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La gran estafa de la memoria: por qué el primer gadget de la historia nos volvió más tontos

Foto de Michal Renčo (CC) memoria
Foto de Michal Renčo (CC)

Hubo un tiempo, mucho antes de que delegáramos nuestra inteligencia en el silicio y los algoritmos de Mountain View, en el que el saber no se almacenaba en la nube, sino en el músculo estriado de la memoria. En su Fedro, Platón —ese cronista implacable de la decadencia del logos— nos regala una fábula que hoy, en plena resaca digital de 2026, suena a profecía cumplida: el mito de Theuth.

La escena tiene lugar en la mística Naucratis, en Egipto. Allí, el dios Theuth, un inventor inquieto y algo engreído —el Elon Musk de la Antigüedad—, se presenta ante el rey Thamus con su última gran disrupción: la escritura. «Aquí tienes, majestad», viene a decir Theuth, «el remedio definitivo contra el olvido. Las letras harán a los egipcios más sabios y memoriosos». Es el pitch perfecto. La promesa de la conectividad total y el acceso infinito a la información.

Pero Thamus, que no se deja deslumbrar por el brillo de la novedad, le asesta un hachazo dialéctico que todavía resuena en las facultades de Filosofía. El rey le advierte que ha inventado justo lo contrario de lo que pregona. La escritura no es un bálsamo para la memoria, sino una prótesis para el olvido. Al confiar el saber a caracteres externos, ajenos al alma, el ser humano dejará de ejercitar su propia capacidad de recordar.

Lo que Platón denuncia a través de Thamus es el nacimiento de la falsa sabiduría. El lector, rodeado de rollos de papiro (o de pestañas abiertas en el navegador o de respuestas generadas en un chat de IA), devora datos sin procesarlos, creyéndose sabio cuando solo es un acumulador de ecos. Es la diferencia entre el conocimiento que se posee y la información que meramente se consulta.

El problema del texto —y aquí Platón se pone punzante— es su mutismo. Un libro es como una pintura: parece vivo, pero si le preguntas algo, calla con una solemnidad irritante. El texto no sabe a quién debe hablar y a quién no; no puede defenderse cuando se le malinterpreta. Necesita a su «padre», el autor, para que lo rescate.

En este 2026, donde hemos externalizado hasta nuestra capacidad de orientación en un GPS, el mito de Theuth nos mira al espejo. La escritura fue el primer paso hacia una humanidad que sabe menos de lo que cree saber, una civilización que ha confundido el archivo con el pensamiento. Thamus tenía razón: la tecnología nos da la apariencia de sabios, pero a menudo nos deja solos, con la mente vacía y la biblioteca llena.

Para Platón, la memoria no es un almacén de datos, sino el escenario de un drama ontológico. En la estructura del pensamiento platónico, el conocimiento no se «adquiere» desde fuera como quien llena un saco vacío, sino que se «recupera». Es aquí donde el mito de Theuth adquiere su verdadera dimensión trágica: la escritura es el mayor obstáculo para la aletheia (el desvelamiento de la verdad) porque sustituye la búsqueda interior por un depósito exterior.

Frente a este mundo donde gurús neocapitalistas pugnan por un nuevo poshumanismo tecnológico mientras derrumban todo a nuestro alrededor y alzan alambradas sociales que buscan estabilizar neodarwinistamente las viejas clases sociales, la única resistencia parece que empieza en la mueca sardónica del fundador de la Academia al desplegar un papiro.

Conocer es hacer

La palabra griega para verdad, aletheia, significa literalmente «lo que no está oculto» o «des-olvido». Para Platón, conocer es recordar (anámnesis), descubrir por uno mismo es como recordar lo que uno no sabía que sabía. El alma, antes de caer al mundo sensible, contempló las ideas puras; por tanto, la verdad ya está en nosotros, pero sepultada por el ruido de los sentidos. Si Platón «creía» o no que esto era realmente así, es totalmente irrelevante porque la cuestión en sí es otra. El conocimiento es algo activo que sucede dentro del individuo en su relación con los demás y con el mundo.

