
Richard Bernstein es filósofo, es de Brooklyn y es un judío ateo. Pero nunca parece ensimismado, ni va de duro, ni pasa el día riéndose de sí mismo. Es lo que uno esperaría de un filósofo judío de Brooklyn. Habla sincopadamente, mueve las manos a gran velocidad y su voz suena como el motor de una avioneta a lo lejos.
Platón, su primer amor, le enseñó que hay una forma de Eros que no es esclava de la belleza de un cuerpo. Uno puede enamorarse del conocimiento, y si lo persigue con el ahínco que el romance presupone, puede llegar a liberarse de la esclavitud de lo concreto. Pero me da que Bernstein también explora la parte literal de lo erótico: saber le pone. Mucho. Y se relaciona con los autores como quien penetra un cuerpo y lo posee para siempre. Cuando vuelve al mundo pasea por los teatros de la ciudad del brazo de su mujer, Carol, con la que lleva paseando ya sesenta años. O arrastra un New Yorker de hace dos semanas y te lo comenta como quien enciende una bengala.
Todo el mundo le llama Dick, y todo el mundo le quiere. Es el filósofo que supo conjugar lo inconjugable. Usted no tiene por qué saberlo, pero en el submundo de la filosofía —la de verdad, no la que te dice cómo ser feliz— existe una guerra a tumba abierta. Por un lado están los continentales, los que usted más o menos identifica como filósofos, porque usted es continental (del continente europeo); griegos, franceses, alemanes, italianos. Es filosofía que a veces flirtea con lo poético y con la inspiración áulica. Esa de la que se suele decir que los filósofos lo complican todo para hacerse los interesantes —como se dice que tal cuadro lo podría pintar un niño de cuatro años—. Luego están los analíticos, o angloamericanos, que sienten un cierto desprecio por la filosofía entendida como un discurso sobre el mundo. Aman el dato. Quieren ser como las ciencias naturales y dialogan con ellas con el mismo afán de precisión. Son positivistas, centrados en la lingüística, en la lógica, en la matemática y en la frontera entre lo psicológico y lo neuronal.
Ambas corrientes se desprecian. Así, en general. Y a pesar de que las cosas han mejorado, apenas se leen los unos a los otros. Dick fue de los primeros en sumergirse en ambas trincheras. Descubrió que en realidad no siempre hablan de cosas distintas, y que bajo la capa gruesa del estilo había preocupaciones iguales y soluciones complementarias. En este submundo, para mezclar a Derrida con Carnap hay que tener huevos. O quizá baste con haber nacido en un barrio judío del Brooklyn de los años treinta.
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