Arte y Letras Historia

Ojetes, nunchakus y dioses: los calendarios en la historia

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Louis Calhern como Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Controlar el tiempo es controlar a la gente, y eso lo han sabido desde siempre quienes buscan gobernar a sus semejantes. Por ello la imposición de uno u otro calendario ha sido pilar fundamental a la hora de fijar determinadas ideas. De hecho no era extraño en la antigüedad que cada nuevo rey (o príncipe, o emperador, o caudillo) pretendiese que la historia (la única, la verdadera, la fundamental) empezaba con su ascenso al poder, y lo celebrase eliminando cuantos restos quedaban del pasado. O, en otras palabras, se quemaban libros que recogiesen hechos anteriores, se acuñaba nueva moneda y se inauguraba un almanaque a contar solo desde la Edad Áurea (que coincidía, claro, con la vida del ególatra de turno). Ya ven, lo habitual.

De todo eso sabían mucho los romanos, que no dudaban en datar sus hechos con respecto al momento más importante de toda la humanidad, que no era otro que la aparición de la ciudad. La Ciudad. Roma, eterna e imbatida. Por eso fechaban con la expresión ab urbe condita, que significa «desde la fundación de la ciudad», establecida el año 753 antes de nuestra era. Según esos cálculos a partir del 1 de marzo de 2018 (hasta Julio César ese fue el primer día del año para los hijos de la loba, aunque hubo excepciones) estaríamos en el 2771 ab urbe condita.

No es algo extraño, claro. Cuanto antes reconozcamos que los calendarios y las fechas no son sino una convención (incluso una imposición) cultural antes podremos seguir avanzando en el relato. Que es, se lo prometo, bastante divertido. De paso nos quitaremos absurdas ideas de la cabeza sobre apocalipsis mayas, apocalipsis navajos, apocalipsis hebreos o milenarismos varios. Piensen ustedes que ya hubo ideas de lo del fin del mundo en el siglo I, en el III, al final del Imperio romano, en el siglo VIII, en el año 800… Coincidirán conmigo en que eso le quita épica al asunto, aunque alguno se la quisiera devolver. Silvestre II celebrará la llegada del año 1000 con toda la pompa necesaria, acojonando a un grupo de fieles con todo eso del acabar de los tiempos y salvándoles en última instancia gracias a su piedad. También, cuentan las crónicas, tenía un gólem, una cabeza parlante, dotes adivinatorias y bastante mala hostia. Todo un personaje, vaya. Eso sí, tengan en cuenta que lo del año 1000 era cosa de pijitos, porque de aquellas los campesinos andaban más centrados en si se jodería la cosecha ese invierno o en si aquel bubón tan negro del cuello había crecido bastante…

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7 comentarios

  1. Para desombligarse de la risa. Muy bueno. Nosotros, bípedos en transición, con el problema de nominar la duración en un sistema cósmico dentro del cual nada dura. Una manera democrática sería nombrar los días desde el 1 hasta el 365, este último fraccionado. El año es lo de menos, pero se los podríamos dedicar a personajes históricos aceptados por la gran mayoría. Yo hubiera nacido el 55 del Ratón Mickey mi hija el 9 del Maradona.

  2. Gran articulo, muy interesante. Particularmente me ha encantado la referencia a Sandman y la del calendario del Holoceno.
    Todo sea dicho, tener un calendario que empiece diez mil anyos antes que el nuestro puede resultar muy interesante desde el punto de vista cultural e historico.
    Nos puede dar una perspectiva mas intuitiva de cuanto tiempo hemos sido capaces de crear civilizaciones.

    (perdon por la falta de tildes y enyes, este teclado britanico no se presta a ello)

  3. No fue Carlos II el único que uso el cadáver de Sta. Teresa ¿Quién fue el que tenía su brazo en el dormitorio? y ¿Para qué lo usaba?

  4. Hay incluso calendarios completos de ficción, como el de la Comarca a finales de le Tercera Edad.

  5. Muy buen artículo, pero los chinos no están en el año 4715 simplemente porque no cuentan así los años. En su calendario tradicional se mide siempre como año X del reinado de Y (o, desde nuestro 1911, «año X de la República») y nunca se lleva la cuenta desde un punto fijo (cosa que resulta útil a la hora de quitar o poner reinados de las listas oficiales).

  6. Pingback: ¿Qué le debemos a Roma? – El Sol Revista de Prensa

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