
Este relato forma parte de nuestro libro Tócate.
Era la medianoche de uno de esos días en los que no había sucedido nada. Tami y Romy eran amigas y yo amigo de las dos. Romy estaba viviendo en mi casa por un tiempo. Recién separada. Tami vivía en Montevideo hacía meses. Le sentaba bien.
Llego a la casa, voy a la heladera y me sirvo una Miller. Romy miraba la televisión en el living recostada en un sillón.
—¡Hola, bebé!
—¡Hola, nena! ¿Cómo fue? —yéndome a mi habitación.
—¡Bien! Grabamos una escena rehot con Claudita y no sabes cómo se pusieron los técnicos —gritando un poco para que yo la oyera.
Debo confesar que sentí un tirón en la bragueta del pantalón. Romy era bellísima, menudita. Por momentos ingenua y provocativa como la Sydne Rome de ¿Qué? de Polanski. Los labios exultantes y esos ojos azules de gata.
Claudita era el mejor par de tetas de toda la ciudad. Imaginarlas revolcándose comenzó a inquietarme. Me hice el desentendido.
—¿Llamó alguien?
—No. ¿Y a vos cómo te fue?
—Se rompió el Protools, así que no pudimos grabar. Un desastre —dije mientras volvía a entrar al living—. ¿Comiste? —pregunté mientras la volví a observar y creo que, por primera vez, la vi. Hermosa, perdida de porro. Allí recostada, era una aparición divina. Esos pechos pequeños y turgentes que se dejaban entrever a través de su remera blanca apretadísima. Por un momento pensé que no éramos amigos.
Me distraje escuchando los mensajes en el contestador y me descolgué de Romy.
«¡¡Hola!! Chicos, Tami aquí desde el océano, vó. Los quiero, los extraño, vengan a visitarme. Llamen, besos en la boca, preciosos. ¡Chau, nena, llamame y así chusmeamos!».
—¿Escuchaste, chiquita? —grito a Romy desde la cocina.
—Sí, vení.
—Llamala, que debe de estar embolada —le doy unos chocolates. Rozamos nuestras manos y, de pronto, con la suavidad de un ángel, me toma de la quijada y me da un beso largo y profundo en la boca. Húmedo, suave, de lengua, sexy. Comencé a volverme loco y me separé.
—Te quiero, loquito. Tengo miedo, no sé qué es. Me dieron ganas de besarte.
—[…]
—Creo que me voy a Montevideo a ver a Tami.
Yo todavía no salía del éxtasis del beso.
—Bien, bien. Está lindo Montevideo, se parece a Rosario, y no tiene esa locura de Buenos Aires; es más provinciana, la gente es más relajada, tienen la Pilsen, la pizza por metro… —digo mientras hago como que acomodo unos libros.
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Grande, Fito! No te mueras nunca. Ni vos ni el rock rioplatense. Para el erotismo está de más augurarle larga vida porque…
Son dolores de la juventud
que no me llevarán al ataúd,
al contrario, es señal de buena salud
Salí flaquita que quiero verte
bajo este otoño porteño
que transforma en sueño
tu vestido florido y si tengo
suerte que tu vieja se borre
verás bien quien es el dueño
de esa piel marroncita y lisa
como la cáscara de un huevo
que no me canso de acariciar
sabiendo que aunque muera
hoy, mañana o ayer naceré de nuevo.