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Premio Puente Aéreo

millonario
Imagen promocional del concurso ¿Quién quiere ser millonario? ©Atresmedia

Lo que se anunció como las más entusiasta celebración de la novela en español ha excitado en apenas dos semanas una feroz y descarnada polémica. Periodistas, críticos literarios y escritores han puesto el grito en el cielo y denunciado el alarde dinerario gubernativo, la desmesurada puesta en escena y la petulante pompa de los inesperados líderes culturales. Aunque ninguno de ellos sabe todavía a quien se le pudo ocurrir la iniciativa ministerial.

La irrupción del Ministerio de Transportes en el territorio vedado del Ministerio de Cultura —“leer es volar”, según reza su divisa— es por el momento un caso intrigante. Sin duda será recordada como la más atrevida operación gubernamental dedicada a reclutar la voluntad, la colaboración y la simpatía de un ecosistema acostumbrado a subsistir con las mendicantes limosnas del Ministerio de Cultura.

La osadía con que Oscar Puente se ha entrometido en el mundo cultural —con un presupuesto de dinero público que alcanza los tres millones de euros— ha puesto en evidencia la racanería con que el Ministerio de Cultura ha auxiliado hasta ahora a los agentes culturales de la sociedad civil. El presidente de Aena, Maurici Lucena, se apropió de la misión antiguamente asignada al Ministerio de Cultura y en nombre de los aeropuertos declaró la contundente sustitución: “Aena quiere devolver a la sociedad lo mucho que la sociedad le ha dado”.

El pasmo con que el ministro Urtasun ha recibido la noticia y el silencio del director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, que no ha sido invitado a formar parte del jurado del Premio Puente Aéreo, abre un episodio inédito en la historia de los gobiernos españoles: un ministro de Transportes que ostenta a diestra y siniestra su poder de seducción dineraria y un ministro de Cultura que se limita a convocar sus indigentes subvenciones.

Los periodistas más avezados ya están investigando la causa de esta extravagancia y pronto los lectores podrán saber lo que subyace bajo esta extraña incongruencia. Y averiguar a quien se le pudo ocurrir la iniciativa ministerial.

Por el momento lo que a ciencia cierta se sabe es lo que ha declarado la escritora Rosa Montero, la encargada de presidir el jurado del Premio Puente Aéreo. De lo publicado por la prensa podemos destacar algunas de las entrecomilladas frases que se le atribuyen. Coherentemente entusiastas con la tarea encomendada y sin el más mínimo atisbo de remordimiento, la escritora ha leído el guion sin percibir las consecuencias de sus declaraciones.

Sostiene Rosa Montero la alegría que le da “que se meta dinero en el sector del libro”. (Meter dinero: sic). Y a continuación se hace a sí misma ante los periodistas que acuden a la rueda de prensa la enigmática pregunta: “¿Por qué un millón (de euros al ganador del concurso)?”. (166 millones de las antiguas pesetas).

Al parecer no percibe ningún disparate digno de ser reseñado pero de inmediato se presta a repetir la consigna diseñada por la agencia de publicidad contratada por el Premio Puente Aéreo: “para conseguir el prestigio que tiene el Booker”.

El Ministerio de Transportes no está obligado a saber lo que toda persona culta conoce de primera mano, pero les habría bastado consultar el diccionario de la Real Academia de España para descubrir el significado del vocablo elegido para montar la fanfarria del Premio Puente Aéreo.

Los nuevos líderes culturales deberían saber que en el mundo literario su codiciado anhelo —“el prestigio”— no tiene nada que ver con el dinero. El dinero ha sido siempre en la historia de la literatura un motivo de sospecha y el indicio que delata el horrendo rastro de las falsas reputaciones. Es muy conocida la penosa ansiedad que padecen algunos escritores que teniendo fama, éxito y facturación sólo ambicionan lo que jamás tendrán: el envidiado prestigio.

Si los publicistas encargados de redactar el guion escénico del Premio Puente Aéreo hubieran tenido tiempo de leer —en lugar de volar de un lado a otro— sabrían que el prestigio se obtiene cuando te lo otorgan los demás. La honra, el respeto, el reconocimiento, la consideración, es el fruto de la admiración prestada a una personalidad o a una obra. Y nada tiene que ver con la cantidad de dinero que prometen entregar a mansalva.

Aunque si nos detenemos a pensar con más detenimiento el origen del Premio Puente Aéreo quizá nos resultaría más fácil entender el verdadero propósito de un premio literario que está escandalizando a la sociedad española. Es probable que los nuevos lideres culturales no encubran sus verdaderos propósitos sino que los confiesen con descaro. Después de haber leído otra de las acepciones con que el diccionario de la RAE define el prestigio:

Engaño, ilusión o apariencia con que los prestidigitadores emboban y embaucan al pueblo.

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Un comentario

  1. Ya son muchos los artículos y articuletes que leo sobre el tema y todos dicen más o menos lo mismo:
    Punto A: El ministerio de transportes no es nadie para dar premios de literatura, que se gasten el dinero en arreglar el bache que hay a la salida de la urbanización de papá y mamá.
    Punto B: Esto de los premios solo es para gente sin flow, sin chic y sin contenido.

    La derivada es que el prestigio, el buen prestigio, el profundo prestigio, no lo conceden los premios, ni siquiera el público (¡qué va a saber este, ahora mismo agotando la edición de ¡Hola! con el Sr. Urdargarín en la portada), si no el articulista y sus amiguetes.

    Yo estoy a favor de todos, todos, los premios. Básicamente por que los merezco. Cualquier día me darán uno.
    O dos.
    Respetuosamente.

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