Arte y Letras Los falsificadores

Los falsificadores (8): La autobiografía del multimillonario Howard Hughes

Howard Hughes. (DP)
Howard Hughes. (DP)

Le pregunté a una IA cuál consideraba que era la mejor falsificación de la historia y me respondió que, dado que la falsificación es un delito, no puede haber falsificación buena y, por lo tanto, es improcedente hablar de falsificaciones mejores o peores: todas son malas. No es verdad: las mejores son las que no son descubiertas nunca, las que admiramos pensando que estamos admirando la obra de un autor que, en realidad, solo ha puesto el sello personal para que un impostor agrande su caudal de obras. Hace no mucho, a finales del siglo pasado, quien fuera director del Metropolitan Museum de Nueva York, Thomas Hoving, afirmó sin que le temblase la voz que calculaba que un cuarenta por ciento de las obras del museo que dirigía eran falsificaciones. Aunque enseguida se le recriminó que exageraba, la verdad es que cualquiera que haya caminado por esas alturas en las que él habitaba cuando hizo esa afirmación —«En los quince años que pasé como director del Metropolitan he examinado unas cincuenta mil obras: cuatro de cada diez o eran falsas o estaban tan mal restauradas y conservadas o habían padecido errores tan flagrantes en la atribución que era como si fuesen falsas»— o diría lo mismo o, como Harry Bellet —autor de Falsificadores ilustres—, afirmaría que Hoving se quedó corto.

Quien parece ostentar el récord en coleccionar falsificaciones es un museo de Zagreb: al parecer, de las tres mil setecientas cincuenta y cuatro piezas que tienen en sus fondos, tres mil setecientas cincuenta y cuatro son falsificaciones. Pero quien recibió el título de mejor —o mayor, si por una vez dejamos que cantidad y calidad sean sinónimos— falsificador de la historia es el muy conocido Elmyr de Hory. Orson Welles le dedicó una película —F for Fake— y más alto no creo que se pueda llegar, a pesar de que la película, reconocida por los críticos como un «ensayo fílmico», haga aguas al final, justo cuando Welles decide poner de su parte más de la cuenta y abandona la fascinante historia de Elmyr para ponerse a tontear con un cuentecito sobre Picasso y los veranos adolescentes de su, por lo demás, magnífica novia, la actriz Oja Kodar.

Elmyr de Hory no cabría aquí, porque no vamos a pararnos en las falsificaciones de arte, solo en las literarias —entendiendo que el periodismo es una rama de la literatura—, si no fuera por el caso Howard Hughes. No es raro que Welles se sintiese abducido por la historia y aprovechase películas domésticas para, mediante su peculiar montaje, erigir un filme al que no le quedó más remedio que disfrazarse de experimento, a pesar de que lo que aún hoy sostiene su interés esencial es la historia pelada que cuenta: la de un falsificador de cuadros que ha conseguido colar obras suyas en decenas de museos y colecciones, que es capaz de pintar un Matisse precioso en pocos minutos y echarlo a una hoguera, que asegura que nunca jamás ha falsificado nada porque los cuadros eran de creación suya, no trataban de copiar más que el estilo de algunos maestros, no obras ya realizadas y, en cualquier caso, nunca las firmaba. Naturalmente, Hory mentía: sí las firmaba, sí copiaba a veces y sí las vendía como si fuesen obras no propias sino de Modigliani, Matisse o Picasso. Pero lo que ni el propio Hory podía imaginar —y era lo que de veras agarró del cuello a Welles y le convenció de que tenía que hacer su película— es que el escritor norteamericano Clifford Irving, vecino de Hory en la isla de Ibiza cuando esta era un paraíso barato para extranjeros, decidiese, ante el poco éxito de sus novelas, venderle a su editor McGraw Hill el proyecto de una autobiografía del magnate Howard Hughes, del que hacía dos décadas nadie sabía nada, cuando decidió abandonarlo todo y vivir confinado en unos apartamentos de Las Vegas, que abandonó asqueado cuando un empleado al que echó lo llevó a los tribunales por despido improcedente, consiguiendo que el magnate se mudara a Nassau, en las Bahamas, con tal de no exponerse ante el público.

