
Desde que empezó todo este circo del Premio Aena en el que se mezcla dinero público*, endogamia cultural y servilismo periodístico he vivido una montaña rusa de emociones: desde la indignación al descojone pasando por la empatía y la contradicción. Ayer estuve más de dos horas para acabar un artículo bastante crítico que iba a publicar en el caso de que ganara Vila-Matas y es que tenía el convencimiento que todo iba a ser un tongo de proporciones épicas. El cherry picking me había llevado hasta las conspiranoia más delirante. Para mi tranquilidad y el futuro de Jot Down mi intuición fue errónea lo que me salva de tener como enemigos declarados a la mitad del estamento cultural patrio que salía bastante mal parado en mi exposición cronológica de los hechos. No obstante, no puedo evitar escribir, desde el buen humor en lugar de desde el enfado, sobre la tramoya que hemos vivido para felicitar a algunos protagonistas y verbalizar algunas incógnitas.
Lo primero que quiero hacer es felicitar a Samanta Schweblin la brillante autora ganadora del premio, cuyos impuestos sobre el millón de euros probablemente acabarán en Alemania donde reside. De un premio de altos vuelos no podíamos esperar otra cosa que la pasta se fuera volando. También quiero aprovechar para felicitar a los orgullosos finalistas que con tan buen agrado aceptaron ser comparsas por la módica cantidad de 30.000€. Especialmente a Vila-Matas que ha pasado de sonar para el Nobel a transferir su prestigio a una cuentista. El mundo del relato necesitaba un gesto de tan enorme generosidad para que, por fin, en España se tome tan en serio este género como se hace en el resto del mundo. ¡Gracias Enrique!
También quiero felicitar al director de Babelia Jordi Amat —y lo hago sin ápice de ironía y con toda mi admiración— por haber sabido navegar entre los intereses patronales y la independencia editorial. Amat, que fue uno de los preseleccionadores, dedicó la portada del suplemento cultural de El País a Samanta Schweblin cinco días antes de que se fallase el premio, dejando constancia de su propia apuesta antes de conocerse el resultado. En mi opinión, dado que no se han destacado en portada a otros finalistas del premio en el mismo magacín, en ese acto había un mensaje claro de integridad periodística tanto para los suyos como para el resto de los que conformamos el mundillo cultural del libro. Creo, y esto solo es una intuición, que esa portada ha sido decisoria en la deliberación del jurado que se ha visto obligado a decidir entre calidad y trayectoria salvando in extremis al premio de un ridículo estratosférico junto con la dignidad de todos los convocados.
Con esa decisión, Amat, pone a Babelia por delante del resto de los suplementos culturales rendidos al buenrollismo y las falsas lealtades. Se necesita un ecosistema crítico más inteligente y arriesgado que el clásico despelleje de los Premios Planeta con el nivel intelectual del cascarrabias que refunfuña indignado tras ver una obra de Cy Twombly. El suplemento Cultura|s de La Vanguardia y El Cultural de El Español dedicaron la portada de ese mismo fin de semana a San Francisco de Asís, el ABC Cultural a Silvia Olmedes directora de Photographic Social Vision y el suplemento Abril del grupo Prensa Ibérica a la próxima pregonera de Sant Jordi Ali Smith. Todo más aburrido que ver crecer la flor de la patata comparado con los intríngulis literarios aeroportuarios.
El Goncourt español —déjenme tomarme esta licencia— también me ha puesto en una seria contradicción como editor. Desde hace ya casi dos años, llevamos publicando en Jot Down la serie «La querella española» donde analizamos por qué el pensamiento español y sus libros no viajan por el mundo como lo hace el ensayo anglosajón. Ese análisis que también es queja me produce una disonancia cognitiva con la continua actitud crítica que he tenido con el Premio Aena desde que se dio a conocer dado que este tiene como objetivo, precisamente, hacer que la narrativa española trascienda nuestro propio idioma. Es fácil reclamar cosmopolitismo intelectual desde la trinchera y luego comportarse como un casticista resentido cuando las cosas se materializan de una forma que no has previsto. Mea culpa.
El premio, como adelantaba al principio, también deja bastantes interrogantes. El primero —y este es un tema sobre el que ya puse sobre aviso tanto al sector como al mecenas en la misma semana que se comunicó el premio— tiene que ver con cómo se gestionará la compra de los miles de libros de la obra ganadora. Esto es relevante porque, como ya saben los lectores, las librerías no son negocios demasiado boyantes y todos esos libros que se van a regalar suponen una anomalía en la cadena de valor difícil de digerir si no se hace con cierto cuidado. Porque regalar miles de ejemplares no es inocuo: altera la percepción de precio, desplaza compras potenciales y convierte un libro en objeto promocional antes que en bien cultural. Y aquí es donde convendría afinar mucho el tiro para no convertir una operación que nace con vocación de prestigio en un torpedo en la línea de flotación de quienes sostienen —con márgenes microscópicos y fe casi religiosa— la bibliodiversidad. Esperamos y deseamos tal como se lo hemos hecho saber a todos que esa compra de libros se haga a través del canal de librerías.
