
Es muy probable que pocos de ustedes hayan visto a los Sex Pistols en vivo. Yo tampoco, por una mera cuestión de edad, por lejanía geográfica o porque la vez que más cerca estuvieron de hoy fue una gira de reunificación y de hacer dinero fácil que recaló por España en el Summercase de 2008. No: llamar Sex Pistols a lo que vino a ser las posteriores actuaciones en España con Frank Carter como vocalista es participar en un autoengaño infantil que reside en un rincón color pastel de nuestras cabezas de cincuentones.
Para situar a los lectores que anden un poco perdidos con el contexto de este primer párrafo, cuatro adolescentes del entorno requetepobre londinense se unieron en 1975 para fundar un grupo dentro de la emergente corriente del punk rock. En un año en que las listas estuvieron encabezadas por grupos como The Bay City Rollers y su «Bye Bye, Baby», Rod Stewart, The Stylistics o Art Garfunkel, donde la brillantina y las armonías vocales competían por elevar el canto al amor juvenil hasta los cielos de la isla y los techos del Hammersmith Odeon, estos cuatro críos ni sabían cantar, tocar tocaban poco, sus conciertos eran un tumulto constante y tampoco ellos aguantaban mucho tiempo la compostura sobre el escenario. Al menos, acorde con lo que se estilaba en esos días. Nadie les aconsejó sobre cómo evitar ser timados por la industria musical de su tiempo, y no duraron en activo ni cuatro años.
Sus nombres son Paul Cook (batería), Steve Jones (guitarra), Glen Matlock (bajo) y John Lydon (voz). A ellos hay que añadir a un quinto, el bajo sustituto, un malogrado Simon Ritchie, alias Sid Vicious. A pesar de todo lo anterior, entre todos constituyeron una leyenda musical cuya trascendencia todavía asombra a quien se hace esta pregunta a día de hoy.
En 1975 casi nadie de los que nos sentamos en torno a este artículo pululábamos todavía por el Reino Unido, así que tenemos que ahondar en la historia de los Pistols a través del relato. Precisamente, Lydon —conocido por su alias Johnny Rotten—, vocalista original y, hasta cierto punto, estandarte de la banda, letrista y rostro inquietante para el establishment, colaboró en 1994 escribiendo y dando cierta sistematización a la formación del grupo y ayudando a comprender un poco el mismo sopicaldo musical del punk a través de la autobiografía Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs (Plexus Limited Ed.). También hizo bastante dinero con ello. Recomiendo vivamente su lectura.
El libro es tanto un relato sobre sí mismo como sobre la fugaz e imprescindible banda, con el que el bocazas de Lydon nos abre la puerta de entrada a su mundo tal que así: «Ni se han editado las contradicciones ni los insultos. Tampoco los piropos, si los hubiera. No tengo tiempo para mentiras ni para fantasías, y tú tampoco deberías tenerlo».
Poco hay que explicar de las perrerías a las que se enfrentaban los grupos de las décadas doradas del rock. Engañados por el tiburón de las ventas Malcolm McLaren, arrojados a las fauces de las discográficas EMI, Virgin o Warner y paseados por programas de la rancia televisión inglesa como el show de Bill Grundy, al que se le veía que aquellas carreras musicales se la pelaban desde el momento en que presentaba medio borracho, los chicos eran unos adolescentes salidos de la generosa pobreza británica de los años setenta —salvo Matlock, que aspiraba a cantar bingo en la industria y atesoraba una cierta cultura musical y vivencial—. Lydon vivía en la zona de Islington, al norte de Londres. La casa donde Eyleen, su madre, intentó salir adelante aprovechaba malamente el espacio que ocupaba el escaparate de una tienda que daba a Benwell Road, tapada por unas cortinas. A la original y bastante hippie madre de Sid y a su hijo, medio idiota, la alcaldía los desalojaba y realojaba casi semanalmente en pisos de mierda, de puro pobres que eran. Cook y Jones crecieron enredando y delinquiendo por los bloques de pisos chungos de White City Estate —en efecto, les sonarán del álbum y película homónimos de Pete Townshend—, situados por la zona de Shepherd’s Bush, otra zona donde en los años sesenta se habían comenzado a tirar hileras de casas victorianas donde no había ni luz ni agua corriente, y que se sustituyeron por tochos de vivienda pública de una calidad sórdida.
