
Hay una corriente historiográfica (un señor) que sostiene que la Escuela de Traductores de Toledo nunca existió como tal. Se le puede conceder en el sentido de que el arzobispo Raimundo quizá no inauguró un edificio en cuya fachada unos alarifes fijaron una placa de mármol, ni es probable que hubiera oposiciones a traductor trilingüe en la primitiva administración de la corte de Alfonso X, pero eso me da la impresión de que el escrúpulo es —una vez más— una de esas cuestiones semánticas que hubieran sacado de sus casillas a Wittgenstein hasta hacerle perder la conciencia. Quizá la escuela no existió en el mismo sentido en que no existió la Reconquista porque nadie de la época le pusiera ese nombre, pero siguiendo esa lógica de autor tampoco existe Silicon Valley, porque no fue fundado por nadie, no tiene alcalde ni fronteras administrativas precisas, no aparece como entidad jurídica en ningún registro mercantil del estado de California, y sus primeros pobladores no se levantaban por la mañana con la idea de construir un ecosistema tecnológico global, sino que estaban, sencillamente, intentando convencer a sus accionistas de que no todo era humo.
Hay ciudades que existen y ciudades que significan. Toledo pertenece, con cierta incomodidad, a la segunda categoría. Incomodidad porque significar es una carga: la ciudad que fue capital del reino visigodo, escenario de concilios y convivencias, y que es sede primada no puede simplemente existir sin que alguien, tarde o temprano, le pida cuentas por su pasado. Esta es la paradoja central —poco discutida, a mi juicio— de una ciudad que, entre los siglos XI y XIII, fue probablemente el lugar más importante del mundo para la transmisión del conocimiento. No el más poderoso, ni el más rico, ni el más poblado. El más importante, en el sentido preciso de que sin lo que allí ocurrió, el curso posterior de la civilización occidental sería, sencillamente, otro.
Conviene detenerse en esta afirmación, porque al decirse tan a menudo y en términos tan hiperbólicos, se pierde pie y no se aprecia en lo que vale. Cuando Alfonso VI reconquistó Toledo en 1085, la ciudad no era solo una plaza fuerte ni un símbolo dinástico. Era, sobre todo, una biblioteca viva. Siglos de presencia islámica habían dejado allí una concentración de saber científico y filosófico sin equivalente en el norte cristiano: textos de Aristóteles filtrados por Al-Farabi y Averroes, tratados médicos de Avicena, tablas astronómicas de Al-Zarqali, álgebra de Al-Juarismi —de su nombre viene la palabra «algoritmo»—, o la óptica de Alhacén. Europa, al norte de los Pirineos, discutía de teología con los instrumentos conceptuales del siglo V. Pero Toledo estaba escribiendo los de los siglos posteriores, los que llevaron a la invención del método científico.
Sí, hubo una línea de transmisión del conocimiento de la Antigüedad a través de Constantinopla, hasta que el Imperio romano acabó de caer aquel fatídico 29 de mayo de 1453, pero Toledo fue un eje distinto. Constantinopla conservó. Toledo transformó. La diferencia entre ambas funciones es la misma que hay entre una biblioteca y un laboratorio. Las dos son necesarias, las dos merecen que se invierta en ellas sin descanso, pero solo una de ellas produce cosas nuevas. Los eruditos bizantinos custodiaron los textos griegos con la devoción con que un archivero custodia documentos que sabe importantes sin terminar de entender del todo el porqué, y cuando estaba claro que era cuestión de tiempo que la ciudad cayera, fueron huyendo hacia Italia cargados de manuscritos. Eso, entre otros factores y flujos —las cruzadas, la corte normanda de Sicilia, Venecia, etc.—, desencadenó un proceso al que conocemos como «Renacimiento» —otra cosa que nunca existió—.
