Howard Hughes, rey del exceso

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Howard Hughes
Howard Hughes. (DP)

1924. El millonario Howard R. Hughes Sr. acaba de morir, dejando atrás no solamente una gran fortuna, sino también un puesto vacante al frente de la empresa que lo ha enriquecido, la Hughes Tool Company. Su único hijo, también llamado Howard —aunque por entonces todos en su familia le llaman Sonny— tiene diecinueve años y según la ley estadounidense es todavía menor de edad, así que no podrá disponer de su herencia hasta cumplir los veintiuno. Algunos de quienes conocen al joven Howard Jr. dudan de su capacidad para hacerse cargo de la Hughes Tool Company y de la fortuna familiar; no porque no sea muy inteligente, que lo es, sino por su carácter aparentemente disoluto. Débil, consentido y con escasas habilidades sociales, sueña con convertirse en productor de Hollywood, se pasa el día pensando en aeroplanos y parece una víctima fácil para los tiburones que rondan a su alrededor intentando hacerse con el suculento pastel de la fortuna familiar.

Pero el heredero sorprende a todos con una jugada inesperada: acude a los tribunales para que el juez lo declare mayor de edad antes de tiempo, cosa que consigue tal vez con la ayuda de sobornos, pero en todo caso impresionando al juez durante la vista: «No le he hecho ninguna pregunta que no haya sido capaz de responder». Así que, apenas alcanzada la veintena, es declarado legalmente mayor de edad y se pone al frente del negocio. Ahora tiene millones de dólares en sus manos y muchas fantasías en las que gastarlos. Pese a lo que los escépticos habían esperado ver, el jovencísimo Howard Hughes Jr. parece tener las cosas muy claras. Quiere ser el rey del mundo. Es el sueño que tiene desde que iba al colegio, desde aquel día en que los miembros de una asociación parroquial lo nombraron rey de las festividades, haciéndole lucir una corona de cartón. Ni siquiera las crueles burlas de sus compañeros de escuela —burlas habituales por otra parte— lograron enturbiarle el momento. Era el rey. Eso era lo que quería ser Howard Hughes Jr. Un rey que lo tuviese todo a su disposición: siervos, poder, riquezas, influencia. Y sexo, mucho sexo. Pero, ¿de dónde provenía su temprana inclinación al exceso?

Las andanzas en la vida adulta de Howard Hughes Jr. son sobradamente conocidas, pero su personalidad, sus ambiciones y sus pecados provienen de una familia en la que el libertinaje y una moral sexual más bien relajada fueron la nota predominante mientras él crecía. Aunque, como casi todo en torno a su persona, abunda el misterio y la controversia. Ni siquiera sus biógrafos se ponen de acuerdo con respecto a todo ello, así que nos quedará elegir —según el gusto de cada cual— entre las diferentes versiones de la historia.

Las correrías de Howard Hughes padre

Su padre, Howard Hugues Sr., había gozado de los parabienes de la riqueza a una edad relativamente tardía. Fue un hombre que apuntaba alto y había intentado durante décadas triunfar en diversas empresas, pero siempre sin ningún éxito, hasta el punto de vivir ensombrecido por el éxito de su hermano Rupert, un exitoso guionista en Hollywood. Durante muchos años Howard Sr. fue el perdedor de la familia. Abandonó una carrera de leyes para la persecución del gran objetivo de su vida: el triunfo en los negocios. Ya parecía que iba a envejecer sin conseguirlo, cuando a los cuarenta años de edad le llegó su gran oportunidad: tras mudarse a Texas para intentar sacar tajada del boyante negocio del petróleo, Mr. Hughes tuvo una feliz ocurrencia. Utilizando sus conocimientos legales y básicamente apropiándose de un invento sobre cuya creación no había tenido nada que ver, patentó una pieza de excavadora cuyo inventor no había tenido la precaución de incluir en el registro de patentes. Aquella pieza permitía a las torres de excavación adentrarse en la tierra con una velocidad diez veces superior a la de cualquier otro diseño de la época, así que pronto se convertiría en una herramienta indispensable para los grandes señores tejanos del petróleo, que estarían dispuestos a pagar lo que fuese por disponer de un suministro constante de las «excavadoras Hughes». Así que Howard Hughes, el perdedor, iba a transformarse en el Gran Howard, el hombre que les vendía su principal herramienta a los magnates del oro negro. E iba a enriquecerse más allá de lo que nunca se hubiese atrevido a soñar. 

