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En los últimos segundos de la Cataluña republicana

Teresa Pàmies dp
Teresa Pàmies. Foto: DP.

No hay mejor homenaje a un escritor ni recuerdo de su legado que no sea leerle. Es lo más recomendable que podemos hacer en el Any Teresa Pàmies con su protagonista. Autora de un libro de memorias que ha servido de referencia sobre la vida en la Barcelona de la guerra civil, Cuando éramos capitanes, más allá de los hechos que constata, es interesante hoy el enfoque que les da. Al igual que con la llegada de la democracia se olvidó la guerra civil, con el regreso del recuerdo de la guerra civil en el siglo XXI se ha olvidado cómo la recordaban sus protagonistas. En la introducción, ella misma refleja que para los jóvenes de los setenta mencionársela era hablarles de «el rollo» y su preocupación ante el panorama era que pudiera repetirse. No hay épica en sus líneas, vivió todo aquello como una tragedia con la contradicción patente de que se trataba de su juventud, sus mejores años de vida.

Lo ocurrido en Cataluña entre 1936 y 39 ha estado siempre en entredicho. No es extraño que se pervierta la historia para hablar ahora de que fue un conflicto entre Cataluña, que era la republicana, y España, la fascista. También es un arma arrojadiza la cifra de muertos por la represión por provincias, que en Cataluña fue menor que en otras zonas como el sur o el noroeste, olvidando que por la frontera francesa salieron en 1939 cuatrocientas mil personas. Muchas de ellas refugiados que fueron acogidos en Barcelona por docenas de miles.

Pàmies habló de esa diferencia entre el frente de Madrid y la retaguardia barcelonesa. Era la primera vez que salía de Cataluña cuando llegó a la capital, solo tenía dieciocho años; la primera vez que estaba en un lugar donde no se hablaba catalán. Notó enseguida la diferencia: «Madrid era esencialmente distinto a Barcelona: la guerra estaba allí y su presencia daba a la ciudad un semblante más grave, menos frívolo y, al mismo tiempo más resuelto a ganarla. En Cataluña teníamos más banderas anarquistas, mayor diversidad de anagramas, más extranjeros con pantalones de golf, más enchufados, más emboscados…»

Sin embargo, el porqué de esta situación, además de por la cercanía amenazante de las tropas de Franco, no era por la idiosincrasia, sino por una situación obvia: «[Madrid] se había liberado de una serie de elementos que, genéricamente, también se llaman pueblo. Habían huido de Madrid, amén de los funcionarios, lo que podríamos llamar la periferia de los ministros (familiares, amigos, protegidos, preferidos, camelistas y otras hierbas), los que buscan el sol que más calienta. Elementos de la picaresca y del monipodio que —en tiempos de sacrificio como los de que la lucha exigía, son más numerosos y repugnantes— habían abandonado la capital».

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2 comentarios

  1. ¿Será posible que lo último que nos queda
    son las lágrimas en este mundo que de
    la Abundancia jamás hizo rito o dogma
    y a todos dio la oportunidad de ser o
    hijos de la luz o hijos de las sombras?
    Que la debilidad sea fortaleza aun en
    las húmedas lágrimas de los humillados.

  2. Pingback: En los últimos segundos de la Cataluña republicana / Álvaro Corazón Rural | Sociología crítica

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