#FuturoImperfecto Editorial

Houellebecq, la inteligencia artificial y la población sobrante

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Michel Houellebecq julio 1998. Cordonpress

Houellebecq, además de ser uno de los mejores escritores del siglo XXI tiene una capacidad de anticipación fuera de lo normal. Recuerdo que poco después de leer Plataforma sucedieron los atentados de Bali que parecían calcados a como se relataban en la novela. Luego me impactó como describía el aislamiento de los neohumanos en La posibilidad de una isla anticipándose a una sociabilidad rota por la hiperconexión digital, las redes sociales y esa mezcla extraña de contacto permanente y soledad absoluta. En Serotonina el narrador describe la España rural de principios del siglo XXI como un territorio que, involucrado en un proceso mortal de aumento de la productividad, se había ido desembarazando progresivamente de todos los trabajos poco cualificados, condenando así a la mayoría de su población al desempleo masivo.

La situación es descrita con una constatación climática, como decir que hay levante en Tarifa una tarde de abril. Conociendo esa habilidad que tiene el escritor francés para imaginar el futuro cercano es automático pensar en él tras leer el informe que ha publicado Anthropic sobre el impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral. Resulta más útil leer una novela de ficción de Houellebecq que la mayoría de los ensayos que están escribiendo los economistas sobre este asunto. En Serotonina no se narra un cataclismo, se describe la atmósfera que lo acompaña. Y esta es, como sabe cualquier persona que lleve un tiempo mirando la ecuación, exactamente lo que los índices no capturan.

La semana pasada, Anthropic publicó un informe titulado Labor market impacts of AI: A new measure and early evidence, firmado por Maxim Massenkoff y Peter McCrory, que es notable por varias razones, la primera de las cuales es su honestidad. Los autores se toman en serio la posibilidad de que estén midiendo algo que todavía no existe del todo, o que existe de maneras que sus herramientas no pueden ver. Proponen una métrica nueva, la «exposición observada», que combina la capacidad teórica de los modelos de lenguaje para ejecutar tareas con los datos reales de uso de Claude en entornos profesionales. La distinción es importante, porque no predice lo que la IA podría hacer sino que constata lo que ya está haciendo. Y lo que encuentran es que la brecha entre lo posible y lo real sigue siendo enorme. El modelo cubre actualmente solo el 33% de las tareas en la categoría de informática y matemáticas, que es donde más se usa. La revolución, según los datos, no ha llegado todavía, o al menos no ha llegado de la manera en que lo haría si la automatización fuera un acontecimiento y no un proceso.

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Figura 2: Capacidad teórica y exposición observada por categoría ocupacional. Proporción de tareas del puesto que los LLM podrían realizar teóricamente (área azul) y nuestra propia medida de cobertura del puesto derivada de los datos de uso (área roja).

Pero aquí empieza el problema conceptual que Houellebecq ya intuía. El informe mide desempleo. Concretamente, mide si los trabajadores más expuestos a la IA han visto aumentar su tasa de paro desde la irrupción de ChatGPT a finales de 2022. Y la respuesta es que no, al menos no de forma estadísticamente significativa. Lo cual parece una buena noticia hasta que uno se da cuenta de lo que esa métrica no puede ver: el paro que no aparece como paro. La población que sigue existiendo biológicamente, que consume, que aparece en las encuestas de población activa, pero que ha quedado funcionalmente fuera de la maquinaria productiva. Lo que Houellebecq llama, sin nombrarlo exactamente así, población sobrante.

En La posibilidad de una isla, en Plataforma, en la propia Serotonina, hay un personaje recurrente que no es un desempleado en el sentido estadístico. Es alguien que trabaja, o que ha trabajado, pero cuyo trabajo ya no articula nada: ni identidad, ni comunidad, ni sentido de continuidad con el mundo. Es el rentista de bajo vuelo, el funcionario redundante, el técnico de mantenimiento de sistemas que nadie usa del todo. No aparece en las curvas de desempleo porque técnicamente tiene un empleo. Aparece en las novelas de Houellebecq porque la literatura puede permitirse medir lo que los índices eluden que no es otra cosa que la sensación de haber sido declarado prescindible por un sistema que, sin embargo, no ha tenido la cortesía de despedirte formalmente.

