Jot Down Cultural Magazine – La inmortalidad de la belleza

La inmortalidad de la belleza

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Las percepciones son nuestro primer vínculo con el mundo. Cuando vivíamos en la oscuridad (es un decir, en realidad solo estaban vivas nuestras células, pero nosotros, como individuos, todavía no habíamos emergido a la vida) todo rondaba alrededor de la conexión entre nuestro tejido nervioso y cada punto de nuestro cuerpo, lo que llamamos el sistema propioceptivo. Eso era cuando estábamos en el seno de nuestra madre. Ocasionalmente, percibíamos elementos externos: ruidos, música, vibraciones de cualquier tipo y frecuencia. Algunas estaban en la frontera entre lo nuestro y lo de más allá (lo otro, lo externo, el medio) como el flujo sanguíneo de madre que imaginamos como un susurro constante, un flujo de idas y venidas siguiendo el ritmo de diástole y sístole: todo ello era todavía parte de nosotros. Hasta que un día, nacimos.

Yo nací un diez de febrero en el caluroso hemisferio sur. Cinco días y veintisiete años después que mi padre. Pronto, muy pronto, comencé a descubrir la estética (no de un modo consciente, claro, ni sabía entonces ni estoy seguro de comprender todavía qué significa), pero algo se me hizo patente desde muy pequeño: había cosas que me gustaban, que me emocionaban, que despertaban mi curiosidad y mi interés y otras, sin embargo, no lo hacían. El hecho de que mi padre, cinco días y veintisiete años mayor que yo, fuese (y lo siga siendo) un artista con una concepción exquisita de la estética tiene bastante culpa de todo ello. Pero lo que ocurre en la vida de un ser humano para ir descubriendo aquello que da placer y separarlo eficientemente de aquello que es feo pasa por la percepción, personal, intransferible (educable, sí, pero hasta las fronteras de nuestra piel) que nos ayuda a configurar aquello que creemos bello. Como dice la sabiduría popular: pa gustos, colores.

La percepción, ese acto de representar el mundo en nuestra mente se hace con todos nuestros sentidos. A veces hay que desenchufar unos para que salgan los otros: cierro los ojos y oigo mejor y se me eriza el pelo al leve contacto con otra piel. Me quedo quieto, casi sin respirar, e intento escuchar mejor los matices de un cuarteto de cuerdas de Alexander Borodin. También se me erizan los pelos. La belleza nos causa asombro, por lo satisfactorio y lo placentero que resulta observarla, liberando hormonas que nos hacen felices. No la entendemos, no, pero está dentro de nosotros, como si fuera una parte más, un sentido extra, algo extraordinario que nos ayudará a sobrevivir. Los movimientos artísticos que comienzan a aparecer uno detrás del otro a partir del siglo XIX lo entienden de diversas maneras y así lo expresan con énfasis distintos: la luz, el color, lo dinámico, lo insólito, lo fuerte, lo agresivo, lo dulce, lo concreto, lo estimable, lo amable, lo paradójico, lo obvio, ¡lo feo!, lo pobre, lo rico, lo verdadero, lo falso, más y más excusas para artistas de todos los gustos: románticos, realistas, impresionistas, expresionistas, futuristas, cubistas, abstractos, neorrealistas, posmodernos, callejeros, poveras, op-árticos… la lista se extiende y reverbera en el (casi) todo vale de nuestros días. Ese todo vale nace de un artista superior que buscó en el ajedrez lo que no encontraba en otras facetas de la cultura, hablo por supuesto de Marcel Duchamp.

Ya vimos que Marcel estaba tan enganchado con el ajedrez que decidió dejar el arte por los trebejos. Para él, jugar al ajedrez superaba sus ambiciones estéticas y hay que preguntarse el porqué. Formulemos una pregunta acerca de lo que personajes del mundo del arte como el propio Duchamp o Vladimir Nabokov vieron en el ajedrez: ¿qué elementos otorgan al ajedrez la calidad de bello, proporcionándole un matiz estético? Yo tengo varias respuestas que se dividen en tres grupos: (1) las que tienen que ver con el tablero y las piezas; (2) las que tienen que ver con los jugadores; y (3) las que tienen que ver con el juego.

Como hay que empezar por algún lado, empezaré por el final y dejaré las otras dos para futuras ocasiones. Y nada mejor que ilustrar lo que significa la belleza en el ajedrez que la «partida inmortal». Sí, aquella que se vio jugando al replicante en Blade Runner. Un elemento fundamental de la belleza en ajedrez depende de la sorpresa. La mente no está preparada para las jugadas sorpresivas, pero cuando han sucedido, cuando se empieza a comprender por qué se han llevado a cabo, se produce el milagro de lo bello. Es el binomio percepción-comprensión lo que produce belleza. Esta partida tiene muchas sorpresas, unas en forma de sacrificios y otras, menos espectaculares, que parecen flotar sutilmente sobre el tablero.