El hombre que había alcanzado fama por sus audacias aéreas, hijo del petróleo texano, empresario de éxito que empequeñeció con inversiones y empresas los millones que heredó de su padre, uno de los hombres más influyentes de distintas administraciones, que le prestaba dinero a los Nixon o apoyaba al Partido Demócrata aquí y al Republicano allá, el productor de cine que había descubierto a Jane Russell y, para mantener firmes sus tetas en cada plano, había ideado un sujetador especial de casi treinta piezas que las mantenía espléndidas sin importar los movimientos que la actriz hiciera, no se sabe si acuciado por un tormento existencial o una patología mental que le llevaba a sospechar que cualquiera quería asesinarlo o el menor contacto podía infectarle un virus mortal, decidió retirarse del mundo: si se le exigía, por un fraude empresarial o un despido improcedente, que se presentase en un juzgado a declarar, prefería dar por perdido el juicio y pagar lo que se le exigiese más las costas antes que dejarse ver. ¿Cómo, de repente, ese hombre estaba interesado en publicar su autobiografía después de años de negarse a conceder una entrevista, esquivar a cientos de periodistas, amenazar con sicarios a cualquier criado al que se le ocurriese dar información sobre su paradero? Clifford Irving tenía una respuesta verosímil: seguramente se le acababan los días y no quería irse del mundo sin dejar dicha su verdad, sin dejar que sobre su historia hablase todo el mundo menos él. La pregunta entonces era: ¿por qué iba a escogerte a ti, novelista que no ha despegado apenas? La respuesta también era buena: obviamente quiere que el protagonista exclusivo del libro sea él, Howard Hughes; si se lo encargara a Norman Mailer o a Capote, los protagonistas serían ellos: Hughes sería un tema de Mailer o de Capote. Así que opta por un escritor menos conocido, del que solo sabe que sabe cómo escribir una vida porque ha leído mi biografía de Elmyr de Hory y, precisamente leyendo ese libro, decidió responderme cuando le mandé un ejemplar porque mi padre fue compañero suyo en el ejército, seguro de que en cuanto recibiera su carta yo no iba a tardar ni dos párrafos en proponerle que contara su historia, decirle que cualquier escritor estaría encantado de contar su historia y que a mí me encantaría ser ese escritor. Para probar su intercambio epistolar, Irving llevaba las cartas que había recibido de Hughes. Aunque era un calígrafo mediocre, los documentos convencieron a los editores —e Irving se dedicó a mejorar su mediocridad hasta lograr evidentes avances en la pericia de la imitación, hasta el punto de conseguir que expertos calígrafos autentificaran las cartas. Irving logró venderle a su editorial esa fantasía. Había algunos problemas legales que sortear porque Hughes, para quien naturalmente el dinero no era un problema, no podía, sin embargo, vender su vida por calderilla: pedía un millón de dólares. Era un precio inasumible. McGraw podía llegar a medio millón, adelantando cien mil a la firma del contrato, otros cien mil a la entrega del primer borrador y el resto con el lanzamiento público del libro, después de que, para hacer posible la operación, se serializara su contenido en la revista Life. Para el cobro de sus emolumentos, Irving hizo que su mujer, suiza, abriera una cuenta en Zúrich a nombre de H. R. Hughes, para poder cobrar ella los depósitos que hiciera la editorial. Comenzó entonces una investigación minuciosa de la vida de Hughes, ayudado por Suskind, un amigo que escribía libros infantiles y que fue el primero al que le contó su ocurrencia de venderle a McGraw la «autobiografía» de Hughes. Fatigaron archivos de revistas y periódicos, viajaron a Houston y a Los Ángeles, pasaron largas temporadas en el piso de la madre de Irving en Nueva York para obtener cuanta información les sirviese con el propósito de construir el libro. De vez en cuando, Irving tenía que perderse: para conservar el halo de misterio que rodeaba a Hughes se suponía que el escritor nunca podría localizarlo, sino que tendría que esperar a ser localizado, y eso sucedía de vez en cuando, ahora en la costa pacífica mexicana, ahora en San Juan de Puerto Rico o en las Bahamas. Nunca se sabía dónde iban a verse. Eso facilitaba además que Irving pudiera verse con su amante o un ligue ocasional y pasara unos días de asueto y arrebatado erotismo. El contrato editorial, por ejemplo, fue firmado en un coche que se adentró en la oscuridad de un callejón cualquiera en medio de ninguna parte —eso es lo que inventaba Irving, claro: en realidad le costó varios intentos hacer firmas que pudiesen pasar por la de Hughes—. Tenía que firmar tres copias del contrato, le dijo a Suskind: una para la editorial, otra para el propio Irving y otra para Hughes. Suskind se preocupó: te estás metiendo demasiado en el papel y te estás creyendo la mentira, porque evidentemente Hughes no necesita ninguna copia de algo que no sabe que existe; no sé si eso es bueno o es pésimo. Irving reconoció que, en efecto, se estaba metiendo demasiado en la historia: de verdad se había convencido de que Hughes le había encargado que escribiese su vida.