El informe de Anthropic toca este nervio de forma indirecta, y tanto más perturbadora por eso. Uno de sus hallazgos más llamativos no tiene que ver con el desempleo sino con el empleo futuro. Señala que las ocupaciones con mayor exposición observada son las que el Bureau of Labor Statistics proyecta con menor crecimiento hasta 2034. No más paro ahora, sino menos entrada al mercado después. Y el dato más concreto en esa dirección es el que afecta a los trabajadores de entre 22 y 25 años. En los sectores más expuestos, la tasa de nuevas contrataciones para ese grupo ha caído un 14% desde 2022. No hay más gente en el paro. Hay menos gente entrando. La puerta no se cierra de golpe; simplemente se estrecha, despacio, con la discreción característica de los procesos que nadie quiere nombrar antes de que sea demasiado tarde para nombrarlos.

Esto es lo que David Graeber llamaría, con su particular crueldad analítica, un movimiento de reorganización del sinsentido. En Bullshit Jobs, Graeber argumentaba que el capitalismo tardío no había reducido las horas de trabajo a medida que aumentaba la productividad, como Keynes había predicho, sino que había proliferado tareas vacías, trabajos cuya única función real era mantener ocupada a la gente y legitimar su participación en el intercambio económico. La IA, según el perfil de uso que describe el informe de Anthropic —tareas de oficina, administración, entrada de datos, atención al cliente, análisis financiero de nivel medio—, está entrando exactamente en ese territorio. No para liberar tiempo humano hacia actividades más significativas, sino para decidir, en silencio y con una métrica de exposición, quién va a seguir siendo contratado para hacer versiones degradadas de esas tareas y quién ya no va a ser contratado para nada.

Hannah Arendt distinguía en La condición humana entre labor, trabajo y acción. La labor es la actividad necesaria para la mera reproducción biológica, cíclica, sin resultado duradero. El trabajo produce objetos permanentes, civilización tangible. La acción es la participación en el espacio político compartido, la única dimensión donde el ser humano se revela como singularidad irreemplazable. Buena parte del debate actual sobre IA y empleo es, exactamente, un debate sobre el futuro de la labor: las tareas repetitivas, descomponibles en unidades medibles, que son precisamente las que el informe de Anthropic enumera como «cubiertas» o en vías de serlo. Lo que nadie discute —ni el informe, ni la mayoría de los análisis económicos— es si esa automatización de la labor va a reforzar o a erosionar las condiciones para la acción. Si va a dejar más espacio para la participación política significativa o si va a producir exactamente lo contrario: una masa de personas técnicamente libres, estadísticamente ocupadas pero psicológicamente vaciadas.

Houellebecq no es un pensador político. No propone soluciones. Lo que hace, con una consistencia que sus críticos confunden con nihilismo y que es en realidad una forma de rigor, es describir la textura emocional de vivir en una sociedad que ya no sabe qué hacer con la mayoría de sus miembros pero que tampoco ha decidido decírselo. El paro fantasma que sugiere el informe de Anthropic —ese desacople creciente entre actividad visible y reconocimiento económico real, ese estrechamiento silencioso de la puerta de entrada para los jóvenes— es exactamente el material que Houellebecq lleva dos décadas novelando. La diferencia es que él lo ambientaba en un futuro cercano y desagradable. El informe de Anthropic, con su lenguaje de regresiones y diferencias, está describiendo el presente.

Los datos dicen que no hay un shock. Que la tasa de paro de los más expuestos no ha subido de forma significativa. Que los efectos, si existen, son graduales y difíciles de aislar del ruido estadístico. Todo eso es probablemente cierto. Pero hay una frase en el propio informe que los autores incluyen como advertencia metodológica y que merece leerse como algo más: «Este marco resulta más útil cuando los efectos son ambiguos y podría ayudar a identificar los empleos más vulnerables antes de que el desplazamiento sea visible». Es decir, nos sirve para detectar cambios silenciosos. Cuando el futuro llega como llega casi siempre en las novelas de Houellebecq, no como catástrofe sino como clima. No como un acontecimiento que se pueda fechar, sino como una atmósfera que ya estaba ahí antes de que supiéramos nombrarla.

