Detrás de la casilla blanca, la negra y detrás, la pieza erguida sobre un pedestal; así es el ajedrez, hecho de tiempos y espacios, de maderas nobles y cristales limpios, de estímulos sombríos y anhelos ciertos, nunca perdidos. En la batalla, la contemplación; en la lucha, la belleza. Al ver los torneos de ajedrez de la actualidad nada se puede decir de la estética; más bien poca, casi ninguna. Mesas alineadas con tableros ascéticos y unas piezas sobrias, —hasta sombrías— siempre iguales, vestidas de plástico. El torneo de ajedrez no es lugar para la estética; pero el ajedrez solo, aislado, como puro objeto de contemplación le lleva una ventaja enorme, de más de mil años, lo que le ha permitido toda clase de guiños con amplias referencias a lo bello. Faltaba un artículo que cerrara el círculo de la estética, el tercer ámbito, propio de este juego: la fortaleza y presencia de piezas y tableros. Los otros dos, el del propio juego (el de las jugadas bellas y las ideas profundas) y el de los jugadores y sus presupuestos éticos ya fueron avanzados aquí y aquí. Así es que vamos allá.
Escribir acerca de la estética de las piezas y del tablero de ajedrez resulta gozoso, por lo sorprendente y por la interpretación que se ha hecho a lo largo de los siglos de la multiplicidad dentro de la unicidad. ¿Mande? Me explico. La filosofía griega, observadora de la naturaleza, se hacía la siguiente pregunta: ¿tiene la fisis (la naturaleza) un arjé (sustancia) común? Esta pregunta la experimenté por primera vez en mis años de Bachillerato Unificado Polivalente (nótese la concordancia: «unificado polivalente»), en clase de filosofía y, tras veinticinco años de dedicarme a la ciencia, sigo creyendo que es la pregunta clave de la ciencia moderna, la chicha y la limonada del trabajo científico de cada día, una lucha constante entre principios unificadores y mecanismos específicos, entre la ley natural y la excepción. La ciencia de hoy, muy enfrascada en los avances tecnológicos y en los experimentos dirigidos le presta poca atención, como si no hubiera tiempo para saber si el universo entero, su complejidad y su diversidad, su organización y su desorden, es fruto de la misma cosa.

La idea de una ley natural que rija para todo el universo es una idea curiosamente procedente de la religión: si una deidad ha maquinado los intríngulis de cada átomo, incluido nuestros pensamientos, entonces tiene que haber un plan común, algo que una la variedad de las entidades naturales como derivadas de un diseño premeditado. La ciencia le ha dado vuelta al argumento y, desde Darwin, pone el acento en el hecho de que los patrones comunes proceden de una naturaleza común: en el caso de la biología, encontramos semejanzas entre especies porque todas derivan de un antecesor común; en la física-química, son las propiedades de las propias sustancias, de las partículas que componen los elementos, todas derivadas de un comienzo común en el Big Bang, las que hacen que encontremos los mismos patrones. Y si un planeta «da vueltas» alrededor de una estrella, y así sucede siempre, es porque las mismas leyes, derivadas de la naturaleza del espacio-tiempo, aplican a cada instante. El reciente triunfo científico —humano— de la detección de las ondas gravitacionales así lo atestigua y de ahí, a las piezas de ajedrez, hay solo un paso (obviamente).
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Buen artículo para el esperado cierre, por mí, de la tríada
Falta un ajedrez increible, hecho con objetos reciclados, que pude ver en la edición de Drap’art en Barcelona, las navidades pasadas. Una maravilla de tablero y de piezas!!!