Geopolítica Política y Economía

Jared Kushner, la mano que mece la Casa Blanca

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Jared Kushner en Israel (2025). Credit:URMAN/SIPA/2510130815

En septiembre de 2025, tres nombres aparecieron juntos en la mayor adquisición de capital privado de la historia: el Fondo de Inversión Público saudí (PIF), Silver Lake y Affinity Partners. El objeto de la operación era Electronic Arts, adquirida por 55.000 millones de dólares. Según el Wall Street Journal, el yerno de Donald Trump, Jared Kushner, fue quien conectó a Silver Lake con la cúpula del PIF cuando las conversaciones sobre la compra se aceleraban, actuando como figura central en las negociaciones durante meses. Affinity Partners retuvo solo un 5% del capital. El PIF y Silver Lake se quedaron con las participaciones mayoritaria y minoritaria respectivamente. La pregunta que se hacían los analistas era la misma de siempre con Kushner: ¿qué aporta exactamente alguien con un 5% a una operación de 55.000 millones? Fuentes cercanas a las negociaciones respondieron sin rodeos: su presencia facilitaría el paso del acuerdo por el Comité de Inversión Extranjera de Estados Unidos, el organismo federal encargado de revisar las compras de empresas americanas por inversores extranjeros, cuyos miembros son nombrados por el presidente.

Este fin de semana, una nueva exclusiva en el Wall Street Journal: ese mismo Silver Lake aparecía como inversor central en el acuerdo que mantuvo a TikTok operando en Estados Unidos, junto a Oracle y el fondo de Abu Dhabi MGX, pagando 10.000 millones de dólares al Tesoro estadounidense como compensación por el papel de la administración Trump en desbloquear la operación. Kushner no figura en el acuerdo de TikTok. No hace falta. La red ya está tejida. Es el gran facilitador de los últimos movimientos económico-políticos del Gobierno Trump. El Golfo Pérsico, Israel y Estados Unidos, conectados con una figura que mece los negocios del presidente-magnate, mientras aún está en marcha la guerra de Irán.

En este mundo de hombres fuertes, es tan importante analizar las figuras centrales como aquellas personas que no aparecen en los organigramas, que tejen en la sombra y que construyen los acuerdos. En lo financiero y en lo político.

En octubre de 2025, en la Plaza de los Rehenes de Tel Aviv, decenas de miles de personas ovacionaban a Jared Kushner, hijo político del presidente de Estados Unidos, sin cargo, sin título, sin sueldo (oficialmente). Kushner recibía ese día una aclamación que pocos diplomáticos profesionales han conocido en vida. Había contribuido a cerrar el acuerdo de alto el fuego entre Israel y Hamas. Trump, desde Washington, lo resumió con la economía verbal que lo caracteriza: “We called in Jared. We need that brain on occasion”. La frase, pronunciada ante el Parlamento israelí (Knéset), lo decía todo sobre la naturaleza de un hombre que lleva una década operando en los márgenes del poder formal sin pertenecer nunca, del todo, a ninguno de sus dos lados.

Tres meses después, ese mismo hombre sin cargo apareció en el Foro Económico Mundial de Davos presentando un plan maestro para reconstruir Gaza. Las diapositivas mostraban imágenes generadas por ordenador de torres de cristal, marinas de lujo y playas repletas de turistas. Mientras las presentaba, más de 71.000 palestinos habían muerto, cientos de miles vivían en tiendas de campaña expuestos a enfermedades y tormentas, y las fuerzas israelíes ocupaban la mitad del enclave. Kushner sonreía ante las diapositivas y declaraba: «No tenemos un Plan B. Tenemos un plan».

El hijo del hombre condenado

Como tantas historias americanas, la de Kushner empieza en el dinero familiar y en una humillación que se convierte en combustible. Kushner nació en 1981 en Livingston, Nueva Jersey, en el seno de una familia de promotores inmobiliarios judíos que habían emigrado desde Bielorrusia. Su padre, Charles Kushner, construyó un pequeño imperio de bienes raíces antes de ser procesado en 2004 por evasión fiscal, manipulación de testigos y financiación ilegal de campañas. El fiscal que lo llevó ante los tribunales se llamaba Chris Christie. La acusación incluía un episodio que decía mucho sobre el carácter familiar: Charles había contratado a una prostituta para que sedujera a su propio cuñado (que colaboraba con la investigación federal) y grabara el encuentro para enviarle la cinta a su hermana. El juez lo resumió con precisión incómoda: le costaba “reconciliar al hombre generoso con el hombre vengativo y detestable”.

