
Nos reunimos con Ramón Andrés y Berta Ares en la presentación de los Encuentros de Pamplona en Madrid. Nuestro objetivo es conocer, de la mano de sus artífices, un evento que conjuga tradición y vanguardia en el ámbito cultural. Como director y subdirectora desempeñan un papel crucial en la continuidad y redefinición de un legado que trasciende el tiempo. Su labor no solo consiste en organizar un espacio de reflexión a través de los diversos itinerarios que lo conforman, sino que también fomenta el diálogo entre las distintas expresiones artísticas y el pensamiento contemporáneo. Los Encuentros, desde su fundación, han sido testigos de un cruce de caminos entre la creación, la crítica y el análisis, ofreciendo una plataforma donde lo más vanguardista del arte se entrelaza con profundas disquisiciones filosóficas.
Con una vasta trayectoria que abarca la literatura, la filosofía y la musicología, Ramón Andrés aporta una perspectiva erudita y meditada que halla en los Encuentros un cauce natural. Berta Ares, con su enfoque comprometido y su mirada detallista y contemporánea, completa una visión compartida de la cultura como un puente entre lo íntimo y lo universal. En sus palabras se vislumbra no solo la construcción de un programa, sino una profunda reflexión sobre el sentido del arte y su capacidad para transformar el espíritu en estos tiempos de banalidad, clickbait y polarización.
¿Cómo ha evolucionado la filosofía detrás de los Encuentros desde la edición original de 1972 hasta ahora?
Ramón Andrés: El de estos Encuentros es un planteamiento muy distinto, porque en el año 72 la situación política era muy distinta, muy delicada. Entonces la programación fue sobre todo de naturaleza artística y musical, no en vano los impulsores de aquella iniciativa pionera fueron los artistas del Grupo ALEA, en especial Luis de Pablo y José Luis Alexanco. Puede decirse que la música fue la gran apuesta. Dado que el momento era muy diferente al de nuestros días, no parecía necesario un planteamiento tan detallado y profundo, se buscaba la ruptura, es cierto que a veces de manera ingenua. Sin quitarle ni un atisbo de importancia a lo sucedido entonces, faltó, a mi modo de ver, arroparlo con propuestas que procedieran del pensamiento y otras disciplinas. Esto pude hablarlo con el mencionado Luis de Pablo, al que tuve la suerte de conocer en sus últimos años. Él era muy crítico con lo sucedido en el 72. Guardo una buena correspondencia con él, llena de respeto y sinceridad por ambas partes. Él mismo estaba de acuerdo y, según expresaba, hubiera corregido muchas cosas de lo acontecido entonces. Yo esto no lo olvido. La importancia de aquellos Encuentros es innegable, aunque fueron efímeros por razones fáciles de adivinar, sobre todo debido a las cuestiones políticas. Hoy queda un recuerdo idealizado de aquel acontecimiento, pocos saben qué sucedió realmente en la ciudad. El planteamiento ahora es otro. Se trata, además, de preparar unos Encuentros que nada tengan que ver con un festival ni con un pase de nombres traídos al albur.
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Qué ganas de asistir a estos encuentros. Me ha gustado mucho como los presentan los entrevistados a los que no conocía.
Lo de Fanjul fue una boutade. Lo que escama es la cantidad de medios que os habéis hecho eco de su texto.
Una máquina puede generar música o arte, pero nunca va a sentir ni entender lo que está haciendo, porque no tiene conciencia ni emociones. Al final, lo que crea el ser humano tiene un alma, una experiencia detrás, que ninguna IA puede igualar. Básicamente, es la diferencia entre reproducir y crear algo con significado.
«He entendido bien: cuando la nieve se deshace, ¿a dónde va el color blanco? Esta pregunta es la que necesitamos».
No acabo de pillarlo. Soy un simple.