Arte y Letras Filosofía

Menos es más: la ineludible faceta simplificadora del conocimiento

Ilustración de Pablo Amargo. ineludible faceta simplificadora del conocimiento
Ilustración de Pablo Amargo.

En una escena de la película Recuerdos (1980), el personaje de Woody Allen corre por el bosque hasta llegar a un claro en el que hay unos extraterrestres. Se supone que son más inteligentes que los humanos en un orden disparatado. Es por ello que les quiere hacer muchas preguntas, entre ellas «¿Por qué hay tanto sufrimiento?» o «¿Hay un Dios?». La contestación de los extraños seres a cualquiera de sus inquietudes metafísicas es la misma: «No hay respuesta».

En la película, Sandy Bates (Woody Allen) está alucinando, pero tanto tiene. Lo interesante aquí, siguiendo su narrativa, es que las grandes cuestiones que formula no parecen albergar respuesta alguna. Al menos, una más o menos cabal dentro de los límites de comprensión humana. Mejor sería —terminan aconsejándole los extraterrestres— que siguiera dedicándose a hacer comedia.

No le hagamos ni caso a los fantasiosos visitantes de Allen, salgamos de la película y preguntémonos nosotros mismos a bocajarro: ¿Qué es la realidad? ¿Cómo podemos conocer algo de ella? Por lo de pronto, la tarea se presenta como un reto titánico a la vista de que ese concepto —la realidad— es tan resbaladizo como una pastilla de jabón húmeda. Tal vez en ello tenga mucho que ver otro concepto aledaño: el de apariencia. De definirse como aquello indistinguible de lo real —Descartes hablaba de un sueño y Nick Bostrom de una simulación—, entonces la realidad se ve drenada de toda significación. Nunca podría diferenciarse lo uno de lo otro, convirtiendo en vana cualquier intentona por singularizar o tan siquiera distinguir lo verdaderamente real. Como materia y antimateria, realidad y apariencia se aniquilan mutuamente.

La cosa no concluye ahí. Hasta donde podemos percibir, el mundo, la realidad o como se le llame, es puro cambio. Desde luego que la idea ya está muy trillada: es ese río de Heráclito en el que no nos podemos bañar dos veces ni tampoco, como corrige malévolamente Crátilo, una sola vez. Todo fluye, todo cambia. Lo estamos haciendo ahora mismo, yo cuando escribo y usted cuando lee. Lo mismo tiene enfocarlo en el plano físico que en el intelectual. Bien vista, la identidad personal a través del tiempo se asemeja más a una esperanzada ingenuidad que a un hecho verídico.

A cada segundo el estado de cosas del universo varía. Pero, ¿por qué a cada segundo? Digamos a cada milisegundo. O no. ¿Por qué situar el baremo en esa escala temporal? Que los humanos qua objetos macro no podamos percibir los avatares micro no implica que no sucedan. De hecho, sabemos que sí acontecen. Piénsese en cosas tan extrañas como la física cuántica. Sea como fuere, es indiferente dónde situemos el punto. Lo relevante estriba en que el carácter líquido, huidizo, cambiante de lo real en tanto percepción dificulta su comprensión. ¿Cómo podríamos entender algo que no se está quieto? ¿Que no concede un punto de apoyo estable?

Una última dificultad reseñable respecto de la realidad, más abstracta si cabe, tiene que ver con la conexión entre lo uno y lo múltiple. Hay cosas que parecen ser lo que son: una flor, mi mano o el mar. Son un ente por derecho propio tal y como vociferaron algunos insignes griegos. Ahora bien, esos mismos elementos podrían diluirse al ser incorporados como partes de un todo mayor. Respectivamente, por ejemplo: un bosque, mi cuerpo o la tierra. Dándole la vuelta pasaría tres cuartos de lo mismo: el pétalo, la uña o la ola lo atestiguan. ¿Dónde está la frontera? ¿Qué es uno y qué es múltiple? ¿Lo simple y lo complejo? ¿En qué momento —y cómo— emergen sus respectivas propiedades? ¿Cómo diablos se podría conocer algo del mundo ante la presencia de tamañas antinomias? Hagamos nuestras propias cábalas.

