Arte y Letras Lengua

Palabras que deberían existir

palabras
Imagen promocional de Ciudadano Kane, 1941

Hace décadas —desde niño— que compilo un diccionario privado de palabras que no existen en español, pero que, a mi juicio, deberían. Se trata de combinaciones de fonemas que suenan bien al oído castellano, pero que no significan nada. Como nuestra lengua tiende a ser llana (las esdrújulas cuesta más pronunciarlas; las agudas son bruscas), casi todas mis palabras inventadas tienen esa acentuación, buscando continuar la bella línea melódica que tenía el latín y que hay que decir que el español mejoró mucho, aportándole vivacidad. Esto último no es solo cosa mía. Hay cierto consenso de que el castellano suena más alegre y variado que la lengua de Virgilio. A esto contribuyó mucho Alfonso X cuando ordenó a los traductores de Toledo que buscasen un equivalente popular para las palabras técnicas que se iban encontrando en las traducciones árabes de los clásicos.

Debo empezar confesando que ya he usado palabras inventadas en la vida real. Me inventé «blancada», y «frondar». Ambas aparecen en mi libro de poemas Yggdrasil, publicado en el 2020 por la editorial Almud. «Blancada» es un intento de volcar al castellano black-out, la desorientación que se produce en la ventisca cuando la nieve es muy densa, o cuando estás volando dentro de un nube. «Frondar», un verbo, es hacer fronda. Pero las entradas de mi Diccionario de palabras que deberían existir en español son de otro tipo. No son intentos de nombrar algo de manera concisa, ni tampoco palabras a crear a partir de raíces griegas o latinas (eso sería demasiado fácil). Son combinaciones vacías, una mera sucesión de sílabas que podrían ser palabras pero que incomprensiblemente no lo son, como a la espera de que alguien las insufle de vida. Como estas combinaciones de fonemas están de momento libres, yo las puedo dar un significado. No tiene sentido crear sinónimos (los espíritus de Ockham y Borges me castigarían por multiplicar los entes sin necesidad), así que opté por la condición de que debían tratarse de expresiones o conceptos que no tuvieran ya una palabra.

Con un ejemplo quizá se entienda mejor. El castellano no ha encontrado un uso para la combinación de sílabas «senica». No lo ha necesitado, la evolución del lenguaje no ha ido por ahí, no hay raíces que la sustenten. Pero es una palabra perfectamente válida, sencilla, llana, con una estructura casi escolar: consonante-vocal repetida tres veces. Suena a español. Si la pongo en un texto, un lector típico iría a buscarla en el diccionario (sin éxito), cosa que no haría con, por ejemplo, exchekjiar, que, siendo pronunciable, para nada parece castellano, y que el lector entendería que es una errata o una palabra extranjera.

Crear todas las palabras según un algoritmo (tres sílabas consonante más vocal) es una tarea mecánica, y hasta se puede calcular cuántas combinaciones son las posibles. Eso no es difícil. El desafío, lo que lo hace interesante, es tocar a las palabras con una varita mágica para darles un significado. Porque, ¿qué debería significar senica? ¿A qué suena? ¿Qué sugiere?

Las palabras más cercanas son «sínica» y «sónica». Los idiomas funcionan por oposiciones (por eso no se pueden adoptar barbarismos así sin más, ni fonemas extraños de otras lenguas, por más que a Borges le rayara sobremanera que los españoles digamos vikingos en vez de vikings). Ambas palabras son esdrújulas, y sus ámbitos están tan separados que es difícil que surja alguna confusión si se entiende la una por la otra. Senica debería mantener esta ventaja. No debería tener nada que ver con China ni con la física: debería ser una palabra ortonormal a ellas. ¿Qué tal la botánica? Eso valdría. Hagamos que senica sea una palabra relacionada con ese campo de conocimiento.

Ahora viene elegir la categoría gramatical. Sea un sustantivo. Eso significa que ha de ser aplicable a un objeto nuevo que aún no tuviera nombre. Estaría bien para una nueva planta o una asociación vegetal, como es un sabinar. Pero no estamos en la época de los descubrimientos, al menos en las tierras emergidas, cartografiadas al centímetro. Lo mismo para personas o animales: los nombres ya están casi todos cogidos, algunos desde los iberos. En el caso de ideas hay más flexibilidad. Y con los lugares, entendidos en sentido amplio, también.

Por su sonido, por lo que evoca, la palabra senica se convendría (en mi reino de fantasía e ilusión) con «zonas que quedan al descubierto cuando las agujas de los pinos cubren una superficie y hay alguna pequeña elevación, o cuando ha soplado el viento descubriendo una parte del suelo». No tenemos una palabra para esa calva sobre las acículas (y quizá no la necesitemos), pero eso podría ser una senica.