Constantinopla transmitió con mayor fidelidad filológica —los originales griegos—, pero Toledo transformó con mayor fertilidad científica. Lo que llegó a Europa a través de Toledo no era el Aristóteles conservado en formol de los bizantinos: era el nuevo Aristóteles comentado por Al-Farabi, discutido por Avicena, corregido en sus puntos débiles por Averroes gracias a siglos de datos empíricos y enriquecido, de camino, con todo lo que los matemáticos y astrónomos árabes habían añadido por su cuenta durante los cuatro siglos en que Europa miraba al cielo sin instrumentos suficientes para entender lo que veía. La Bagdad del siglo IX, con su Casa de la Sabiduría financiada por los califas abasíes, había hecho con los griegos algo parecido a lo que los griegos habían hecho con los egipcios y los babilonios, es decir, tomarlos en serio, discutirlos, superarlos en varios puntos y devolverlos al mundo en una versión mejorada tras el contraste con la realidad. Lo importante, para el caso, es que Toledo recibió ese producto elaborado, lo volvió a procesar y lo envió hacia el norte traducido al latín. Lo que llegó a París y a Oxford no era, por tanto, el saber griego, sino el saber griego más cuatro siglos de ciencia islámica más el trabajo de síntesis de unos traductores que, al verter conceptos del árabe al latín o al español, se veían obligados a inventar vocabulario filosófico donde no existía. En ese proceso de invención —que es siempre también un proceso de interpretación— estaban haciendo filosofía y sentando las bases de la ciencia. Además de mejorar, de paso, nuestra lengua. La transmisión fue, en Toledo, inevitablemente, creación. Al final quizá no haya tanta diferencia entre biblioteca y laboratorio.
Lo que sucedió en Toledo no fue el resultado de una política ilustrada. Faltaban siglos para el concepto, y «la Ilustración» —sí, el lector lo ha adivinado— tampoco existió. Tampoco surgió de un plan maestro. Fue, más bien, la consecuencia de una circunstancia singular: la coexistencia, en un espacio reducido, de comunidades con acceso a tradiciones eruditas distintas y con incentivos para comerciar con ese acceso. Los traductores medievales no eran, en su mayor parte, humanistas movidos por el amor al saber. Eran profesionales de las letras que respondían a una demanda que generaban los clérigos europeos que llegaban a Toledo con la misma mezcla de codicia intelectual y desconcierto cultural con la que algunos visitan hoy Silicon Valley.
Raimundo de Toledo tuvo la intuición, o la suerte, de darle una estructura para canalizar ese flujo. Bajo su patronazgo, equipos mixtos de traductores, habitualmente un erudito árabe o judío y un clérigo cristiano, convirtieron en latín centenares de textos que llegarían, en décadas, a las recién fundadas universidades de Bolonia, París y Oxford. Gerardo de Cremona, el más prolífico de todos, tradujo más de setenta obras, entre ellas el Almagesto de Ptolomeo y el Canon de medicina de Avicena. Que Gerardo fuera italiano, que sus colaboradores fueran toledanos de origen árabe o hebreo y que el resultado de su trabajo reorientara la filosofía natural europea durante cuatro siglos es uno de los hechos más extraordinarios de la historia intelectual de Occidente. Y también, por razones que merecen análisis, uno de los más olvidados.
El olvido no es accidental. La historiografía española tuvo, durante mucho tiempo, una relación incómoda con el legado islámico. Reconocer que buena parte del edificio intelectual sobre el que se construyó Europa había pasado por manos árabes y judías requería una flexibilidad ideológica que no siempre estuvo ahí. El resultado fue una especie de amnesia selectiva. Se celebraba la Reconquista, se lamentaba la expulsión de los judíos con gesto compungido y se pasaba rápidamente sobre los siglos en que las tres comunidades habían producido, juntas, algo que ninguna de ellas habría producido por separado. También, por otra parte, está la leyenda negra, esa mala fama inmerecida que ha ido arrastrando el mundo hispánico más por su propia torpeza y su incapacidad de educar a sus poco leídos que por la habilidad de los angloamericanos en echar barro sobre una cultura encomiable como la nuestra.