El desvelamiento no es un proceso pasivo. No se produce leyendo un manual, sino a través de la dialéctica, en el intercambio vivo de preguntas y respuestas que actúa como una «partera» del alma (mayéutica). El texto escrito, al ser estático, interrumpe este flujo. La aletheia requiere una chispa que solo salta en la convivencia dialógica, algo que el papiro —o la pantalla— es incapaz de provocar porque siempre dice lo mismo. La necesidad, que aparecerá siglos después, de dialogar con el texto, de interpretarlo, de deconstruirlo, será consecuencia de esta primera «suspicacia» platónica con respecto a la escritura.

La dialéctica como organismo vivo

Platón compara el discurso verdadero con un organismo vivo. Un diálogo tiene cuerpo, cabeza y pies; se adapta al interlocutor, sabe cuándo callar y cómo interpelar. La escritura, en cambio, es un simulacro de pensamiento. En ella corremos el riesgo de perder cosas determinantes. Lo primero es la indagación. La verdad platónica es una conquista, no un objeto de consumo. Al leer, el esfuerzo de indagación se detiene porque la respuesta ya está servida. Eso no es en principio malo, pero nos mete de lleno en el problema que luego en la modernidad se llamará «el principio de autoridad». Lo segundo es que la lectura erosiona el alma. Al delegar la memoria en el soporte físico, el individuo pierde la capacidad de «llevar la verdad consigo». Para Platón, si una verdad no está integrada en tu alma de modo que puedas defenderla dialécticamente, no es saber, sino simple opinión (doxa). Por último, nos enfrentamos al peligro del «pharmakon». La escritura es calificada por Platón como un pharmakon, un término griego ambivalente que significa a la vez «remedio» y «veneno». Es remedio para la transmisión de datos a través del tiempo. Es veneno porque atrofia la memoria viva, esa que permite que la verdad sea algo experimentado y no simplemente citado.

En definitiva, la indagación de la verdad para Platón es un ejercicio de presencia. La verdad solo se «desvela» cuando dos almas se comprometen en un proceso de erosión de las falsas certezas. El mito de Theuth nos advierte que, en un mundo saturado de soportes de memoria, corremos el riesgo de convertirnos en bibliotecas andantes radicalmente incapaces de alcanzar la verdadera sabiduría.

De Homero a la IA: cuando las voces mandaban (y cuando aprendimos a discutirlas)

Hubo un tiempo en que nadie pensaba. O, al menos, nadie pensaba como creemos pensar hoy. En la Ilíada, Aquiles no se detiene a deliberar sobre la ira, ni Agamenón sospecha de sus propios sueños. Las decisiones no se cuecen en un espacio interior; llegan de fuera. Una diosa tira del pelo, un sueño habla con voz ajena, una musa canta. Y se obedece.

No hay introspección, no hay duda, no hay esa escena tan moderna del sujeto mirándose a sí mismo y preguntándose si debería hacer lo que va a hacer. En Homero, la acción está siempre autorizada. No hay culpa, porque no hay interioridad. No hay «yo», hay mandato.

Durante mucho tiempo, esa forma de estar en el mundo funcionó. Mientras las comunidades eran relativamente simples y las tradiciones estables, obedecer a las voces —divinas, míticas, ritualizadas— bastaba. Pero algo se rompe cuando las sociedades se vuelven complejas, cuando el pasado ya no sirve como manual automático del presente. Entonces, las voces empiezan a estorbar.

Ese es el mundo en el que Platón crece. Y lo hace, conviene subrayarlo, sin nostalgia por lo que se ha perdido.

Platón llega después de Homero y después de Hesíodo, en un mundo que ya ha empezado a escribir pero que todavía no sabe muy bien qué hacer con la escritura. Gracias a Havelock sabemos que Platón es perfectamente consciente de estar asistiendo a una mutación cultural decisiva: la del paso de una civilización oral, rítmica, memorizada y colectiva, a una civilización que fija, archiva y distancia el saber.