Las palabras se entienden mejor en funcionamiento, viendo su uso en una oración. Podría construirse, por ejemplo, la siguiente frase: «Tras la lluvia, me di un paseo por el jardín y me detuve en una senica, rodeado de las acículas mojadas de los pinos». Mi palabra no se puede confundir con un diminutivo de sena —que como sabe todo el mundo (no creo que lo sepa nadie), es el conjunto de seis puntos en una de las caras del dado— porque un cardinal admite mal diminutivos (infinitucho, o infinituco son hallazgos, sí, pero son derivados, no palabras nuevas). Se puede deducir que senica es algo pequeño, eso sí. La desinencia nos induce a ello. Si es grande, podríamos pensar en emplear una variante, senico. Si hay muchas senicas, que dan carácter al paisaje, hablaríamos de un senical. Y si el área ocupada por la senica fuera minúscula, sería una senicucha.

Hay muchas otras palabras que no puedo aceptar que no existan aún: calama, endula, doleno, tanela, prisno, traleno, o buslana. Son inventos míos, y a todos les he dado un significado. Existe «carama» (escarcha), pero no calama, que he decidido que sea un banco de calamares. Esa sería una visión insólita, porque estos animales no son gregarios, así que la palabra sirve en sentido figurado, como «unicornio», pero con un grado adicional de realismo, porque factible, en principio, es. Calama nos serviría para expresar la idea de algo que sin ser un milagro o un acto de la imaginación resulta poco probable, como el que te toque la lotería porque compraste un décimo presa de una corazonada, de una imagen al azar que te pasó por la mente y en la que te viste rico.

Endula, por su parte, sería la «sensación agradable que le queda a una mujer cuando se libera de una tarea pesada que estaba procrastinando porque quien se la encargó la anula antes de que la haya empezado». La evocación que viene a la cabeza es una mezcla entre el prefijo griego eu-, bueno; y doula, esclava en griego clásico, pero no es eso. Endula suena mucho más autóctono. Por cierto que esa palabra, doula, se emplea por alguna razón extraña para definir el trabajo de una señora que ayuda a una mujer embarazada. Supongo que por ignorancia de su significado.

Doleno he decidido que signifique «mesa larga y maciza de madera con los bordes ligeramente redondeados que sirve para reunir a los amigos en una barbacoa». Si es para sentar a la familia y la madera viene de un encino, la mesa cambia hasta de género y se llama tanela, porque en castellano hay encinas y encinos. Pero si la madera es de encina en vez de encino no se le llama tanelo, como podría pensarse, porque esa palabra la tengo reservada para cuando la mesa es de una casa principal y es sobre la que comen los empleados, ya que un tinelo es el comedor de la servidumbre (es famoso el salón del Tinell del palacio real mayor de Barcelona). El tanelo sería pues la mesa del tinelo, un objeto que iba necesitando un nombre propio. Apuntar que en catalán, un tinelo era un mueble de lujo destinado a guardar la vajilla de los señores y de ahí, por extensión surgió tinell para la sala en la que se situaba, así que todo cuadra.

Un prisno, por su parte, es «el primer canto de la oropéndola por la mañana de un día de invierno en el que hay escarcha en el suelo y el cielo está despejado». Las oropéndolas, es sabido, parece que pronuncian «tengo frío» cuando cantan, y son de un amarillo agradable, orgánico, así que la asociación debió surgir en mi cabeza como la suma de primer rayo de sol, amarillo, con frío y trino, con el añadido de que la pé y la erre juntas son muy sonoras y la palabra es corta. De aquí a renombrar todos los sonidos animales añadiéndoles un contexto o una característica particular solo hay unas cuantas horas por delante, un lápiz y un papel.

Esto de acuñar palabras que deberían existir puede sonar adánico, quizá porque, en rigor, es literalmente lo que es, el nombrar un nuevo mundo, solo que yo lo hago al revés. Aquí, primero pongo la palabra. El significado, si eso, después. Es más fácil (y habitual; es de hecho lo suyo) buscar una palabra para un concepto y derivarla a partir de sufijos, prefijos y raíces griegas y latinas. Lo que yo he llamado endula podría haber sido, atendiendo a la evocación que reflejaba antes, euadoula, más fiel a cómo se han ido construyendo las palabras cultas en castellano y autoexplicativa (significaría «bueno-no-esclava»). Pero ese vocablo a mí me suena menos autóctono y más mecánico que endula. Creo que a Alfonso X le hubiera placido.

