
Yo creo que, con el solo afán de ridiculizar a la prensa cultural española, de la que con sobradas razones desconfía por ensalzar a tantos fantasmas a los que desprecia (tipo Raúl Zurita en poesía o César Aira en novela), Abelardo Linares ha montado el fake de Guerra Total sin creerse él mismo que esos relatos, flojos la mayoría, sean de Manuel Chaves Nogales, a quien se los inflige.
Quería publicar algo inédito del Chaves Nogales narrador, y como no tenía había que inventarlo. Y para inventarlo, ¿qué cosa podía causar más sensación que una continuación del gran libro de Chaves Nogales? La faceta periodística de este ya cansa un poco, pero la narrativa tiene indudablemente mayor pegada. Piezas sueltas periodísticas no recogidas en volumen tendrá Abelardo Linares para aburrir a un yonqui, pero ¿cuentos? Había que inventarlos. Deduzco que se dijo: os vais a comer este montaje y lo vais a circular sin hacer el menor esfuerzo de verificación. Conoce bien la prensa cultural española porque así, más o menos, ha sido, obteniendo plácemes wikipédicos aquí y allá, salvo en la crítica de José Luis García Martín, que tiene la deplorable costumbre de leerse los libros que reseña, pecado imperdonable por el que se ve condenado a publicar sus artículos en periódicos locales.
Si traemos a Abelardo Linares a esta sección de «falsificadores» es por la estrategia —que yo recuerde nunca utilizada— con la que, quitándole la autoría de unos relatos a unos escritores, le asigna la propiedad de una obra que no escribió a una firma ya consagrada, siguiendo el renglón de San Mateo según el cual «a quien tiene se le dará y a quien no tiene… que le vayan dando». Empecemos por esa consagración.
Dice la contracubierta de Guerra Total —y aquí empieza a hilarse la mentira, cuya madre es la historia, por variar a Cervantes y a Borges en una sola frase— que en 1992 hubo un seísmo en la cultura española. No, no fue la Expo de Sevilla; no, no fueron los Juegos Olímpicos de Barcelona: fue el descubrimiento de A sangre y fuego, de Chaves Nogales, libro publicado en Chile en 1937 del que nadie había hecho referencia alguna. Lo cierto es que difícilmente pudo causar un seísmo en 1992 un libro que no fue publicado exento en España hasta 2001 (Isabel Cintas lo recogió antes, en 1993, en los dos volúmenes de la Obra reunida de Chaves, publicada por la Diputación de Sevilla en edición tan preciosa como escasa). El prólogo de Martínez de Pisón a Guerra Total recuerda que fue en esa edición de Espasa de 2001 en la que miles de lectores descubrieron el libro y empezó a fomentarse la fiebre Chaves que habría, con toda justicia, de canonizarlo.
En algún momento a Linares debió ocurrírsele la gran idea de que libro tan magnífico merecía una segunda parte. El propio Chaves prestaba un título incomparable: Guerra Total. Pero no había relatos suyos inéditos para conformarlo. Entonces, ¿cómo operar para conseguir llenar un continente de contenido a sabiendas de que nadie se pararía a comprobar las fuentes ni a dudar de la calidad —según la famosa teoría de Ferlosio de que en el mundo cultural español lo que importan son los envoltorios, lo que vaya dentro es lo de menos porque a casi nadie preocupa ni casi nadie lo examina—? La revelación de unas estampas de guerra en un semanario parisino compuesto por exiliados debió responder a su pregunta. El semanario estaba colgado en el portal de la Hemeroteca Nacional. Bastaba con juntar esas estampas bélicas, endilgárselas a Chaves con un retorcido argumento, acompañarlas de un largo epílogo en el que apenas se examinan ni los relatos ni los autores de los relatos, se divaga bastante sobre la figura de Chaves y los medios en los que colaboró, y shazam… Ahí tendríamos la segunda parte de A sangre y fuego. A la edición de Renacimiento solo le falta una faja que clamase en grandes letras: «Menuda inventada», y la firma de Pedro Sánchez.
A pesar de la poca simpatía que tiene por Constantino Bértolo, Abelardo Linares estará de acuerdo con él en que los escritores no escribimos libros, sino textos, y son los editores los encargados de hacer libros con esos textos. No siempre es así, desde luego, pero se dan casos, muchos casos. Así Giménez Caballero sacó Comunistas, judíos y demás ralea, de Pío Baroja, volumen compuesto de textos de Pío Baroja que Pío Baroja jamás compuso como tal libro —aunque una vez realizado, cobró sus derechos de autor encantado de la vida—. Así también salió el muy famoso Manual del director de cine, de Serguéi Eisenstein: eran artículos dispersos coleccionados y ordenados por un editor que vio en esa dispersión una unidad a la que darle curso para que se vendiera como marihuana buena en las escuelas de cine. Pero en ambos ejemplos, y en otros mil que podríamos añadir, los textos de los libros resultantes de la intervención de un editor pertenecían a los autores que firmaban en la cubierta. Abelardo Linares ha ideado un más allá: hacer firmar a Chaves Nogales una colección de cuentos escritos por otros periodistas que andaban por París en el 38. Perdonemos que alguien que ha desenterrado a tanto autor olvidado se dedique ahora a enterrar más hondo a olvidados autores: era una necesidad para que se cumpliese la impostura. Si consigue colarlo, abre la puerta a un borgiano devenir en el que la novela Roque Six, de López Rubio, salga firmada por Gómez de la Serna, los mejores cuentos del olvidado Daniel Sueiro agranden la obra narrativa del gran Martínez de Pisón y, en el colmo del birlibirloque, algunos poemas de amor del propio Abelardo Linares encuentren su sitio en la Poesía completa de Pedro Salinas.