La partida es una reliquia romántica novecentista en donde los jugadores juegan a divertirse, a pecho descubierto, abriendo líneas y diagonales sin reparos. Veamos jugada a jugada lo que ocurre, como si fuera un partido de tenis: ¡mandoblazo a la T, revés cruzado, drive a la línea, globo para salvarse y remate final! No tengan miedo de los diagramas, son fáciles de seguir: no tengan miedo a encontrar la belleza en el ajedrez. ¡Prepárense, porque vale la pena!

AnderssenKieseritzky, Londres 1851. 1. e4 e5 2. f4 exf4 3. Ac4 Dh4+ 4. Rf1 b5 5. Axb5 Cf6 6. Cf3 Dh6 7. d3 Ch5 8. Ch4 Dg5 9. Cf5 c6 10. g4 Cf6 11. Tg1 cxb5 12. h4 Dg6 13. h5 Dg5 14. Df3 Cg8 15. Axf4 Df6 16. Cc3 Ac5 17. Cd5 Dxb2 18. Ad6 Axg1 19. e5 Dxa1+ 20. Re2 Ca6 21. Cxg7+ Rd8 22. Df6+ Cxf6 23. Ae7++

La partida comienza con un gambito de rey, la apertura romántica por antonomasia. Abre las diagonales de las blancas y la columna f para lanzar un ataque fulgurante sobre la casilla más débil de las negras (f7, la del peón del alfil de rey).

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Las negras utilizan una variante muy agresiva, sacando la dama rápidamente para intentar aprovechar la descomposición del ala de rey de las blancas. ¡Jaque! Las blancas, imperturbables, mueven su rey a f1, olvidándose de que el rey debe enrocarse para sentirse seguro, pero ¡a quién le importa la seguridad cuando va en busca de la inmortalidad! Pues ahora sacrifico un peón, piensan las negras, para quitar presión sobre la casilla f7. Las blancas lo toman y las negras comienzan a maniobrar hacia el rey blanco con su caballo.

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¿Dónde vas? Le preguntan las blancas a la dama negra y la alejan con su caballo. Las negras siguen a la suyo, quieren terminar pronto, pero una dama y un caballo no son suficientes contra la mala posición del rey blanco.

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Las blancas inician el acoso del caballo y la dama negros con sus peones y sacrifican el alfil blanco, dejando que las negras se lo coman en b5, ya que no entra en sus planes de ataque. Lo que importan son las casillas negras. Una pieza menos.

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Pero, ¿qué pasa? La dama negra empieza a verse acorralada; de repente, los peones blancos son muy peligrosos. ¡Retirada!

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Todas las piezas negras, menos su dama, a sus puestos iniciales. Mientras tanto, las blancas desarrollan el resto de sus piezas. ¡Un momento!, las negras han visto algo, parece que las blancas se han olvidado de las torres, ¡a por ellas! Con el alfil amenaza una de las torres; a las blancas no les importa, sacan su caballo y amenazan a la dama negra.

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No hay vuelta atrás, las negras se comen el peón de caballo y ahora ¡amenazan a las dos torres! Pero las blancas siguen buscando la belleza y se adentran en las aguas del mar de los inmortales. Primero colocan su alfil en d6, dejando que las blancas se coman una torre y ahora tienen una jugada bellísima por su quietud, una jugada que justificará la masacre que se avecina. De pronto, calladamente, sin apenas ruido, el pequeño peón de rey avanza una casilla, cortando la diagonal negra que dominaba la dama. ¡Todas las casillas negras alrededor del rey negro están dominadas por las piezas blancas! Todas, menos una. Algo grande aguarda.

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Las negras comen la otra torre. Es hora de pasar a la inmortalidad. Queda un nuevo sacrificio, el que vio Roy pero no vio ni Sebastian ni Tyrell, el sacrificio supremo del ajedrez, la dama muere a manos del caballo y ahora juegan blancas y mate en una. Están a punto de ingresar en el Olimpo de lo bello.

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La posición final es impresionante. Las negras tienen todas sus piezas en casillas ridículas. La dama en a1, el alfil negro en g1, ni sus torres ni su alfil blanco se han movido y los caballos nada pueden hacer. A las blancas solo les quedan dos caballos y un alfil, más que suficiente para crear el canon de belleza del ajedrez universal.

Posición final de la partida inmortal, el canon de belleza del ajedrez

Posición final de la partida inmortal, el canon de belleza del ajedrez

El ajedrez proporciona momentos de belleza excepcional, momentos sorpresivos de sacrificios que parecen imposibles, momentos de descubrimiento, momentos de armonía serena, quedos, recogidos, donde la belleza es parte de la contemplación y momentos de complejidad donde no sabemos cuándo ni cómo ni por dónde, pero intuimos que hay algo bello delante de nosotros.

Durante mucho tiempo me intrigó una frase que mi padre repetía constantemente: la estética es un compromiso ético. Me costaba ver la relación entre estética (la belleza) y ética (la integridad de un individuo). Se trata de una observación filosófica acerca del mundo, de la vida, que viene de tiempos de Aristóteles: los actos estéticos promueven la ética, porque embellecen la realidad. Lo que el gran Emanuel Lasker quiso decir con su famosa frase: «en ajedrez la mentira y la hipocresía no sobreviven mucho tiempo» es, justamente, una y la misma cosa. La belleza (es decir, la ética, la verdad) debiera alumbrar cada segundo de nuestras vidas. Sístole y diástole. Ritmos. Flujos. Armonías. Simetrías. Suspensión en el abismo galáctico. 2001.