Lo que está fuera de toda duda es que Irving hizo un trabajo muy profesional si lo que hubiera vendido y entregado hubiera sido una biografía no autorizada de Howard Hughes. Recorrió miles de kilómetros, se dejó las pestañas en cuanto archivo contuviera referencia a la zona oscura de la vida de Hughes, se entrevistó con todo el que pudiera contar algo sobre sus razones para borrarse de la actualidad, visitó a cuanta amante llegó a convivir con el magnate, indagó en sus raíces para inventar su infancia. Nada que ver, pues, con los desganados y soporíferos apuntes que hizo el falsificador de los diarios de Hitler, que se limitaba a copiar más o menos un volumen en el que se detallaban los actos diarios del führer y que un mal día, por no tener nada que inventar ni deslizar un insignificante «creo que me ha caído algo mal en el desayuno», no se le ocurre cosa mejor que anotar en una entrada un largo listado de condecoraciones que el Reich otorga —¿de verdad alguien podía esperar del führer que, antes de irse a dormir, se pusiera a copiar en una de sus libretas un programa protocolario con decenas de nombres propios que no le decían nada a nadie?—: evidentemente, el falsificador solo se proponía rellenar páginas, a sabiendas de que daba un poco igual con lo que las llenara: las había escrito la mano maldita de Hitler, y eso era lo único que les daba valor, sin pararse a pensar que habría quien considerara del todo inverosímil que un hombre tan ocupado y obsesivo cometiera semejante desatino.