Este proceso de inventar palabras lleva un tiempo. Llevo haciéndolo desde niño. Mi diccionario no para de crecer, pero no me da la vida y no puedo dedicarle todo el tiempo que quisiera. Yo le dedico a la tarea al menos los idus de cada mes, día propicio (fasto) para estas cosas, aunque la cosa se acelera mucho cuando preparo una barbacoa con amigos leídos, previamente alcoholizados, y les invito a entrar al trapo. Decirle a un invitado cuando pregunta que qué trae a la comida que se traiga una palabra inventada con su significado es una buena manera de ahorrarle el fastidio de pensar con qué contribuir a la fiesta.

Cuando acabe de compilar mi diccionario, es decir, cuando me canse de este pasatiempo, se lo enviaré a Charo, mi lexicógrafa de confianza, para que haga con él lo que considere. Seguramente me propondrá crear una real academia, una fundación, editar el diccionario y quizá hasta persuadir a todos los de mi pueblo para que las usen, de manera que los del pueblo de al lado no se enteren de lo que decimos y poco a poco podamos irnos separando de una gente que no es capaz de apreciar las incontrovertibles sutilezas de nuestro léxico. Si convenciera a unas cuantas aldeas para que también las emplearan, hasta podríamos acotar un trozo de tierra y reclamar —yo que sé— pagar menos impuestos. Y en tres o cuatro generaciones llegaremos a lo que son ahora los ingleses y estadounidenses: dos pueblos unidos por un mismo océano y separados por dos lenguas. Ahí comenzará nuestra historia.

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11 comentarios

  1. Qué casualidad… ¿no? Hoy escribe Alex Grijelmo en el País sobre palabras
    https://elpais.com/babelia/2026-04-29/diccionario-para-el-aniversario.html
    ¿Os coordináis? ¿Alguien copia a alguien? Por lo demás, este me parece un artículo sublime.

  2. Cuánta sensibilidad, inteligencia y amor por el idioma se marca aquí el compañero. Enhorabuena una vez más, Tapiador.

  3. Dwarfuniverse

    Maravilloso, muchas gracias por los minutos de placer leyendo esta maravilla

  4. Es un texto glorioso, sí. Lo mejor que he leído en mucho tiempo. Lo tiene todo. Pinchad en el nombre para leer más cosas de este chico-señor en la revista. Merece la pena.

  5. ¡¡Grande, grande!! Un artículo de premio, sí señor.

  6. Van der Heevel

    Exquisito, sí. Da mucho placer leer estas cosas entre tanta tontería que hay por ahí.

  7. En Francia, Jean-Loup Chiflet (polifacético autor de libros muy originales y con frecuencia divertidos) publicó en 2002 un Diccionario de las palabras que deberían existir («Mais que fait l’Académie ? Dictionnaire des mots qui devraient exister»), a partir de las más de 2000 respuestas que obtuvo de los lectores del suplemento dominical del periódico Sud-Ouest en el que había organizado un concurso de palabras que deberían existir.

    Dos años antes había publicado «Le dictionnaire des mots qui n’existent pas».

  8. El artículo me ha recordado el glíglico de Cortázar en «Rayuela» (inspirado probablemente por Lewis Carroll, Mariano Brull y Michaux, entre otros), en el que se encuentran palabras inventadas como amalar, noema, clémiso, hidromurias, ambonios, sustalos, incopelusas, grimado, nóvalo, arnillas, espejunarse, fílulas, hurgalios, orfelunios, etc, etc.

  9. Este artículo, por favor, que lo cincelen en mármol pentélico para la posteridad. Le doy el comienzo en latín:

    «Iam ex pueritia, per multa decennia, privatum mihi conficio dictionarium vocabulorum quae in sermone Hispano non reperiuntur, sed quae, ut mea fert opinio, exsistere deberent. Sunt autem coniunctiones sonorum quae auribus Hispanicis iucunde sonant, nihil tamen significant. Quoniam lingua nostra plana esse solet (difficilius enim proferuntur proparoxytona; acuta vero sunt vehementiora), paene omnia verba a me excogitata talem habent accentum, ut continuam pulchramque melodiam servem quam Latinus sermo habuit, quamque Hispanus, ut verum est, magnopere excoluit, vivacitatem illi addens.»

  10. Pues sí, el español suena menos monótono y más vivo que el latín. Es cierto. Gracias.

  11. Ganchelio vendría a ser no tanto un instrumento especializado en la práctica odontología sino la parte decun programa informativo donde se cuelga información hasta cierto punto inútil pero aún no descartaba. Revisa el ganchelio a ver si encontramos referencias sobre la esposa del canciller alemán durante subida por la feria del libro de Buenos Aires.

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