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Silvia Herreros de Tejada: «La juventud es un mundo paralelo donde uno se imagina que fue feliz y quizá no lo fue tanto. Puede llegar a ser una ficción»

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down 0

Hagamos un ejercicio, personal e intransferible, de reflexión honesta a partir de nuestro paisaje íntimo. Una mirada interior que permita indagar en la influencia que las actuales construcciones culturales, muchas de ellas procedentes de narrativas digitales, están teniendo sobre nuestro comportamiento, tanto en las vidas personales como profesionales. En ese análisis improvisado al que invita Silvia Herreros de Tejada (Madrid, 1975), como una suerte de espejo resplandeciente sobre el que contemplarnos, el sustantivo «juventud» ocupa cierta amplitud en la conversación íntima. Parte de ese diálogo con uno mismo está determinado por el imperativo de la cultura de redes sociales, pero hay otra parte, más compleja por lo que exige de desnudez y honestidad, que brota del manantial cultural y social del que hemos estado bebiendo durante décadas: libros, canciones y películas que nos llevaron a geografías de suelo resbaladizo donde la vida adulta fue cediendo terreno a una realidad distorsionada basada en la supremacía de la edad joven. Las redes sociales han terminado de pulimentar ese suelo descargando sobre quienes participan de ellas una ideología asentada en una juventud atemporal, carente de responsabilidades, con una ética marcada por lo quebradizo, un lenguaje estrecho, poco abundante y una vida determinada por la imagen que proyectamos hacia el exterior. Somos aquellos que otros ven.

La conversación tuvo lugar en el MaF, en medio de otro paisaje cultural que también invita al análisis improvisado. Entre actos, tránsito y conversaciones superpuestas, se abrió un espacio para esa reflexión honesta que parte de la biografía personal y se expande hacia lo colectivo. Experta en Peter Pan y en J. M. Barrie, Herreros de Tejada piensa y describe un mundo que contemplábamos, en el que vivíamos y que acaso era espejismo compartido por una generación, la que fue joven durante los noventa y que ahora se deshace entre la mímesis de Instagram, el tardeo, el crossfit y la transferencia de responsabilidad. Allí, en ese cruce entre intimidad y escenario público, la entrevista avanzó como ese espejo resplandeciente ante el que mirarnos sin coartadas.

¿Qué es la juventud?

La juventud es una etapa biográfica y un mito cultural. También un deseo que tenemos y, por lo tanto, una performance a la que nos arrastra ese deseo. Para mí, también es un mundo paralelo donde uno se imagina que fue feliz y quizá no lo fue tanto. Esto me lleva a pensar, a reflexionar, que la juventud también puede llegar a ser una ficción.

Para mí sería eso: la juventud es una ficción. Es una etapa de la vida, obviamente, pero se ha convertido en una ficción tal que en el ensayo hablo de mí en el presente y luego hay una parte novelada —mi yo joven— que es una chica que se llama X. Recuerdo mi juventud como una novela y la recuerdo, probablemente, idealizada. La recuerdo como una novela ligera y me he intentado agarrar a esa ligereza. Este libro ha sido poner los pies en la tierra, ordenar cierto caos vital a través de ese planteamiento de orden alfabético que hago en el ensayo.

«La adolescencia parece adormecerse para tiempo después despertar bajo otras formas y recordarnos que crecer quizá no sea un acto conclusivo. La juventud que se inventó como ruptura regresa como promesa fantasmática de reinvención en la vida adulta». ¿Somos puro mito o un reflejo en el espejo?

Hay muchos sociólogos y psicólogos que dicen que la adolescencia es un campo de prácticas de la mediana edad, y que, en la mediana edad, vuelve una especie de adolescencia que se debe a los cambios hormonales que se producen en ambos momentos vitales porque, además, son dos etapas en las que se cuestiona especialmente la identidad. En la adolescencia, la pregunta existencial es «quién soy» y «quién quiero ser»; en la mediana edad te planteas «quién estoy siendo», si aún estoy a tiempo de cambiar de vida o de ser otra persona. Por eso suceden los clichés de las crisis de mediana edad.

