
Llevo tres semanas limpia.
Lo digo así, con esa palabra, limpia, porque es la que corresponde. Mi terapeuta dice que no debo tener vergüenza de usarla. Que lo que me pasó a mí le pasa a mucha gente. Que el problema no está en mí sino en el diseño. En cómo está construido todo aquello para que no puedas salir.
Empecé de forma inocente, como todos. Un sábado por la tarde, aburrida, sin nada especial que hacer. Alguien me animó, me dijo que era entretenido, que no tenía mayor importancia. Y la primera vez fue exactamente eso: entretenido. Sin mayor importancia.
No entendí el mecanismo hasta mucho después.
***
Lo que engancha no es lo bueno. Lo bueno sería manejable. Lo que engancha es la alternancia. Que a veces es bueno y a veces es mediocre y nunca sabes cuándo va a ser qué. Tu cerebro aprende rápido que, si aguantas un poco más, si consumes un poco más, la siguiente puede ser la buena. Y la siguiente. Y la siguiente.
Recuerdo noches enteras. Me sentaba a las diez con la idea de estar un rato y levantaba la cabeza cuando ya era de madrugada y afuera había cambiado la luz. Ese momento era horrible. No por el tiempo perdido sino por lo que venía justo después: la certeza de que en realidad no había disfrutado casi nada. Que había estado esperando disfrutar. Que toda la noche había sido la antesala de un placer que nunca terminaba de llegar del todo.
Mi pareja empezó a decirme cosas. Primero con cuidado, luego con menos cuidado. Que no estaba presente. Que, aunque estuviera físicamente en la misma habitación, no estaba. Tenía razón, pero yo lo convertía en argumento para refugiarme más. La clásica espiral.
***
Lo peor era la racionalización.
Me decía a mí misma que estaba aprendiendo. Que era diferente a los demás porque yo lo hacía con criterio, con intención, de forma selectiva. Que yo controlaba. Que podía parar cuando quisiera. Todo el mundo que tiene un problema dice exactamente eso, con exactamente esas palabras, y aun así una lo dice convencida de que en su caso es verdad.
Un día llegué tarde a una cosa importante. No voy a decir a qué porque todavía me da vergüenza. Y mientras estaba allí, en ese sitio importante, estaba pensando en volver. Ya. Antes. En cuanto pudiera. En ese instante supe que algo estaba roto.
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Hola Benedicta.
Necesitamos “ilusiones vitales” para no caer en la jaula neurótica, pero la máquina solo nos ofrece una “ilusión mínima”, algo fácil y continuo.
Mañana, o esta tarde, será otro día para intentar buscar la “mayor ilusión” fuera de la pantalla.
Brutal!!!
¡ Excelente !
El refuerzo intermitente, base de la teoría de juegos, opera cruelmente, escondido en la eterna promesa del scroll. Un gran relato que entronca con pasajes de “La broma infinita” de DFW.
Muy bueno. Me encantó!