos la foto madura de fofisano papadesco, pero la adolescencia siempre acaece, y todos estos vinos los tenemos que probar. Mira en derredor Camillo, y ve colinas, y terrazas, ve hileras de avellanos bajitos, va cientos y cientos de vides engordando drupa. Joder, la vida es acojonante, piensa Benso. Tengo todo, mesié, tengo todo. Tengo vino, tengo frutos secos, tengo tomates gordotes, tengo caza en abundancia, tengo aire puro y ríos pa refrescar. Oh, sí, el universo me sonríe. ¿Sabes qué nos falta aquí, en el Piamonte? Por poner alguna pega, por buscar el traspiés al gato. Pues un poquito de aceite. Aceite de oliva, de ese oscuro, el que pica un pelín en la lengua. Jo, en Sicilia sí tienen mogollón de aceite. Si es que deberíamos estar unidos.

Y Camillo sonríe.

Oh, wait.

Al menos pudo pasar así. No creo, pero pudo.

La torre de Cavour (el castillo de Cavour) es imponente. Aspecto defensivo, muros imperturbables, la piedra que reluce al sol. La torre empezó siendo torre, ya les dije que esto es zona de frontera, y después fue haciéndose castillo, y para cuando Benso pasea sus rubicundos mofletes ya ha devenido en villorrio y casa señorial.

Digamos que es metáfora perfecta. Porque desde aquí (desde este mismo punto, desde este reino, desde esta forma de entender la sociedad y la existencia) se fue conformando eso a lo que hoy decimos «Italia». Sumen, a Cavour y Vittorio, ese Cesare Balbo que fue conde de Vinadio (al ladito), y tuteló génesis en política de Benso. Y tiene su aquel, lo de esa nueva «Italia», tiene su intríngulis. Tampoco querría yo extenderme en historias e historia, porque es bien sabida… que si Camillo Benso está como loco en lo de unificar la península, que si es primer ministro de un rey saboyano-piamontés-sardo (repasen lo que dijimos sobre Cúneo y el duque) que ídem, que si corren vientos favorables por el continente, que si nos ayuda el Napoleón pequeño. Que si, y esto es trascendental, lo hacemos a nuestra manera, poniendo más interés en las tierras de septentrión, que esos meridionales ya sabe usted lo descontrolaos que viven. Y a Garibaldi le suena regular el asunto, porque Garibaldi tiene ideas loquísimas sobre el reparto de los predios y la propiedad agrícola, verbigracia. Y Garibaldi es aliado de Cavour y Vittorio, pero solo mientras conviene a Cavour y Vittorio, porque cuando saca los pies del tiesto bien que le mandan un par de divisiones para meterle en vereda. A Garibaldi, que tiene estatuas por toda Italia…

Así que aquello fue unificación de liberales poco demócratas con el fin último y principal de forrarse una miaja. Bueno, de forrarse mogollón. Y eso que ya venía de serie, lo del dinero gordo.

Y se nota aquí. En Cavour, digo, y alrededores. Es paisaje homogéneo, casi racional. Avellanos, por ejemplo, avellanos por miles, pero en plantaciones con filas rectísimas, avellanos que son árboles para recolectar fácil, que no resultan varas de bosque y sombra. Aquí hacen todo con avellanas… licores, cremas de cacao (sí, esa en la que piensan ustedes), bombones para pijillos (sí, esos en los que piensan ustedes), postres… todo. Así que a veces ruedas por uno de estos caminos y te llegan olores a frutos tostándose, a tartas en el horno. Y resulta difícil no parar…

Pero lo que más hay, lo que define todo el paisaje (un paisaje humano, un paisaje re-creado, un paisaje que se moldeó durante centurias), es el vino. Hectáreas y hectáreas de viñas se aferran con fuerza a vargas, a cuestones casi verticales donde piensas que nada puede salir. Y surge, vaya si surge. Esta zona, la del Langhe-Roero y Monferrato, es Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO, y alcanzó «título» por su especial aire vinícola. Hacen un vino fuerte, oscuro, un vino de uvas tan gordas que dan ganas de comerlas a puñaos. Y todo ello dibuja horizontes, porque los viñedos parecen cabellos bien peinados por entre montañas, y los ves hasta donde se te pierde la vista, y todos tienen sus pequeños apaños al final de las hileras… un rosal, una planta de alcachofas, una hortensia jadeando por el calor. Aquí los valles, los pueblos, se suceden sin avisar, y siempre estás subiendo rampas y metido entre toboganes, porque cada arañazo que se le hace al terreno (que le hace el agua, que le hicieron quienes estaban aquí antes que nosotros) es una gema valiosa que debemos cuidar… y trabajar.

Así que paseas por lomas, por pendientes, por pueblitos «telefilm de sobremesa». Todos tienen su torre campanario (cuadrada), todos tienen su iglesia en perfecto estado de conservación (normalmente medieval, hay algunas barrocas, pero de ese barroco tan estricto, ese barroco tan seriote, que ni barroco parece), todos tienen plazas con plataneros y bancos para que los paisanucos se cuenten sus cosas y vean pasar la vida. Ah, y olores… hay muchos huertos, y cada huerto huele distinto, y las viñas dejan regusto dulzón y algo ácido, y pasear por aquí se hace como visitar un mercadillo con verduras recién cortadas…

También momentos para el recoger. Torres, cartujas. Umberto Eco nació por esta zona, y tomó ideas de abadías familiares. Porque hay, y muchas. Están, siempre, encaramadas en lo alto de una roca, como si vigilaran (que vigilan), como si quisieran defenderse (que se quieren defender). A veces no resulta fácil distinguir entre las piedras de Dios y las piedras de los tenientes. Porque, además, tienen un tono parecido, ese color «gris-casi-rosa» que fabrica el poniente del Piamonte. Perfecto para atardeceres de instagram.