Charles cumplió catorce meses de los dos años de condena, perdió su licencia de abogado en varios estados y quedó políticamente inhabilitado durante década y media. Hasta que Trump, su futuro consuegro, socio informal en el mundo inmobiliario y anfitrión de la boda de sus hijos en uno de sus clubes de golf en Nueva Jersey en octubre de 2009, le concedió un indulto presidencial en los últimos días de su primer mandato. En 2023, Charles donó un millón de dólares a la causa. Y Trump se lo agradeció nombrándole embajador en Francia. El ciclo se cerró con la ‘elegancia transaccional’ que define a ambas familias.

El número dos que nadie eligió

Cuando Trump llegó a la presidencia en 2016, Kushner no llegó solo. Llegó con Ivanka y con una filosofía de poder que lo convertiría en el actor más peculiar de aquella administración: la del dealmaker que no entiende los problemas como políticos, sino como transacciones que esperan el momento correcto y el interlocutor adecuado. Brad Parscale, el director digital de la campaña, dijo entonces que el propio Kushner instaló en el cargo, afirmó entonces: “Nadie tiene más influencia en la Casa Blanca que Jared. Nadie tiene más influencia fuera de la Casa Blanca que Jared. Es el número dos después de Trump».

La lista de asuntos que cayeron en su órbita resultó inverosímil para alguien sin experiencia en gobierno: la paz en Oriente Medio, la reforma de la justicia criminal, la renegociación del NAFTA, la respuesta al COVID-19, las relaciones con China, la construcción del muro fronterizo. Algunos de sus críticos interpretaban este portafolio como la prueba de un nepotismo impune. Sus defensores lo leían como evidencia de que Trump confiaba en él por encima de cualquier burocracia.

Lo cierto es que Kushner operaba con un estilo reconocible: silencioso, persistente, enemigo de las confrontaciones públicas, maestro de los canales paralelos. Según funcionarios del gobierno, celebró conversaciones con el senador Lindsey Graham sobre una reforma migratoria a espaldas del secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, y consultó al asesor de salud de Obama, Zeke Emanuel, sobre cómo salvar el Affordable Care Act, contradiciendo la doctrina republicana oficial. No era ideología. Era pragmatismo puro, a veces llevado hasta el extremo de la incoherencia.

El príncipe y el yerno

El capítulo más revelador de su trayectoria política, y también el más oscuro, es su relación con Arabia Saudí y con el príncipe heredero Mohammed Bin Salman (MBS). Kushner fue el arquitecto de la visita de Trump a Riad en mayo de 2017, el primer viaje al exterior de aquel mandato, y el artífice de la relación personal con MBS que transformaría la política exterior americana en la región. El New York Times reveló que ambos hombres se comunicaban directamente por WhatsApp, tuteándose como Jared y Mohammed incluso después de que la Casa Blanca intentara imponer restricciones a esas conversaciones. The Intercept fue más lejos: según el rotativo, MBS había presumido ante confidentes de que Kushner estaba “en su bolsillo”, y que el yerno de Trump le había proporcionado los nombres de saudíes desleales a la corona durante su visita a Riad en el otoño de 2017. Días después, el príncipe arrestó a más de 200 miembros de la familia real y empresarios y los encerró en el Ritz-Carlton de Riad.

Esa cercanía tuvo consecuencias que iban más allá de los mensajes de texto. En octubre de 2018, el periodista Jamal Khashoggi fue asesinado y desmembrado en el consulado saudí de Estambul. La CIA concluyó que MBS había dado la orden. Según distintos reportes, Kushner aconsejó al príncipe cómo gestionar la crisis diplomática y se convirtió en su defensor más activo dentro de la Casa Blanca. La administración nunca aplicó sanciones sustantivas. Trump vetó dos medidas bipartidistas que habrían bloqueado la venta de armas a Arabia Saudí. Kushner describió públicamente el asesinato como uno de los “errores” de MBS y calificó al reino de “muy buen aliado”.

Lo que hace la relación especialmente difícil de analizar como conflicto de intereses convencional es su estructura contractual. Según el New York Times, el acuerdo original entre Affinity y el PIF incluía una cláusula que garantiza a Arabia Saudí derecho preferente en cualquier nueva ronda de captación de capital. No es una inversión puntual. Es un vínculo permanente entre el yerno del presidente y el régimen que gobierna las reservas de petróleo más grandes del mundo. Cuando Kushner negocia en Oriente Medio, lo hace con ese contrato en el bolsillo.