Irving y su colega Suskind, una vez recopilada cuanta información han podido cosechar en sus distintos viajes y después de imponerse un plan de trabajo que ayude a desvelar el misterio Hughes —uno de los hombres más ricos de América, piloto de aviación que no se queda en eso, sino que hace las veces de ingeniero aeronáutico e inventa mejoras para potenciar las máquinas, bate récords de velocidad, acaba fundando una de las más importantes líneas aéreas del mundo (TWA), produce películas de Hollywood, dirige alguna (pero se hizo con los derechos de todas ellas para que nadie pudiera verlas), está cerca del poder y es recibido frecuentemente en el Despacho Oval, y cuenta por decenas las amantes que ha tenido—, acaba por decidir retirarse del mundo, se rodea de mormones, vive en cuartos donde no entra el sol, se esconde… Obviamente, aun sin cederle la palabra a Hughes, una buena investigación biográfica que se propusiera revelar las mejores jugadas de esa existencia y las razones o sinrazones que lo llevaron a retirarse del mundo hubiera tenido interés —aunque ni de lejos el impacto promocional que tenía que la voz que tomara la palabra fuera la del propio Hughes—. Así que la estrategia era más o menos sencilla: hacer una biografía lo más profesional posible y, a partir de ella, cambiar la voz del biógrafo por la del biografiado. El primero, el ghost writer, podría intervenir de vez en cuando para reconvenir al protagonista que se saltase algún capítulo capital, pero todo eso era trabajo de taller que quedaba fuera de la vista del público: andamios que, en la tradición anglosajona, era de muy mal gusto contar —hasta la llegada de The Quest for Corvo, de Arthur Symons, que es ese tipo de biografía en la que el biógrafo esencialmente cuenta los pasos que tiene que dar para escribir el libro y adquirir documentación sobre un personaje borroso—. No podía ser el modelo para el libro de Irving: Hughes no era borroso, y además iba a hablar en primera persona, así que al editor tampoco le haría la menor gracia encontrarse con un experimento literario.

En el proceso de obtención de informaciones con las que construir el relato, además de los archivos de la revista Life —que había comprado los derechos de serialización del libro para publicar tres entregas de unas diez mil palabras cada una— y de otros archivos, como los del Pentágono, dada la cantidad de episodios comprometidos en los que se había visto involucrado Hughes como constructor de aviones, como productor de películas, como empresario del petróleo, como playboy, Irving y su escudero Suskind se hicieron con un arsenal, pero nada comparable a un libro sobre Hughes que había escrito, con mala prosa que necesitaba de editor, un socio que había trabajado quince años mano a mano con él. Tuvieron noticia del libro por una vieja amistad con un trabajador de la editorial en la que pretendía colocarlo; Irving se hizo con él: era un tesoro lleno de detalles íntimos que no comparecían en el resto de documentación que había recaudado: había que fusilar todo aquello para ofrecer a los lectores impresión de cercanía. Naturalmente, para convencer a sus editores y a los de la revista Life de las excentricidades de Hughes —como si hiciera falta—, Irving se montaba viajes exóticos. Contaba que nunca sabía dónde iba a encontrarse con el millonario: un día recibía una llamada, tenía que tomar un avión, luego esperar en un hotel; ahí recibía otra llamada que lo dirigía a otro aeropuerto. Una vez fue en Oaxaca, otra vez en San Juan de Puerto Rico. Irving utilizaba esos viajes para encontrarse con su amante, una explosiva baronesa danesa conocida por haber grabado unos cuantos discos con su marido, o con su esposa, una pintora alemana, o con una joven a la que conocía en el hotel donde se hospedaba. Como he dicho, se sabía que Hughes se había ido del lugar que escogió para encerrarse —Las Vegas— porque, después de despedir a un ejecutivo que le estaba robando, este lo denunció por despido improcedente y lo obligaba a acudir al juzgado. Los abogados le habían advertido que no quedaba más remedio que hacer acto de presencia; él preguntó qué pasaba si no iba y le respondieron que perderían el juicio y que, como mínimo, les costaría cinco millones de dólares; preguntó cuánto como máximo y le dijeron que podían llegar a ser cien; remató que entonces no iba a ir. Su nuevo emplazamiento sería Paradise Island, en las Bahamas. Así que, a Irving, cuando le preguntaban si había estado en la mansión que al parecer tenía el millonario en Nassau, prefería inventar que eso sería demasiado ordinario, que nunca se sabía con Hughes.