Además, tanto en la adolescencia como en la mediana edad se viven unos duelos que no queremos mirar a veces de mayores. Los duelos de la adolescencia: pierdes a los padres de la infancia, dejas de idealizarlos, tienes cambios corporales, esa monstruosidad que, de repente, nos alcanza. Crecer es una pérdida: se pierde la inocencia infantil. En la mediana edad adolescente que vivimos, de repente, tenemos que cuidar a hijos y padres, perdemos a los padres también y el cuerpo cambia. En mi caso, además, con un cáncer de mama —una mastectomía, una quimioterapia— es volver a esa monstruosidad, pero, aunque no hubiese pasado por la enfermedad, ya estamos cambiando físicamente.

Esos cambios provocan un limbo febril, una especie de euforia desconocida, con ganas de hacer todo, con un anhelo desbordante —«tengo que salir más que nunca»— o, de repente, toda esta gente que se pone a follar como loca —en el caso de que esto sea verdad—. Estoy investigando mucho las apps de infidelidades —una enferma tiene mucho tiempo para hacer muchas cosas—. Y todo esto se debe a que parte de las crisis de la mediana edad nos lleva a considerar que nuestro cuerpo está infrautilizado. Todo es muy absurdo.

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down

Has dedicado buena parte de tu trayectoria académica y literaria al análisis y estudio de Peter Pan, personaje creado por James Matthew Barrie. En esta obra hay una serie de variables que guardan relación directa con las distintas ramificaciones que la categoría juventud despliega tanto en lo simbólico como en lo físico —la distorsión de la realidad, el mito que todo devora, la infancia como lugar del que no se quiere salir, la pérdida de la inocencia—. En un tiempo como el actual, especialmente obsesionado con la juventud y su agenda, si me permites el término, si la juventud se impone, ¿quién pierde?

Pierden las personas mayores. Pierden los que de alguna manera deciden no ser (siempre) jóvenes, aquellos que no performan esa juventud. Parece que estamos obligados, además de todo, a performar la juventud: si no lo haces, eres una especie de fracasado, un dejado, alguien que no se integra en lo que ahora se lleva, que no mola, que no es guay.

Juvencolía (Debate, 2026) es un ensayo que, a partir de la biografía personal, te permite construir un retrato contemporáneo de la juventud. El eje vertebrador de todo esto es tu enfermedad, narras la experiencia de la enfermedad sin épica, con una dignidad absoluta, evitando su uso para vender libros, para su mercantilización. Enfermedad que llega a tu vida a los cuarenta y ocho años. ¿Ha sido toma de tierra?

Sí, sin duda. Como especialista en Barrie, quería hacer una suerte de fin de ciclo, cerrar una etapa que me ha ocupado buena parte de mi vida. He escrito mucho sobre este autor, mucho sobre Peter Pan, y quería cerrar toda esa sapiencia escribiendo un libro sobre la juventud como mito cultural del siglo XX. La tesis de la que quería partir era que, mientras que el siglo XIX es la centuria en la que se inventa la infancia y la literatura infantil, el siglo XX es el gran siglo de la juventud: el rock and roll, los hippies, los beats, toda esa contracultura. De repente, la juventud se presenta como sinónimo de ser auténtico, de ser libre, una especie de verdadero yo. Por lo tanto, entramos en el siglo XXI acarreando ese mito que, por primera vez en nuestra generación, nos obliga a sentirnos jóvenes cuando ya no lo somos biográficamente, sino que nos hemos convertido en una generación que performa mucho la juventud. Me refiero, por lo tanto, a una juventud performativa. Esta era la tesis. Debate me contrata, por lo tanto, para escribir un ensayo sobre la juventud como mito cultural y sobre la invención de la juventud en el siglo XX, para hablar sobre cómo la infancia fue el relato cultural del XIX, la juventud del XX y el XXI es el siglo de la edad mediana. Iba a ser un ensayo teórico. Y yo estaba muy contenta con ese libro: pensaba, bueno, ya he llegado a un lugar concreto, de cierta firmeza, se me ha contratado un libro antes de escribirlo, después de toda mi trayectoria corriendo tras Peter Pan, estudiándolo, investigándolo. Y, ostras, de repente, vino el cáncer.

