
Frente a la opinión de los honorables miembros de la Asamblea Nacional, la Revolución francesa necesitó contar con las mujeres. Cierto es que Olympe de Gouges (1748-1793) recriminó a sus colegas y amigos que, a su parecer, actuaban más como hombres que como revolucionarios; por afirmaciones como esa fue llevada a la guillotina, aunque antes logró publicar en 1791 el manifiesto Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, un duro alegato a favor del papel de las mujeres en la Revolución. A fin de cuentas, las mujeres marcaron el tono de la vida social, cultural y artística con nuevas pautas sobre lo que habían hecho durante todo el período anterior, desde la Regencia hasta los años finales del alicaído rey Luis XVI. Baste citar el caso de Madame de Staël, la famosísima hija del ministro de Finanzas Necker, habitual en los salones y en los clubes donde se discutía de política como el arte de la gobernanza para una época prometedora. En ese ambiente destacaron tres mujeres: Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842), Joséphine de Beauharnais (1763-1814) y Thérésa Cabarrus (1773-1835). Con ellas tres se certifica una historia de mujeres durante los años de la Revolución francesa y lo que siguió: el Directorio, el Consulado y el Imperio (1789-1814).
Antes que nada debemos considerar que estas tres mujeres desarrollaron sus vidas en medio de las guerras que los enfants de la patrie llevaron a cabo por Europa, imponiendo un nuevo sentido a los valores que iban surgiendo en las acaloradas reuniones políticas: valores que afectaban al goût social en su conjunto, formas de vestir, de posar, de hablar, de peinarse, así como a sus efectos estéticos en el arte suntuario, en la literatura de evasión, en la música, en los ensayos que, sostenidos por el humanismo aún vivo en la cultura francesa, razonaban la necesidad de la guerra para imponer un estilo de vida conforme al espíritu revolucionario. Tres mujeres, iconos de una época tan fascinante como irrepetible, tres chicas de la Revolución.
I
A mayor gloria de la pintura francesa, que había alcanzado un lugar de excepción con Charles Le Brun en tiempos del Rey Sol, Élisabeth Vigée Le Brun optó desde su infancia por dedicarse a la pintura, siguiendo los pasos de los grandes maestros del rococó, pasos que se le hicieron familiares tras contraer matrimonio con Jean-Baptiste Le Brun (nieto de Charles), singular personaje del pequeño mundo del arte en París. Un matrimonio que no resultó del todo positivo. Ante la deriva revolucionaria, Élisabeth abandonó Francia en el otoño de 1789, dejándose llevar por su fuerte instinto. Un exilio de doce años (1790-1802) que la llevó primero a Italia, luego a Rusia y Austria, países todos ellos en los que realizaría una serie de retratos que, al mirarlos de cerca, expresan los cambios que se estaban produciendo en esos años en el mundo de la pintura con el abandono de la estética rococó, a la que la propia Élisabeth había contribuido con excelentes retratos de María Antonieta, la reina caída en desgracia, detenida por la policía política y encerrada en la Conciergerie, donde mataba el tiempo de espera leyendo novelas de terror.
