Arte y Letras Historia

Pedro de Guzmán y el epitafio de una nación

El epitafio de Pedro de Guzmán. Foto de Ángel L. Fernández.
El epitafio de Pedro de Guzmán. Foto de Ángel L. Fernández.

Epitafio

Sub hoc gelido Marmore Hispanie
Tristes Exubie continentur.
Regnorum numero potentíssima
Non viribus
Dives Metalis, frutibus Afra experes
Consilio ruit.
Iners non metuenda inimicis: Astrea
sublata, non verenda Populis.
Bonarum ab Eclesia expoliata indiget
Midas inter opes pauperrima Nauta.
Populo amore caret.
Insidiis, ambitione, dolo, obssesa, aflicta
et victa dolore.
Solatio destituta, omnibus exemplo
Succida jaccet.
Anno sue AEtatis florentíssimo 4000.

Traducción

Bajo este helado mármol de Hispania, 

yacen unos tristes despojos.

Fue la más poderosa en número de reinos, 

y no por la fuerza, 

rica en minas (metales), escasa en frutos, 

y cayó por falta de consejo.

Ya débil, no temida por los enemigos, 

Astrea soberbia, no venerada por los pueblos, 

expoliada, ha sido privada de sus bienes por la Iglesia. 

La más pobre navegante entre las riquezas de Midas 

carece del amor del pueblo.

Asediada por las traiciones, por la ambición, por el engaño, 

afligida y vencida por el dolor, 

privada de consuelo, como ejemplo para todos, 

yace abatida 

en el año más floreciente de su edad. 4000.

En 1775, mientras Carlos III consolidaba su fama de rey ilustrado, el XIV duque de Medina Sidonia, Pedro de Guzmán, entregaba un manuscrito que se ha mantenido inédito durante siglos: el Testamento político de España. Se trataba de su discurso de ingreso en la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, una institución creada para reunir a quienes querían reformar la nación bajo el patrocinio de la corona. Sin embargo, el texto del duque no fue una loa al progreso ni un programa moderado de reformas, sino todo lo contrario. Bajo la forma solemne de un testamento, lo que ofrecía era una sátira despiadada, un inventario de miserias nacionales que convertía a España en un cadáver que legaba a sus herederos sus propios vicios.

España, en boca de Guzmán, se presenta como una soberana en decadencia que lega a sus herederos no virtudes, sino taras estructurales: desgobierno, mediocridad, ignorancia, corrupción, superstición. Es un retrato que desvela hasta qué punto los ideales ilustrados podían chocar con la realidad de un reino que, pese a los intentos de modernización, seguía anclado en viejas inercias. Mientras Francia discutía con Voltaire y Rousseau sobre el contrato social y se preparaba para cuestionar los cimientos del absolutismo, en España se reforzaban las jerarquías tradicionales bajo una pátina de reformas administrativas. Inglaterra había convertido el empirismo y la ciencia experimental en políticas de Estado, con sociedades científicas y academias que impulsaban la Revolución Industrial, mientras aquí la agricultura era despreciada como oficio vil y las universidades seguían aferradas a la escolástica aristotélica. Incluso en Italia, fragmentada en reinos y principados, se ensayaban reformas legales y económicas que anticipaban un nuevo orden, y en los Países Bajos se promovía el comercio con pragmatismo y tolerancia religiosa. Frente a ellos, España ofrecía una imagen de quietud orgullosa, convencida de que el peso de la tradición bastaba para sostener su grandeza, aunque esa grandeza se desmoronara a ojos de sus propios contemporáneos.

Pedro de Guzmán había nacido en 1724, heredero de una de las casas nobiliarias más antiguas y poderosas de Europa. Su formación, marcada por figuras como Gregorio Mayans o el padre Feijoo, lo convirtió en un lector voraz y en un noble con inclinaciones reformistas. Llegó a solicitar en 1745 licencia para leer libros prohibidos y mantuvo dos bibliotecas: una pública, en su casa madrileña, y otra privada, escondida en un aljibe, para sortear la censura inquisitorial. En Andalucía, donde conoció de cerca a sus vasallos, imaginó proyectos de reforma agraria: repartir tierras ociosas, fundar poblaciones satélites cerca de ríos o costas, vincular al campesinado con una economía productiva. Fue también anfitrión de tertulias ilustradas y perteneció a la Royal Society de Londres junto con Jorge Juan. Todo esto lo convierte en un personaje adelantado, un noble que, desde el corazón del sistema, cuestionó sus fundamentos.

Sin embargo, su biografía revela también las limitaciones de la Ilustración española. El despotismo ilustrado de Carlos III, que se presentaba como modernizador, expulsaba a los jesuitas, recortaba libertades y sofocaba el pensamiento crítico. En ese contexto, el Testamento político es un gesto radical: una sátira que desmonta el mito de la España ilustrada. El documento adopta la forma de un testamento: España habla en primera persona, como si se dispusiera a morir, y declara sus bienes y disposiciones. Pero el legado que transmite es amargo. «Dejo por atributo a mi Nación el Don de Desgobierno», se lee en uno de los primeros pasajes. Esa ironía inicial anticipa la tónica de todo el texto: cada institución, cada cuerpo del Estado, cada costumbre nacional aparece deformada y ridiculizada, mostrando sus vicios esenciales.