Me enfadé mucho con la enfermedad, sentí como si estuviese fracasando por enfermar, como si fallara. Esto es muy fuerte, sentía que había fallado a la sociedad, consideré que, al enfermar, estaba fallando, fíjate hasta qué punto llega el asunto. Entonces, me di cuenta de que toda esa energía y vitalidad con la que vivía eran una energía y vitalidad que estaban performadas. Yo parecía una mujer invencible, me sentía de esa manera. He estudiado durante veinte años la juventud, es algo que obviamente me importa y quizá algo se queda, echa raíces y contamina. Entonces pensé: ¿cómo puede ser que me sienta fracasada? Al ver que me decía «estoy fallando a mi identidad, a lo que me impongo», pensé en reflexionar sobre qué sucede en la sociedad, en torno a la juventud y sus variables y representaciones, para que me sienta de esa manera.

Recuerdo —lo cuento en el libro— mirar mucho mi Instagram y ver la imagen que estaba dando al mundo de quién era. Ese reflejo que brilla en la pantalla. Pensé algo que me conmovió: «ostras, eres una persona que ya no tiene juventud biográfica, pero que la está performando, fingiendo». Te ves con una edad madura acudiendo a las redes sociales, a Instagram, deseando que te digan lo estupenda que estás, esperando que alguien te diga esa frase terrible de «nadie diría la edad que tienes». Queriendo parecer auténtica y que llevas una vida guay. Por mucho que yo fuese madre o una mujer con pareja —las cosas convencionales de la adultez—, yo, incluso así, quería seguir molando. Me di cuenta de que eso es lo que había estado haciendo. Fingir, representar, performar. La obsesión por el esplendor de la juventud.

La midorexia, ¿no? Los clichés de la mediana edad…

La midorexia, exacto. Como ya no podemos parecer jóvenes —porque obviamente ya no lo parecemos, porque no lo somos, tengo cincuenta años—, acuñé este término que había leído en algún suplemento: midorexia, es decir, tener un aspecto de edad indeterminada de medianada. Puedes tener cuarenta, cincuenta, a lo mejor cuarenta y cinco, pero si te echan cuarenta, por supuesto, mucho mejor, ¿no? Y estamos jugando a eso.

Creo que nunca ha habido ninguna generación que haya intentado prolongar la juventud tanto como la nuestra. Somos los primeros. Los hijos de los noventa. Esa década nos hizo mucho daño. Decía el psicólogo Dan Kiley, que a mí me interesa mucho por la terminología de Peter Pan, que la sociedad actual está llena de chicos y chicas perdidos al borde del precipicio adulto. Y no sabemos muy bien cómo gestionar la madurez.

Es un capítulo con los clichés de la mediana edad. Cuando tienes ciertos clichés y de repente te das cuenta de que tú te has convertido en un cliché. Hago una lista: por ejemplo, tener una agenda imposible —nunca se puede quedar contigo de repente, ya no hay tiempo—. O hablo de lo que cuesta disimular la presbicia. Luego a mí me pasa, con la mediana edad, que no suelto el bolso porque pienso que me lo pueden robar. Esto es muy de madre. Y te escuchas diciendo frases que decían tus padres y pensabas «qué pereza de gente», y de repente estás diciendo lo mismo. Y más cosas: mirarte en el espejo y pensar «estoy igual que cuando era joven», ponerte la misma ropa que hace veinticinco años y estar todo el rato queriendo que te digan que estás estupenda.

Llega un momento en que vivimos en esa midorexia, jóvenes no podemos parecer, pero queremos parecer de una mediana edad indeterminada. En esa edad indeterminada irrumpen los imperativos estéticos, entra el bótox, la obsesión por el crossfit.

Hago una clasificación de crisis de mediana edad. La crisis Peter Pan 2.0: antes se asociaba mucho a los hombres —coche descapotable, amante joven y tal—; ahora también estamos las mujeres aquí, suspendidas en ese vacío. La crisis mujeres que corren con los lobos: mujeres que de repente se ponen a correr —maratones, medias, viajes para hacer maratones—; lo que quieren es echar a correr de sus vidas, a donde sea, con lobos o sin ellos. Y la crisis Love Story —esta es la mía—: la llamé así por la película en la que Ali MacGraw era una enferma de cáncer perfecta, preciosa, que además redimía al hombre. Ella decía «amar es no decir nunca lo siento». Pensé, claro, el símbolo de la mujer enferma que además tiene que ser un ejemplo de integridad, una lección para los demás y para ella misma.