Élisabeth, en efecto, había retratado a María Antonieta en diversas ocasiones y en poses bien diferentes: en 1779 de forma suntuosa en sus palacios; en 1783, con un vestido de muselina y un sombrero de paja a la moda pastoril, y en otras ocasiones exaltando la maternidad, una tendencia dentro de la alta sociedad que fue criticada por Simone de Beauvoir, pues vio en la sublimación de la maternidad un sometimiento de la mujer a la sociedad patriarcal, la negación de la identidad como «segundo sexo». Élisabeth, sin embargo, buscaba en sus retratos paisajes simbólicos más que ideológicos, como puede verse en el famoso retrato de la baronesa de Crussol, pintada con una partitura en la mano de la ópera Éros et Narcisse de Gluck, el músico de referencia en esos años. El valor que Élisabeth quería concederle a su pintura solo se explica si aceptamos la penosa imagen que ella se hizo del desarrollo de la República, fiel al ideal del pueblo en armas, como en la Antigüedad hicieron los romanos, cuyos juramentos fueron tema de representación por Jacques-Louis David en El juramento de los Horacios: un pueblo en armas que exigió la aplicación de una justicia revolucionaria que condujo a la guillotina a muchos de sus amigos y amigas, entre ellos a la confundida «austríaca», el nombre con el que el pueblo hablaba de la reina, sin percatarse de que ese despectivo apelativo se lo habían dado las demoiselles, las espantosas hermanas del rey Luis XVI. Así se forja la poética de una pintura que indaga en el alma de la mujer, en línea con las ideas de Rousseau expuestas en La nueva Eloísa, como remedio para afrontar el miedo social.
Durante sus años de forzado exilio, Élisabeth, además de recibir grandes honores —fue nombrada académica en Roma, Florencia, Bolonia, Parma, Ginebra, Aviñón o San Petersburgo—, retrató a las grandes damas europeas. Por citar solo unas pocas: la condesa Skavronskaïa, la reina de Nápoles o lady Hamilton, vestida de Ariadna o de Sibila, con el Vesubio al fondo mientras espera la llegada del almirante Nelson. Una vida errante rica en anécdotas y experiencias que terminó el 18 de enero de 1801 con su emotivo regreso a Francia, donde entró muy pronto en contacto con una generación de mujeres posrevolucionarias, como la condesa de Bassancourt, a la que retrata con una corona de flores y espigas y una cruz en el pecho, o viajando a menudo a Inglaterra y Países Bajos para realizar sus famosos retratos de mujeres. Una vida activa, intensa, de la que dejó noticia en su correspondencia con la princesa rusa Kurakin y en sus Souvenirs, publicados entre 1835 y 1837, memoria viva desde la época de Luis XVI hasta la Restauración con Luis XVIII, un relato de la época lleno de bellas anécdotas como aquella en la que narra que una vez, ya anciana (murió en 1842), al mostrar el dolor por unas ruinas, alguien le dijo: «Veo que madame poseía castillos aquí», a lo que ella respondió: «¡Oh, no! Mis castillos están en España», bromeando sobre la expresión francesa, aparecida en el siglo XIII en el Roman de la Rose, de que tener castillos en España es la expresión de los anhelos y de lo que no se logra alcanzar. En todo caso, Élisabeth fue una chica de la Revolución capaz de mostrar que el camino para que Francia se encontrara de nuevo consigo misma pasaba por la pintura. Delacroix lo entendió perfectamente en 1830 al retratar a la Libertad dirigiendo al pueblo en medio de las barricadas.
II
El dilema de Joséphine de Beauharnais (o, si se quiere, Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie) no era diferente del que corroía a muchas mujeres de los círculos de la alta sociedad parisina, pero con niveles mucho más altos de lucidez. La imposibilidad de mantener el gusto aristocrático iba unida a la imposibilidad de renunciar a los placeres, creados en tiempos pasados por el tipo de relaciones amorosas narradas por Vivant Denon en Point de lendemain (1777), también él atrapado en el fervor revolucionario (no fue casual que se embarcara con los demás savants en la aventura en Egipto). Joséphine eliminó el vínculo con la monarquía (que era además con su marido Alexandre François Marie, vizconde de Beauharnais, víctima de la guillotina) como si se tratara de uno de los muchos síntomas de la neurosis social de la década de 1790 en París. Y, en ese camino de reinventarse, encontró las claves para convertir a un taciturno, aunque afortunado, general de artillería en el icono por excelencia de la época —y de muchas épocas—: Napoleón. Ella reconoció en Bonaparte la reinvención, el padre primordial que necesitaba una patria huérfana de liderazgo y, por tanto, capaz de ajusticiar a su rey en la plaza de la Concordia. Un hecho que sucedió en los límites de la historia francesa, los años del Terror revolucionario, en un lugar que proponía un acto despreciable, «de mal gusto», a sus ojos. Conocer a Bonaparte significó para Joséphine el reconocimiento de un pater patriae que no pertenecía a una vieja dinastía, sino a una familia de los márgenes. ¡Era corso! Al igual que ella era una criolla de clase alta y fortuna considerable por la explotación de las plantaciones en las Antillas.