La justicia es desterrada para no incomodar a los delincuentes. El mérito se proscribe para no ofender a los innumerables que carecen de él. Las universidades se convierten en fábricas de ignorantes: catedráticos que enseñan lo que no saben, discípulos que aprenden lo que deberían ignorar y una escolástica estéril que expulsa a Descartes, Copérnico y Euclides. La agricultura, ennoblecida en otros pueblos, es en España un oficio vil. El comercio, en vez de fomentar la producción nacional, se abandona a los extranjeros, que proveen de todo lo necesario mientras el país se complace en su indolencia. Los abogados y notarios son descritos como sanguijuelas civiles que prolongan pleitos para enriquecerse. El ejército debería armarse con cañas en lugar de fusiles, ceniza en lugar de pólvora y garbanzos en lugar de balas, para ahorrar hierro y pólvora. La marina debería fundir sus cañones en campanas y braseros. El Consejo de Indias, formado por consejeros que nunca han pisado América, gobierna por ciencia infusa. Y la Iglesia, hipertrofiada, multiplica órdenes y privilegios, vende sacramentos, convierte la religión en industria y desangra a la sociedad.

El tono del Testamento político oscila entre la sátira y la tragedia. España se presenta como una viuda envejecida que dicta su epitafio: «Inerte, no temida por los enemigos; al faltar Astrea, no venerada por los pueblos». El país, privado de justicia, sin respeto interno ni externo, se derrumba entre engaños, ambiciones y dolores. La imagen final es brutal: España, «privada de consuelo, ejemplo para todos», yace derrumbada. El epitafio en latín resume su paradoja: «De muchos reinos poderosísima, no por las fuerzas. Rica en metales, estéril de frutos, cayó por falta de consejo». Es la denuncia de un imperio que, habiendo acumulado riquezas inmensas de América, carece de instituciones capaces de convertirlas en prosperidad.

El suicidio alegórico de España al final del texto, a imitación de la casta Lucrecia, convierte la sátira en tragedia nacional. El país no muere por la fuerza de sus enemigos, sino por la corrupción interna, por la ignorancia elevada a sistema, por el desprecio hacia el mérito y el trabajo. El Testamento político de España no fue bien recibido en la corte. El propio Carlos III y sus ministros, más interesados en consolidar un despotismo ordenado que en permitir críticas libres, vieron en el duque un elemento incómodo. Pedro de Guzmán se retiró a Andalucía y terminó sus días lejos de los círculos cortesanos. Murió en 1779, enfermo y quizá envenenado, sin llegar a cumplir su sueño de exiliarse en Francia.

Sin embargo, el texto circuló en copias y llegó a ser plagiado en 1800, lo que demuestra su vigencia. No es un panfleto ocasional, sino una radiografía despiadada de un país que parecía condenado a repetir sus males. En su sátira se reconoce un diagnóstico lúcido: la incapacidad para aprovechar los recursos naturales, la hipertrofia de lo religioso, la mediocridad universitaria, la corrupción de la justicia, la falta de estímulo a la agricultura y la entrega del comercio a potencias extranjeras. Hoy, leído a distancia, el Testamento político conserva su frescura porque la ironía con que fue escrito muestra dinámicas que aún resultan familiares: la tendencia a disfrazar el atraso bajo apariencias de modernidad, la confusión entre autoridad y privilegio, el desprecio al mérito en favor de la protección, el abandono de la ciencia y la innovación frente al peso de tradiciones caducas. Guzmán no escribe solo contra la España de su tiempo: escribe contra un modo de entender la política y la sociedad que sobrevive en el largo plazo.

Ese gesto, escribir el epitafio de España mientras aún estaba viva, convierte al XIV duque de Medina Sidonia en un personaje singular de nuestra historia intelectual. Su sátira no fue un mero ejercicio literario, sino una llamada de atención sobre un país que confundía poder con gloria y riqueza con progreso. En sus palabras late la convicción de que solo la educación, el trabajo y la razón podían despertar a España de su letargo. No lo consiguió, pero nos dejó el testamento de una nación que, como él mismo escribió, «carece del amor del pueblo» y yace vencida por sus propios errores.

Agradecemos a Liliane Dahlman la generosidad al compartir su documentación, permitirnos fotografiar el manuscrito original del Testamento político de España y acompañarnos en la reconstrucción de esta historia. Su trabajo de investigación ha sido esencial para rescatar la voz incómoda y lúcida del XIV duque de Medina Sidonia. Muy pronto, la propia Dahlman publicará un libro en el que narrará con detalle la fascinante vida de Pedro de Guzmán, un noble ilustrado que escribió el epitafio de una nación mucho antes de que esta se atreviera a reconocerse en él.

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