Affinity Partners, o cómo cobrar sin rendir cuentas

El 20 de enero de 2021, Kushner salió de la Casa Blanca. Biden derrotó a Trump en las urnas, a pesar que el magnate arengó al trumpismo para asaltar el Capitolio a principios de ese año. Un día después que Trump abandonara la Casa Blanca, Kushner fundó Affinity Partners. La velocidad lo decía todo. En menos de veinticuatro horas, el asesor sin sueldo se convertía en gestor de fondos con ambiciones de 7.000 millones de dólares, sin un solo día de experiencia en capital privado y con un historial inmobiliario que incluía haber estado a punto de arrastrar a la quiebra la empresa familiar. Seis meses después, Arabia Saudí transfería 2.000 millones al nuevo fondo, ignorando la recomendación de su propio comité de inversiones, que había señalado la inexperiencia del equipo y las comisiones excesivas. La decisión la tomó Mohammed Bin Salman en persona.

Lo que siguió fue objeto de investigaciones del Comité de Supervisión de la Cámara y del Comité de Finanzas del Senado. Según los datos recopilados por Legum y Sims en Popular Information, Affinity Partners recaudó aproximadamente 3.000 millones de dólares, de los cuales el 99% procede de fuentes extranjeras: Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y un quinto inversor que la firma se niega a revelar. No hay un solo inversor estadounidense. En ese tiempo, la firma cobró más de 157 millones de dólares en comisiones de gestión (87 millones solo de Arabia Saudí) sin haber distribuido un solo dólar de beneficios a sus inversores. Hasta mediados de 2024, Affinity solo había invertido unos 1.100 millones de los 3.000 recaudados. Kushner, en la práctica, cobraba decenas de millones en comisiones por tener el dinero de gobiernos extranjeros en una cuenta bancaria.

El Comité de Finanzas del Senado fue directo en su conclusión: todo esto sugería que los inversores de Affinity podían no estar motivados por consideraciones comerciales, sino por la oportunidad de canalizar dinero de gobiernos extranjeros hacia la familia del presidente de Estados Unidos. El senador Ron Wyden formuló la pregunta que muchos se hacían en voz baja: si los inversores no reciben rendimientos, ¿qué están comprando exactamente?

La respuesta, al menos en parte, la dio el propio Kushner en una conferencia en Miami Beach, donde admitió atraer inversores destacando su capacidad de hacer cosas “desde el lado geopolítico, desde el lado de las conexiones, desde el lado de la resolución de problemas”. Una declaración que el Comité de Finanzas interpretó como evidencia de que podría estar actuando como agente no registrado de un gobierno extranjero, lo que constituiría una violación de la Foreign Agents Registration Act. En una carta al fiscal general Merrick Garland, el Comité instó a nombrar un fiscal especial para investigar el asunto.

Garland no actuó. En noviembre de 2024, Trump se merendó a Kamala Harris en las elecciones presidenciales. La investigación quedó enterrada antes de haber llegado a ninguna parte. Con el mismo hombre en la Casa Blanca y su yerno de nuevo en la órbita del poder, el escrutinio sobre Affinity Partners pasó a ser, en la práctica, un asunto sin fiscal, sin consecuencias y sin fecha de resolución. En diciembre de ese mismo año, Kushner prometió públicamente no captar más capital durante el segundo mandato. «No necesitamos recaudar capital durante los próximos cuatro años», declaró al podcaster Patrick O’Shaughnessy. Tres meses después, según reveló el New York Times, sus representantes ya se habían reunido con el PIF saudí para explorar una nueva ronda de hasta 5.000 millones de dólares. La promesa había durado menos que el intervalo entre dos visitas a Riad.

En febrero de 2024, Affinity Partners firmó un acuerdo con el gobierno serbio para construir un complejo de lujo sobre el solar de la antigua sede del ejército yugoslavo en Belgrado, destruida por la OTAN en 1999. El contrato incluía un arrendamiento de 99 años a título gratuito y una cláusula que exigía construir un monumento a las «víctimas de la agresión de la OTAN». El general Wesley Clark, que comandó aquella operación, lo calificó de traición. Kushner no retiró la cláusula. Lo que siguió fue un colapso en cámara lenta: protestas en Belgrado, una investigación anticorrupción, cuatro funcionarios serbios imputados y, en diciembre de 2025, la retirada de Affinity del proyecto. Los inversores del Golfo habían pagado decenas de millones en comisiones por financiar una operación que terminó en escándalo judicial en los Balcanes.

Lo que sus defensores no olvidan

Sus aliados articulan un argumento diferente. Apuntan a los Acuerdos de Abraham, firmados en 2020, como el logro más significativo de la diplomacia americana en Oriente Medio en décadas. Señalan la First Step Act de 2018, que redujo penas mínimas con apoyo bipartidista y cuyo papel el representante demócrata Hakeem Jeffries llegó a elogiar públicamente. Y destacan que, cuando Trump intentó impugnar los resultados electorales de 2020, Kushner le dijo a su suegro que no participaría en ninguna investigación sobre un fraude que ni él ni Ivanka creían real.