16 comentarios

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  2. Genial articulo¡¡¡¡ pero corrige que faltan los diagramas de la 11 a la 15 y has repetido del 17 al 19

    • Hola Pablo, gracias por tu mensaje. Ha habido un error al componer el texto con las figuras… gracias por pillarlo!

  3. No lo veo

  4. Como buen aficionado al ajedrez me alegra mucho encontrar artículos interesantes sobre el tema como es éste. Desde pequeño me fascinó el ajedrez precisamente por su belleza y concretamente por partidas como esta. Uno de los primeros libros que leí y me cautivó fué La Edad de Oro en Ajedrez, una grandiosa colección de partidas del período romántico, llena de partidas espectaculares, muchas de ellas con el Gambito de Rey como protagonista.
    Creo que estaría bien destacar que no se trata de una partida entre aficionados (alguien que no sepa mucho de ajedrez podría pensarlo) sino entre dos de los mejores jugadores de la época, sólo que en esa época buscar la belleza era una obligación, casi una cuestión de honor.
    Lo que me parece muy curioso es que después de tantos años y tantos millones de partidas jugadas siga ocupando, en mi opinión con todo merecimiento, el primer puesto entre las mejores partidas de todos los tiempos.
    Mi jugada favorita? Ése 19 e5!! (para jugadas como esta deberían permitirse más !) es absolutamente impresionante.

    Felicidades y espero ver más artículos como éste.

    Un saludo

    • Gracias por tu comentario Sergi! Hay tambien partidas contemporáneas de gran belleza… ya las iremos viendo!

  5. “La inmortal” de Andersen, una partida muy representativa de la era romántica del ajedrez. En la actualidad es casi imposible jugar así, dada la enorme preparación teórica de los jugadores y la considerable mejora en el arte de la defensa. Quizás el último grandioso ejemplo de ataque espectacular fue la victoria con negras de Anand, ante Aronian, en la edición de 2013 del torneo de Wijk aan Zee, con un remate muy similar al de la célebre victoria de Rubinstein ante Rotlewi (1907)

    • Ciertamente John, pero como bien mencionas hay partidas que también merecen el calificativo de románticas jugadas al primer nivel, con la técnica de hoy en día, aunque son la excepción y no la regla…

      • A bote pronto, partidas románticas entre la súper élite salen muy poquitas, efectivamente: la ya mencionada entre Anand y Aronian (aunque la preparación teórica del indio tuvo muchísimo que ver), la que disputaron en 2009 Morozevich y Vachier-Lagrave (una partida de locos, con una torre enterrada en h7 y permanentemente amenazada por un alfil, creo recordar), y por supuesto, la maravilla de Kaspárov ante Topálov en Wijk aan Zee’99. Esta última ha sido, a mi juicio, la última gran partida esencialmente romántica disputada por un Campeón del Mundo, porque no hubo ninguna preparación teórica y Kaspárov se la jugó totalmente tras obtener una posición dudosa con blancas una vez concluida la apertura. Es más, como se vió posteriormente en los análisis, la defensa de Topálov tras el tremendo sacrificio en d4 era mejorable (Rb6!). De todas formas, a mí me impresionan más aún esas victorias donde no hay sacrificios ni golpes combinatorios tremendos y, sin embargo, un jugador aplasta a otro como un rodillo mediante el juego posicional más puro. Hay ejemplos inmensos (Capablanca v. Lasker, 11ª del match de 1921), Petrosian v. Botvínnik (5ª del match de 1963), Korchnoi v Kárpov (21ª del match de 1978), Kárpov v. Kaspárov (4ª del match de 1985), o Krámnik v. Leko (14ª del match de 2004). Saludos y felicidades por el artículo.

  6. Muy agradecido por el artículo. Como crítica (sin mala leche, no por ello le resto el valor de publicar un artículo tan cojonudo), me sobra un poco de literatura y me falta mucho de análisis, que encuentro muy superficial. Explicado algo mejor brevemente ayudaría a entender más la motivación de las jugadas y la genialidad y belleza estética que reivindica el artículo, con la que estoy absolutamente de acuerdo, por otra parte.
    Por otra parte, en todo el desarrollo de la partida, no me parece tan espectacular adelantar el peón de rey, ya que es bastante evidente que, las negras habiendo movido su alfil, la dama es la única pieza que protege la entrada de caballo en jaque y el mate inminente.

    • Gracias a ti por tu comentario. La inmortal ha sido comentada en tantas ocasiones (y por ajedrecistas mucho mejores que yo!) que ni siquiera me atrevería a intentar presentar un análisis profundo… En cuanto a la jugada e5, no es espectacular, es bella por su quietud en contraste con lo espectacular de las otras jugadas. Pero bueno; pa gustos, colores…

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