
Las apariencias siempre engañan y más en el caso del reconocido escritor y filósofo Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946). Tras su cercana, amable y educada conversación se esconde todo un provocador de vida excitante, testigo y parte del último gran período de vanguardia que ha vivido nuestro país.
Figura insustituible dentro de la poesía experimental española, entre 1964 y 1972 su nombre aparece asociado a iniciativas pioneras como el grupo Problemática 63, la Cooperativa de Producción Artística y Artesana, el Instituto Alemán, el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid o los míticos «Encuentros» de Pamplona.
Tras varios años en la primera fila del experimentalismo, Gómez de Liaño abrazaría una nueva forma de vanguardia a través de sus numerosos libros y estudios de corte histórico-filosófico como Mundo, magia y memoria (1973) y Los juegos del Sacromonte (1975), la novela Arcadia (2017) o los ensayos Filósofos griegos, videntes judíos (2000), Iluminaciones filosóficas (2001), La variedad del mundo (2009), Contra el fin de siglo (2014) o el muy reciente El juego de las salas de salas (2018), siendo El círculo del saber (1998) su indiscutible obra cumbre. En paralelo, Gómez de Liaño ha venido desarrollando uno de los proyectos diarísticos más notables y relevantes de los últimos tiempos, el cual nos da pie a la presente entrevista, con la que tratamos de reevaluar la incalculable aportación al arte y al pensamiento crítico de este aventurero del saber.
¿Sigues llevando un diario personal?
Prácticamente lo he dejado. Sigo teniendo cuadernitos donde voy apuntando cosas y tal, pero, fíjate, en este momento no llevo conmigo ninguno. Ya estoy descuidado. Me toca escribir tanto cada día que los correos electrónicos y otras notas que voy tomando mientras leo vienen a ser ahora mi diario.
¿Cuándo empezaste a escribirlo?
Comencé en 1972 y hasta 1992 estuve escribiendo casi todos los días. Lo hacía con gusto, ¿eh? No era ninguna obligación. Tuve un paréntesis durante mi investigación para El círculo de la sabiduría, obra que publiqué finalmente en 1998, en dos tomos, y que, por cierto, acaba de reeditarse en uno solo. Aquella investigación fue muy exhaustiva y me obligó a mucha concentración. Durante esos años no escribí tanto en el diario, pero después volví a hacerlo. Luego, cuando he hecho viajes a lugares exóticos o remotos, he procurado siempre hacer un diario de estas travesías.
¿Y antes de 1972?
Antes del 72 llevaba agendas. La que iba de julio de 1968 a abril de 1969 la perdí en su momento, pero todavía conservo muchas de ellas. Y papeles donde hacía anotaciones. Siempre he sido muy dado a tomar notas en papelitos y cuadernos.
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