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down

Hay una anécdota muy divertida en el ensayo sobre una conversación con una de tus alumnas, muy joven —bueno, ella sí es joven—, sobre ese esplendor dorado de la juventud que ciega nuestra percepción del paso del tiempo.

Siempre he sido la típica profesora que va de guay, considera estar más próxima a los alumnos que al resto de profesores por esta cosa de performar la juventud de la que estamos hablando. Un día, una alumna me estaba hablando sobre Zadie Smith, sobre cómo había publicado «Dientes blancos» con tan solo veinticinco años; y que Xavier Dolan había ganado en Cannes con veintitrés. Ella se encontraba, justamente, en esa edad, tenía veintitrés y no había hecho nada, eso me decía. Que se sentía frustrada porque acababa de leer una entrevista en Vogue a una escritora joven. Y yo le respondí que también había salido en Vogue hace poco con una novela. Al verbalizar eso, pensé que ella diría «esta profesora es lo más». Su respuesta no dejó lugar a equívocos. Le consolaba mucho saber que se puede salir en Vogue siendo mayor. Entonces pensé: ¿cuándo me he vuelto yo mayor?

Esta anécdota coincidió con el diagnóstico del cáncer y con un pensamiento muy profundo sobre cómo estábamos viviendo Nunca Jamás en nuestra sociedad. O sea, también un pensamiento teórico de cuándo, de repente, Nunca Jamás empieza a oscurecerse.

Ese gestionar la madurez que comentabas antes me permite preguntarte por Garfio. En el ensayo escribes que este personaje no solo es el enemigo de Peter Pan, sino que es su doble invertido, «el adulto atrapado en la rigidez del tiempo». Vivimos atrapados, por lo tanto, en una construcción de la juventud que exige renuncias: una sociedad de tardeos y comportamientos vergonzosos en redes, simulacros y mímesis que ocultan las vidas reales que hay que atender. Jugamos a ser otros, esos dobles invertidos donde nadie asume responsabilidades.

Tenemos un comportamiento altamente juvencólico. Esta cosa del tardeo, seguir saliendo para sentir que estás vivo, que te pasan cosas todavía —habría que valorar qué cosas nos pasan, ¿no?—. Los diversos tipos de crisis que te he comentado antes, que atraviesan la mediana edad. Antes era un cliché masculino, se ha ido transformando hasta llegar a nosotras, alcanzarnos. Esto también debería hacernos pensar. Parar y pensar. Llega un momento en que ya no mola mostrar comportamientos en público, en el trabajo, que no te corresponden por edad.

Yo misma me he sentido en la mediana edad como ese limbo febril que te decía, lo cuento y narro, de no querer renunciar a mi yo joven, agarrarme a eso, seguir saliendo de copas y vestirme como si siguiera siendo joven. Mantenía una melena larguísima —como van las niñas de dieciocho—, agarrándome ahí. Aunque sea madre y tenga pareja y pague un alquiler y tenga un montón de trabajo y responsabilidades. En realidad, me ha dado todo un poco igual. ¿Sabes por qué? Porque me pensaba joven. Vivía con esa ligereza.

Me parece interesante cómo defino a Garfio porque lo hemos contado siempre mal. También hemos contado mal la vida adulta. Barrie define a Garfio como un hombre melancólico: con el pelo largo, rizado como cirios negros; de un carácter fundamentalmente melancólico. ¿Y qué es Peter Pan? Un niño que lucha contra su yo adulto porque no quiere crecer. Es esta eterna persecución de no poder soportar al joven porque es ver que tú ya no estás ahí.

A mí, aparte por mi narrativa personal con Barrie y Peter Pan, me atraviesa físicamente: tengo aquí tatuado Garfio, y Garfio además es un hombre amputado como yo, que me convertí en una mujer amputada. De hecho, una enfermera en el hospital me dijo: «Mira, tienes tatuado Garfio, fíjate qué profecía, ¿no?». Quién iba a decir que justo además te iban a amputar el pecho derecho.