La Escuela de Traductores de Toledo, como institución contemporánea, nació hace treinta años en parte como corrección de esa amnesia. El gesto fundacional era correcto: recuperar el nombre, la narrativa y el proyecto de una institución que había sido, sin saberlo —no podía saberlo, porque según algunos, no existía—, uno de los motores de la modernidad occidental. El problema es que la sociedad no aprovechó del todo el gesto, ni quizá se tuvo la ambición pública que exigía el legado. La ETT existe, funciona, forma traductores especializados en árabe y lenguas mediterráneas, organiza seminarios, mantiene vínculos con universidades europeas y árabes. Todo eso está bien. Pero es como celebrar el aniversario de la batalla de Trafalgar con un brindis en un bar de Cádiz. Poca cosa.
La inversión pública actual en la ETT es, en términos internacionales, invisible. No hay edificio emblemático, no hay biblioteca de clase mundial, no hay programa de investigadores en residencia que compita con los de Oxford, Harvard o el Collège de France. La institución que mantiene el nombre de la empresa intelectual más influyente de la historia medieval española no cuenta, a día de hoy, con masa crítica suficiente para aparecer en los rankings de humanidades europeos. Eso es, en cierta manera, un fracaso colectivo de la ciudad, pero también es, para quien sepa leerlo, una oportunidad. Es un diamante en bruto.
Las oportunidades, en política cultural, tienen la misma estructura que las ventanas orbitales para mandar humanos a la Luna: se abren en momentos específicos y se cierran si no se actúa. La ventana abierta para Toledo tiene que ver con una confluencia de factores que no se habría podido predecir hace treinta años. En primer lugar, hay dinero que busca, entre otras cosas, narrativas de convivencia y diálogo que tengan raíces históricas genuinas, no fabricadas en un gabinete de mercadotecnia. Toledo tiene esas raíces, y las tiene de manera irrepetible.
En segundo lugar, la historia de la Escuela de Traductores no es solo una historia de humanidades. Este es un terrible error. Es una historia de transferencia científica. Una de las confusiones más habituales es pensar que las humanidades son una alternativa a las ciencias. En realidad, las humanidades nacieron para distinguir ciertos estudios nuevos de los únicos que había en origen, los de teología. La oposición, por tanto, no es humanidades-ciencias, sino humanidades-divinidades. Y es que en un momento dado, se empezó a enseñar no solo sobre los cielos, sino sobre disciplinas mundanas como el derecho. Esas son las humanidades. Las ciencias modernas, de hecho, provienen de las humanidades: la física, por ejemplo, emergió de la «filosofía natural», una disciplina humana —no divina— que se fue especializando a medida que el método científico permitía profundizar en el conocimiento del mundo gracias a la observación y la medida.
Quienes redujeron el saber islámico al campo de la filosofía y la literatura cometieron ese error, o el que cometen quienes reducen el Renacimiento al arte italiano. Los traductores medievales transmitieron matemáticas, astronomía, medicina, óptica, cartografía y farmacología. Sin Al-Juarismi no hay álgebra europea. Sin Alhacén no hay óptica moderna y, por tanto, no hay Kepler ni Newton en su forma canónica. Sin las tablas astronómicas toledanas no hay Copérnico, o hay uno más tardío. La revolución científica del XVII —esa puedo certificar yo mismo que sí que existe— no es comprensible sin la revolución traductora del XII. El idioma español nunca le agradecerá lo suficiente a Alfonso X lo que hizo por él con las directrices que marcó sobre las traducciones a nuestra lengua, pero recuperar esa dimensión científica de la ETT no es una traición a su identidad humanista, sino su completitud lógica.
El tercer factor es simbólico, y merece un tratamiento diferenciado. El efecto Guggenheim, tan citado como mal comprendido, no consistió en que un edificio espectacular atrajera turistas a Bilbao. Consistió en que un edificio espectacular dio a Bilbao una narrativa nueva sobre sí misma: la ciudad industrial que se reinventaba como ciudad de cultura, de conocimiento y de innovación. Toledo quizá necesita reinventarse y dotarse de una narrativa. Quizá necesita para ello un objeto tangible que la encarne en el presente, que diga a los tres millones de visitantes anuales que allí no solo hay pasado, sino también un proyecto. Un hito internacional bien diseñado haría por Toledo lo que la Bibliotheca Alexandrina hizo por Alejandría: convertir una ciudad con historia en una ciudad con un destino enraizado en su historia.
