Hebras y nodos

Las calvas de MigataVega, el brillo de Estrella y el eco silencioso de las princesas árabes

Fotografía Yağmur Adam (CC). migatavega
Fotografía: Yağmur Adam (CC).

No sé muy bien en qué momento MigataVega decidió que había que cambiar de médico, pero estoy casi seguro de que fue ella quien tomó la decisión. Yo, como siempre, llegué un poco tarde a la intuición. A veces uno quiere creer que la técnica basta, que un título colgado en la pared garantiza una forma de amor, o al menos de dedicación. Pero no es así. La vocación no se cuelga: se ejerce, se nota, respira.

El primer veterinario sabía mucho y, sin embargo, algo esencial faltaba en él. La técnica estaba allí, la formación también, pero era como si todo se hubiese quedado en la superficie. Un saber sin vínculo, sin ternura, sin esa capacidad casi espiritual de inclinarse hacia un animal y comprenderlo sin necesidad de palabras. MigataVega empezó a perder pelo como quien pierde confianza. Primero una calva, luego otra: pequeñas señales mudas que, vistas con calma, eran casi un mensaje filosófico. Los animales no hablan, pero se expresan. Y cuando lo hacen, lo hacen sin equivocarse.

Así que cambié de clínica. Y allí apareció Estrella.

Estrella no necesitaba explicaciones; bastaba verla entrar en la consulta para entender que en ella la vocación no era una pose, ni un residuo académico, sino una forma de estar en el mundo. Miró las calvas de MigataVega con una preocupación silenciosa, honda, de esas que no se fingen. Era una mujer con bagaje, con oficio, con esa serenidad que solo dan los años bien vividos, no acumulados. Y, sobre todo, tenía algo que el otro no: la capacidad de mirar a MigataVega sin poner esa cara de funcionario cansado que llevan los que ya no quieren a nadie —ni siquiera a sí mismos—.

Le hizo un cultivo, esperó lo necesario y, a los pocos días, recibí la noticia de que se trataba de una simple alergia al pienso. Nada grave. Nada de temer. Y aun así lloré. Porque el cuerpo, cuando lleva tiempo defendiendo una preocupación, necesita su propio ritual para desactivar el miedo. Fue un alivio verdadero, un regreso a la calma.

Volví a la clínica unos días después para darle las gracias, y allí Estrella me regaló algo que no figuraba en ninguna factura: una historia.

Una historia luminosa y absurda, tierna y extravagante, digna de un cuento oriental.

En ella aparecían princesas árabes y un maricón amigo suyo, un tipo emperrado en tener un hijo, que además —casualidades de la vida— compartía nombre tanto con el veterinario como conmigo; un país lleno de desiertos y ceremonias y un vuelo que tenía que coger con una compañía alemana, Lufthansa.

Y mientras hablaba, comprendí algo que no había entendido antes: la vocación —la auténtica— no es solo técnica ni conocimiento. La vocación verdadera es un lugar interior desde donde se mira. Estrella miraba a mi gata desde allí. No desde la rutina. No desde la obligación. No desde la técnica fría. Sino desde un amor antiguo, profundo, casi artesanal por los animales. Ese amor del que muchos se ríen, creyendo que es exagerado, cuando en realidad es una forma muy seria de comprender el mundo.

MigataVega lo supo antes que yo. Ella fue la primera en notar la diferencia, la primera en señalar —con sus calvas, con su silencio— que algo no encajaba. Y también fue la primera en relajarse cuando encontró manos que no solo sabían, sino que querían. Esa es la diferencia: querer.

El saber cura; pero el querer acompaña. Y un animal necesita ambas cosas.

Estrella le devolvió la salud a MigataVega, sí. Pero también me enseñó a mí algo que no aparece en ningún manual: que la vocación existe y que, cuando aparece, lo ilumina todo, incluso una historia improbable con princesas árabes y vuelos lejanos. A veces la vida tiene estas pequeñas escenas que parecen no venir a cuento, pero vienen. Llegan para recordarte que no todo está hecho deprisa, ni por compromiso, ni por inercia. Que hay personas que aman lo que hacen.

Y que cuando se trata de un animal, ese amor se nota en cada gesto.

Quizá por eso MigataVega decidió cambiar de médico antes de que yo lo entendiera. Ella reconoció en Estrella lo que yo tardé un poco más en ver: el brillo de la vocación verdadera. Un brillo humilde, sin pretensiones, pero tan poderoso que incluso tiene espacio para princesas árabes, relatos que vuelan y diagnósticos que devuelven la calma.

Al final, todo se resume en esto: lo que cura no es solo el tratamiento; es quien lo da desde donde lo da y con qué luz lo ofrece. Y Estrella —quizá por nombre, quizá por destino— era exactamente eso: una luz.

Ay, Vega Vega.

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3 comentarios

  1. Hermoso raconto, Estimado, lleno de inesperadas reflexiones que es probable que solo estos bichitos -tan ariscos e higiénicos ellos-, presientan. El mío ya tiene diez y seis años, y está completamente sordo, pero así y todo se hace sentir, sobre todo con sus silencios. Lo que me espera. Muchas gracias por la lectura.

  2. María Deza

    Acabo de leer el artículo de Jaime Villamor, trata la vocación desde un punto de vista muy interesante, me ha dejado una impresión muy profunda.

  3. El texto me parece bonito porque habla de la vocación desde algo pequeño, como las calvas de Vega, y eso lo hace sentir muy real. Da la sensación de que la vocación no siempre es algo grande o perfecto, sino algo que uno va descubriendo poco a poco, incluso desde la fragilidad. Se siente cercano, sencillo, y deja pensando en cómo a veces uno encuentra su camino en cosas que parecen mínimas.

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