Garfio tiene una dignidad brutal. He leído mucho a Peter Pan desde muchos lugares y Garfio tiene una vida propia que Peter Pan no tiene. El propio Barrie llegó un momento en que afirmó haberse convertido en Peter Pan cuando empezó a escribir con la mano izquierda porque tuvo un bloqueo de escritor. En ese instante escribió que la adultez es convertirse en Garfio. A él le parecía oscuro. Pero Garfio es un personaje con mucha dignidad. Llega un momento en que se lanza a las fauces del cocodrilo —qué imagen tan maravillosa, qué símbolo del tiempo, el reloj que va persiguiéndole—. Garfio se lanza a las fauces del cocodrilo y se deja vencer por el tiempo. Eso tiene mucha elegancia, belleza y dignidad.

Por eso me gusta que hayas dicho que este libro es una toma de tierra por la aparición de la enfermedad, ese salir del país de las hadas y poner los pies en el suelo. Perdí el control, en realidad. Cuando me dijeron que tenía cáncer pensé que era imposible porque era joven. Y luego te cuentan que la edad media del cáncer de mama hormonal —como el mío— es justo esa edad premenopáusica, pero nadie te cuenta nada, nadie nos habla sobre estos asuntos vinculados a los procesos menopáusicos y perimenopáusicos. Parece que la menopausia no existe, que es vergonzoso hablar de sus síntomas. Te llega por sorpresa.

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down

Bueno, es que la historia de la medicina es androcéntrica, nuestros cuerpos han sido diagnosticados y tratados como si fueran cuerpos de hombres. Es cierto que la menopausia y la peri comienzan a estudiarse con rigor y hablamos sobre alteraciones del ánimo, bruma mental, insomnio, problemas de memoria… Pero, incluso así, a muchas mujeres les cuesta decir que están en menopausia.

En mi caso la menopausia fue inducida. De repente me dicen: vas a tener menopausia inducida, bajón de libido, sequedad vaginal, olvídate de cómo es tu vida sexual. Es como si te quitaran todo de golpe, como si te arrebataran todo. Lo decía Audre Lorde en los Diarios del cáncer: hasta que llega la enfermedad del cáncer, vives en una fantasía de un poder simbólico joven, bella y deseable. Y las narrativas de la medicina masculina nos dicen: si ya no eres joven, ya no tienes un pecho, se te cae el pelo y tienes la menopausia, ¿cómo vas a ser deseable? Es imposible. Nunca más te van a desear. Te arrebatan todo eso. Y no te puedes quejar, además, porque tienes buen pronóstico.

Yo quería contar sin frivolizar —muchas mujeres mueren de cáncer, yo he tenido mucha suerte— el proceso identitario en un cáncer de mama, las alteraciones y distorsiones que se producen en la identidad. Conocí a una chica en el hospital, durante las sesiones de quimioterapia, y nos contábamos una fantasía sexual. Nos imaginábamos en un bar, en lugar del hospital, que un chico nos miraba y se acercaba. Era bonito, nos reíamos y nos ayudaba.

Esta amiga decía que, si el cáncer de mama hubiese sido masculino, seguro que habrían encontrado la manera de que no se cayera el pelo, por ejemplo. El cabello es una parte del cuerpo de la mujer fuertemente identitaria y simbólica. Estoy convencida de que se habría llegado a otro lugar. En cambio, tienes que vivir con esto. Te repiten todo el rato que lo importante es vivir y lo es, así es, por supuesto. Pero entonces, ¿no me puedo quejar porque me han hecho una mastectomía? ¿Porque se me ha caído el pelo? Te dicen todo el rato que el pelo es lo de menos, porque crece. Y no. Es horroroso. He vivido cosas muy duras: hablo mucho de mi madre, que también tuvo cáncer, y de Belén (Bermejo). Y lo del pelo es terrible. Que te quiten un pecho es terrible. Que te metan una prótesis que duele un huevo es terrible. Yo la tengo y me duele un huevo ahora mismo. Y todo el mundo te dice que no pasa nada porque desde fuera estás muy bien, se te ve estupenda, qué fuerza tienes, qué guapa… Ya, pero yo tengo aquí una cosa que no es mía, que me duele. Y, como decía Audre Lorde, está la peligrosa fantasía de la reconstrucción: desde fuera me ves entera, pero en realidad soy una mujer amputada.

