El tercer trimestre, que abarca la época estival, suele pensarse como el más flojo del año. Las editoriales entran en «semiletargo» durante el verano y esperan al inicio del curso para dejar caer la nueva tanda de propuestas fuertes a la espera de la campaña navideña. Es un buen momento en esta lista para recuperar algunos títulos que se quedaron en el tintero en anteriores trimestres. Pero, ojo, no es nada desdeñable lo que ha caído para estas fechas de todas formas.
Sigue la mirada hacia lo postapocalíptico, aunque de formas muy distintas a las convenciones del subgénero. El cómic juvenil ha brillado por su espíritu revolucionario en escenarios tan crudos como nuestro presente, sin abandonar la esperanza. Lo costumbrista y lo cultural se han dado la mano con los relatos de viajes, apostando por pequeñas grandes épicas que han ensalzado la amistad. También ha habido lugar para el desenfado, el festival grotesco y la carne desatada, lo que no se ha reñido con diversos retratos sobre la inteligencia.
Como guinda del pastel, lo culinario —esa temática que asoma la cabeza en el cómic con cierta frecuencia en estos días— ha tenido también su presencia en obras fuera de lo común. Estas son nuestras sugerencias de cómics para el tercer trimestre de 2025.
Recursos: un desafío para la humanidad, de Philippe Bihouix, Vincent Perriot, Maëlys Cantreau y Melisa Bickel (Norma Editorial)
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Las condiciones para la supervivencia a largo plazo en nuestro planeta pasan por entender cómo funciona nuestro entorno, tanto en lo macro como en lo micro. Recursos: un desafío para la humanidad pone el ojo en la cuestión de la finitud de nuestros recursos materiales en contraste con las perspectivas de crecimiento infinito del capitalismo. Los autores se convierten en protagonistas de este ensayo didáctico, en el que se enfrentan las visiones futuristas de la ciencia ficción aportadas por el dibujante Vincent Perriot con el realismo empírico del ingeniero Philippe Bihouix. De narrativa ágil y comprensión potenciada por los ejemplos gráficos, salvan cualquier amago de complejidad, y su estética colorista y la referencialidad visual a la obra de Moebius facilitan inesperadamente la exposición de cuestiones muy reales. Una rara avis en la que la imaginación fantástica habilita el discurso urgente sobre el presente y lo real.
Los hijos del imperio Vol. 1, de Yudori (Planeta)
Reina de hacer de lo frustrado el paisaje de lo salvaje, puro y no conquistado, Yudori se embarca aquí en la crónica de una fricción antiromántica bajo el marco de lo histórico-costumbrista. Emplazada en la Corea de finales de los veinte, Los hijos del imperio cuenta los ires y venires del hijo de una antigua familia noble rural caída en desgracia, apadrinado por una burguesa urbanita y adinerada, y la hija de esta última, que abraza la modernidad. El retrato de unos tiempos de bisagra entre lo viejo y lo nuevo es en realidad solo el telón de fondo para jugar con sus personajes como un gato con un ovillo, alternando refriegas con pequeños alivios, pero casi siempre desembocando en la elusividad marcada tanto por las psicologías de los protagonistas como por el contexto social en el que se mueven. Minimalismo en los escenarios y preciosismo en los retratos se unen para un relato visual elegantemente estético que mantiene la tensión sabiamente en la composición narrativa y en las elecciones de plano.
Andrómeda o el largo viaje a casa, de Zé Burnay (Mondo Cane Books)
El cómic portugués cuenta con autores y autoras de enfoques, intereses y estilos muy interesantes que conviene ir conociendo y que no está de más que, desde el país vecino, les demos un empujón. Zé Burnay, natural de Sintra, es un prolífico autor con un ojo en el arte de una forma abierta y amplia, que mira al mundo natural y a lo cotidiano, pero también a los mitos y a las leyendas. En esa confluencia, Andrómeda o el largo viaje a casa recuerda a los cómics de fantaciencia de Métal Hurlant: su estilo de línea bien definida y su ensimismamiento en el escenario remiten sin remedio a Moebius, aunque con un espíritu más underground. Este taciturno relato del peregrinaje de su protagonista sitúa al lector en un ambiente postapocalíptico que se difumina con lo natural, en el que los elementos fantásticos y míticos —sustituyendo a lo fantacientífico— se muestran entrópicos, restos de un mundo que ya fue. Abandone el lector la idea de los pesados, complejos y enciclopédicos trasfondos: la presente obra se lee perfectamente sobre la marcha y se configura como una odisea solitaria, jugosa y extraña sin más.