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7 comentarios

  1. Joserra de la Mar

    El daño es tan patente que espanta, y no hay aquí conato fonético. Hay una autoridad ilegítima, a la sombra en una de las significaciones de la locución. Con una concentración de poder insólita en la historia. Derivada del procesamiento de la información cuyo manejo les ha cedido la autoridad legítima en nombre del pueblo. Esa técnica nos hace cosa, nos cosifica, nos priva de protagonismo. Nos quita los proyectos con el señuelo de la eficacia. Los proyectos son nuestra ilusión, nuestra alegría. En diez años no hay más que cucarachas, algunas con dos patas. Y nos ofrecerán eficacísimos remedios.
    El capitalismo de vigilancia Shoshana Zuboff lo explica en mil páginas. Casi todos sabemos ya, empuja que te empuja uno para aquí el otro para allá, que todo se reduce a algo tan sencillo como que hoy ya el uso de la técnica nos hace cosas, como hubo precursores que anunciaron. Y hay un plan y una estructura. A ver si va a ser el último terrorismo. Nosotros las cucarachas y nuestro paños calientes. Me quedan fanzines hawaianos.

  2. Rapael de la Geto

    Joserra, dile a la IA que baje dos marchas con las hipérboles, que entre las cucarachas y el apocalipsis tecnológico uno ya no sabe si leer o llamar a fumigar.

  3. A mi lo que me preocupa seriamente es la mentalidad imperante de los últimos años, fanática de lo tecnológico, que viene a defender el progreso por el progreso; el progreso a costa de lo humano.
    Sustituir al humano en la realización de un trabajo, de una profesión, que le dota de sentido-propósito-identidad, que vertebra una vida humana completa, todo ello con la supuesta contraprestación de ganar más…. productividad?… tiempo libre?… o qué exactamente?, y para quién?.

    Los avances técnicos y productivos han ocurrido y ocurrirán siempre: la locomotora de vapor dejó sin trabajo al que conducía la diligencia, pero había un sentido, una retribución a la comunidad, que legitimaba de alguna forma los daños colaterales del avance. Pienso que ahora es diferente, la meta o el fin ya no es contribuir a mejorar la vida de las personas, es nos dicen, pero no.

    Sinceramente, para que c****** quiero yo que una IA sustituya al gestor administrativo del barrio? o al contable de mi oficina? que ganamos yo y la comunidad con eso?.
    Algunos dicen; para ir más rápido, para gastar menos tiempo, menos dinero, optimizar no se qué; pero, a dónde vamos a ir tan rápido? si cada vez estamos más perdidos como sociedad.

    Las redes venían a ampliar las relaciones humanas, a enriquecerlas, a posibilitar recuperar el contacto con amistades del pasado o personas que vivián lejos, etc. Y en qué han derivado? en intoxicar significativamente las relaciones humanas, y lo que es peor, en normalizarlo y sentar patrones de conducta enfermizos, cosificando a las personas a edades cada vez más tempranas, a truncar el desarrollo psicoafectivo de muchos (y más cosas que no pongo para no parecer el loco del día del juicio final con la campana y el cartel).

    Sinceramente, que mierda esperamos que pase con la implantación masiva de las IAs? Es que de verdad, parecemos todos nuevos.

    Mi propuesta: que se dirijan las IAs a la lucha contra la corrupción, a los estudios médicos y a la seguridad, y que nos dejen en paz al resto.

  4. Tomás Cuesta

    Una mirada lúcida. Nada que añadir. Las inercias sociales están ahí, las mentes pioneras encontrarán las grietas. El artículo, además, una hibridación de mente humana y redacción al menos parcial por la IA -creo reconocer algún patrón- es excelente prueba de parte de las tesis (de la potencialidad, ojo, no de la redundancia). Gracias.

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