La imagen que emerge de estas dos lecturas no es la de un villano de película ni la de un estadista incomprendido. Es algo más perturbador: la de alguien que habita simultáneamente múltiples lealtades —a su familia, a sus inversores, a los líderes del Golfo, a la política exterior americana— sin reconocer jamás que pueden entrar en colisión. O, peor aún, reconociéndolo y calculando que puede gestionarlo.

Un diplomático regional que trabajó con él durante el primer mandato lo resumió con una frase que recorre los pasillos de Washington: “Nadie en el equipo entrante tiene lo que tiene Jared. Y eso es confianza. Jared se la ganó. No la tenía al principio. Se la ganó. Eso lleva tiempo construirlo”. Lo que el diplomático no añadió —pero que el historial de Affinity Partners hace inevitable preguntarse— es si esa confianza fue ganada o vendida.

El hombre sin cargo que nunca se va

El 26 de febrero de 2026, Kushner se sentó en Ginebra frente a los representantes iraníes en lo que el mediador omaní describió como una negociación con “progreso sustancial”. Según fuentes diplomáticas, Irán había acordado varios puntos clave, incluyendo compromisos sobre su programa nuclear y sus misiles balísticos. Una cuarta ronda de conversaciones técnicas ya estaba programada en Viena para la semana siguiente. Menos de 48 horas después, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados sobre Irán. Por el tiempo que duraron las terceras conversaciones en Ginebra, Trump probablemente ya había tomado la decisión de ir a la guerra.

Lo que siguió fue un debate que todavía no tiene respuesta definitiva. Trump reconoció públicamente que Kushner fue uno de los asesores que lo convencieron de lanzar las operaciones militares. Según el presidente, Kushner le transmitió que Irán “básicamente estaba jugando” y que cualquier acuerdo posible sería “del tipo Obama” y llevaría meses. Varios expertos y funcionarios extranjeros presentes en las negociaciones han cuestionado directamente esa versión, argumentando que Kushner y Witkoff carecían de la preparación técnica necesaria para entender lo que los iraníes estaban ofreciendo. Abbas Araghchi, ministro de Exteriores iraní, lo resumió con una frase que recorrió todas las cancillerías: “Cuando las negociaciones nucleares se tratan como una transacción inmobiliaria, y cuando las mentiras nublan la realidad, las expectativas irreales nunca pueden cumplirse. El resultado: bombardear la mesa de negociación por despecho”.

El conflicto de intereses en ese momento era estructural. Arabia Saudí, mayor inversor de Affinity Partners con 2.000 millones comprometidos, pagaba a Kushner 25 millones anuales en comisiones. El Comité de Finanzas del Senado estimaba que Kushner habría recibido 137 millones del PIF saudí en total para agosto de 2026, fecha en que Arabia Saudí tendría derecho a renegociar o retirar su inversión. Según el Washington Post, MBS realizó múltiples llamadas privadas a Trump en las semanas previas al ataque abogando por la acción militar, a pesar de mantener públicamente una postura favorable a la diplomacia. Los Emiratos Árabes Unidos, otro inversor de Affinity, también presionaron a Trump para que atacara. CNN reportó que tanto Arabia Saudí como los Emiratos lobbiearon activamente a favor de los bombardeos. Un hombre negociaba con Irán en nombre de Estados Unidos mientras los dos países con más interés en el resultado de esa negociación tenían su dinero en su fondo y la opción de retirarlo en seis meses. Todo (no) muy normal.

Hay algo en su figura que trasciende su biografía personal y apunta hacia algo más sistémico: la permeabilidad creciente entre los intereses financieros y las funciones diplomáticas en Washington, la erosión de las barreras que separan el poder formal del poder efectivo, la sustitución de la carrera pública por la red de relaciones como capital político definitivo.

Kushner es, en ese sentido, menos una anomalía que un síntoma avanzado. Su historia no es la de un hombre que corrompió un sistema intacto, sino la de alguien que aprovechó con notable eficacia las grietas que ya existían: el nepotismo legal, la puerta giratoria entre gobierno y finanzas, la impunidad que confiere el entorno familiar de quien tiene el poder supremo. Operar en esas grietas no requería villanía. Solo requería temperamento.

Y Kushner tiene temperamento de sobra. Silencioso donde Trump es estridente. Paciente donde la administración era caótica. Transaccional donde la política exigiría convicción. La mano que mece la Casa Blanca no levanta la voz. Solo espera a que el ruido se asiente, y actúa.

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