Y, sí, la menopausia. Ahora se puede decir en voz alta, pero hasta hace diez años se decía bajito. Yo nunca me enteré de cuándo mi madre tuvo la menopausia. Ninguna de nosotras le preguntó a su madre. Se ha vivido como una frontera a la que tú nunca ibas a llegar. Algo ajeno.

La construcción cultural en torno a la enfermedad de las mujeres reduce todo a la supervivencia. ¿Por eso el libro está atravesado por la enfermedad?

Sí. Me sentí muy sola durante la enfermedad. Hay una épica con la mierda del lenguaje de la guerrera, la lucha, la batalla. Se supone que tienes que dar una lección de fortaleza y decir que estás bien. La gente te llama y quiere que digas «estoy bien». Pues no: estoy hecha una puta mierda, me miro al espejo y no me reconozco y encima tengo que alardear de llevarlo muy bien, de que sea una lección para mí y para los demás.

Además de jugarte la vida, el tratamiento te destruye el cuerpo. A veces te lo arrebatan directamente y el tratamiento es muy duro. Tienes síntomas de menopausia durante la quimioterapia y se te junta todo. ¿Qué ha pasado con mi vida? ¿Cómo puede ser que no haya más libros sobre esto o más gente que hable de esto? Es un año y medio de enfermedad: ya no puedes trabajar, no puedes pensar. Me sentía absolutamente disociada, como en el país de las hadas con la quimioterapia. Este libro me permitió agarrar el suelo.

Cuando hablas de la pérdida de tu madre, y de Belén Bermejo, dejas claro que hay que dejar de ser jóvenes.

Fue así. Y, además, otra cosa: ¿cuándo me he sentido yo adulta? No cuando tuve un hijo, ni cuando se murió mi madre, sino cuando fui consciente, en mi cuerpo, de la fragilidad y vulnerabilidad. Este libro es un intento por ordenar ese caos que me sobreviene cuando me doy cuenta de que ni yo soy joven ni toda esta gente a mi alrededor lo es. Estamos jugando a serlo. ¿Por qué debemos jugar a serlo?

Es que es un duelo por la juventud ya vivida y dejada atrás, y un duelo que te permite hablar sobre la muerte de tu madre. Precisamente, en el capítulo «Duelo», reflexionas sobre ello de manera honda. ¿Te sientes cómoda si hablamos sobre esta parte y sobre cómo tratas a la figura materna?

Me parece muy interesante lo que hago con la figura de la madre porque aquí no hay nada de castigo. Posiblemente, cuando estaba ahí, sí la castigaba, fíjate, pero aquí no: aquí hay compasión y comprensión. Ese es otro tema: todas las cosas que a las mujeres no se nos ha permitido pensar —los cuerpos, la menopausia, las enfermedades—; en el caso de mi madre, la salud mental. Y además la poca compasión que a veces arrojamos sobre las madres.

De hecho, en este capítulo, esa imagen de la madre mirando desde la puerta, que está tomada de un relato de Grace Bailey, que empieza diciendo «ojalá pudiese ver a mi madre en la puerta». Yo recuerdo los momentos en que mi madre me miraba desde la puerta. El capítulo acaba cuando me entero de que tengo cáncer y miro a mi hijo por la puerta esperando que no se haya enterado, que no lo haya escuchado, que esté ajeno a la enfermedad.

Mi madre tuvo un cáncer de mama cuando yo tenía unos veinticinco, más o menos, y ella cincuenta, precisamente, un poco mayor que yo cuando me lo diagnostican. Recuerdo cuando me lo contó: yo estaba comiéndome un plato de lentejas —me acuerdo perfectamente— y me dijo: «bueno, pero está pillado a tiempo». Entonces pensé: «si está pillado a tiempo, ¿por qué te preocupas tanto?». Con la insolencia de la juventud. La mujer se comió un cáncer y yo le decía: «bueno, pues si te han dicho los médicos que te van a curar, que te quitan el tumor y luego te hacen una radioterapia y te dan una pastilla y ya está». Y realmente lo vivía así.

