Un año comiquero más, con la vista atrás, no es fácil hacer un resumen del año (o del trimestre, para el caso) de una forma totalizante. Eso no existe a estas alturas, gracias a la apertura y ampliación (tímida pero notable) desarrollada en este nuevo siglo, que permite un abanico ya amplio de estilos, temáticas y procedencias. Al final, como no puede ser de otra forma, manda la mirada del que lee, que, pudiendo ser consciente de los caminos descartados, opta por destacar algunos muy concretos. La nuestra, sin dejar de abrazar cierta diversidad, cuaja en estas dieciséis recomendaciones en las que se han reunido interesantes experimentos formales, disquisiciones airadas sobre el arte, crítica anticapitalista más o menos velada, momentos biográficos de emoción contenida, dúos detectivescos coloristas y atípicos, ficciones sobre juventudes complicadas y amores frustrados en distintos tiempos y lugares y crónicas en trasfondos históricos poco comunes o lejanos, pero más pertinentes de lo que pudiéramos pensar. De nuevo, y cerrando 2025, estas son nuestras recomendaciones de los cómics más sugerentes del cuarto trimestre de dicho año.
Palindrotiras, de José Pablo García, con Peramento y ROF (Autsaider Cómics)
En la cabeza del que escribe Palindrotiras vive un pasado imaginario en el que cómics y literatura se daban la mano afablemente, con un ánimo lúdico despreocupado y jovial. La propuesta de José Pablo García, autor de la extravagante y biográfica Las aventuras de Joselito, explora el juego palindrómico a través del medio del cómic, no solo de su lenguaje, sino también viajando a lo largo de su historia. Así es que esta antología de viñetas, tiras y planchas de humor gráfico funciona también como aventura secuencial encadenada: arranca en las estampas en cerámicas griegas, avanzando a través de la historia de la narrativa ilustrada para llegar así al cómic y, en especial, al referencial de nuestro país. Y, al encarar su tercio final, la obra salta de lo cronológico a lo climático, desembocando en oscuro apocalipsis. El dibujante, como en la de Joselito, se muestra como uno de los más hábiles doppelgängers a efectos de estilo, dominando todo tipo de trazo, lo que posibilita un tebeo repleto de jugosas referencias para su culminar propósito. Y dejando un cómic muy disfrutón, que es de lo que se trata.
El disturbio eterno, de Joe Sacco (Reservoir Books)
Aunque pueda parecer que el caso de investigación periodística por parte de Joe Sacco en este nuevo trabajo sea casi de estudio antropológico en tierras lejanas, la verdad es que este ahondamiento en los quiénes, cómos y porqués de los disturbios populares nos pilla más cerca de lo que pensamos en los tiempos del bulo, la agitación radical por parte de la ultraderecha y la falta de confianza en las instituciones que deben velar por la convivencia civil y la justicia. El disturbio eterno pone la mirada en los conflictos violentos de Muzaffarnagar, en la India, entre jats y musulmanes. Sacco recorre la zona para indagar y profundizar en los hechos y despliega aquí una crónica que es testimonio de los intereses tras los discursos exaltados y la dificultad de llegar a la verdad por lo contradictorio de las versiones. He aquí un muy loable ejercicio de profundidad periodística que ausculta a uno y otro lado del conflicto, pero también de abajo a arriba, muy prodigado en lo gráfico tanto al detalle como a la gran panorámica. Periodismo en cómic que denota una gran vocación cautelar, como casi toda la obra de Sacco.
No sé, pero… creo que moriré, de Lorenzo Montatore (Astiberri)
No es la primera vez que Lorenzo Montatore aborda el tema de la muerte en sus cómics, ya sea como parte del relato enmarcado o bien con uno más específico, como en La muerte y Román Tesoro. No sé, pero… creo que moriré traslada esas inquisiciones a lo biográfico y a lo fabulado, a la anécdota y al sentir, para viajar al momento traumático de la infancia en el que el ser humano se vuelve consciente de su propia mortalidad a partir de la de otros. El dibujante proyecta en forma de cuaderno de dibujos y recortes un ejercicio confesional transparente, con un punto de apariencia naif, que recurre a las narrativas y estilos del humor gráfico clásico como forma de expresar el desasosiego ante el absurdo. Es también, en estas, un culto al dibujo como práctica liberadora que vuelve a mostrar cómo humor y horror están muy cerca el uno del otro en tanto formas de gestionar el cara a cara con lo difícil de encajar dentro de los marcos que nos formamos sobre la realidad.