Con lo que tampoco se había atrevido a soñar era con el mundo de placeres cuyas puertas, cual llave mágica, iba a abrirle su reciente fortuna. Casado, padre de un hijo y camino ya de la cincuentena, el dinero no solamente le permitió comprar una buena casa sino descubrir un nuevo catálogo de posibilidades de diversión, particularmente de naturaleza sexual. Aunque no demasiado agraciado, empezó a moverse en círculos donde a un millonario no le costaba demasiado conseguir a chicas jóvenes y hermosas prácticamente a voluntad. En Texas había muchas jovencitas con ambiciones, o de familia pobre, o incluso sin familia, que de una manera u otra se convertían en mercancía asequible para aquellos señores del petróleo cuyas fortunas empezaban a ser tan enormes que podrían haber comprado pequeñas naciones.

Los grandes petroleros tejanos no se negaban ningún capricho y Howard pronto aprendió a satisfacer sus apetitos lúbricos en un entorno de millonarios que hacían una doble vida: la de respetable hombre de familia de cara a la galería y la de insaciables maharajás en privado, amos y señores de harenes donde las líneas de la moralidad imperante parecían desaparecer a conveniencia. Y no solamente Texas se convertiría en un escenario de caza y captura para Howard padre. Su hermano Rupert, que hasta entonces lo había menospreciado incluso en cartas a la familia, lo invitó a Hollywood para que él y su dinero conociesen de cerca la industria cinematográfica.

El Gran Howard descubrió que la meca del cine era básicamente un gran mercado de carne. Un hombre lascivo con dinero y contactos únicamente tenía que acudir a una fiesta y preocuparse de elegir con cuál de las chicas que se remojaban en una piscina —generalmente jóvenes actrices aspirantes al estrellato y con pocos escrúpulos a la hora de tomar un atajo— quería pasar la noche. Empezó a viajar con frecuencia a Los Ángeles, escudándose ante su esposa detrás de los viajes de negocios. De hecho, abrió allí una oficina permanente de su empresa para no tener que regresar a Texas demasiado a menudo. Howard Hughes Sr. se dejó arrastrar por la lascivia como había hecho en Texas, pero ya sin la estrecha vigilancia de su mujer, y en unos círculos donde no existían límites.

Ni siquiera se conformaba con aquel interminable muestrario de presas fáciles que eran las actrices novatas dispuestas a cualquier cosa por ascender. Si alguna vez veía por ahí a alguna chica —generalmente muy joven— que despertase su interés, aunque fuese una cara anónima que no hubiese mostrado un interés particular por la carrera de actriz, intentaba deslumbrarla con sus contactos en Hollywood. Prometiendo el estrellato a jovencitas que de repente veían un mundo de glamur ante sus ojos, pudo llevarse a la cama a no pocas bellezas desconocidas. Fue así, por ejemplo, como descubrió para el cine (y para el sexo) a Eleanor Boardman, la futura estrella del cine mudo: ella tenía solamente diecicocho años cuando acompañó a su madre a cenar a un restaurante con unos amigos de ella, el matrimonio Hughes. El Gran Howard, pese a la presencia de su esposa y de la propia madre de Eleanor, no podía reprimir lanzar miradas a la chica. Como recordaría ella misma más tarde, la miraba como si fuese «un pastelito de chocolate y él no hubiese comido en días». Desde luego, Mr. Hughes no le pareció particularmente atractivo, pero él se las arregló para invitarla a espaldas de su familia y hacerle saber que a través de él podría conseguir el sueño de llegar a la gran pantalla. Aquello la lanzó directamente a sus brazos. La primera noche, ella recordaría más tarde que Hughes se excitó «casi hasta perder el control» cuando supo que era virgen.

