
«He visto que soy muy poco fotogénico, como se dice ahora. Salgo mal en los retratos. Y como me piden muchos, pruebo a ver si me hacen alguno bueno que sirva, además, para los libros, pero no lo consigo», escribía, casi a modo de confesión, Juan Ramón Jiménez el 4 de septiembre de 1935. La fotogenia, como recuerda su amigo Juan Guerrero Ruiz, no era una de las cualidades del poeta, sin embargo, retratarlo en su totalidad y complejidad no era fácil. Y, todavía hoy, sigue sin serlo, pues aún hay mucho Juan Ramón desconocido, en páginas inéditas que siguen sin ver la luz, si bien Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta del poeta y albacea de su obra, lleva años trabajando en la recuperación del legado de su tío abuelo, rescatando del Archivo Histórico Nacional y de la Universidad de Puerto Rico, país donde Juan Ramón moriría el 29 de mayo de 1958, los innumerables manuscritos que quedaron sin publicar. «No sabemos cuántos textos se perderían en el saqueo de su casa en Madrid, pero, en el caso del poeta de Moguer, la pasión y el calor otorgados permanentemente a sus escritos hizo que la obra se preservara en la propia Obra, pudiendo llegar hasta nosotros, viva y en marcha, gracias a editoriales sensibles a la causa», comenta Rocío Fernández Berrocal, responsable de la edición de Historias, el poemario hasta ahora inédito que la Fundación José Manuel Lara —una de las pocas «editoriales sensibles a la causa»— acaba de publicar.
Escrito en Moguer entre 1909 y 1912, casi en paralelo a Platero y yo —escrito entre 1906 y 1912 y publicado por primera vez en 1913—, el poemario Historias forma parte de aquella ingente obra que legó Juan Ramón Jiménez: «Tengo un cuarto grande en esta sala llena de manuscritos», confesaba el poeta, «si por cualquier circunstancia eso se perdiera, yo pienso que habría perdido mi vida». No se perdió esa parte de vida, una vida que para Juan Ramón tenía como principal y casi único correlato la escritura. Y si bien en 1953 le diría al ensayista Ricardo Gullón que «he creado más de lo que pude recrear. He sido vencido: creé más de lo que podía recrear de manera consciente. Esa es mi tragedia», Juan Ramón no pudo dejar de escribir y reescribir, concibiendo la escritura como un proyecto siempre inconcluso y la corrección como forma de creación. Como Borges, el poeta de Moguer parecía no confiar plenamente en la idea de un texto definitivo; «presuponer que toda recombinación de elementos es necesariamente inferior a un arreglo previo», escribe Borges, «es presuponer que el borrador 9 es necesariamente inferior al borrador H ya que no puede haber sino borradores. El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la superstición o al cansancio» y Juan Ramón no entendía la escritura asociada al cansancio. De ahí, la dificultad de fijar el texto en el momento de realizar la edición: «En el caso de Historias, no fue particularmente difícil: si una palabra está tachada, optábamos por la palabra escrita encima —las palabras que él escribía encima a lo tachado siempre eran su primera opción—. Si esta palabra escrita encima del verso también estaba tachada, entonces optábamos por la palabra escrita debajo del verso —Juan Ramón siempre anotaba su segunda opción bajo la palabra tachada—», explica la editora, recordando que no se puede entender la escritura y, por tanto, la obra de Juan Ramón sino como una obra abierta, porque para el poeta el poema era siempre un poema abierto: «Llevo publicados unos dos mil poemas y tengo conciencia de que debo mejorarlos. Para mí corregir es revivir, reviso momentos de mi vida cuando corrijo los poemas escritos en el pasado, y espero que otras personas, cuando los lean, sentirán impresiones análogas a las que yo ahora siento».
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No es de Noguer, si no de Moguer.
Moguer, provincia de Huelva
Bonito artículo
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