Bonaparte fue Napoleón, alguien cercano que creaba una sola historia, inconfundible; ahí residía la ventaja de su mustio «general» sobre los demás ambiciosos miembros del Directorio, por supuesto más que Talleyrand o que el propio Fouché: de las decisiones que ella tomó para transfigurar a su hombre en héroe emanarían gravísimas consecuencias sobre Francia. Para Joséphine, el privilegio de Bonaparte era doble: ser el hombre más cercano a la Revolución y ser el único capaz de acabar con ella. Ella era una de esas mujeres de la historia que conocen «les secrets» (Teodora también lo era en su relación con Justiniano, según Procopio) y esos conocimientos de lo oculto los utilizó para instalar a «su general» en las Tullerías. Una chica de la Revolución cambió la historia al sostener íntimamente las razones que llevaron al 18 de Brumario.
III
En una observación sobre su vida, Thérésa Cabarrus escribía que, en el estilo instaurado por la Revolución, los pensamientos más grandes se presentaban de pasada. Y así, precisamente, se puede entender el relato de la existencia de una mujer que, cuando menos, puede decirse que fue arriesgada. Pasaje vital extremo, desmedido, que, sin embargo, tenía la virtud de poner en duda el sistema universalmente aceptado de las relaciones de los franceses con el nuevo régimen revolucionario. Si dejamos a un lado (o para Balzac) Los chuanes, podemos tender un puente sobre el abismo que separa los dos mundos enfrentados en la Revolución y podemos comprender la situación más allá de un límite neurótico. Juana María Ignacia Thérésa Cabarrus Galabert fue una chica de la Revolución con el ánimo dispuesto a hacer entender las líneas políticas de aquellos años.
Aceptando que la vida de Thérésa es un sinfín de experiencias novelescas, esta actitud ante la historia no aminora su decidida vocación por la concordia, lo que le valió el título de Madame Thermidor. Si no fuera por su actitud crítica ante los violentos, por muy agentes de la Revolución que fuesen, no entenderíamos la forma de ser de Thérésa, una mujer que pasó de la aventura amorosa con el elegante Alexandre de Laborde, al matrimonio con el noble libertino Jean Jacques Devin de Fontenay (terminó en divorcio tras un suculento pago por parte de ella), a la prisión en Burdeos por su afiliación con los girondinos, donde fue rescatada por Jean Lambert Tallien, al que convenció de suavizar el Terror y las ejecuciones, lo que le dio el sobrenombre de Nuestra Señora del Buen Socorro de Burdeos, y, finalmente, a una nueva vida en París.