La forma que se le dio al libro fue la de la conversación: una especie de larguísima entrevista biográfica en la que el biógrafo estaba allí para sacarle todos los recuerdos al biografiado, de ahí que la mención a una autobiografía quedara un poco grande para lo que se iba a ofrecer. Pero es que Irving y Suskind habían tenido la genial idea de grabar las conversaciones a partir de las cuales se redactaría el libro: uno de ellos imitaría la voz nasal del millonario mientras el otro iría haciéndole preguntas. De esa manera tendrían un documento grabado. Ese tipo de documentos son importantísimos en el periodismo y la no ficción norteamericanos: los periodistas y biógrafos están obligados a guardar las notas que les ayudan a hacer sus reportajes porque tienen validez jurídica, y los verificadores de información a menudo les exigen que presenten sus cuadernos para comparar lo que se dice en un texto con la anotación de la que procede una información. Así que una grabación resultaba un testimonio no solo confiable sino definitivo… siempre contando con que el millonario, cuando supiese que se iba a publicar su Autobiografía, soltase un mero bufido de fastidio y siguiera a lo suyo, sin exponerse a los focos ni a las cámaras ni reclamar nada, huido del mundo para no hacer frente a sus problemas judiciales y asqueado de todo, solo atraído por el silencio y la soledad. Irving contaba de veras con que Hughes —y sus empresas, de las que aún era amo y señor, aunque nunca tuviera reuniones con sus ejecutivos y jamás se rebajase a acudir a ninguna parte— permanecerían callados e indiferentes al hecho de que un escritor desconocido y una gran editorial explotasen su nombre con la publicación no ya de una biografía autorizada, sino de una Autobiografía —que fuera una larga entrevista era lo de menos—, siempre y cuando Irving explicase en la nota de introducción que él solo era el amanuense de la voz de Hughes y, por lo tanto, no se mentía ni era un ardid comercial cuando se titulaba el libro Autobiografía ni cuando se utilizaba el nombre de Howard Hughes como autor.

La entrega del manuscrito reportó una gran alegría a la editorial: les parecía una obra maestra, aprobada además por un colaborador cercano de Hughes que se vio a sí mismo en alguna página, en una escena que solo podían conocer Hughes y él mismo, por lo que consideraba que la discusión acerca de si era una falsificación quedaba aplastada (en realidad, ahí la memoria le fallaba, porque lo que él creía una escena secreta en la que solo Howard Hughes y él habían participado había tenido más testigos e intervinientes). La casa Osborn, además, había autentificado las cartas de Hughes a Irving —claro que no pudo examinar los originales, sino solo reproducciones fotográficas—, e Irving había pasado una primera prueba del detector de mentiras —aunque se negó a volver a examinarse, lo que hizo que el técnico fuera muy conservador en su diagnóstico: no podía asegurar que estuviera mintiendo, lo que no quería decir que dijese la verdad—. Pero la alegría duró poco. La Hughes Tool y la Hughes Trust enviaron a sus abogados a la editorial para detener la publicación: aunque no tuvieran contacto apenas con el magnate por la inclasificable personalidad de este, estaban convencidos de que había gato encerrado e Irving era un impostor aprovechándose de las peculiaridades de quien había querido convertir en personaje suyo. Esas peculiaridades empujaban a la paradoja de que, una vez entregado el volumen lleno de datos verificados sobre Hughes y sus andanzas, el verdadero Hughes iba a tener que demostrar que el que no mentía era él cuando, venciendo su alergia a la exposición pública, convocara a varios periodistas para dejarse entrevistar por ellos (eso sí, por radio: nada de imágenes; un aparato en medio de una sala, un aparato rodeado de periodistas que examinan la voz que sale del aparato; la voz que sale del aparato tiene que demostrar a los examinadores que quien habla es Howard Hughes y que, cuando dice que no conoce de nada a Irving y que, por lo tanto, jamás dio su consentimiento a la redacción de una autobiografía suya, no está haciendo una jugada mercantil para que el libro se venda más ni, descontento con el resultado, se esté echando atrás de un proyecto al que alguna vez le dio el visto bueno: sencillamente se niega a ser víctima de un impostor que ha decidido aprovecharse de su modo de vivir para ganar toneladas de dinero). La entrevista solo convenció a algunos. Muchos dijeron que se veía claramente que aquel no era Hughes, sino un actor haciendo de Hughes y conferenciando largamente sobre cómo se construyen aviones. Las muchas horas de emisión aburrieron a las ovejas. El multimillonario debió de sentir que el mundo se había vuelto rematadamente loco y que, al fin y al cabo, llevaba razón cuando decidió borrarse —algunos dicen que acosado por la paranoia que le llevaba a pensar que cualquiera podía matarlo solo con estrecharle la mano, lo que le llevaba a tener una tendencia obsesiva por el jabón y contra los gérmenes; al parecer, podía lavarse las manos no menos de cincuenta veces al día—. Se encontraba en una situación inédita —él mismo, en la entrevista con varios periodistas, lo enunció así: «Es una pena que ya no me dedique al negocio del cine porque una historia tan insólita solo puede aceptarse en una película»—: alguien se había hecho pasar por heraldo suyo para vender su Autobiografía aprovechando su invisibilidad, había falsificado cartas suyas, había inventado encuentros inverosímiles en islas elegidas al azar para recaudar información en entrevistas que, al parecer, tenía grabadas, y ahora él, el verdadero HH, tenía que probar que ni conocía al estafador, ni le había escrito una línea ni había volado a ningún lugar para relatarle los secretos de su historia, corriendo además el riesgo de que se considerara que el estafador no era tal, sino un personaje que él estaba utilizando para darle más entidad a su Autobiografía, para crear un misterio alrededor del libro y, por lo tanto, hacerlo más apetecible, darle más publicidad, convertirlo en primera página de todos los periódicos.

