Historia

El otro instante de Adolfo Suárez

En el prólogo a su libro Anatomía de un Instante sobre el golpe de estado del 23- F, cuenta Javier Cercas que se inspiró en una frase de Jorge Luis Borges para poner título al mismo:

Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.

El protagonista (el hombre) de este libro es el entonces presidente del gobierno Adolfo Suárez.  El instante señalado por Cercas, el momento clave de aquel golpe de estado que según él marcó el destino de Adolfo Suárez, fue ese en el que el aún jefe de gobierno, mientras las balas salían de las metralletas de los guardias civiles y los diputados se echaban aterrorizados al suelo, en un gesto de valentía y dignidad, se quedó sentado en su escaño con gesto impasible. Anatomía de un Instante ha servido de guion para La serie de televisión que se acaba de estrenar en Movistar.

La frase de Borges es ingeniosa y el uso que Cercas hace de ella es oportuno, pero las grandes obras de la literatura de aventuras nos demuestran que el destino del héroe lo determinan tanto las situaciones épicas como las vivencias humillantes o vergonzosas. El mismo Ulises que en La Odisea pide que lo aten al mástil para no dejarse llevar por el canto de las sirenas, cuando vuelve disfrazado de mendigo a Ítaca, sufre las burlas y las agresiones físicas de los pretendientes de Penélope. En Los tres Mosqueteros de Dumas, el intrépido D’Artagnan que protagoniza las más grandes hazañas, comienza sus andanzas siendo humillado por el Conde de Rochefort que se burla de su ridícula montura y le roba la carta de presentación al señor de Treville.

Por todo esto, si tenemos que hablar del destino de los protagonistas de la historia, es preferible la frase que Hegel popularizó comentando un aforismo de madame Cornuel: “nadie es héroe para su ayuda de cámara, pero no porque aquél no sea un héroe, sino porque éste es el ayuda de cámara”. Dicha sentencia sugiere que los momentos de gloria de los grandes hombres siempre coexisten con su lado humano y cotidiano y que ambos aspectos terminan conformando su destino.

El otro instante

Durante el golpe de estado, Adolfo Suárez también vivió su momento surrealista y cómico y es posible que, por su naturaleza insólita, lo hiciera reflexionar sobre la realidad de la condición humana y, en concreto, sobre cómo somos los españoles. Lo que sigue es el relato de una de esas historias pequeñas o al margen de los grandes hechos que, aunque influyen poco en el desenlace de los acontecimientos, ofrecen una información muy valiosa para entender el contexto en que se desarrolla la acción. El sucedido no se ha recogido en la abundante bibliografía sobre el golpe y solo aparece en algunos artículos de prensa. Por circunstancias personales, tuve la suerte de conocerlo gracias a un relato oral antes de que se publicara nada sobre él.

Sitúense: noche del 23 al 24 de febrero de 1981. Carrera de San Jerónimo, Congreso de los Diputados. Pasaban treinta minutos de la media noche. Hacía ya más de seis horas que un teniente coronel de la Guardia Civil acompañado de más de doscientos efectivos del mismo cuerpo había asaltado el hemiciclo. Habían ordenado que todos los diputados se echaran al suelo, habían disparado con sus metralletas y pistolas contra el techo de la cámara y habían anunciado que una autoridad militar vendría en breve a hacerse responsable del gobierno. Ese alto cargo, que los conspiradores llamaban el “elefante blanco”, no terminaba de aparecer y a Suárez —igual que a los principales políticos del gobierno y la oposición— lo habían encerrado en el cuarto de ujieres del Congreso. Todos separados, uno en cada despacho. Suárez llevaba más de dos horas solo y le entró sueño. Un guardia vigilaba su puerta. En ese momento, el abulense escuchó una breve discusión y, acto seguido, entró un hombre uniformado. Se trataba de un capitán de la Armada. Ese hecho fue lo primero que desconcertó al presidente. Hasta ese momento sólo se habían visto guardias civiles y militares de Tierra por el hemiciclo. El oficial vestía su uniforme reglamentario, pero había algo extraño en su comportamiento. Se acercó lentamente a menos de un metro del recién dimitido presidente del Gobierno y le dijo con voz apagada: “oiga, que de parte del Cebolla que fuera está todo controlado”. Suárez, que de golpe había salido de su somnolencia, pidió a su visitante que se identificara. El oficial de la Marina respondió: “¿Yo? El Judas”. El presidente, que no sabía quién era “el Cebolla” y menos “el Judas”, terminó suponiendo que se trataba de información codificada por los servicios de inteligencia y se quejó: “Perdone, pero no conozco las claves”. El oficial de la Marina se tambaleó y lo miró con los ojos entrecerrados. Por unos instantes pareció que iba a decir algo, pero no lo hizo. Se dio la vuelta y, sin despedirse, salió de la habitación.