Todo va a estar bien, de Power Paola (Apa-Apa Comics)
Slice of life con aire de cuaderno de viaje, la presente es una nueva crónica autobiográfica, testimonio de la vida seminómada (no muy digital, digamos, por si acaso). Todo va a estar bien transcurre entre aparentes anécdotas, encuentros, amistades y romances fugaces, historias con amagos de realismo mágico y un innuendo que se va instalando en el relato de forma sutil, como un codazo leve que parece un accidente pero no lo es. En lo que parece una historia de cuasiliminalidades y vagabundeos, Power Paola decide, para su recta final, plantar una dirección específica y enfocada que da un cierre fuera de lo que parecía el tono global del tebeo. La dibujante colombiana continúa entregada aquí a un estilo hierático pero sensible, rico en detalles y en la recreación de atmósferas, con un empleo del trazo que, como el fondo de la historia, niega la escisión entre lo naif y lo maduro.
El lobo en calzoncillos: Las parcelitas del conejo, de Wilfrid Lupano y Mayana Itoïz (Astronave)
Uno de los personajes más carismáticos del cómic infantil y juvenil no falta a su cita anual previa a las festividades navideñas. Los álbumes de El lobo en calzoncillos le dan la vuelta a los clásicos cuentos cautelares que buscaban instalar, a partir del miedo, mecanismos de seguridad y conducta cívica en los más jóvenes, para pasar a emplearlos como cuestionamiento crítico de los sistemas de opresión y explotación ejercidos por el capitalismo. En Las parcelitas del conejo, Wilfrid Lupano y Mayana Itoïz van más al grano que nunca, exponiendo las perversiones de la privatización desmedida que derivan en desigualdades económicas y sociales extremas. Un paso más allá, acorde con nuestros tiempos, los autores ponen en juego la cuestión del empleo de las nuevas tecnologías como pilares del nuevo sistema de explotación, empobrecimiento y control de los individuos. Un inquietante cuento para no dormir que no lo es por sus terribles criaturas fantásticas, sino por la acertada similitud con nuestra realidad, pese a la aparente absurdidad de su fabulada premisa.
En vela, de Ana Penyas (Salamandra Graphic)
Desde su puesta de largo, Ana Penyas no ha dejado de trabajar de forma muy pertinaz tanto en fondo como en forma el ensayo sobre el mundo contemporáneo a través del cómic. En sus obras precedentes, Estamos todas bien y Todo bajo el sol, la mirada se extendía hacia el pasado para poder entender mejor el presente, entendido este como el retrato de las condiciones de la vida de la gente común afectada por las decisiones de quienes ocupan puestos de poder político o económico. En vela se sale levemente de la transposición temporal para centrarse eminentemente en el momento actual y en uno de los grandes males contemporáneos, el insomnio, rastreando sus orígenes en la normalización de las presiones de un sistema capitalista con unas desquiciadas ambiciones neoliberales. Su estilo gráfico, que se prodiga en el uso del transfer, la caricatura feísta y algunos juegos efectistas con la composición, busca insistentemente sacar a flote la profunda anomalía instalada en nuestras rutinas, en las que damos por descontada la imposibilidad de un correcto descanso.
Fire!, de Hideko Mizuno (Arechi)
El reciente segundo boom del manga trajo una ampliación de la diversidad en el cómic japonés publicado en nuestro país que, entre otras cosas, abrió las puertas a la llegada de clásicos históricos inéditos hasta la fecha. Entre ellos, pudimos disfrutar del shōjo clásico de las autoras del mítico Grupo del 24. Es de agradecer que se establezca una continuidad en esa mirada hacia atrás, que en este caso habla de los precedentes de dicho grupo artístico. Hideko Mizuno es una mangaka, pionera del manga de la posguerra, que debutó en los cincuenta y trabajó en la residencia de autores de la Tokiwa-sō. Fue ayudante de Osamu Tezuka y quizá eso se nota en la presente, una obra que podría situarse como antecedente de las de Moto Hagio y Keiko Takemiya. Fire! es un drama con aires de «rebeldía sin causa» que establece unas relaciones tensas entre bohemia y conservadurismo y que, en lo visual, va en ascenso. Más allá de las influencias del kamisama, el preciosismo estético y los bellos juegos compositivos en la narración crecen notablemente según avanza la obra, definiendo un estilo propio que supondría una clara influencia en las autoras que vendrían después.
Santa Carencia, de Cecilia Varhead (La Granja)
Un poco como si el cómic Lo sabes aunque no te lo he dicho, de nuestra reciente Premio Nacional de Cómic Candela Sierra, se hubiera conjurado en un manual de las relaciones sociales y afectivas en la actualidad, así es como opera esta crónica del día a día de un puñado de jóvenes de veintitantos. En esta obra de la dibujante sueca Cecilia Varhead hay un poco de Simon Hanselmann (también con sus lances fantásticos, pero sin llegar al extremo más tóxico) en el retrato de unas relaciones de amistad definidas por la cercanía casi por arrastre y el ego coronado que no permite ver en el otro más allá de un satélite de nuestras circunstancias. En Santa Carencia, de trazo elegante y estética cuasiminimalista y colorida, se solidariza en el retrato con la contemporaneidad de Dog Biscuits, de Alex Graham, si bien más escorado hacia lo alternativo y con una sátira más frágil, desbordada con frecuencia por el drama que dirige el conjunto de la crónica.
