
Prólogo
La ciencia está de moda. Es mainstream. Existe un universo de frikis, nerds y geeks que toman las aulas, los bares, las plazas y las ondas hertzianas, e incluso la infranqueable televisión, para divulgar y popularizar la investigación científica. La ciencia mola. Los físicos hacen bromas sobre los ingenieros, al puro estilo Sheldon en la ya mítica Big Bang Theory, la cual se ha convertido en un referente, en una biblia apócrifa del movimiento geek. Se adoran obras como Ready Player One, se democratizan imágenes como la Foto 51 y se portan de manera orgullosa emblemas y símbolos como las diferentes insignias de la Flota Estelar; se visten camisetas con frases transcritas de Carl Sagan o de Charles Darwin. Las promesas de la ciencia ficción diseñan los descubrimientos del futuro, como Julio Verne anticipara en el viaje a la Luna hace ya más de cien años.
Al calor de esta tendencia afloran otros colectivos, algunos complementarios, otros contrarios, muchos de ellos reaccionarios, y unos cuantos intencionadamente confusos, que modelan a su antojo la terminología científica mezclando tecnicismos propios de la jerga especializada con vocabulario new age. Estos grupos incluyen desde negacionistas del cambio climático hasta seguidores de las nuevas religiones druídicas, pasando por combativos líderes que atacan la tecnología que permite construir organismos modificados genéticamente.
Surge la duda razonable de qué piensa esa rara avis que es el ciudadano ilustrado español sobre los movimientos contracientíficos. Nos preguntamos lo que mueve a los feligreses de las pseudociencias a abrazar las terapias mágicas, alcanzando metas nunca sospechadas como la de coquetear con su muerte o la de sus propios hijos. Llama todavía más la atención en una sociedad altamente tecnificada, donde la ciencia envuelve silenciosamente cada una de las rutinas diarias, desde prepararse un café a teclear una dirección en el navegador.
Mientras tanto, el científico asiste asombrado y estupefacto a la eclosión de nuevas pseudociencias (verbigracia las dietas detox), a la redefinición de las antiguas (de la imposición de manos de toda la vida al reiki moderno) o al florecimiento de las de siempre (digamos la homeopatía). Y mucho se ha escrito de cómo los científicos, y los escépticos (que no son necesariamente los mismos), deben comportarse frente a la explosión de las pseudociencias: ignorarlas, ridiculizarlas, perseguirlas, impedirlas…
Lo que sin duda es una obligación del librepensador es averiguar por qué existe tal atracción por las artes mágicas, por qué resultan tan seductoras, por qué cada día se suman más adeptos y se abren más pseudoclínicas con terapias irracionales como las flores de Bach o la bioneuroemoción. Es necesario identificar algunas de las claves que subyacen a este enamoramiento carente de sentido y un tanto suicida.
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Excelente artículo, así como también el de J. Ramon Alonso ( habitual en estas páginas ) enlazado en el penúltimo párrafo.
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¡Gracias!
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