Y para que no te invadan los austríacos.

un paseo entre Cúneo y Alba

Crema de chocolate, trufas y novelistas que escriben en inglés

Entre Alba y Cúneo siempre existió pique. Eso nos dicen los de Alba, y los de Cúneo. Qué ciudad es más bonita, dónde se come mejor, los vinos. Esta tiene montañas, la de más allá exhibe llanuras. Yo prefiero Alpes, a mí me gusta más lo de las vides. Ya saben.

Hay quizá, por Alba, más turistas. A ver, es sitio para ello. Porque tiene un par de calles así, llenas de tiendas, con su empedrado y sus terracitas. Porque ves torres recortándose por el centro histórico. Por la catedral (cantos naranjas, rosetón enorme, arquivoltas en azul cuando entras, ese aire «mira, mira, esto lleva aquí más de cinco siglos»), por otras iglesias, por el museo de la trufa. Espera, ¿museo de la trufa? Sí, porque lo de la fruta blanca en Alba es cosa de locos. Auténtico fervor, oigan, devoción, como la de aquel pueblo por Faulkner. Un manjar de la leche, cuentan, con precios tipo «angulas en Nochevieja», con olor a tierra y sabor a bosque (así en frío no seduce, pero juro que es delicia, según cuentan). Y eso, que hasta tienen museo. Bien bonito, el museo, porque hay muchas fotos donde salen buscadores de trufas y los humanos que acompañan. Aquí las trufas, aclaro, las rastrean perritos (setter, bracos, pointer), y no cerdos, como dicen las leyendas. Las rastrean perritos, y tiene que ser por las noches, que así huelen mejor. Las trufas blancas son hongos subterráneos que crecen entre las raíces de los robles o los salces, tienen color arena, aroma intenso y pinta de miel pops revenidos. Insisto, delicatessen. Tanto como para cascarse los cien mil euros el kilo, en ocasiones. Ya ven, comida de reyes. O duques.

Claro que en Alba hay otras delicias gastronómicas. La crema de chocolate que dijimos más arriba. Los bombones. Esos huevos con sorpresa dentro. Ah, y el pranzo. El pranzo es una demostración de que los italianos son el cénit de la civilización humana. A ver, cómo decirlo… El aperitivo se toma por las tardes. Eso de primeras… no hagan caso a los que hablan de las «doce», o del «vermú»… no, no, el aperitivo es de tarde. Y se bebe algo con alcohol y punto amargo, para ir avivando el gusto, que en Italia lo del gusto es religión. Seguro que les acuden varios combinaos con tales caracteres, porque son personas de bien y tienen cosmopolitismo en el goce. Pues bien, para acompañar a esto existe el pranzo. La tapa, pero que no es una tapa, sino muchos, y viene en bandeja, y gasta, sobre todo, especialidades geográficas. Por decirlo suave: pizza o bruschetta correspondiente. Cómo decir no, quién querría decir no.

Ya les dije, superioridad estética absoluta.

Por los alrededores de Alba surgen las masche. Las masche es como dicen en esta zona a las brujas, que son stregas en el resto de la península. Cosa importante, aquí, los nombres, porque cada cartel exhibe denominación «italiana» y «piamontesa». Esas masche, por cierto, eran culpabilizadas por la poca trufa que sacas del terruño, porque aprovechaban la luna llena para comerlas a dos carrillos. Supersticiones, seguramente. Las masche son, también, unas rocas particulares, unas que semejan paredes, verticalidad color rojizo, unas que se alzan en mitad de bosques muy espesos como si fuese hechicería. Pueden verse en muchos kilómetros a la redonda, pueden esconderte muchos kilómetros a la redonda. Por eso escribió, sobre masche, Beppe Fenoglio.

Fenoglio es hijo mayor de Alba, y bien grandote que está su recuerdo frente a la Cattedrale di San Lorenzo. Beppe es, también, hijo de Amilcare y Margherita (cuando uno es hijo de Amilcare y Margherita merece la pena escribir sus nombres) y fue un héroe partisano y un escritor maravilloso. De lo segundo hay historia curiosa, porque escribía en amalgama febril de italiano, inglés y piamontés, hasta lograr cascareo tan dulce como incomprensible. La anglofilia literaria, que tiene vida más allá del bibliotecario ciego (otra vez Guillermo de Baskerville). Pero no piensen que Fenoglio era solamente estilo y musicalidad, no… Trató temas bien cañeros en su obra. El partisano Johnny, seguramente la más conocida, es ejemplo diáfano. Y biográfico, si quieren, porque Fenoglio estuvo también en el monte, se enfrentó a nazis y fascistas, contempló, con extrañeza, esas mentes a las que corrompió el extremismo. El hijo de Alba era, en sus frases, como la misma ciudad… luminoso a veces, enneblinado otras. Maravilloso siempre.

En serio, lean a Fenoglio.

Y pásense por aquí, merece la pena.

un paseo entre Cúneo y Alba

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