Chumbo, de Matthias Lehmann (Ediciones La Cúpula)
Inspirada en la historia de su familia, Matthias Lehmann aborda aquí un amago de panóptico del siglo XX en Brasil. A través de las vidas —desde la infancia a la vejez— de dos hijos de un adinerado patrón minero y de las de los hijos del líder sindical que se opone a él, ofrece un abanico de formas de entender la vida —y vivirla—, así como de las ideologías que dominaron las tensiones durante los años de la dictadura militar. El autor franco-brasileño no busca elaborar tanto una tesis sobre aquellos tiempos como ofrecer una mirada amplia que no esquiva los rincones más oscuros, la opresión, la tortura y la doble moral ejercida por los elementos más recalcitrantes en el poder (o que creían estar en el poder). Uno de los aspectos más interesantes de Chumbo es la vivacidad de la narrativa de Lehmann, muy alejada de los novelotes gráficos de convenciones formales sobrias, que juega mucho al cambio de ritmo, al cambio de composición y al cambio de tercio imprevisibles, lo que evita el abotargamiento de la crónica y mantiene interesado al lector.
Cuando fuimos reyes, vol. 1, de Javier de Isusí (Astiberri)
Tiene un algo-mucho de iniciático el nuevo gran trabajo de Javier de Isusí, Premio Nacional de Cómic por su poco convencional cómic biográfico del dramaturgo Oscar Wilde. Uno entra en Cuando fuimos reyes, slice of life sobre los años de juventud universitaria, tal cual lo hacen los personajes en el tebeo, de forma fresca, con curiosidad y de cuerpo presente. No hay un ápice de nostalgia en un tebeo en el que entramos a explorar una ciudad que es invención del autor, así como también lo hacemos para descubrir la disciplina académica del esquinismo, invención prestada de la autora Laia Jufresa. Urbanismo, mirada e imaginación se van asentando en lo que parece un relato puramente costumbrista para ir practicando luego un thriller leve con notas de realismo mágico. De Isusí se recrea aquí en la panorámica exterior, pero también en la interior, haciendo un retrato humanista de sus protagonistas que practica diferentes grados de sutileza en el proceso para jugar eficientemente tanto con la familiaridad como con el misterio.
Absolute Martian Manhunter, de Deniz Camp y Javier Rodríguez (Panini Comics)
La nueva línea Absolute de DC —esa versión alternativa en la que los orígenes y los contextos de los superhéroes protagonistas se recrudecen como para poner a prueba sus esencias— no deja de traernos alegrías. Tras la interesante primera salva protagonizada por la trinidad, que ha establecido claramente los tonos del universo, llegan aquí los valientes pasos más allá, como los que se han mostrado en Absolute Martian Manhunter, la propuesta de Deniz Camp que amalgama géneros hermanos como el policiaco, el detectivesco y el noir y los viste de psicodelia pop y thriller paranormal. La mitosis del Detective Marciano en taciturno y taimado agente federal y misteriosa entidad —¿alienígena o imaginaria?— con sus extrañas habilidades telepáticas ha habilitado a un inconmensurable Javier Rodríguez para la práctica de infinitos empleos con la composición y con una forma narrativa plástica y fluida. El resultado es una serie que abraza convenciones familiares, pero que juega al retoque y a la exploración fresca e ingeniosa en su forma de llevarlo todo al papel, algo que no veíamos desde aquel Ojo de Halcón, de Matt Fraction, David Aja y Matt Hollingsworth.
Lienzo en blanco, vol. 1, de Akiko Higashimura (Planeta Comics)
Siendo la obra de Akiko Higashimura tan fundamentada en la experiencia autobiográfica, ya sea por sus vivencias personales o por sus pasiones temáticas, no nos debería sorprender la existencia de un manga como este. Lienzo en blanco es la crónica de los años de juventud de la autora en su formación como artista, relatada como una suerte de tragicomedia con los habituales juegos entre el tono bajo dramático constante y los golpes de humor entre lo tenso y lo mamarracho. La mangaka traslada así, con su estilo gráfico vivaz, rico en lo expresivo y con amplios recursos narrativos para jugar con el tono, los días en los que ingresó en una pequeña academia de arte extraescolar regentada por un profesor de disciplina espartana. Dinámica y emocional, es también un buen testimonio de los calvarios de los estudiantes japoneses para acceder a universidades de Bellas Artes, lo que la acerca a otras similares como Blue Period, de Tsubasa Yamaguchi.