Absolute Batman, de Scott Snyder, Nick Dragotta y Frank Martin (Panini Cómics)
El nuevo Universo Absolute, que reinterpreta a varios personajes clásicos de DC, no deja de traernos alegrías en forma de tebeos entretenidísimos que, en su vuelta de tuerca revolucionaria, alcanzan sin dejar de hacerlo el núcleo de lo que hace interesantes a los cómics de este género. En Absolute Batman, Scott Snyder propone un Hombre Murciélago que parece seguir un camino intermedio entre el Batman 100 de Paul Pope y el The Dark Knight Returns de Frank Miller. Rabia silenciosa, ingenio estratégico e inevitable infalibilidad son los ejes clásicos asentados. Orígenes humildes, vínculos con lo público más que con lo privado y formación sobre recursos materiales son los ejes excepcionales. Nick Dragotta y Frank Martin contribuyen excelentemente a este experimento viejo-nuevo: la exuberancia y el salvajismo se compaginan perfectamente con lo nocturno e incluso con cierta elegancia asentada en lo brutal. Con permiso de Diana, quizás el más icónico de los Absolute presentados hasta la fecha.
Y llegué a Teherán – 15 000 km en bicicleta, de Isabel Del Real (Hachette Books)
Las crónicas autobiográficas de viajes no dejan de llevarse sopapos intermitentes, como cualquier cómic de no ficción que huela a «novela gráfica» y que haga amagos de ser tendencia o moda editorial. Lejos absolutamente de cualquier ínfula, se planta este relato de meses y meses pedaleando desde Francia hasta Irán y que, bajo su corteza de cartoné, esconde un espíritu más cercano al cómic alternativo fraguado en la fanzinería. Y llegué a Teherán presenta una estructura episódica que se sincroniza con las etapas y que acoge todo tipo de temas: desde los personales a los sociales, desde lo urbano a lo rural, desde la grandeza de lo paisajístico a las anécdotas más nimias. El dibujo de Isabel Del Real, heredero del trazo naif y de las amplias masas de negro de Marjane Satrapi y David B., ducho en preciosismo y en lo ambiental cuando así lo precisa, se revela como una herramienta excelente para ilustrar una historia que acerca la épica a lo cotidiano.
Heura, de Màriam Ben-Arab y Volker Schmitt (Bindi Books)
Ha tenido que venir un cómic infantil-juvenil a hacer realista un trasfondo postapocalíptico, evitando la romantización pseudoviril persistente del subgénero de ciencia ficción. Heura lo consigue sin epatar, poniendo énfasis en el retrato costumbrista de la vida después de un desastre, algo que para cada vez más población de nuestro planeta, desgraciadamente, resulta muy familiar. Màriam Ben-Arab y Volker Schmitt cultivan la idea de supervivencia a través de la solidaridad tras la hecatombe, el refuerzo del sentido de comunidad y el apoyo intergeneracional mutuo y, sí, consiguen transmitir tanto realismo y dureza como esperanza y calidez. Con una caricatura de trazo suelto y tierno, una narrativa dinámica y aventuras cortas de apariencia anecdótica pero con mucho trabajo de creación y ambientación de mundo, así como de mensaje hondo, este cómic es una perla de bondad necesaria en un mundo saturado de apariencias edgy y actitud malista.
Como un pájaro en una pecera, de Lou Lubie (Norma Editorial)
Cara o cruz, conviviendo con un trastorno mental fue la carta de presentación de Lou Lubie en nuestro país, un cómic de referencias autobiográficas sobre la ciclotimia que resultaba sorprendente porque lo comprensivo y claro de su exposición no se reñía con tonos emocionales, rompiendo con la idea de que lo didáctico en cómic tiene que ser aséptico. En Como un pájaro en una pecera, ensayo sobre las personas con altas capacidades intelectuales («superdotados» en el habla popular), se tira a la piscina de la ficción: dos personas AC se conocen y, en la revolución que esto supone en sus vidas, se habilita la posibilidad de ir explicando al lector cómo es su vida cotidiana, los prejuicios sociales respecto a su condición y las repercusiones en forma de trauma que eso puede acarrear. Un drama sencillo pero muy bien articulado, con protagonistas antropomórficos bien definidos y un dibujo que persevera en la línea clara y en el empleo de recursos narrativos tan amenos como ingeniosos.