Irremediablemente. Porque a la vieja Gran Bretaña le estorbaba la chusma, una vez que era estabulada y se le asignaba un hueco en el statu quo. La chusma propia, pero también la ajena, que había sido adherida por inercia geográfica o por el fruto de siglos deglutiéndola en la expansión colonial y bélica del Reino Unido. La british era una sociedad que necesitaba imperiosamente mantener los arriba y abajo de las castas históricas. El título del libro, sin ir más lejos, era un cartel común que usaban los elegantes y flemáticos dueños de pubs ingleses expresando su derecho de admisión. Dueños muy seguramente con escasa alfabetización, pero dueños de su public house al fin y al cabo. En los setenta, jamaicanos, indios y esos vecinos irlandeses a los que odiaban por haberse independizado de la Corona en 1921 servían para nutrir la estirada maquinaria fabril de la isla, solo sostenida por Dios y nunca sujeta a lo terrenal: Dieu et mon droit. Y los padres de Johnny Lydon eran irlandeses y mano de obra barata, que habían huido de un esquinazo de una isla en guerra —Lydon reconoce en su biografía tener familiares en ambos bandos de la confrontación entre unionistas y republicanos—.
Rotten, como buen bufón, se explaya en el libro contra todos ellos. Lo hace usando un humor mezclado con amargura dickensiana. No tiene respiro el repaso a su supervivencia en un sistema educativo totalmente anclado en el siglo XIX. Y que no por nada es la diana de un buen número de canciones del punk rock, como las múltiples «I Hate School» firmadas por grupos como los Suburban Studs, The Necros o «Alternative Ulster», de Dead Kennedys. La leña injustificada, un clasismo añejo y el desbordamiento producido por intentar meter en cintura a clases con cuarenta criaturas era el proyecto educativo que prepararía a cualquier adolescente inglés a enfrentarse a la jungla de una economía tambaleante y de una sociedad abominable y rancia. Les sonará el eslogan «No Future» de verlo impreso en camisetas y en paredes pintadas. Pues bien: se acuñó mientras la vieja isla afrontaba, dicho de tirón, unas cifras de desempleo nunca vistas desde la segunda guerra mundial, el desmoronamiento de su parque de viviendas, una inflación de casi un treinta por ciento, la crisis del petróleo de 1973, las huelgas del sector público de todo un invierno, las basuras sin recoger y los servicios básicos cortados. Gran Bretaña incluso tuvo que pedir un préstamo gigantesco —un manojo de billetes de cuatro mil millones de dólares— al Fondo Monetario Internacional para sostener la libra esterlina.
Y Rotten, como libro, es mucho más entretenido que las series de plataformas contando las batallas entre hooligans. Pero es que, como revista gordota de moda, también hace la mejor síntesis —su síntesis— de cómo se pasó de una actitud del movimiento adolescente a la maquinaria del dúo McLaren y Vivienne Westwood. Y ojo, que cuenta para ello con testimonios de chavales que vivieron en primera línea aquella época como Crissie Hynde (The Pretenders) o Steve Severin (bajista de Siouxsie and the Banshees). Como relato documental, el libro supera a The Filth and the Fury, de Julian Temple. La mala leche de Lydon consigue convertir en una prosa digerible e incluso cómica las terribles necesidades de unos adolescentes que no encajaban en la sórdida sociedad obrera de los años del alcoholismo, el desempleo y el racismo. La historia detrás de la canción «Bodies» supera el material que se puede encontrar en cualquier declaración en comisaría o ante un tutor de frenopático: revive el asombro de unos chicos de ciudad que creían haberlo visto todo, serenos o drogados, ante las cartas que les escribe Pauline, una fan totalmente chiflada desde una institución mental de Birmingham en la que asegura que es violada por el personal y que, un día, se presenta ante los miembros del grupo con una bolsa de plástico que, según Lydon, contendría un feto abortado.
Las trescientas treinta páginas de Rotten son un viaje a una ciudad en la que ningún redactor de Condé Nast se atrevería a poner el pie. El libro es de lectura directa, es ácido y es muy conveniente detenerse a observar que, cincuenta años más tarde, las bases de la confrontación entre la juventud desencantada y las figuras de la élite mundial, figuritas de un tono casi monárquico e intocable, son las mismas.
¿Fue el fenómeno Sex Pistols algo más que el generador de hasta cinco himnos eternos a la rabia («Holidays in the Sun», «Pretty Vacant», «God Save the Queen», «Bodies» y «Anarchy in the U.K.»)? Por encima de todo, hay que reconocerles el inconsciente empuje pionero de ir con la cara descubierta. Cuando Lydon enseñó al grupo la letra de «God Save the Queen», Matlock dijo que ni de coña, que acabarían siendo asesinados. «Pero merecía la pena correr el riesgo», continúa el vocalista. «Nadie había declarado nada abiertamente en contra de la familia real durante tanto tiempo en nuestra feudal y ridícula Gran Bretaña». Quien haya tenido dieciséis años y unos colegas con una guitarra eléctrica y un amplificador entenderá ese proceso liberador y suicida.