Fueron pareja durante un breve tiempo, aunque aquello era raro en Big Howard, quien pocas veces repetía con la misma chica dos noches distintas. Es más, la joven Eleanor no desconocía que Hughes era extraordinariamente promiscuo y que continuamente usaba a otras jovencitas para su placer, muchas veces incluso de menor edad que ella. Él mismo le confesó que había tenido «el mejor sexo de su vida» con una chiquilla de trece años y que acostarse con menores de edad era una práctica común entre sus amigos los millonarios del petróleo de Texas, quienes se lo podían permitir impunemente, así como entre los magnates de Hollywood. Más tarde Eleanor Boardman alcanzó el estrellato, pero solamente fue una de las numerosísimas amantes de Howard Hughes padre: aspirantes a actriz, bailarinas de cabaret, prostitutas de lujo y no pocas menores… nada era suficiente para el voraz apetito depredador del Gran Howard. Así, durante sus últimos años, el magnate vivió una espiral de fantasías sexuales que solo finalizaron con un ataque cardíaco a los cincuenta y cinco años de edad; murió después de haber llevado la existencia de un reyezuelo oriental. Aun así, todo aquello llegaría incluso a palidecer con lo que terminaría experimentando su único hijo, como bien sabemos. Pero ya vemos que Howard Jr. desde luego tuvo un modelo de quien aprender.

Las controvertidas habladurías sobre la señora Hughes

La relación entre el pequeño Howard y su madre, Allene Hughes, siempre fue enfermiza, pero el grado de desviación depende mucho del biógrafo concreto que trate el asunto. Por ejemplo, Darwin Porter, autor de Hell’s Angel, ofrece con mucho la versión más truculenta y también la más discutida y discutible, aunque también la más entretenida, claro está. En otro libro Howard Hughes: His Life and Madness, D. L. Barlett y J. B. Steele son mucho más parcos a la hora de describir la relación maternofilial y se limitan a la versión relativamente más tenue. Al igual que el libro Howard Hughes: The Untold Story, de P. Brown y P. H. Iroeske, donde apenas se apartan de la historia «oficial» que se cuenta desde hace décadas. Tampoco Richard Hack se explaya demasiado sobre el asunto en su Hughes, the Private Diaries, Memons and Letters.

En todo caso, Allene Hughes —que provenía de una familia refinada y de rancio abolengo— solía vestir y peinar a su pequeño hijo de manera afectada. Lo sobreprotegía hasta el paroxismo y lo educaba consintiéndolo en todo. Estaba obsesionada con la posibilidad de que su único hijo enfermase, así que lo sometía a constantes revisiones médicas, intentaba mantenerlo apartado de gérmenes y examinaba constantemente su cuerpo en busca de alguna señal de infección. No cuesta rastrear, pues, la obsesión con los microbios que Hughes desarrollaría más adelante. 

Cuando empezó a ir al colegio, el pequeño Howard aún llevaba ropa interior delicada que no se parecía en nada a la habitual, lo que le valió ser objeto de numerosos insultos y menosprecios por parte de sus compañeros, siendo «maricón» un apelativo que escucharía numerosas veces durante su época escolar. Pero la señora Hughes insistía: si las ropas delicadas eran lo suficientemente buenas para una niña, también lo eran para él. Allene descargaba sus miedos y frustraciones en su hijo, algo que empeoraría después de que ella descubriese a su marido en la cama con una chica de diecisiete años. Tras aquel incidente, el matrimonio se convirtió simplemente en una mera farsa legal. Howard padre se mudó casi definitivamente a Los Ángeles y ella, que permaneció viviendo en Houston con el pequeño Sonny, redobló la actitud sobreprotectora y absorbente.