Muérdete la lengua, de Dave Cooper (Ediciones La Cúpula)
Tengo la costumbre de encuadrar a Dave Cooper entre el underground primigenio, especialmente por el desenfado de sus historias y su gusto por poner sobre la mesa lo sexual, y el cómic alternativo posterior, más canalizado y estructurado, también dado a tratar tanto sobre complejos como de pulsiones (que, al final, viene a ser lo mismo). Muérdete la lengua, con algunas injerencias fantásticas, practica un slice of life cotidiano en dos historias. La primera: una comunidad de vecinos con un amplio abanico de formas de gestionar las pulsiones y el deseo, desde lo más sano a lo tóxico. Y la segunda: una jocosa versión orgiástica de la escena del camarote de los Hermanos Marx, en huida hacia adelante. Si las tramas ya tienen su qué, el estilo de Cooper —entregado al horror vacui, a la plasticidad exuberante sin despegarse del realismo (un poco sucio, sí)— no hace más que devorar nuestra atención.
Ruri, la tatuadora, de Bonten Tarō (Satori)
Algo más de underground también nos ha llegado, esta vez desde Japón. En esa labor de traer clásicos inéditos a nuestro país que nos permitan ampliar la fotografía de la historia del manga, Satori publica esta antología de historietas de un autor que compaginó su entrega al manga con su pasión por el tatuaje durante más de dos décadas, hasta que decidió dedicarse por completo a este último. En las historias de Bonten Tarō se dan cita tensos thrillers dramáticos que alternan lo criminal y el submundo yakuza con lo fantástico en unos y otros relatos. El mangaka, con un dibujo que en esta obra oscila en un baile entre lo hierático y lo dinámico, entre lo esbozado y lo detallista, va en busca de lo violento, lo sexual y lo escandaloso. Pero Ruri, la tatuadora da pie también a relatos con protagonistas femeninas de agencia remarcable, una rara avis en pulps y series B similares a la presente. Maestras tatuadoras y asesinas implacables se abren paso aquí con gran desparpajo.
Magda, cocinera intergaláctica, de Mathilde Van Gheluwe y Nicolas Wouters (Astiberri)
Es difícil (mucho) resistirse a la facilidad de resumir la presente como un «MasterChef Kids espacial con ecos de Harry Potter», que seguramente funcionará bien desde el ejercicio publicitario y comercial. Pero es que, aun habiendo algo de eso, Magda, cocinera intergaláctica encierra una enjundia enorme como para ser, en realidad, una crítica a esas etiquetas fáciles. Personajes icónicos, mucho drama y escenarios alucinantes son los pilares sobre los que Nicolas Wouters construye una épica con giros inesperados cuyo tono es la crítica al imperialismo colonizador y genocida contemporáneo. Sus tres volúmenes encierran una trama in crescendo que Mathilde Van Gheluwe lleva al papel con un estilo único. Pocas veces en la actualidad se ha visto un cómic juvenil con un arte tan cercano al vanguardismo, con esa soltura en el trazo y plasticidad en el diseño. Plasticidad también en lo referencial: aquí se reúnen clásicos del fantástico americano en cómic con voces más gamberras y alternativas. Genuinamente, un cómic del siglo XXI con personalidad propia.
Cocinando juntas, comiendo juntas, de Sakaomi Yuzaki (Tomodomo Ediciones)
Cinco volúmenes ya de este GL de cocinado lento (perdón) que se sale de las convenciones habituales en el género de los cómics románticos, maridando (perdón, perdón) dicha temática con la culinaria y llevando ambas un paso más allá. Cocinando juntas, comiendo juntas, por la vertiente romántica, supone una crónica intimista y pormenorizada del descubrimiento de la propia orientación sexual con todos sus riesgos en un país en el que los prejuicios aún son muchos (la obra los denuncia). Por la vertiente culinaria, lejos de ser el típico recetario narrativo, pone sobre la mesa la cuestión de los trastornos alimenticios. Sakaomi Yuzaki entrelaza ambos temas de una forma bastante natural y lo plasma en el papel con una narrativa abierta y expresiva que sabe dónde colocar la cámara para mayor efecto y con un estilo de dibujo elegante y bien definido. Como con Metamorfosis BL, otra rara avis de culto, defiende las aficiones pasionales como un punto de encuentro y un lugar seguro para personas de orígenes y trasfondos muy distintos.
No es mi trabajo, de Jabier Etxagibel y Simónides (Autsaider Cómics)
Una flor tardía de este trimestre, pero que vale la pena no dejar pasar, es esta sutil (a ratos no tanto) sátira sobre el arte de jubilarse en España (y en especial en el País Vasco). Repleto de personajes con su irritante puntito de mezquindad, No es mi trabajo mira hacia el funcionariado burocrático y otras instituciones locales para poner en duda su funcionalidad, así como la de su sistema. Jabier Etxagibel y Simónides empiezan su relato de la forma más inocua y costumbrista posible, con un dibujo de aires bruguerianos que es quizás lo único que hace amagos de revelar la pesadilla kafkiana que se avecina. Estamos ante una novela gráfica pertinentísima que se suma a la exposición de las penurias y perversiones relacionadas con el empleo en nuestro país, continuando la estela de Rotunda, de Candela Sierra, o Hecha a sí misma, de Alicia Martín Santos.