En McGraw-Hill, la intervención de HH tratando de echar abajo el proyecto, revelándolo como un timo, no provocó mayor temor (entre otras cosas porque, a las preguntas para probar su identidad, la voz de HH falló cinco de las siete que le hicieron), sino, al contrario: realmente el libro iba a venderse como ningún otro de los que habían publicado, y aquella intervención hasta les venía bien. Dadas las señas de identidad de un hombre que prefería gastarse cien millones de dólares antes que hacer el esfuerzo de ir a declarar a un juzgado, y que había decidido que nadie más lo viera nunca, que una voz que tratase de ser la suya —aunque era la suya— apareciese para desmentir que estuviese detrás de la publicación no hacía más que afilar sus rasgos sociópatas y daba a entender que, como muchas veces antes, al arrepentirse de haber concedido luz verde a la redacción del libro, ahora no le quedaba más remedio que montar aquel espectáculo.

Pero había algo que Irving no había sabido atar. El truquito de que los cheques a favor del magnate se remitieran a un banco suizo, a la cuenta de H. R. Hughes, para que pudiera cobrarlos la mujer del escritor, escondida en el heterónimo Helga R. Hughes. El diablo está en los detalles. Y el detalle de que un banco suizo consultado por la inspección postal de los Estados Unidos —esos inspectores tenían fama de ser sabuesos más precisos que los agentes del FBI y más temibles: dejan entrever, además, la concepción del Estado en EE. UU., pues, al fin y al cabo, unos carteros no tenían por qué meterse en aquel lío si no fuera porque la ley los obligaba a ello, ya que el hecho de que se hubiesen utilizado los servicios postales de los Estados Unidos para la comisión de cualquier tipo de estafa —y mandar, por ejemplo, un paquete que contuviese falsificaciones, era hacerlos partícipes de la estafa y los obligaba a investigar el caso, como los obligaba el hecho de que se hubieran enviado cheques que pudieran tener que ver con la estafa a un banco suizo, a los que se reclamó información—, ese detalle, decía, iba a suponer el comienzo del fin para Irving y su proyecto, a pesar de que, una vez leídas las novecientas páginas de su Autobiografía de HH, en la editorial estuvieran maravillados: era un libro espléndido, con momentos estremecedores —como cuando, de adolescente, el padre del millonario lo lleva a que se encuentre con una mujer y el muchacho descubre que, mientras está perdiendo la virginidad, su padre lo vigila entre las cortinas— y muchos detalles acerca de la personalidad enfermiza, maniática e impulsiva del magnate.

