Amor

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Fotografía de Eduard Bayer.

Richard Bernstein es filósofo, es de Brooklyn y es un judío ateo. Pero nunca parece ensimismado, ni va de duro, ni pasa el día riéndose de sí mismo. Es lo que uno esperaría de un filósofo judío de Brooklyn. Habla sincopadamente, mueve las manos a gran velocidad y su voz suena como el motor de una avioneta a lo lejos.

Platón, su primer amor, le enseñó que hay una forma de Eros que no es esclava de la belleza de un cuerpo. Uno puede enamorarse del conocimiento, y si lo persigue con el ahínco que el romance presupone, puede llegar a liberarse de la esclavitud de lo concreto. Pero me da que Bernstein también explora la parte literal de lo erótico: saber le pone. Mucho. Y se relaciona con los autores como quien penetra un cuerpo y lo posee para siempre. Cuando vuelve al mundo pasea por los teatros de la ciudad del brazo de su mujer, Carol, con la que lleva paseando ya sesenta años. O arrastra un New Yorker de hace dos semanas y te lo comenta como quien enciende una bengala.

Todo el mundo le llama Dick, y todo el mundo le quiere. Es el filósofo que supo conjugar lo inconjugable. Usted no tiene por qué saberlo, pero en el submundo de la filosofía —la de verdad, no la que te dice cómo ser feliz— existe una guerra a tumba abierta. Por un lado están los continentales, los que usted más o menos identifica como filósofos, porque usted es continental (del continente europeo); griegos, franceses, alemanes, italianos. Es filosofía que a veces flirtea con lo poético y con la inspiración áulica. Esa de la que se suele decir que los filósofos lo complican todo para hacerse los interesantes —como se dice que tal cuadro lo podría pintar un niño de cuatro años—. Luego están los analíticos, o angloamericanos, que sienten un cierto desprecio por la filosofía entendida como un discurso sobre el mundo. Aman el dato. Quieren ser como las ciencias naturales y dialogan con ellas con el mismo afán de precisión. Son positivistas, centrados en la lingüística, en la lógica, en la matemática y en la frontera entre lo psicológico y lo neuronal.

Ambas corrientes se desprecian. Así, en general. Y a pesar de que las cosas han mejorado, apenas se leen los unos a los otros. Dick fue de los primeros en sumergirse en ambas trincheras. Descubrió que en realidad no siempre hablan de cosas distintas, y que bajo la capa gruesa del estilo había preocupaciones iguales y soluciones complementarias. En este submundo, para mezclar a Derrida con Carnap hay que tener huevos. O quizá baste con haber nacido en un barrio judío del Brooklyn de los años treinta.

Así es como se convirtió en el interlocutor de la filosofía europea en los Estados Unidos, y en el divulgador de los analíticos en el continente. A lo largo de su carrera, Hannah Arendt, Hans G. Gadamer, Derrida y Jürgen Habermas han sido amigos y compañeros de conspiraciones. Y más que nadie, Richard Rorty. Otro Dick.

Con Rorty, Bernstein compartió el amor por una corriente filosófica americana que prácticamente había desaparecido a mediados de siglo XX, el pragmatismo. Es su gran victoria como intelectual: hoy sigue viva. En España hay pragmatistas que son también bernsteinianos. Ojalá hubiera más, es país de esencialistas.

Por si no fuera suficiente, Bernstein es marxista-humanista-heterodoxo. Un progre mucho más progre de lo que los yanquis consideran razonable. Pero sobre todo es profesor. Lleva cincuenta años impartiendo clases ininterrumpidamente, y si bien no es un filósofo genial —solo un cerebro brillante que alimenta una tradición a la espera de algún genio—, como docente es difícilmente superable.

Fue mi profesor y es mi maestro. Discutir con él es discutir con el alma del libro bajo disputa. Hasta le cambia el gesto. Tiene instinto para adivinar exactamente lo que necesitas para explotar, y juega sin escrúpulos para conseguirlo. Te pica, te escucha, te aprieta. Había que calentar el orgullo en la banda antes de entrar en su despacho.

Estamos en su casa y ahora soy yo quien hace las preguntas. Vive en Manhattan, en un apartamento tan grande y bien ubicado que nada más entrar avisa de que es herencia de la familia de su mujer. No hay televisor a la vista. La nevera rebosa y abundan los tuppers con sobras. Y hay muchos libros, claro. Muchísimos.

Después de someterme al interrogatorio de rigor, «¿Todavía quieres dejar el periodismo?», empieza una conversación de dos horas y media absolutamente deliciosa. Y frustrante. Bernstein defiende una manera de hacer y de pensar que siempre está abierta a pensar más y mejor —es maravilloso—, pero justamente por ese motivo se resiste a la afirmación contundente, vertical, definitiva.

A pesar de estar en desacuerdo con él en casi todas las cosas concretas, adoro su aproximación y estoy de acuerdo con él en casi todo lo abstracto. Es una conversación desnuda en la que nunca llegamos a tocarnos del todo.

Es amor.

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[El domingo 1 de noviembre podrán leer la entrevista en Jot Down Smart, con El País en todos los quioscos]

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