Las madres han sido objetos. Nunca han sido sujetos. De repente, tener la misma edad que tenía mi madre y estar viviendo esa enfermedad me hizo echarla mucho de menos. Nunca le pregunté nada, no le pregunté cómo se sentía, no le pregunté si estaba sintiendo que había fracasado. No le pregunté si sintió atacada su esencia femenina, si le coincidió con la menopausia. Un silencio mío con mi madre que yo he intentado rellenar también aquí. Mi madre aparece mucho e intento comprender, por ejemplo, esto del nido vacío, que es el reverso de una crisis de la infancia, la del cordón umbilical: cuando empiezas a dejar a los bebés solos en un cuarto y enseguida salen a buscarte. En psicología evolutiva, la pregunta existencial de esa fase bebé es: «¿puedo ser yo y desprenderme de mi madre?». Y luego el nido vacío es el reverso: «¿puedo ser yo si mis hijos se van?». Así que todo es un espejo.

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down

En el capítulo que titulas «Adultiscencia» explicas cómo hemos llegado a este punto. ¿Por qué es peligroso quedarse en una edad simbólica? ¿Y cómo enlaza esto con el carpe diem?

En «Adultiscencia» voy explicando cómo hemos llegado aquí: todas las renuncias —y el peligro— que se hacen cuando te quedas en una edad muy concreta cuando ya no tienes esa edad y te anclas, en realidad, a un terreno exclusivamente simbólico. Hablo del carpe diem, que te exige no tener responsabilidad sobre nada y que está causando, más allá de desastres y accidentes individuales, grandes catástrofes colectivas. Vivimos como si la acción en el otro no tuviera ningún tipo de recorrido porque, total, sigo siendo medio adolescente y medio joven.

Hay un instante en el que percibes —creo que ya lo hemos comentado— que ya no mola ni te posiciona contar, al llegar al trabajo, que anoche saliste hasta las tantas, que tienes una resaca horrible. En realidad, estás en casa, con resaca y con un niño pequeño al lado. Y lo miras y te sientes una mierda. Ese niño es un espejo para nosotros. La infancia es un espejo que nos está cuestionando y el reflejo que nos devuelve es bastante crudo.

Últimamente pienso mucho sobre ese reemplazo de adultos por niños en una sociedad que penaliza la presencia de la infancia, pero no el comportamiento infantil del adulto. Quienes tenemos hijos e hijas sabemos de su radical importancia, de cómo te hacen ir más allá de uno mismo. ¿Cómo hemos llegado a este contexto social? ¿Es posible salir de aquí?

Yo fui madre mayor, con cuarenta y dos. Prolongué mi juventud todo lo posible y la performé mucho en el escaparate de las redes, como venimos hablando. Y es horrible lo que pasa: estás con tu hijo y estás mirando Instagram a ver cuánta gente ha mirado un puto story. ¿Qué pasa con el mundo real, con el niño que está aquí? ¿En qué momento me he vuelto tan gilipollas que estoy viendo si alguien me dice que estoy guapa, si lo ha visto no sé quién, si lo ha visto un ex para que se joda? Nos están empujando al escaparate de la mímesis y la performatividad y hace que no prestemos atención a lo presencial y físico.

Un niño te recuerda constantemente que tienes responsabilidades no solo con él, sino con la sociedad.

En psicología evolutiva se dice que en la medianada lo que uno tiene que aprender es a cuidar a otro y olvidarse de sí mismo. ¿Qué estamos haciendo en el siglo XXI? Centrarnos cada vez más en nosotros mismos en la medianada y desplazar al otro, al que tenemos que cuidar. La generatividad y el cuidado, según todos los psicólogos evolutivos del siglo XX, es nuestra misión primordial en la mediana edad. Y no lo estamos haciendo. Nos estamos mirando demasiado en el espejo. Nos hemos convertido en una reina de Blancanieves.

Silvia Herreros de Tejada para Jot Down

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