Habría obstáculos, naturalmente. Uno es el urbanismo. Toledo es una ciudad Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, lo que significa que cualquier intervención de envergadura en el casco histórico se enfrenta a procesos de tramitación que pueden durar demasiado. Pero no es un problema insalvable, y además hay otros espacios en la ciudad. Otro es la dificultad de aunar las muchas voluntades que confluyen en Toledo, desde el gobierno regional al ayuntamiento, pasando por las fuerzas vivas y los comerciantes, hasta los toledanos de toda la vida y los recién llegados; cada uno con sus intereses, muchas veces contrapuestos. Pero la historia, que tiene sentido del humor, nos recuerda que aquellos traductores medievales también operaban en un entorno de tensiones políticas, rivalidades religiosas y financiación interesada. El arzobispo Raimundo —un tipo listo, sin duda; uno se da cuenta de eso cuando lo estudia— tenía su agenda. Los príncipes que encargaban traducciones tampoco eran mecenas desinteresados. La información de los manuscritos se usaba, especialmente en medicina. También los eruditos árabes que colaboraban con los clérigos cristianos navegaban en una situación de ambigüedad política permanente. Y, sin embargo, de ese entorno imperfecto salió algo que cambió el mundo. La pureza institucional es una quimera; la funcionalidad dirigida por una cabeza bien amueblada, no.
Toledo puede volver a ser lo que fue. No un museo de la convivencia, sino un laboratorio de la misma. No un recordatorio de lo que tres culturas hicieron juntas una vez, sino una demostración de lo que pueden hacer ahora. La diferencia entre el siglo XII y el XXI es que entonces nadie tenía un plan. Hoy podríamos tenerlo, gracias a la Escuela de Traductores, que es la herramienta perfecta para lograrlo. La diferencia entre tener un plan y ejecutarlo se llama voluntad, pero también imaginación y una idea clave ganadora.
Hay una última razón para apostar por esa dirección, y es la más difícil de articular sin caer en la grandilocuencia. Vivimos un momento en que la narrativa dominante sobre las relaciones entre Occidente y el mundo árabe es la del conflicto, el malentendido y la desconfianza mutua. Esa narrativa tiene bases reales —hay cosas que son incompatibles— y no se desmonta con buenas intenciones —por más que en la vida haya que ir siempre con buenas intenciones—. Pero sí se puede contrarrestar con instituciones que encarnen, que cristalicen, una visión alternativa. La de que hubo un momento en que el saber era importante, en que la verdad era un proyecto colectivo y en que traducir no era solo convertir palabras, sino construir puentes entre formas de entender el mundo.
Esa narrativa existe. No solo eso, sino que hay pruebas de que funciona. Su éxito está documentado en los manuscritos de la Biblioteca Nacional, en las crónicas medievales, en los textos que Gerardo de Cremona envió a Bolonia y que están todavía en los archivos de la universidad más antigua de Europa. A diferencia de otras ciudades, Toledo no necesita inventar su pasado, sino tener la ambición y la inteligencia para estar, en el siglo XXI, a la altura de su trayectoria histórica.








Como TTV (toledano de toda la vida) este artículo me ha tocado muy adentro. Esta es “la narrativa” que necesitábamos para convertirnos en la capital Europa de la cultura en 2031, un proyecto tristemente fracasado. Me da mucha tristeza que se haya desaprovechado una oportunidad histórica habiendo en la ciudad cabezas tan bien amuebladas como esta. A ver si aprendemos. Agradecerle a Francisco su magnífico artículo y pedirles a las autoridades que tomen nota. Como lo han hecho, no. Así, sí.