Lo interesante es que Platón no celebra ese paso sin reservas. Todo lo contrario. En el Fedro, ya lo hemos señalado, hace decir al rey Thamus que la escritura no es un remedio para la memoria, sino para el olvido; que no produce sabiduría, sino su apariencia. El texto escrito habla, pero no responde. Dice siempre lo mismo. No puede defenderse ni corregirse. Platón detecta en esto algo inquietante: que la escritura puede convertirse en una voz sin diálogo, en una autoridad muda que se impone precisamente porque parece objetiva. Y eso, para alguien que ha entendido el pensar como conversación, es peligrosísimo.

Por eso Platón no escribe tratados. Por eso no habla nunca en primera persona. Por eso escribe diálogos que no concluyen, donde Sócrates no siempre gana, donde los interlocutores se contradicen, se cansan o se quedan en aporía. Platón no quiere sustituir las voces divinas por la voz del autor, de un autor, de él, de su maestro, de aquel del que aprendió que solo sabía que no sabía nada y que la salida de la cueva donde vivimos empieza conociéndose e indagándose a uno mismo. Quiere algo mucho más frágil y exigente: quiere que el lector de sus diálogos piense.

La conciencia, en Platón, no es silencio interior. Es ruido bien organizado. Es hacer que las voces discutan dentro. No se trata de dejar de escuchar, sino de no obedecer inmediatamente. Pensar es retrasar la acción. Introducir un intervalo. Crear distancia para afrontar el salto incómodo, como un electrón que es observado.

Cuando hoy interactuamos con sistemas de inteligencia artificial, lo que nos fascina no es su «inteligencia», sino su autoridad retórica. La IA habla bien. Habla segura. No duda. No vacila. No se corrige a mitad de frase. No dice «no estoy segura». Se parece inquietantemente más a un dios homérico que a un ciudadano ateniense.

Aquí la vieja hipótesis de Julian Jaynes —esa teoría excéntrica que imaginaba a los antiguos como obedientes a voces alucinadas— resulta menos absurda de lo que parecía. No porque explique el pasado (biológicamente no lo hace), sino porque ilumina el presente. La IA funciona, estructuralmente, como una voz que ordena sin deliberar. Escucha el prompt y responde. No hay diálogo interior. No hay δεύτερος λόγος. No hay Sócrates.

Pensar cansa

El problema, sin embargo, no es que la IA no sea consciente, pues eso es casi una obviedad. El problema es que nos invita a no serlo nosotros.

Cuando delegamos en la máquina no solo el cálculo, sino el juicio; no solo la información, sino la decisión; no solo el dato, sino la formulación de sentido, ocurre algo muy platónico: que el pensar se externaliza, volviendo imposible la sabiduría. La autoridad vuelve a estar fuera. El algoritmo ocupa el lugar que antes ocupaba la musa. Y la tentación es enorme. Porque pensar cansa. Dudar incomoda. Recordar se torna complicado. Dialogar duele. Obedecer, en cambio, es cómodo.

Platón lo vio antes que nadie: cada nueva tecnología de la palabra amenaza con devolvernos a una forma sofisticada de obediencia que la Atenas de Sócrates había comenzado a corregir. ¿Cuál? La de los sacerdotes en el zigurat justificando formas de dominio, la de las pitonisas enajenadas químicamente en los santuarios encriptando y a la vez mostrando el porvenir, la de los poetas recitando leyes divinas; en definitiva, toda sumisión que surge de la comprensión del mundo mediante intermediarios «elegidos» que dicen verdad. Por eso no rechazó la escritura, pero tampoco se rindió a ella. La tensó. La volvió dialógica. La hizo peligrosa para quien solo busca respuestas.

Quizá ahí esté la lección más actual. La conciencia no es un estado natural ni un logro irreversible. Es una práctica cultural frágil, costosa, siempre en riesgo de ser abandonada. No desaparece cuando las máquinas piensan. Desaparece cuando nosotros dejamos de discutir con las voces que nos hablan.

