
Puede parecer, por el título, que este artículo trata de un asunto muy particular que solo afecta a un pequeño grupo de personas: los científicos. Nada más lejos de la realidad. De la salud del sistema de publicaciones científicas depende, en gran medida, que podamos confiar en los avances que nos prometen, que se usen razonablemente bien los impuestos y que la ciencia siga siendo un motor fiable de progreso para la sociedad.
Yo lo he vivido desde dentro durante décadas. Como investigador ya bastante veterano y como editor en varias revistas científicas, he sido testigo directo de cómo este sistema ha evolucionado desde los años ochenta hasta hoy. Y debo reconocer que, en algunos aspectos, cuesta no sentir preocupación. Durante muchas décadas, el proceso era relativamente sencillo y razonablemente eficaz. Un investigador tenía una idea, diseñaba experimentos, obtenía resultados y escribía un artículo detallando con rigor los métodos, los datos y las conclusiones. Ese manuscrito se enviaba a una revista, donde otros científicos del mismo campo, los revisores, lo evaluaban cuidadosamente. El editor, basándose en esos informes, decidía si el trabajo se publicaba, se corregía o se rechazaba.
Era un sistema lento. Los manuscritos viajaban físicamente por correo postal y las revisiones podían tardar meses. Pero tenía una virtud fundamental: actuaba como un filtro de calidad real. Publicar en una buena revista era difícil y, precisamente por eso, significaba algo importante. En los años sesenta y setenta del siglo pasado era casi excepcional que un científico español consiguiera publicar regularmente en revistas internacionales relevantes. Cuando yo empecé mi tesis en los ochenta, aquello empezaba a cambiar, pero quienes publicaban en revistas importantes seguían siendo considerados auténticos pioneros.
Aquel modelo, aunque imperfecto, funcionaba razonablemente bien. Hoy, sin embargo, el panorama es radicalmente distinto. En apenas dos décadas hemos pasado de un ecosistema relativamente ordenado a una auténtica avalancha. El número de revistas se ha multiplicado y el volumen de artículos publicados crece a un ritmo simplemente imposible de seguir. Hoy resulta literalmente inabarcable mantenerse al día incluso dentro de un área muy específica. Lo que antes era un flujo manejable de información se ha convertido en una inundación continua.
Y quizá ahí aparece uno de los problemas más profundos y menos comentados. Ya no es solo que existan artículos malos. Es que el exceso de publicaciones genera tal cantidad de ruido que empieza a resultar difícil distinguir qué trabajos son realmente relevantes. Paradójicamente, nunca habíamos tenido tanta ciencia publicada y, al mismo tiempo, nunca había sido tan complicado identificar qué merece realmente la pena leer.
La literatura científica empieza a parecerse más a una corriente continua de contenido que a un archivo ordenado de conocimiento. El sistema de revisión también se ha deteriorado claramente. Conseguir revisores se ha vuelto extraordinariamente difícil. No es raro tener que enviar veinte invitaciones para conseguir dos evaluaciones aceptables. Muchas solicitudes quedan directamente sin respuesta. Otras se rechazan a los pocos minutos. Revisar artículos, que antes era percibido como un cierto reconocimiento intelectual dentro de la comunidad científica, se ha convertido en otra tarea administrativa más, añadida a una lista ya interminable de obligaciones. Y cuando finalmente se consiguen revisiones, estas no siempre tienen la profundidad deseable. El proceso, que antes era exigente, empieza a parecer en muchos casos meramente formal. Los propios editores científicos, que antes actuaban como auténticos filtros intelectuales con criterio profundo sobre su campo, se ven ahora desbordados por volúmenes gigantescos de manuscritos y procesos cada vez más industrializados.
Detrás de esta transformación hay un factor muy claro: el dinero. Las publicaciones científicas se han convertido en un negocio extraordinariamente lucrativo. Y, además, uno bastante peculiar. Los científicos escriben gratuitamente los artículos. Otros científicos los revisan gratuitamente. Los editores académicos, muchas veces, dedican enormes cantidades de tiempo con compensaciones mínimas o inexistentes. Y finalmente las universidades y centros públicos pagan cifras enormes para acceder a esas publicaciones o para publicar en abierto. El sistema ha conseguido algo verdaderamente extraordinario: que la propia comunidad científica produzca gratuitamente el contenido, lo revise también gratuitamente y luego recomiende a sus instituciones pagar enormes cantidades para poder leerlo.