La soledad de Howard hijo, sin embargo, no era absoluta. Tenía un amigo. Se llamaba Dudley Sharp, era algo mayor que él y físicamente fuerte. Acostumbraba a defender a Sonny de los matones del colegio y parecía ser su única relación social normal. Sin embargo, con la llegada de la preadolescencia, la posibilidad de que Howard comenzase a querer hacer cosas que lo alejasen del hogar empezó a trastornar a su madre. Su padre, en cambio, insistía —desde la relativa distancia— en que el niño tenía que inmiscuirse en actividades convencionales y que Allene debía perder el miedo a permitirle ciertas cosas. A ambos les preocupaba mucho la salud del chaval, especialmente a raíz de un extraño episodio en el que su hijo dejó de poder andar, lo que les hizo temer que hubiese contraído la polio. Examinado por varios médicos, el episodio terminó remitiendo por sí mismo sin que se hubiese encontrado una explicación, pero exacerbó la histeria de su madre. 

Le gustase o no a su madre, actividades como el ingreso en los Boy Scouts le eran recomendadas por los médicos e incluso por su propio padre, tanto para entrar en contacto con la naturaleza como para cultivar sus escasas habilidades sociales. Así que un verano, el preadolescente Howard acudió a un campamento y retornó con un aspecto más saludable que nunca: alejarlo de la sobreprotección materna había tenido el efecto de mejorar su estado general. Su padre estaba complacido, pero según cuentan los cronistas más atrevidos, su madre se puso histérica cuando el monitor del campamento les hizo saber que había sorprendido a Howard Jr. y a su amigo Dudley masturbándose mutuamente. Allene quiso impedir a toda costa que Howard regresara a un campamento e incluso quiso cortar de raíz todo contacto con Dudley, pese a que su marido insistía en que aquel episodio masturbatorio había sido un experimento que formaba parte de una etapa de descubrimiento «por la que yo mismo he pasado». Desde luego, la homosexualidad no estaba socialmente aceptada en aquellos tiempos, pero Howard Sr. no parecía tener la intención de hacer un gran problema del incidente. Allene, en cambio, estaba fuera de sí.

Según Darwin Porter —y esto, como casi todo en la vida de Hughes, podemos tomarlo, no tomarlo o tomarlo a medias— este hecho dio lugar a uno de los episodios más discutidos y difíciles de creer de aquellos años, por más que nunca podamos estar seguros de si sucedió o no. La ocurrencia de Allene para alejar a su hijo de la homosexualidad no pudo ser, según esta versión, más aberrante: consentir en que Sonny durmiese con ella en la misma cama, con lo que ella misma lo masturbaba de una a varias veces por noche para satisfacer los ímpetus del inicio de la pubertad. El propio Howard confesaría más tarde ante algún amigo —y aquí el dato vale tanto como la fiabilidad del testimonio— que experimentaba erecciones inmediatas «al sentir el contacto del cuerpo desnudo de su madre».

Las masturbaciones fueron, al parecer, la única actividad de aquella relación incestuosa. Howard había escuchado decir en el colegio que resultaba mucho más placentero cuando una chica «lo hacía con su boca» y llegó a pedirle a su madre que le practicara una felación, pero ella se negó y se limitó a la rutina masturbatoria. ¿Se produjo realmente aquel incesto continuado? Sabemos que no llegó a oídos de Howard padre, así que cabe la posibilidad de que los biógrafos más extremos hayan elaborado el asunto más de la cuenta. En todo caso sí podemos afirmar que Howard heredó de su madre muchas manías, fobias e incluso malas costumbres como la de cenar exactamente lo mismo todos los días de su vida: un filete con guisantes y un helado. En cuanto al tema de la masturbación materna, podría encajar en el personaje, pero es prácticamente imposible verificar los testimonios a estas alturas. 

En todo caso, cuando Howard tenía dieciséis años, su madre murió como consecuencia de las complicaciones de un nuevo embarazo (¿estaba embarazada, como afirman los más atrevidos, de Dudley, el amigo adolescente de Howard, o sencillamente de su marido como afirman las fuentes más conservadoras? ¿O quizá estaba embarazada de un tercero? Una vez más, resulta imposible saberlo con seguridad). Howard Jr. estaba desolado, y su padre se lo llevó consigo a Hollywood, donde lo matriculó —a fuerza de cuantiosos sobornos— en las mejores escuelas disponibles. Howard Jr. no era un buen estudiante, si bien a nadie le cabía duda de que era un muchacho intelectualmente brillante. Por ejemplo, en su garaje se había construido una radio casera e incluso una bicicleta motorizada. En California vivía acompañado de su prima favorita de Texas, Kitty, y gozaba de una cuantiosísima paga mensual a cargo de Hughes Tool Company, además de poseer una limusina con su correspondiente chófer a su servicio durante las veinticuatro horas del día.