La segunda duda es como un premio con bastante cariz político —esto se ha impulsado desde el PSC como bien pudieron intuir los que siguieron la entrega del premio con un Óscar Puente ausente— va a mantenerse en el tiempo cuando se produzca el relevo de Pedro Sánchez en La Moncloa. Quizás la Zenda de Pérez-Reverte con Álvaro Colomer y María José Solano moviendo los hilos, pueda convencer al otro bando político de la importancia de este proyecto que comienza ahora su andadura. El exalcalde de Sevilla Antonio Muñoz no contó con un equipo tan competente cuando puso en marcha en 2022 el efímero Premio de Novela Almudena Grandes para reconocer la creación literaria nacional. Al ganar el Partido Popular las elecciones, el nuevo equipo regidor decidió reenfocar el mecenazgo cultural de la capital hispalense suprimiendo el citado premio. Esperemos que Aena cuente con el florete de Perez-Reverte y confíen en su máxima existencial: «No tengo ideología, lo que tengo es biblioteca» y muy buenos amigos añadiría yo…
Voy acabando que no quiero terminar convirtiendo este dichoso culebrón literario en algo tedioso por lo que les ahorraré algunos episodios sin demasiada importancia como la carta que me escribió cierto ministro a leer uno de los artículos de esta serie «aena» en la que me llamaba miserable e ignorante o el gesto de amabilidad que tuvo el patrocinador del premio al ofrecerme 600€ para que hiciese publicidad (clásica, esto es anuncios) en Jot Down. Tampoco seré quién haga la crónica rosa y el salseo literario que dio lugar tras el fallo y que tiene al gremio muerto de la risa en grupos de whatsapp. Termino por tanto el artículo comprometiéndome para 2027 a no cerrarme en apoyar la próxima edición siendo menos crítico y más constructivo. No prometo nada.
*Ya saben, Aena está participada por el estado en un 51% y a su presidente lo colocan a dedo los que mandan








Bueno, aquí quien ha ganado ha sido, como siempre, en el mundo editorial, Planeta, puesto que la autora publica en Seix-Barral, sello de Planeta.
En Francia es vox populi que si no publicas en un restringido grupo de editoriales no te acercas al Goncourt ni a pedirle un autógrafo. Es la forma que tienen esos privilegiados de robar autores buenos a las editoriales más modestas.
Eso es menos verdad hoy que hace 20 o 30 años, cuando siempre lo ganaban Gallimard, Grasset o Le Seuil, («Galligrasseuil», como decían los que denunciaban el sistema). Desde la reforma de 2008 los amaños son menores o menos visibles y el Goncourt ha sido dado a libros publicados por editoriales independientes y menos conocidas que las tres citadas, como por ejemplo Actes Sud (2015, 2017), Éditions Philippe Rey (2021) o Éditions de l’Iconoclaste (2023). El año pasado lo ganó una novela publicada en Minuit, editorial «mítica» que sólo lo ganó 4 veces en los últimos 80 años.
Me alegra oírlo. Aunque tengo noticias de casos posteriores, como el paso de Delphine De Vigan a Gallimard. Quizás sean solo habladurías; al fin y al cabo todavía no lo ha ganado, «solo» el Renaudot el Goncourt des lycéens cuando todavía publicaba en Lattès.
No es «Silvia Olmedas directora de Photographic Social Vision, sino Silvia Omedes, directora de una de las iniciativas que más trabaja desde hace 25 años a favor de la fotografía en España. Ella y su fundación se han convertido en una referencia, especialmente en lo que se refiere al cuidado y protección de los archivos fotográficos de los grandes fotógrafos españoles del siglo XX, precisamente porque a todo no llega el Estado, (aunque a la mayoría de herederos les gustaría pillar cacho millonario). Que parezca aburrido el tiempo dedicado a celebrar el cuarto de siglo de PH. Social Vision ya dice cuánto queda por hacer en la defensa de la fotografía.
Corregido. Gracias por el apunte María José. Lo de «aburrido» era irónico como casi todo en el texto (excepto el párrafo que indica «sin ironía»). Al final, tendremos que poner en este tipo de artículo el gif de Leonard para no herir sensibilidades https://media.tenor.com/YjOqqxOJ6JMAAAAM/sarcasm-big-bang-theory.gif
AENA es un poder fáctico.Un oligopolio voraz, que con la ya larga presidencia del CEO Lucena (que no es ingeniero aeronáutico, solo un cerebro financiero de alto nivel fogueado en la Generalitat y fichado por el PSC) ha extendido sus tentáculos a Sudamérica y también en el Reino Unido.
Un millón de euros es una bicoca, calderilla para este ente. Y el premio, que no es tal (no hay convocatoria) un intento de blanqueo.
AENA PSC, Telefónica PSC, Indra PSC, …
En España el importe del premio está exento del IRPF, ya que no exige cesión de derechos de autor (a diferencia del Planeta). Otra cosa es cómo tribute en Alemania, donde reside la premiada.
Tengo entendido que tributa un 25% pero quizá en las bases exponga algo diferente.
En la rueda de prensa posterior a la entrega del premio Planeta de 2005, ganado por Maria de la Pau Janer, se hizo célebre un zasca de Juan Marsé (miembro del jurado, que propuso declararlo desierto) a la ganadora. Cuando Janer habló de «vida literaria», Marsé le dijo que él no hablaba de vida literaria, sino de literatura. La obsesión de los que hacen vida literaria a propósito del premio AENA, merecería un Marsé que pusiera el foco en la literatura.
A los ciudadanos normales, digamos que estos entresijos de celos y malquerencias nos da igual. El mundo, creo, circula por veredas muy distintas a estas causas. Creo. Pero la creencia es fe y la fe no es ciencia. Cachissss.