Mi amor, de Paul Cox (Libros del Zorro Rojo)
A pesar de que, cuando hablamos del género romántico en cómic (o en otros medios, para el caso), nos vienen a la cabeza las piezas más populares, canónicas en estilo y repletas de convenciones argumentales, la verdad es que el género como tal está compuesto por una gran variedad de alternativas, notables excepciones que, al final, tampoco son pocas. Más allá, es posible abordar el género como un ejercicio de experimentación en el que objetivo y fondo parecen repelerse. Paul Cox planteó la presente como una suerte de juego. Primero dibujó montones de estampas de un señor y sus idas y venidas en los intentos de conquistar a la señora por la que bebe los vientos. Y luego las ordenó a placer como historieta, a modo (casi) de libro ilustrado. Mi amor surge, pues, como una tragicomedia entre el drama romántico y lo levemente bizarro, plasmada en ilustraciones mínimas con un trazo bruto y colorista. Divertida e inquietante, con el encanto naif y el dinamismo del cine mudo, resuelve el amor como un circo desquiciado de posibilidades dirigidas por el ego de uno que tiene poco (o nada) en cuenta a la parte deseada.
Brainrot, de Fernando Llor, Carles Dalmau y Eiden Marsal (Planeta Cómic)
Superpoblado como está el género amplio de la fantaciencia de tebeos que delinean sus trasfondos de forma vistosa pero irrelevantes e intercambiables respecto a sus tramas, se agradece una propuesta fresca y con vigencia en nuestra actualidad como la de Brainrot, un neopulp con carácter juvenil y alguna vuelta de tuerca interesante. Fernando Llor propone un universo que normalizó la existencia de criaturas sobrenaturales en su día, al punto de que sus protagonistas son una zombi detective y una zarigüeya parlante (y cómo). Bien planteado como circo de dos pistas a partir de su meridiano, en este thriller satírico que alterna distintos niveles de intensidad se ensaya con acidez sobre la estupidez y la complacencia arraigadas en la sociedad, sobre sus orígenes y sus consecuencias. Todo ello con gran efectismo en lo visual por parte de Carles Dalmau y Eiden Marsal, que juegan con la forma y con lo atmosférico para darle el punto postsiniestro que la premisa de la obra requiere.
Macarras interseculares, de Iñaki Domínguez y Marina Cochet (Astiberri)
A oportunos lomos de la publicación de Dum Dum, de Javier Marquina y Jaime Infante, la adaptación de las memorias del púgil madrileño, y del tímido «revival» del cine quinqui (véase Sueños y pan o Las leyes de la frontera), llega Macarras interseculares, la pertinente adaptación al cómic del ensayo de Iñaki Domínguez, una crónica oral de la historia del Madrid de las bandas callejeras de los años setenta y noventa. Si bien el cómic no resulta una mirada exhaustiva y total, sí deja testimonio de lugares y personas clave y aprovecha excelentemente su traslación al medio visual para dar vida a lugares en momentos que ya fueron, permitiendo entender los orígenes del macarrismo, respirar los ambientes y escuchar las voces de quienes allí estuvieron. Marina Cochet se prodiga en un dibujo realista en su caricatura, de estética bruta que no riñe con el detallismo y un color invasivo, alternante por capítulos, lo que habilita un pathos que empuja esta crónica intrahistórica marginal al anaquel de los mitos urbanos modernos.
Brunilda en la Plata, de Genís Rigol (Apa-Apa Comics)
Si hace unos meses nos parecía una barbaridad una carta de presentación como Encías quemadas, de Natalia Velarde, el dibujante catalán Genís Rigol decide que no es una excepción que los nuevos autores noveles vayan sobrados de talento e ideas. Después de algunas muestras de su trabajo en la revista underground-alternativa Forn de Calç, Brunilda en la Plata, su opera prima, se muestra como un retrato honesto tanto de las influencias como de las vocaciones de su autor. Pioneros modernos que miraban a los pioneros clásicos como Chris Ware u Olivier Schrauwen anidan aquí. Pero la de Rigol no tiene tanta voluntad de experimentación como de jugar con lo experimentado, en un virtuosismo formal que conjura una historia kaufmaniana donde se turnan el movimiento de los personajes entre escenarios concéntricos y una diatriba sobre las frustraciones del trabajo creativo. Pulcritud y dinamismo se dan la mano en esta danza visual, añeja pero fresca, una nueva constatación de una generación de artistas que, habiendo crecido bebiendo de otras fuentes de vanguardia, dan paso a poblar los horizontes alcanzados.