
Le pregunté a una IA cuál consideraba que era la mejor falsificación de la historia y me respondió que, dado que la falsificación es un delito, no puede haber falsificación buena y, por lo tanto, es improcedente hablar de falsificaciones mejores o peores: todas son malas. No es verdad: las mejores son las que no son descubiertas nunca, las que admiramos pensando que estamos admirando la obra de un autor que, en realidad, solo ha puesto el sello personal para que un impostor agrande su caudal de obras. Hace no mucho, a finales del siglo pasado, quien fuera director del Metropolitan Museum de Nueva York, Thomas Hoving, afirmó sin que le temblase la voz que calculaba que un cuarenta por ciento de las obras del museo que dirigía eran falsificaciones. Aunque enseguida se le recriminó que exageraba, la verdad es que cualquiera que haya caminado por esas alturas en las que él habitaba cuando hizo esa afirmación —«En los quince años que pasé como director del Metropolitan he examinado unas cincuenta mil obras: cuatro de cada diez o eran falsas o estaban tan mal restauradas y conservadas o habían padecido errores tan flagrantes en la atribución que era como si fuesen falsas»— o diría lo mismo o, como Harry Bellet —autor de Falsificadores ilustres—, afirmaría que Hoving se quedó corto.
Quien parece ostentar el récord en coleccionar falsificaciones es un museo de Zagreb: al parecer, de las tres mil setecientas cincuenta y cuatro piezas que tienen en sus fondos, tres mil setecientas cincuenta y cuatro son falsificaciones. Pero quien recibió el título de mejor —o mayor, si por una vez dejamos que cantidad y calidad sean sinónimos— falsificador de la historia es el muy conocido Elmyr de Hory. Orson Welles le dedicó una película —F for Fake— y más alto no creo que se pueda llegar, a pesar de que la película, reconocida por los críticos como un «ensayo fílmico», haga aguas al final, justo cuando Welles decide poner de su parte más de la cuenta y abandona la fascinante historia de Elmyr para ponerse a tontear con un cuentecito sobre Picasso y los veranos adolescentes de su, por lo demás, magnífica novia, la actriz Oja Kodar.
Elmyr de Hory no cabría aquí, porque no vamos a pararnos en las falsificaciones de arte, solo en las literarias —entendiendo que el periodismo es una rama de la literatura—, si no fuera por el caso Howard Hughes. No es raro que Welles se sintiese abducido por la historia y aprovechase películas domésticas para, mediante su peculiar montaje, erigir un filme al que no le quedó más remedio que disfrazarse de experimento, a pesar de que lo que aún hoy sostiene su interés esencial es la historia pelada que cuenta: la de un falsificador de cuadros que ha conseguido colar obras suyas en decenas de museos y colecciones, que es capaz de pintar un Matisse precioso en pocos minutos y echarlo a una hoguera, que asegura que nunca jamás ha falsificado nada porque los cuadros eran de creación suya, no trataban de copiar más que el estilo de algunos maestros, no obras ya realizadas y, en cualquier caso, nunca las firmaba. Naturalmente, Hory mentía: sí las firmaba, sí copiaba a veces y sí las vendía como si fuesen obras no propias sino de Modigliani, Matisse o Picasso. Pero lo que ni el propio Hory podía imaginar —y era lo que de veras agarró del cuello a Welles y le convenció de que tenía que hacer su película— es que el escritor norteamericano Clifford Irving, vecino de Hory en la isla de Ibiza cuando esta era un paraíso barato para extranjeros, decidiese, ante el poco éxito de sus novelas, venderle a su editor McGraw Hill el proyecto de una autobiografía del magnate Howard Hughes, del que hacía dos décadas nadie sabía nada, cuando decidió abandonarlo todo y vivir confinado en unos apartamentos de Las Vegas, que abandonó asqueado cuando un empleado al que echó lo llevó a los tribunales por despido improcedente, consiguiendo que el magnate se mudara a Nassau, en las Bahamas, con tal de no exponerse ante el público.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