El siguiente paso, en una carrera cutre, manipulada por un McLaren cuyo único interés era aparecer como el genial ideólogo de todo aquello, era sacar esa ristra de temas salvajes y nunca imaginados a las salas, pubs, garitos y hasta colegios. Pero va un mundo entre la idea irreverente y anárquica que uno tiene y labrarse un nombre como grupo de rock. Spoiler: en efecto, intentaron asesinarlos. Lydon cuenta a su modo cómo empezaron a foguearse en colegios mayores y garitos de universitarios moñas con material robado —no temas robados, sino material musical sustraído por un Steve Jones con un amplio historial delictivo por hurtos menores—. Enfrente, una juventud pija que ni entendía nada ni se animaba a soltar un solo aplauso. «Nuestros peores enemigos eran estudiantes universitarios que creían saberlo todo porque escuchaban discos de Emerson, Lake and Palmer». Antes de la irrupción de los Sex Pistols, afirma Johnny, «la música juvenil era aburrida: imágenes asociándose a una mística alejada de toda realidad. ¿Cómo cojones íbamos a conectar con esa música si veníamos de los pisos municipales?».
Su repertorio se solidificó girando por salas y pubs del profundo norte inglés, a las que McLaren les enviaba como carnaza, teniendo, sabe Dios, qué proyecto musical en la cabeza. Ahí, en lugar de pedantes universitarios, se encontraban con una masa social que les odiaba por ser unos putos cockneys. Sin duda, un modo de madurar como grupo era mandarlos a cantar sus letras disruptivas a los trabajadores de una industria y una minería en crisis. Los mil matices de la cerrilidad de la sociedad inglesa obrera —brutos que también odiaban a iguales por el mero hecho de ser de la ciudad de al lado— producían escenas en las que los cuatro cabras subidos en el escenario decidían tirar para adelante y coger experiencia como banda mientras les tiraban botellas. Pero era la primera banda que respondía a la pelea mientras tocaba. O lo que fuera aquello que salía por los altavoces.
Buena parte del crecimiento, los meses culminantes y la caída del grupo tras la fallida gira por Estados Unidos pueden seguirse perfectamente en cualquier documento recopilatorio que circule por internet. Johnny dibuja en su biografía un entretenido encadenado, a su modo. La integración de Sid Vicious en el grupo; tener que volver a contratar a Matlock para grabar porque aquel, totalmente drogado, era incapaz de tocar una nota en estudio; la aparición de Nancy Spungen y los roces constantes; encerrar a Sid por voluntad propia para desengancharlo; firmar un disco con A&M Records y que el acuerdo solo durase en vigor unas semanas; la desastrosa gira británica y la peor resolución de la estadounidense tras la acusación de asesinato y posterior muerte por sobredosis de Vicious. Lydon da su versión y los dos periodistas encargados del ensamblaje del material, Keith y Kent Zimmerman, insertan con solvencia los testimonios de gente cercana a la vieja pandilla de Londres y músicos de esos meses clave.
Repetí su lectura hace unas semanas y decidí tomar estas notas. Este tomo es un trabajo de gran calado desde el momento en que gente como Billy Idol afirma que los Sex Pistols eran lo que todos esperaban ser como banda de rock a mitad de los setenta. «Si pudiéramos visualizarlo, allí estaban frente a nosotros». Que un grupo con su influencia mediática y aparición en la prensa diaria cobrase treinta libras semanales es un síntoma de la calaña de los tipos que hicieron crecer la industria del pop y el rock, mendas que posteriormente hicieron volar hasta la estratosfera aquella máquina de picar carne, cuando, en palabras de Steve Severin, «recuerdo que nadie tenía un duro en mitad de una de las peores recesiones del país». Y que el final de todo fuera una mezcla entre los miedos de la gente de Warner Brothers por tocar en los estados del profundo sur y su público homicida —resultó que fueron los únicos conciertos con éxito— y el empeño por hacerles girar en las grandes ciudades del norte, donde la mayoría conservadora ya había decidido de antemano cancelar las actuaciones de aquellos ingleses satánicos.
Un guion al que no le faltó de nada. Un par de discos con canciones eternas. Y todos los personajes a los que se podía haber pedido participar para hundir aquello.
«Ever get the feeling you’ve been cheated?».







