
Los abandonaron en la puerta de la iglesia de los Santos Juanes de Valencia. Era el año 1941, entrando el invierno. Tenían en ese momento: seis, cuatro y dos años. La costumbre, entre mala y desesperada, era que la familia o alguien allegado a ella los traía en tren desde el pueblo en el que vivían o desde algún barrio de la misma ciudad y los llevaban al Mercado Central, que está junto a esta iglesia. En su portada espectacular, les decían a los niños que miraran el pájaro de arriba de la fachada que llevaba una bola de oro en el pico, el Pardalot lo llamaban en valenciano:
—Mira cómo se mueve. Mira la bola que lleva. Estate atento porque la va a soltar y tú podrás cogerla.
Mientras los niños se quedaban embobados mirando, sus porteadores los abandonaban allí marchándose en silencio (1). Era la versión local del abandono de Hansel y Gretel en el bosque.
Cuando comenzaron a llorar a los pies del pardalot algún alma caritativa les preguntó quiénes eran y dónde vivían. El mayor dijo:
—En el camino del sementeri (2).
Pero no sabía decir de qué pueblo. Con esos mínimos datos los llevaron a la policía y desde allí a la Obra Tutelar de Menores.
Les llamaron desde entonces los hermanos Sementeri. Con el paso del tiempo les rehabilitaron el nombre: Luciano, Luisa y Federico. Les dejaron Sementeri como una especie de apodo para el apellido.
Luciano era simpático y desafectado. Hablaba con refranes. Recitaba en voz muy alta las sentencias, como un predicador, lo cual le funcionaba como una barrera de protección contra el mundo. Una vez que le pegó Boni, que era más mayor, le contestó: —¡Las hostias las dan los curas pero no las criaturas!—. Y la verdad es que Boni se quedó hipnotizado con la respuesta y lo dejó en paz.
Cuando esto no funcionaba se ponía furibundo destrozando todo lo que encontraba a su paso. Digamos que tenía la correa de la paciencia muy corta.
Ocho años más tarde, aparecieron los padres de los Sementeri y se llevaron a Luciano, el mayor. No habían dado señales de vida nunca, ni por carta, ni por teléfono, ni en persona durante todo ese tiempo. Dijeron que lo necesitaban para ayudar en casa. A los pequeños los dejaron. Dijeron que no los podían atender.
Meses después lo devolvieron al centro. Dijeron que se portaba muy mal y que no podían con él.
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