¿Quiénes eran el Judas y el Cebolla?

El ocho de julio de 1981, cuatro meses después del golpe, El País publicó que “Dos militares que entraron en el Congreso el 23 de febrero vuelven a ocupar destino”. Se refería el periódico madrileño al capitán de Intendencia de la Armada Jesús Núñez Simón y al coronel de caballería del Ejército de Tierra Juan Castillejo, duque consorte de Montealegre. Los dos habían sido arrestados por haberse ausentado de su destino oficial (Núñez Simón durante un mes y Castillejo por dos meses). Cumplido el castigo, volvían a sus trabajos mientras el resto de implicados en el golpe de estado continuaban recluidos en una cárcel militar a la espera de juicio.

Cuando a las 18:23 horas del 23 de febrero de 1981 el teniente coronel Antonio Tejero entró en el Congreso, el capitán Jesús Núñez Simón, al que sus compañeros de armas conocían como “El Judas”, se encontraba apoyado en la barra de la cafetería de la Junta de Apoyo Logístico de la Armada (JAL), su destino. Radio Nacional de España dio la noticia casi en directo y un camarero subió el volumen del aparato. Unos metros más allá, también en la barra, estaba tomando un café el capitán de navío Camilo Menéndez. Cuando este militar de alta graduación de la Armada, después de escuchar lo que estaba sucediendo en la Cámara de los diputados, comunicó en voz alta a los presentes que se marchaba al Congreso a apoyar a su amigo Tejero, el capitán Núñez Simón le dijo que se iba con él. Antes de montarse en el coche, Menéndez hizo saber sus planes de apoyo a los golpistas a su superior y este extrañamente no fue capaz de quitarle la idea de la cabeza.

Ninguno de los dos oficiales de la Marina había participado en los preparativos del golpe ni tenía información alguna de que se pudiera producir. De hecho, no hubo, salvo ellos, ningún militar de la Armada implicado en la asonada militar. Camilo Menéndez era conocido por sus ideas ultraconservadoras, había sido amonestado previamente por participar en manifestaciones franquistas utilizando su uniforme y era consuegro de Blas Piñar, el notario madrileño que lideraba Fuerza Nueva, el partido que en aquellos años aglutinaba a los simpatizantes de la extrema derecha.  En la puerta del Congreso, Menéndez hizo valer sus galones para que el número de la guardia civil que custodiaba la entrada los dejara pasar. De hecho, el capitán de Navío (equivalente a coronel) fue el oficial de más alta graduación de entre todos los que pasaron la noche en el hemiciclo. Una vez dentro, Menéndez se colocó al lado de Tejero (hay una foto) y, según sus declaraciones en el juicio, comentaron largo y tendido sobre la situación política nacional y el terrorismo. Ya se conocían. En el sumario consta que Tejero reconoció que el día 13 de noviembre de 1980 había tomado unas copas con el capitán de Navío en una güisquería de Madrid. Menéndez afirmó en el juicio que Tejero, aquella noche del golpe, le terminó contando que había discutido con el general Armada a causa de que este último quería incluir ministros socialistas y comunistas en el gobierno de concentración que se haría cargo de España tras la asonada.

Núñez Simón se aburría, no tenía nada que hacer y salió del Congreso. Cruzó la Carrera de San Jerónimo y entró en el hotel Palace. En dicho establecimiento se concentraban las autoridades y los periodistas. Allí habían organizado los subsecretarios de todos los ministerios el centro de mando para la gestión de la crisis. En el hotel también había militares. Entre ellos se encontró con su compañero de promoción el capitán de fragata Cristóbal López-Cortijo, que por entonces desempeñaba el cargo de ayudante militar del presidente Adolfo Suarez. Núñez Simón, a pesar de vestir el uniforme de la Armada —gorra blanca y traje azul oscuro—, que es muy distinto de los que usaban los guardias civiles, entraba y salía del Congreso sin dificultad. Su nombre aparece en el sumario del juicio como ejemplo de que durante el golpe no fue imprescindible utilizar el santo y seña de “Marqués de Ahumada”, que solo conocían los organizadores, para franquear la puerta principal en la que se sitúan los dos leones de bronce, uno a cada lado.

