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Por qué Umberto Eco construyó una abadía en una montaña, o las obsesiones maniáticas en los mundos de ficción

El nombre de la rosa (1986). Imagen: Columbia Pictures
El nombre de la rosa, 1986. Imagen: Columbia Pictures

Arquitectura literaria

Existe una razón para que la abadía de El nombre de la rosa esté emplazada en lo alto de una montaña.

El nombre de la rosa vendría a ser el Sherlock Holmes goes medieval de Umberto Eco. Y aquello era algo que la propia novela no se esforzaba ni lo más mínimo en ocultar: estaba protagonizada por Guillermo de Baskerville, un nombre que ya evidenciaba un batido referencial entre ese Guillermo de Ockham que se hizo famoso por inventar una navaja y el título de una de las aventuras de Sherlock Holmes firmada por Arthur Conan Doyle, El perro de los Baskerville. Pero más allá de lo nominal, y entrando de lleno en los modales propios, la obra del italiano también se manifestaba como heredera del detective sin dejar mucho hueco para que la duda entrase a sembrar sus cosas. Guillermo también tenía un Watson caminando a su lado (Adso) y una capacidad para elaborar deducciones certeras de las que hacen que los montadores de posproducción se peleen con una tonelada de flashbacks. El remate de su naturaleza semiclónica y fotocopiada del investigador del 221B de Baker Street lo encontrábamos en la presentación de ambos personajes sobre el papel.

Watson en Estudio en escarlata describía a Sherlock de la siguiente manera: «Superaba los seis pies en altura y era tan excesivamente delgado que parecía ser considerablemente más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes salvo en aquellos momentos de adormecimiento de los que os he hablado y su nariz era delgada, similar a la de un halcón, dando a su expresión un aire de alerta y decisión. Su barbilla era prominente y cuadrada señalando su carácter de hombre intrépido». Mientras Adso en la obra de Eco presentaba al monje franciscano con líneas sospechosas: «Su altura superaba la de un hombre normal y su delgadez le hacía parecer aún más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, la nariz fina y ligeramente aguileña le otorgaba expresión de vigilante, excepto en ciertos momentos de lentitud de los cuales voy a hablar. Su barbilla denotaba voluntad firme a pesar de una cara cubierta de pecas». Lograba así que el lector empezase a tener la sensación de que aquí alguien se estaba pasando de listo un par de poblaciones al copiar en el examen. Pero el propio manuscrito sabía cubrirse las espaldas con soltura al sentenciar que «los libros siempre hablan de otros libros, y cada historia está contando otra historia que ya ha sido contada».

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11 comentarios

  1. Pingback: Por qué Umberto Eco construyó una abadía en una montaña, o las obsesiones maniáticas en los mundos de ficción

  2. He leído sólo la parte de El nombre de la rosa. No debe ser tan invisible el detalle porque lo has localizado.

    • El detalle del cerdo es conocido porque lo menciona el propio Eco en Apostillas a El Nombre de la Rosa, una serie de capítulos breves donde habla de su libro, la inspiración que tuvo, el porqué del título… En ocasiones las Apostillas son muy interesantes: por ejemplo Eco escribía mirando un plano que se había hecho de la propia abadia, con lo cual cuando sus personajes hablan y andan, era capaz de saber en qué sala estaban por lo que habían tardado en hablar.

  3. El más maniático – y a la postre inútil – detalle cinematográfico obsesivo del que tengo noticia se halla en la soporifera Apocalypse Now Redux (un asesinato de remontaje o «como cargarse una obra maestra», convirtiendo un viaje al corazón de las tinieblas en las «aventuras de 4 colegas en barca» y dándole de pasada la razón a los tan denostados tijerazos), en la famosa secuencia de la plantación francesa. Coppola exigió, como se hace en Francia, que las botellas de vino se descorchasen media hora antes de rodar la escena de la cena, para que el vino estuviese ventilado y en su punto (pelota) ! Un detallito que, desprovistos del «odorama» de Polyester, nadie puede apreciar.

  4. Felix Arnaiz Q

    El detalle de la matanza de los cerdos y la razón de la situación de la abadía, lo explica Umberto Eco en «Apostillas al Nombre de la Rosa».
    No hubiera estado de más por parte del redactor el haber dicho la fuente de su información.

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