Las grandes editoriales entendieron hace tiempo el enorme potencial económico del modelo. Pero en los últimos años han aparecido además centenares de nuevos actores cuyo negocio consiste, básicamente, en cobrar por publicar. Cuantos más artículos aceptan, más ingresan. El incentivo deja entonces de ser seleccionar los mejores trabajos y pasa a ser aumentar el volumen de lo publicado y lo facturado. Y claramente funciona, pues ofrece la oportunidad de que todo, absolutamente todo, sea ya publicable. Esto incluye, de lo erróneo a lo grotesco.
Y los propios científicos hemos contribuido, y no poco, a esta deriva. El famoso «publicar o perecer» ha dejado de ser una frase hecha para convertirse en norma universal. Las carreras académicas, la financiación, las promociones y las evaluaciones dependen del número de publicaciones. No necesariamente de su relevancia real, sino de su cantidad. Se cuentan artículos como quien cuenta monedas. Las agencias de evaluación han reforzado esta dinámica utilizando métricas aparentemente objetivas: factor de impacto, número de citas, índice h… Herramientas útiles en principio, pero que usadas sin demasiado criterio terminan distorsionando profundamente el sistema. Hemos acabado confundiendo lo que es fácil de medir con lo que realmente tiene valor.
El resultado es bastante previsible. Más artículos, publicados más rápido, en más revistas. Muchos investigadores practican el llamado «loncheado del salami»: dividir un mismo estudio en varios artículos pequeños para aumentar el número total de publicaciones. Se publican resultados preliminares, se exagera la novedad y se repiten variaciones mínimas de experimentos, simplemente para generar otro artículo más.
La ciencia empieza, en algunos ámbitos, a parecerse peligrosamente a una producción continua de contenido. Y esto tiene consecuencias. La llamada «crisis de reproducibilidad» refleja precisamente ese problema: muchos resultados publicados no consiguen replicarse en otros laboratorios. La prisa por publicar empieza a imponerse sobre la profundidad y la solidez. El ruido, la superficialidad y, en ocasiones, la falta de ética, se extienden por el sistema.
A todo ello se suma ahora la inteligencia artificial. Herramientas capaces de redactar textos coherentes, resumir literatura o incluso generar hipótesis en cuestión de segundos pueden resultar extremadamente útiles. Pero también pueden convertirse en un acelerador formidable de esta dinámica. Quizá por primera vez en la historia, producir artículos empieza a ser más fácil que leerlos críticamente. Este detalle no es menor. Porque el cuello de botella de la ciencia ya no parece estar en producir información, sino en separar lo relevante de lo irrelevante, lo sólido de lo superficial y lo verdadero de lo simplemente plausible.
Todo ello erosiona inevitablemente la confianza pública en la ciencia. Y además genera un enorme gasto financiado con recursos públicos. En algunos casos, proyectos enteros parecen diseñados más para alimentar métricas y publicaciones que para responder a preguntas realmente importantes. Al final, el problema no es solo técnico ni económico. Es profundamente cultural. Hemos construido un sistema que premia la velocidad, el volumen y la visibilidad inmediata, cuando la buena ciencia casi nunca funciona así.
Un asunto que me preocupa especialmente es cómo esto afecta a la formación de las nuevas generaciones de investigadores. Cómo se van a enfrentar a esta situación y cómo va a afectar a sus carreras y en especial a su forma de entender la ciencia.
Les puede parecer que estamos metidos en un callejón sin salida, y ciertamente esa es mi sensación. Los propios científicos y las instituciones deberíamos pensar en nuevas formas de comunicar los resultados, abierta, autocontrolada y fiable. Pero, no veo en el horizonte ninguna barita mágica que sea capaz de resolver el problema, ni de curar este cáncer.
La ciencia importante siempre ha sido lenta. Necesita tiempo para pensar, para equivocarse, para repetir experimentos, para discutir ideas y para madurarlas adecuadamente. Las ideas que realmente cambian nuestra forma de entender el mundo rara vez aparecen en cadenas de producción acelerada. Quizá ha llegado el momento de recuperar ese valor. No se trata de publicar menos por publicar menos, sino de volver a dar importancia a lo esencial: la profundidad, la solidez y la relevancia real de lo que hacemos. Porque la ciencia no avanza por la acumulación indiscriminada de artículos, sino por la aparición, ocasional y a veces inesperada, de ideas que realmente cambian nuestra mirada sobre el mundo. Y esas ideas, afortunadamente, siguen siendo muy difíciles de fabricar en serie.