López-Cortijo se había puesto a las órdenes de la máxima autoridad de la Marina. En el sumario del juicio a los sublevados se pueden leer las declaraciones del almirante Jefe de Estado mayor de la Armada Luis Arévalo Pelluz (AJEMA). En ellas relata que pasada la medianoche recibió la llamada de López-Cortijo. El almirante le preguntó si podía entrar en el Congreso y hacer saber a Suarez que la Junta de Jefes de Estado Mayor no apoyaba el golpe y que la intentona había fracasado. El ayudante del presidente de gobierno le respondió que a él no le dejaban pasar, pero que al capitán Núñez Simón sí. Arévalo Pelluz les dio dos órdenes, que tranquilizaran a Suarez y que pidieran a Camilo Menéndez que saliera del Congreso. Nuñez Simón, a su manera, cumplió con la primera, pero, como contó en el juicio, no intentó convencer a Menéndez de desistir en su apoyo a Tejero.

En 2021, se publicó que El consumo de alcohol de los asaltantes al congreso durante la noche del 23 al 24 de febrero de 1981 fue de 16 cajas de cerveza, 19 botellas de champán, 50 de vino y 121 botellas de alcohol de alta graduación (whisky, ron, vodka y brandy). Estas cifras no se conocieron con exactitud hasta cuarenta años después del golpe, pero hoy pueden explicar algunos de los extraños comportamientos que se produjeron aquella noche.

En los dos juicios que se celebraron —el primero ante la justicia militar y el segundo ante el Tribunal Supremo— el capitán de Navío Camilo Menéndez fue condenado a un solo año de prisión. Otros procesados, como fue el caso del general Armada, vieron incrementada su pena de seis a treinta años entre el primer juicio y el segundo. El delito por el que se condenó a Camilo Menéndez fue el de auxilio a la rebelión militar. El capitán de Intendencia Jesús Núñez Simón solo participó en los juicios como testigo y, salvo el arresto de un mes por abandono de destino, no sufrió penalización alguna por su presencia en el Congreso durante aquella noche.

Una semana después, Adolfo Suárez agradeció a su ayudante militar que le hiciera llegar la información sobre el fracaso del golpe. Pero le pidió con sorna que para la próxima utilizara otro mensajero. Según otras fuentes cercanas al expresidente, Suárez reconoció que en el momento en que recibió la visita del capitán Núñez Simón su ánimo se vino abajo y pensó que todo iba a salir mal.

Nota del editor:

El autor de este artículo escuchó hace más de cuarenta años cómo Cristóbal López-Cortijo (el Cebolla) relataba con todo lujo de detalles a su padre y a su tío (los del autor), que también fueron oficiales de la Armada, la rocambolesca peripecia vivida por él durante el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. En aquel momento, pensó el autor que se trataba de una exageración, de una más de las batallitas que su padre y sus compañeros de milicia solían contar con unas cervezas por medio. Solo cuando El País, diez años después del golpe, publicó un reportaje sobre los hechos e incluyó la anécdota, entendió que aquello había ocurrido de verdad.

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5 Comentarios

  1. Manuel Queimaliños Rivera

    Estupendo artículo sobre esta historia de España caótica y berlanguiana o azconiana. Lo del consumo de alcohol me lo creo pues hice, en un tiempo ya lejano, el servicio militar. Debiera llamarse » vicio militar». Les encanta el alcohol y todas las sustancias que ponderen una España imperial.

  2. Jordi_BCN

    Un brigada al que a las ocho y cinco de la mañana yo le servía dos sol-y-sombras dobles, el primero se lo bebía de un solo trago.
    Otro brigada que a la una y media del mediodía no atinaba a meter la llave en la cerradura de la puerta de los comedores.
    Un sargento que por la mañana, estando de maniobras, era incapaz de salir de su tienda y dar tres pasos sin caerse.
    Otro sargento que era incapaz de cuadrar el estadillo de retreta, sumando y restando presentes, permisos y servicios bajo el influjo de unos cuantos cubatas.
    Tras una promoción de un ron canario en el hogar del soldado, varias compañías casi enteras vomitando por los suelos y dejando un hedor insoportable toda la noche.
    Raciones de trifásico, generosas con el Soberano, servidas a quienes iban a entrar, armados, de guardia o retén, de madrugada, a diez grados bajo cero.
    Ese era el ejército español a primeros de los ochenta.

  3. Suárez pederasta.

  4. Simplicísimo

    Para halcón
    https://artedeprudencia.com/adolfo-suarez-y-ariadna/
    Luego que si JSI se inventa un libro.

  5. Que iban hasta las trancas es sabido. Pero cualquiera que haya estado en un cuartel lo sabe.
    Cuando has visto al encargado de la USAC andar reclamando las cuentas del bar de suboficiales a los susodichos por las dependencias, o a la hora de retreta al suboficial de tu batería borracho como una pioja no te extraña nada. Supongo, espero, que la profesionalización haya cambiado las cosas, pero el ejército de reemplazo, su inutilidad, llevaba a lo que llevaba.

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