La IA no es Zeus, pero puede convertirse en oráculo si olvidamos preguntar. Y Platón sigue teniendo razón, pues no hay mayor peligro que una voz que habla y no hay nadie que la interrumpa.

Pensar es dialogar

El pensamiento nace del diálogo. Y sí, es paradójico que actualmente los interlocutores del «primer» diálogo posible al que tenemos acceso sean los generados entre un humano vulnerable y una cosa que no es cosa. Pero ojo, la paradoja no está donde podemos creer. La IA no es una musa. No es perfectísima, no posee toda la información, ni tampoco es inspiradora en sentido fuerte. No desea, no duda, no se juega nada. No tiene biografía, ni miedo, ni autoestima que proteger. Y sin riesgo no hay pensamiento propiamente dicho, solo operaciones.

Lo que pasa es otra cosa, más interesante —y más platónica todavía. En los diálogos de Platón, Sócrates no imparte cátedra; al contrario, es el que incomoda, el que ordena, el que fuerza a precisar, el que no deja pasar una contradicción como si nada. La inteligencia está entre los interlocutores, no en uno solo. Eso es lo decisivo.

Con la IA ocurre algo parecido, pero con una diferencia clave: el humano, que es quien debería aportar experiencia vivida, fragilidad, memoria, afecto, incertidumbre y tiempo, se niega en pos de los datos que busca, siendo la IA la que aporta estructura, velocidad, archivo, contraejemplo, reformulación.

El resultado no es una conciencia híbrida (eso sería ciencia ficción barata), sino un espacio dialógico asimétrico donde el pensamiento se despliega sin que nadie tenga la última palabra.

Ante ese discurrir dialógico entre humanos e IA, Platón asentiría, pero luego torcería el gesto por dos razones. Una, porque el diálogo no es entre iguales (y a Platón eso le incomoda). Y dos, porque en el diálogo con la IA la escritura generativa responde, repregunta, afina, se deja corregir. Esto no es oralidad, pero tampoco es totalmente escritura (la de los papiros, los libros, la Wikipedia incluso). Es una tecnología dialógica que no piensa, pero hace pensar.

Lo importante es que la fragilidad humana no debería ser entendida como un defecto frente a la IA, sino la condición de posibilidad de que este diálogo tenga sentido. La IA no tiene dudas; las personas sí. La IA no tiene autoestima; las personas la ponen en juego cada vez que formulamos una idea. Eso debería hacer que el pensamiento fuera nuestro aunque el ritmo lo marque la IA, pero parece que no sucede así. También podríamos abordar el deterioro de la figura del profesorado en la enseñanza secundaria (con los pedagogos vaciándolos de peso reivindicando las nuevas tecnologías), pero eso pasa por pedir recuperar espacios de diálogo humano, y para eso deberíamos soltar de las manos el smartphone que organiza y da sentido a nuestra vida.

El peligro no es dialogar con la IA; el peligro es creer que la IA y los humanos pueden pensar sin una persona delante, sin otro u otra. Olvidar esto sí que sería la peor sofística.