Cuando alguien señala, con fortuna, que uno más uno es igual a dos, no está pensando en nada concreto. La suma aritmética es una agregación abstracta, corriente y moliente. Es el continente que deja de lado cualquier contenido al que se quiera aplicar: lápices, ríos o galaxias. Como lo diría aquel señor tan bajito —se rumorea que medía 1,40 metros— y tan maniático, pero tan listo, Immanuel Kant, la aritmética es la dimensión formal a la que se adapta cualquier fenómeno. Es el molde de la plastilina.

Manejarse en el mundo —sobrevivir en él— acarrea diferenciar cosas, distanciarse de una suerte de fondo único homogéneo. Semejante parcelación de lo real está posibilitada inicialmente por la percepción. Es ella la que traza las diferencias y, para ello, obvia la complejidad. De otra manera, la tarea sería simple y llanamente imposible. Para que un bebé recién nacido experimente una mesa no puede apreciar sus átomos. Es un asunto de escalas: percibir algo, aprehenderlo, conlleva asentarse en una sola perspectiva y perder, a cambio, todas las demás.

En su cuento «Del rigor de la ciencia», Borges fantasea con un imperio que, en pos de la exactitud, trata de construir mapas 1:1. La empresa, huelga decir, resulta absurda en sus términos. Algo similar podría decirse del protagonista de la novela de Patrick Süskind, El perfume. Grenouille es un hombre capaz de detectar y recordar millones y millones de olores. Tanto es así, que ninguno de los conceptos comúnmente empleados para referirse a ellos —cítrico, quemado, floral, rancio, etcétera— le sirve. Ninguno captura la individualidad de cada olor, que es único e irrepetible.

Una capacidad perceptiva que no idealice el mundo es tan inútil como un mapa 1:1. Esta es la faceta simplificadora requerida por el conocimiento. Así nos movemos los organismos vivos. En el caso humano, no obstante, la cosa tiene su miga. La invención de la simbología nos ha pertrechado de una posibilidad vetada al resto: la de continuar con la faena reduccionista por otros medios.

El lenguaje sigue esta dinámica. Es un mapa que nos brinda una determinada panorámica —más o menos útil en función del cometido— cuyo precio a pagar no es otro que el empobrecimiento de lo representado. Hablar de Galicia simbólicamente (empleando precisamente ese término, tan arbitrario como cualquier otro, «G-a-l-i-c-i-a») nos permite mantener cierto flujo comunicativo porque dejamos al margen las montañas, la gente, el viento, cada partícula de tierra, el olor a ozono y a salitre o el licor café. Para saber de qué se habla cuando se habla de Galicia hay que olvidarse de ella o, dicho con mayor precisión, de su complejidad. De esta guisa —abrazando la tercera tesis del gran sofista que fue Gorgias—, las palabras no transmiten las cosas. Estas últimas se extravían por el camino.

La realidad es compleja, y lo complejo, pues, resulta incognoscible de por sí. Es el todo insondable del que habla la filosofía hindú, el Brahman; y también es el mundo en sí, ese noúmeno kantiano del que nada sabemos. Estamos ciegos ante la complejidad. Nuestro único remedio, al menos si no queremos conformarnos con la respuesta de los extraterrestres de Woody Allen, es abreviar, manejar modelos representativos.

De la reducción perceptiva pasamos a la simbólica. ¡Qué útiles son los idiomas a este respecto! Y, sin embargo, la simplificación no termina con ellos. Hay algo más útil: las matemáticas. Ellas son las reinas tuertas en el país de los ciegos. La celda con la que someter al universo. Aquí, definitivamente, con el uso de los símbolos más generales concebibles, la procura de conocimiento parece aportar sus frutos más sólidos. Es aquí donde aparecen las regularidades, las leyes, esas normas supremamente generales, tan distanciadas del mundo que nos maravillan con su exactitud, que nos permiten anticipar y manipular los fenómenos percibidos.

Vaya paradoja del conocimiento. Al final, resulta que menos es más. Las distintas variantes perceptivas, el lenguaje común y el matemático, funcionan porque se desentienden de lo real. Para intuirlo, parecen decirnos, ¡aléjate!

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