Margarita contra los vampiros, de Raquel Gu y Javier Pérez Andújar (Liana Editorial)
Partiendo también de lo cotidiano como pie para una aventura inesperada, pero con enfoques y resultados diametralmente opuestos a la obra anterior, Margarita contra los vampiros reúne a una troupe de parroquianos del barrio del Clot de Barcelona y los embarca en un viaje fantástico por Europa con el tablero del juego de la oca como mapa de ruta narrativo. Raquel Gu y Javier Pérez Andújar arramblan con una colosal cantidad de referencias y homenajes (tanto textuales como visuales) que convierten en continuas situaciones emocionantes e ingeniosos juegos de palabras, haciendo de la presente un entretenido quién es quién. Lo brugueriano, punto de confluencia de ambos autores, aquí se convierte en lírica marchosa, pero a través de una línea clara más clásica. Con un reparto de personajes de lo más variopinto, entre los cuales anida también mucho divertido guiño, la obra se convierte en un canto a la amistad y a la energía vital infinita que se deriva de ella.
Aya de Yopougon Integral Vol. 3, de Marguerite Abouet y Clément Oubrerie (Norma Editorial)
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Catorce años después de la publicación del último volumen de Aya de Yopougon en España, nos llega ya su nuevo cómic en forma de tercer volumen integral, siguiendo la reedición que Norma empezó en 2017. Originada en los años del resurgimiento de la bande dessinée de la mano de autores como Manu Larcenet, Joann Sfar o Christophe Blain, Marguerite Abouet y Clément Oubrerie se lanzaron a ofrecer un dinámico drama ligero que aportaba una visión de África (Costa de Marfil, en concreto) diferente de la que se había visto en el cómic hasta entonces. Lejos de los arquetipos prejuiciosos, de la visión eurocentrista o incluso del romanticismo exótico, la serie ofrecía historias protagonizadas por un amplio coro de personajes que se turnaban para seguir sus vidas, unas con muchos encuentros y desencuentros. Este África desde África, de trazo suelto y expresivo y estilo colorista, vuelve a nuestras manos con un repunte sutil sobre cuestiones sociales muy variadas, como los contrastes entre ciudad y campo o las diferencias de privilegios entre clases sociales.
Bruma, de Martín López Lam (Aristas Martínez / Ediciones Valientes)
Creo que pocos autores me han dejado impresiones genuinamente sensoriales como las que consigue provocar Martín López Lam. Cómics como Sirio y Giallá son piezas atmosféricas en las que, si uno consigue atisbar los textos, estos se convierten en voz en off de una experiencia sinestésica e inmersiva. Algo así sucede con Bruma, tercer cómic de trasfondo postapocalíptico de esta lista (también muy distinto de los ya presentados), que sigue las vidas de unos niños en una ciudad devastada. Bruma juega a la vuelta de tuerca con sus elementos de fantasía paranormal: no son los protagonistas los testimonios de lo extraño, sino que es lo extraño quien testimonia la vida de los protagonistas. Probablemente uno de los tebeos más sombríos del autor (y por eso destacan más sus luces), su trazo bruto y su atención al escenario vuelven a generar escalofríos.
20th Century Men, de Deniz Camp y Stipan Morian (Astiberri)
Muy de la vieja escuela del cómic de raíces literarias post-Vertigo es esta propuesta de Deniz Camp, un vistazo a un siglo XX alternativo con elementos de fantaciencia. 20th Century Men arma una trama mínima que parece una excusa para elaborar un retrato sobre la guerra, sus amplios tentáculos y lo variopinto de sus agentes. Cercano a referencias fílmicas que presentan los escenarios bélicos como nidos de pesadillas, y alternándolo con el relato de las intrigas en los puestos de poder, hay aquí una galería de arquetipos complejos: personajes que se antojan piezas de orfebrería, en posiciones y con discursos lejos de lo corriente. Stipan Morian se ajusta a la propuesta en un ejercicio de variedad estilística que le permite modular el tono, reforzar la expresividad y aterrizar en los terrenos del delirio, conjurando así la idea de que nada llevará más efectivamente al pacifismo que la experiencia más directa posible de la barbarie premeditada que es la guerra.