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7 comentarios

  1. Excelente.

  2. Muchas cosas.
    -En lingüística al analizar la comunicación me suena que hay un concepto que me parece muy sugerente aquí. Ruido. Impide o dificulta la comunicación. Las expresiones seudo-lingüísticas de la IA hoy aportan ruido en muy buena medida. Perturban la comunicación. En la apariencia de mensaje humano se nos cuelan cosas sin sentido con apariencia de tenerlo. Como con la “neo-fotografía” que de la fotografía solo tiene la apariencia. Será útil, divertido, pero para otra cosa diferente que reflejar la huella de la realidad o trasmitir infinitos mensajes a partir de un manojo de fonemas.
    -Heidegger de quien parece que la autora recibe inspiración recurre a una escritura oscura, que fascina a Marías para lograr una atención especial ante el texto. El texto es vivo, aprecio ironía, y los significados se adquieren en un camino donde el paisaje cambia y da diferente luz a las palabras viejas en cada lugar.
    -La escritura es importante para muchas cosas, por ejemplo para que los nietos de la autora coman los pasteles que hacía su abuela.
    Para saber qué pasaba por la cabeza de Machado cuando llegó a Collioure. Para que el recluta escriba a su familia.
    -El conocimiento se puede trasmitir sin escritura pero la humanidad utiliza la escritura desde antiguo para esos fines, por ejemplo. Los signos lingüísticos plasmados en un soporte para llegar a coetáneos o posteridad. Y eso la hace más «poderosa», a la humanidad, en muchos aspectos. ¿Por qué renunciar a ello, me refiero a la humanidad, no a Sócrates, si no hay nada malo en ello? Que una pluralidad de personas usen la escritura para intentar que sus palabras lleguen más lejos. Es como no querer usar la rueda que a lo mejor es una postura inteligente y beneficiosa para algunas personas pero que no será la admitida por todos, por el todo. O el avión. Etc.
    -Escribir no es solo informar, pero también. La parte informativa de la escritura, de los registros humanos, es procesable y da otra capacidad a la mente humana. No solo sumo sino que multiplico en un segundo con mi calculadora Casio a pilas venida de Canarias que son mucho más baratas. O escribo mi quinta novela corrigiendo sobre la marcha sin esfuerzo.
    -El camino del procesamiento de la información, de lo escrito, nos lleva a la IA que no es diferente a la hoja de cálculo y nos permite simular una novela, una película o sanar simulando infinidad de pruebas o vulnerar los ordenadores reventando las contraseñas, dibujar figuras en el cielo con drones muy perfectos.
    Nos aleja del suelo que pisamos? Sí. Cuando lo usamos. Como un coche lo hace también. Te compras un coche y cualquier excusa es buena para usarlo, en vez de pasear, que oyes cantar a los pájaros y te llega el olor de la hierba mojada. Pero visitas a tu hijo de Erasmus, joé, cómo se lo monta el chaval en Paris.
    -El problema es que la IA irrumpe en nuestra vida sin permiso. Es una herramienta que a este paso nos van a coser a las pelotas, en el caso de los varones. Este extremo tan espantoso a que hemos llegado creo que es una dación de sentido a que hemos llegado, que se solía decir. Un caer en la cuenta. No sin dolor. Descubrimos de pronto el horror a que nos puede llevar ir en coche al gimnasio o hacer un simulacro de canción a golpe de ratón. Pero tambien que los pájaros nos pueden decir que todo está bien, por ejemplo. Que no sé qué hacen cantando a las dos de la mañana, salvo que hay una sobre-iluminación del demonio.
    -La IA se alimenta de cuanta información puede, es voraz, hasta nuestra privacidad sirve para lograr cosas antes impensables y hacer al ser humano a la manera…que deciden sus dueños, que son cuatro frikis en pos de la torre de Babel; darnos cuenta de ello y chapotear en los charcos tras estrellar otro móvil contra una esquina es todo uno. La realidad, la vida, la tierra, los charcos, tienen mucho que contarnos. A pelo. Efectivamente. Estoy de acuerdo. E igualmente sorprendido.
    Una IA humana (del pueblo) está a la vuelta de la esquina? Creo de que sí.