Vida realmente temeraria, piensa Fernando Díaz-Plaja en una biografía de 1943. Sin embargo, por ser así, Thérésa obtuvo un lugar en la historia al convertirse en una de las merveilleuses del Marais parisino. Durante los años de la Revolución redujo la grieta entre la mujer y el hombre, un papel social que el Antiguo Régimen reservó a las influyentes salonnières como Ninon de Lenclos, pues gracias a ella (aunque no estaba sola en eso) los Derechos del Hombre debían aplicarse también a las mujeres. Un gesto familiar hoy, pero innovador en el París de mediados de la década de 1790. Vida temeraria, ciertamente, la de Thérésa, una chica nacida (según su sesgada opinión) en el palacio de Carabanchel Alto, en Madrid, propiedad de su padre, natural de Bayona, el conde Cabarrús, financiero, amigo de Jovellanos y Floridablanca, creador del Banco de San Carlos y de lo que luego fue el Canal de Isabel II, hombre cercano a Carlos III y Carlos IV, y ministro de Finanzas de José Bonaparte. Vida temeraria, pues, que la lleva a cambiar Madrid por París a los doce años, para luego contraer matrimonio con un marqués libertino, del que se divorció mientras a su alrededor se comenzaban a sentir los aires de la Revolución. Si queremos una explicación de su modo de ser no puede haber más que la que sigue. Thérésa llevó la experiencia revolucionaria hasta su extremo; es decir, aceptó el desafío de unos cambios radicales conservando recuerdos de su vida anterior, como ella misma dejó escrito en 1793 en el Discours sur l’éducation, presentándose en público como la citoyenne Cabarrus. Sus fuertes convicciones políticas nacen de un instinto en el sentido de fijación rígida e inquebrantable hacia una verdad que creía suya y que, sin embargo, le condujo a la prisión de La Force, donde se encontró con Joséphine de Beauharnais. Es el momento en el que Thérésa se corta los cabellos y hace un grafiti de su amado Tallien en las paredes de la prisión, como quedó plasmado (y sin duda idealizado) en el retrato de Jean-Louis Laneuville de 1796. Tras ser trasladada a la prisión des Carmes y condenada a la guillotina, escribió una carta a Tallien en la que le reprochaba que no acudiera a rescatarla y en donde le narraba un sueño que acababa de tener, donde veía cómo asesinaban a Robespierre. Quizás ese sueño precipitó los hechos del 9 de Termidor (27 de julio de 1794), con la caída de Robespierre a manos de Tallien, y el ulterior matrimonio de Thérésa con Tallien el 26 de diciembre de 1794.
Instalada de nuevo en el centro del debate político, Thérésa insistió en recordar a los muchos que la escuchaban que, en el gran acontecimiento sobre el que fundaban sus vidas (la toma de la Bastilla del 14 de julio de 1789), las mujeres habían formado parte. Y aquí Thérésa, convertida ya en Madame Tallien, alcanza un eco que se consolida en la reafirmación de su amistad con Joséphine a través de la hija que había tenido con Tallien y en la disposición a cambiar de estatus, abandonando los círculos revolucionarios de su marido, al que responsabilizaba de los hechos de septiembre, una matanza de disidentes totalmente desproporcionada. Su punto de apoyo lo encontró, tras una fugaz relación con Barras, en el financiero Gabriel-Julien Ouvrard, que le ofreció primero compartir un hôtel particulier en la rue de Babylone (donde nacieron sus hijos) y, después, en el château de Rémicourt. Así pudo seguir de cerca la carrera del protegido de su amiga Joséphine y ser de las primeras en valorar el significado del 18 de Brumario. Luego Napoleón la quiso alejar de este mundo y ese fue, paradójicamente, el golpe de mayor fortuna de su vida. Gracias al mépris de Bonaparte, Thérésa entró en contacto con Madame de Staël, que sería retratada poco después por Vigée Le Brun como Corinne (en referencia a Corinne ou l’Italie, la novela que Staël había publicado en 1807) y, a través de ella, conoció al joven príncipe de Chimay. En este lugar de retiro tuvo el tiempo y el sosiego que le permitió reconstruir una tradición sumergida a través de la pasión por la música, la misma música que se interpretaba a menudo en el teatro creado en su propio palacio, y donde una vez acudió la famosa cantante de ópera María García, la hermana mayor de Pauline García, casada Viardot. En Chimay, Thérésa, la chica de la Revolución convertida en princesa, dejó vagar la imaginación en unos años en que el Romanticismo parecía la nueva oportunidad para que la historia contara con las mujeres. Aurore Dupin de Dudevant, en calidad de George Sand, aprendió mucho de esas experiencias para definir a Lélia.