Hay que descartar del todo la mera posibilidad de que Linares crea de veras que los cuentos de Guerra Total no pudieron escribirlos los autores olvidados que los firmaron.
Es imposible que Linares no sepa de la existencia de un libro como Un tal Adolfo Hitler, de Eduardo Borrás. Se trata de un relato fantasioso en el que el autor reconoce que por culpa del führer ha perdido dos veces todo lo que tenía (una vez en España, otra en Francia). Idea una venganza: secuestrar al führer y aplicarle el peor de los castigos que puede imaginar para criatura tan megalómana: se le rejuvenece cambiándole la sangre, se le hace una perfecta cirugía estética, se le sustituye por un panadero que se parece mucho a él y que no sabe que lo alzan a la jefatura del Reich para cargárselo… Así, cuando sueltan al verdadero führer, ahora con cara de pimpollo, Hitler va por ahí diciendo que el «führer» no ha muerto porque él es el «führer», sin conseguir otra cosa que lo tomen por loco de atar en todas partes, y se vuelve un pobre trastornado. Naturalmente, Linares no lo cita en el ancho epílogo porque de citarlo se le desmontaría el artefacto. En vez de citar la novela, desecha rápido a Eduardo Borrás mediante la táctica de copiar el más torpe párrafo del artículo más torpe que pudo encontrar. Bien hecho.
Igualmente es imposible que Linares ignore Destierro en Manhattan, la autoficción de Ruiz Vilaplana en la que este cuenta sus peripecias como redactor de la Cooperation Press en Nueva York. En ese volumen hay un par de relatos con innegable aire Chaves Nogales (uno de ellos, muy bueno, cuenta una pasión entre un miliciano y una mujer que se hace la enamorada solo para favorecer el trato que le den en la cárcel al hombre —del bando nacional— al que de veras ama). En vez de citar un libro que Zimmerman reeditó hace unos años sin lograr una sola reseña en parte alguna, Linares dice que el, en su día célebre, Doy fe, del propio Ruiz Vilaplana (libro que enseguida fue traducido al inglés con el título de Burgos Justice y al francés con el título Sous la foi du sarment), ni siquiera lo escribió Ruiz Vilaplana y un día de estos, cuando tenga un rato, nos contará quién lo escribió (¡por favor, que sea Chaves Nogales! ¡Que sea Chaves Nogales!).
Es imposible que Linares no sepa que Rafael Delgado vivió de escribir crónicas en El Nacional, de Caracas, y que Fernando de la Milla, paisano mío, podía ser un narrador poco destacable —cosa que demuestra fehacientemente el relato que ahora se le arrebata para dárselo a Chaves—, pero que desde luego sabía poner en pie una historia y le sobraba prosa para escribir una docena de páginas derramando una estampa bélica.
En el epílogo, de ochenta páginas, Linares idea una razón para que Chaves les asignase a compañeros suyos la producción propia. Temía represalias en la España nacional contra miembros de su familia. Cómo no comprenderlo: siempre es mejor que las represalias caigan sobre las familias de los demás. Se refiere también, para demostrar la veracidad de su atribución, a las catas de vino en las que los especialistas pueden determinar hasta el viñedo donde se exprimieron las uvas para obtener el caldo. Es una pista simpática: reconociéndose abstemio, asegura que en literatura pasa igual y un buen olfato es capaz de determinar la autoría de un texto sin necesidad de que al catador le enseñen la botella. Por momentos puede parecer que al redactar su epílogo Linares incumplió su condición de abstemio y le pegó unos cuantos lingotazos a una botella de brandy Soberano.