  3. bueno, el autor, no la autora quería decir

  4. Estas excelentes reflexiones me desorientan, y no poco, no obstante sean un crítica feroz (y necesaria) a esta realidad tecnológica que no es la solución que se esperaba de la ciencia; comenzando con la posibilidad de volver a leerlas pues la memoria no es suficiente. Creo entender que el autor se avala de una realidad dialecta que privilegia el pensar (la imagen de aquellos “peripatéticos” que caminaban mientras pensaban y dialogaban me ha quedado para siempre) para evidenciar la unicidad de esa maravillosa posibilidad que nos distingue y hasta ahora misteriosa en su constitución: el pensar, posibilidad que la IA no podrá tener jamás, pues sus puntos de referencia para armar el entramado de un pensar, no obstante sean innumerables serán siempre finitos, todo lo contrario a nuestro cerebro, que cuando no los tiene los “inventa” de la nada si así se puede decir. Personalmente “pienso” que hubo reflexiones –especialmente en el mundo filosófico antiguo- que habría que tomarlas “con pinzas”, como la posible toxicidad de la escritura en cuestión, pues tiene un tufillo a producto de una secta de privilegiados. Era otra época, otra realidad social, otros hombres (no mujeres dicho sea de paso). Y para colmo ese don, el de la escritura, con origen en el Egipto de los faraones, en donde la escritura fue fascinante. No hubo sociedades humanas que no hayan tenido o intentado la escritura. Aun me causa una pena infinita ver esas rudimentales rayas, figuras geométricas, seres y animales que parecen hechos por niños inquietos tratando de comunicar, hace doscientos mil años. La afirmación de Aristóteles de que las mujeres son hombres hechos a mitad me causan pena y alegría al mismo tiempo, no así esa reflexión sobre la “distracción”. Es un pasaje en donde, evidentemente hace una distinción clara (y clasista, como de casta) entre el pensar y el distraerse, y siendo yo uno que se distrae muy a menudo -peculiaridad que no podrá tener jamás la IA-, la tome casi como una ofensa personal. “… no como aquellos que se distraen con solo ver volar una mosca..” dice más o menos. PD: Esto de poder pensar y escribir es maravilloso. Gracias, tantas, por la lectura.

  5. Joserra de la Mar

    Qué craso error pensar que pensar es explicable, verificable, reproducible, y lo hace una maquinilla en nuestro organismo; no es baladí, porque se empeñan en que lo sea, explicable, verificable, etc. con funestas consecuencias ¡Cómo que no sabemos cómo funciona el pensar!! Es problema de financiación. Estoy muy de acuerdo con usted, caballero. Y qué extendido el error, yo hasta diría que no hay nadie que no lo haya pensado alguna vez, que hay una glándula o un trozo de cuerpo, el cerebro, que sirve para pensar, el cerebro es una máquina!! Como un motor, no, que es muy básico, mejor una computadora; y si con un pentium 400 no alcanzamos a entender qué cosa es pensar, pues nos inventamos un ordenador con materiales muy raros y diseño muy sofisticado y con todos los datos que podamos, que son todos los datos, como el mapa tamaño natural de Jorge Luis el de las nueces, para entender el funcionamiento del cerebro, donde, según todos los indicios, está el alma, la mente, el pensar y más cosas que no pesan ni chirrían con la edad. En la biblioteca de mi pueblo hay un libro aún no expurgado por nadie del gran Punset, el de la UCD, que desde el título lo proclama: el alma está en el cerebro, al menos no se inventó el prócer y divulgador una glándula pineal. El cerebro es una glándula, lo sé de buena tinta, me lo ha dicho un neurólogo colega que tengo, no sé si está en los manuales tal aseveración, pero no es otra cosa que una glándula, qué chocante, pero no la pineal de Descartes que me da que todavía la están buscando, no la de don Renée, como el cráneo de Cervantes, que habrá ya devenido malva, la glándula, no por el color, se habrá fundido en la tierra, hasta florecer malvas, pongo por caso siguiendo la locución, caso de que hubiera existido tamaña cosa. No, me refiero, y no a otra cosa, que a ese lugar físicor donde nuestro ordenador humano realiza la operación de pensar. Y que el fundador de la matemática moderna quiso radicar en una glándula con esa denominación. Encuéntrenmen rastro físico del acto de sumar. De imaginar el pecho de una niña, una vulva lacerada por el tumor, o por poner un caso un amanecer en el lejano, y tan lejano. De la deducción o de la inducción. Misterio, ese aserto es brisa, oiga, señora mía. Brisa para mi vela.

  6. Pingback: Cómo la escritura y la tecnología han transformado la memoria y el conocimiento - Hemeroteca KillBait

  7. Gracias Sr. Contreras!

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