La investigación de los agentes postales dio resultados pronto. Acudieron a Zúrich; allí se les dijo que H. R. Hughes no podía ser Howard Hughes a no ser que este se hubiera operado para perder cuarenta años y se hubiera convertido en una dama rubia que trataba de ocultar el color de su pelo con una peluca negra. Siguiendo la pista del dinero, no tardaron en emitir una orden de búsqueda. El abogado de Irving le dijo, cuando este ya no pudo más y se lo confesó todo, que él ya no podía ayudarle y necesitaría de un criminalista. Confesar iba a atenuar su pena, pero si les seguía obligando a investigar, contratar peritos en caligrafía y sonido, poner en claro los destinos de sus viajes (en los que había cometido deslices eróticos, como acompañarse a las Bahamas por una joven monitora de submarinismo de piernas interminables), entonces podía enfrentarse a bastantes años de cárcel. Irving reclamó la presencia en Nueva York de su compinche Suskind. Una breve entrevista les hizo aceptar que había sido emocionante, pero qué pena que, a falta de tan poco para que saliera el libro, con las galeradas ya sobre la mesa, se fuera todo al garete. Terminaron cantando. La publicación se suspendió —curiosamente, el libro saldría antes en español y francés que en inglés, y aun en esos idiomas salió después de Hoax, el libro de investigación que tres periodistas publicaron sobre todo el caso—. Después de decenas de vuelos Nueva York–Barcelona–Ibiza o Nueva York–Madrid–Ibiza o Nueva York–México–Bahamas o Nueva York–San Juan de Puerto Rico, después de la lectura de miles de páginas, la grabación de horas de entrevistas inventadas, la redacción de novecientas páginas, a Irving le cayeron diecisiete meses; a su mujer, unos meses más, porque ella había engañado no a una editorial —a la que el autor devolvió los setecientos cincuenta mil dólares que le había sacado—, sino a un banco suizo; a Suskind, solo seis meses. Pero todo el caso, que hizo derramar ríos de tinta y desde luego acabó con cualquier posibilidad de que Irving volviese a publicar una novela en su país, se saldó con un par de tomos que merecen la pena y se leen como estupefactos testimonios. Uno es Proyecto Octavio, la versión de los hechos redactada por el propio Irving, que es sin duda su gran libro —en español apareció con el ineficiente título de El escándalo Howard Hughes—. Otro es la propia Autobiografía de Howard Hughes, de Irving, que en la versión española comparece con la palabra «Auto» tachada y una nota del editor José Mayá que empieza: «Ya sé que no es usual que un editor se dirija a sus lectores aprovechando una de las primeras páginas de un libro, pero en esta ocasión tengo no solamente el deseo sino también el deber de informarle sobre las vicisitudes que hemos sufrido para que este libro llegue a sus manos…». La nota, después de reconocer que el libro le apasionó en una primera lectura y le siguió apasionando luego, y de plantar dudas acerca de si Irving fue coaccionado para que se declarara culpable —como si todo hubiera sido una artimaña del magnate para hacer caer al escritor en una trampa y, después de confiarle el papel de ghost writer, anularlo y hacerlo pasar por un impostor—, termina así: «A pesar de que por ley por mis contratos tengo que presentar este libro como la falsa AUTOBIOGRAFÍA DE HOWARD HUGHES, espero, amigo lector, que después de leerlo piense, y seguramente le quedará como a mí… una duda razonable».

Proyecto Octavio dio pie a una película del sueco Hallström con Richard Gere en el papel de Irving, titulada The Hoax. Lamentablemente, es insufrible.

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