Pero la pista más importante la da el editor al final de su epílogo, cuando habla de su investigación hermanándola con las estrategias de la novela policiaca. Está bien visto porque el autor del crimen, como en el famoso El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie, es el propio narrador de la historia. El crimen en este caso —tómese en su segunda acepción para no ponernos graves— consiste en borrar a periodistas que escribieron unos textos —de los ocho recopilados hay dos muy buenos (no es casualidad que ambos sean de Eduardo Borrás), el resto es flojo— y entregárselos a Chaves Nogales para aumentar su caudal narrativo —pero no mejorarlo, si bien eso era lo de menos—. Estoy convencido de que su ambición principal al perpetrar el fake no era tanto agrandar la obra de Chaves Nogales como tomarle el pelo a la prensa cultural española, tan perezosa ella que compra sin mayor problema un inédito de Lorca adquirido por un cantante o unos cuentos de Chaves Nogales que en realidad escribieron periodistas de los que no se acuerdan ni sus herederos. Da exactamente igual. Lo que importa es generar contenido, que en El Cultural, en The Objective, en El País, en Letras Libres, donde sea, se ocupen del libro exaltando el hallazgo («¡Chaves Nogales inédito!», «¡Acontecimiento editorial de la década!»), sin pararse mucho en lo que los relatos ofrecen ni en quienes están detrás de ellos… (Andrés Amorós, en lo de Federico Jiménez Losantos, no se ha tragado la atribución, reprocha al editor que hasta la página 273 no entere a los lectores de los nombres que firman los relatos, arguye que literariamente se le hace un flaco favor a Chaves y deduce una manera distinta de cómo pudieron ser las cosas: el semanario donde se publican los relatos reprodujo sendos cuentos de Chaves en sus primeros números —eran textos que ya habían salido en otros sitios— y pide a una serie de colaboradores, republicanos huidos a París, que continúen la pauta ideando distintas estampas situadas en toda la península para dar fe de las barbaries producidas en zona nacional. Tiene bastante más lógica y atiende mejor al funcionamiento de las publicaciones de esa índole).
Guerra Total es también, a su manera, una excelente impugnación del derecho a la propiedad intelectual. ¿Quiénes son los autores para que se respete su condición y por qué los receptores de los textos no vamos a ejercer el derecho de asignarle la autoría a quien nos dé la gana? En eso vuelve a ser borgiano Linares: quien manda es el lector, y si el lector dice que los mejores poemas del olvidado Fulano son en realidad versiones degradadas del célebre Mengano, no se hable más: deberían constar en las obras de Mengano. Así yo, Miguel Albero, escribo este texto y lo firmo como Juan Bonilla porque como lector del mismo me parece que tiene más sentido en su serie sobre falsificadores. ¡Qué libertad la que brinda el método Linares!
Dicen que al haber observado ciertas semejanzas con el Belmonte, Abelardo Linares va a dar un paso más en su incesante labor de aumentar el caudal de la obra de Chaves —el caudal es importante, dado lo bien que se vende— y va a publicar una edición del Quijote de Avellaneda firmada por Chaves Nogales. No sé si creerlo, pero después de Guerra Total ya no me sorprendería nada.








Emosido engañados
¡Bravo!
Por cierto, me encanta esta serie de falsificadores.
A leer también (y comentarios):
Guerra total: el gran bulo editorial del año
por Yolanda Morató
27 May 2026
https://www.zendalibros.com/guerra-total-el-gran-bulo-editorial-del-ano/
Toda la industria Chaves Nogales en España no es más que un intento de las derechas de este país a desbancar la gran figura de Arturo Barea de su puesto en el podio número uno de testimonios de primera mano de la Guerra Civil en Madrid, por socialista, por republicano, en fin, por ser muy posiblemente el más noble versión del Republicanismo de aquellos tiempos que exista, y sin duda el más elocuente (como prosista, es muy encima de CN).
Barea es una figura europea de grandes dimensiones que impresiona a cualquiera, sea de la derecha o de la izquierda, por su entereza, su lealtad, su coraje y su coherencia con las ideas de la República. A diferencia de CN, no se va de Madrid con el «gobierno» aquel 7 de Noviembre (gobierno es un decir) sino se queda en su puesto…
Barea estaba en el Cuartel de Montaña el día del asalto (habla de ver «un gigante tirando soldados nacionalistas por el aire como peleles» o parecido, que sería el famoso Bergonia de CN), escribe sobre las mujeres embarazadas despanzurradas mientras esperan leche por bombas fascistas en Lavapiés (su barrio, yque está en CN también), y del famoso denunciante que resulta que ha firmado un pagaré con el mismo puño y letra que la denuncia con que iba a condenar a su acreedor a la muerte, y cuyo descubrimiento, convierte el verdugo en víctima…
Habla Barea continuamente del miedo de ser denunciado por lo suyos (los anarquistas sobre todo) y de la revolución social que, absurdamente, gente supuestamente progresista de la Izquierda quiere negar todavía porque son burgueses es de suponer, o por lo menos, tienen el estomago delicado (Barea lo mira todo con horror pero sin nunca abandonar su puesto).
Barea está en la misma liga que Orwell, Simone Weil y algún otro nombre más.. .
Chaves Nogales es valioso sin duda, pero no aporta absolutamente nada que no esté en Barea, más bien son sus libros sobre Francia y Rusia donde escribe algo que nunca habíamos leido de un español…