En Hollywood tuvo sus primeras experiencias sexuales, si no contamos las referencias controvertidas y difíciles de probar al incesto o los escarceos con su amigo Dudley. Parece que fue en el asiento de su coche donde la actriz Blanche Sweet fue la primera en practicarle una felación, práctica que sabemos se convertiría en una de sus actividades sexuales favoritas durante la edad adulta. Tampoco resulta fácil precisar si fue en Hollywood donde se inició en la homosexualidad. Fue presentado a muchos grandes personajes de Hollywood en fiestas donde acompañaba a su tío Rupert, y las versiones más coloristas nos hablan de que fue seducido por el productor William Desmond Taylor. Incluso se habla de que llegó a estar involucrado en un triángulo sexual con el productor y el actor mexicano Ramón Novarro. Una vez más, ¿qué parte es verdad? ¿Cuándo descubrió Hughes su inclinación bisexual? Difícil de decir, pero parece probable que, estando en contacto directo con la promiscua industria cinematográfica de la época, el joven Howard, hijo de un millonario y sobrino de un reputado guionista, tuviera numerosas ocasiones para explorar el alcance de sus impulsos adolescentes. 

En Hollywood descubrió tres de sus grandes pasiones: la aviación —un paseo en avioneta que costaba cinco dólares tuvo la culpa—, el golf —llegó a ser un jugador amateur de gran nivel, que casi podía jugar con profesionales—, y la ambición de convertirse en productor cinematográfico. Y en esta última ambición iba incluida la posibilidad de conseguir los favores sexuales de muchas féminas (y por qué no, varones) del negocio. No iba a costarle demasiado: Howard era alto, bien parecido, bien educado, millonario y fantásticamente bien relacionado en Tinseltown. Aunque terminaría casándose con una chica también adinerada, la guapa Ella Rice, Howard Hughes terminaría convertido en un mujeriego empedernido. Ya fuese por su condición de productor, ya fuese por sus propias dotes para la seducción o por la aureola de gloria que adquiriría convirtiéndose en un héroe de la aviación, muchísimas mujeres —famosas y anónimas— pasaron por su cama. Sabemos que tuvo relaciones con Jane Russell, Gene Tierney, Joan Crawford, Bette Davis, Yvonne de Carlo, Cyd Charisse, Olivia de Havilland, Katharine Hepburn… en fin, la lista es muy larga. En el apartado masculino, los rumores siempre lo relacionaron con varios actores, pero muy particularmente con Cary Grant. En cualquier caso, la promiscuidad de Hughes fue tan tremenda que se llega a afirmar en ocasiones que los síntomas de la enfermedad que lo mató podrían corresponderse con un caso temprano de sida. Una vez más, nunca podremos confirmar ese dato. Pero como decíamos, sus andanzas en la vida adulta son bien conocidas, incluso se ha estrenado una película biográfica —bastante descafeinada, en mi opinión— dirigida por Martin Scorsese y titulada El aviador. Pero bueno, lo curioso es comprobar de qué manera heredó sus vicios y obsesiones de una familia disfuncional: madre sobreprotectora y neurótica hasta la médula, padre y tío extraordinariamente promiscuos… sin duda, el joven Howard Hughes llevaba el libertinaje en la sangre.

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2 Comentarios

  1. Le agradezco la divulgación sobre este personaje. Descafeinado el film de Scorses no diría. Pero bueno, son gustos. Cada escena comienza siempre con una fobia, una ojeriza o un deseo impetuoso. Causa compasión. Fue una molestia continua la excelente interpretación de DiCaprio.

  2. “El Aviador” es un film fallido a todas luces… está bién el accidente aereo y poco mas. Una pelicula hecha con el piloto automatico puesto. Aunque la que hizo hace unos años un senil Warren Beatty tiene pinta de ser aun peor…

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