Arte y Letras Literatura

El miedo

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Foto: Graeme Anderson (CC)

Durante muchos años tuve la sensación de que mi vida alcanzaría su sentido en el futuro. Lo que yo iba dejando escrito (las cartas, el diario) era como preguntas que alguna vez tendrían respuesta. Como si su significado último estuviera cifrado y un día fuera a encontrar la clave que me permitiría descifrarlo. Algo así como ascender una montaña, sabiendo que se llegará a la cima, desde la cual se divisará todo: el paisaje, la geografía, el camino recorrido y el lugar que este camino ocupa en el mundo. Lo juzgaba todo desde un punto de vista a posteriori, casi diría póstumo, es decir, desde el resultado; y no conociendo de antemano ese resultado, no conseguía vivir cada momento a fondo y sin reservas, como una realidad plena: todo era condicional.

Preguntas como: ¿Conseguiré ser escritora, y de qué envergadura?, ¿conseguiré encontrar a un hombre y ser feliz con él?, ¿conseguiré tener hijos?, ¿dónde viviremos?, ¿cuánto tiempo nos quedaremos en Madrid y adónde iremos luego?… Y a un nivel más cotidiano, más pequeño, cada cosa que emprendía la realizaba preguntándome en todo momento si me «saldría», desde la novela hasta el tratamiento de fertilidad o cualquier proyecto profesional. Y ahora me doy cuenta de que son preguntas que no se pueden responder nunca, porque toda respuesta es provisional: incluso cuando los hechos resultan definitivos, no tienen vuelta atrás, incluso entonces la interpretación de esos hechos, su vivencia, no deja de cambiar. Lo cual significa que la incertidumbre, que tanto me angustia, no llega nunca a un término, a un puerto, a un punto final. Y paradójicamente, si la incertidumbre es total y permanente, entonces lo único sólido, indiscutible, cierto, es, en cada momento, el instante presente…

Hace veinte años que escribí esos dos párrafos: son extractos de mi diario del sábado 29 de septiembre de 1995 (y por lo tanto del libro publicado por Errata Naturae: Todos llevan máscara, Diario 1995-1996). Creo que ilustran bien lo que ha sido —ya (casi) no— el gran miedo de mi vida: un miedo al futuro que es un miedo al fracaso. Esa cifra que yo estaba buscando, persiguiendo, la que daría sentido retrospectivamente a todo; una cifra que podría resumirse en dos palabras: «escritora» y «feliz», ese santo grial hacia el que peregrinaba, podía escapárseme. Y si a fin de cuentas fracasaba, si no obtenía la felicidad y, sobre todo (porque eso me importó siempre más que lo primero; o mejor dicho, eso, el ser escritora, era una condición indispensable para lo otro: ser feliz), si no conseguía ser escritora, entonces toda mi vida habría sido lamentable, inútil: una farsa. ¿Miedo? No, no era miedo lo que esa posibilidad me inspiraba. Era terror, pánico.  

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2 comentarios

  1. Yo quiero que lo termines. Animo!

  2. Esos miedos están tan bien explicados en tu artículo, son los que me asaltaban en las madrugadas de insomnio de mi juventud. La madurez tiene realmente eso de bueno, que ya no me agobian esos viejos miedos.

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