
Este texto ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación científica de Ciencia Jot Down 2019.
Tots els colors del verd sota un cel de plom que el sol vol trencar Tots els colors del verd en aquell mes de maig. (1) Raimon, «El Pais Basc».
Bajo un cielo de plomo que el sol quiere romper se encuentran todos los colores del verde. Estos versos se los dedicó el eterno Raimon a los paisajes del País Vasco, pero bien podrían resonar entre lamentos de gaitas o acompañar acordes de guitarra en cualquier pub irlandés. Y es que el verde lo envuelve todo cuando la naturaleza así lo desea.
Pero, ¿hasta dónde llega este color? ¿En qué momento se confunde con el amarillo por un lado del espectro y con el azul por el otro? Si estas preguntas fuesen fáciles de responder sería difícil explicar que en vietnamita una sola palabra baste para referirse tanto al azul como al verde, mientras que los bororos de la Amazonia distinguen hasta diecisiete variedades de ese color, con sus diecisiete palabras correspondientes.
Queda claro que el verde es un color especial. Sin duda el primero que asociaríamos con la naturaleza, pero, como si esta se hubiese reservado el derecho exclusivo de su uso, nunca le ha ofrecido al ser humano una forma sencilla de lograrlo. Obtener el verde ha sido desde siempre un desafío para los pintores, que han tenido que ingeniárselas para plasmar este color en sus cuadros. Pero antes de saber cómo lo han logrado, veamos primero cómo pinta sus paisajes la mejor de las artistas.
Oinez zelai berdean itsaso bazterrean gailurrak ditut maite eta kresal usaina. (2)
Sorotan Bele, «Amaren besoetan».
Desde la más pequeña de las plantas al más alto de los árboles deben su color a una molécula muy especial: la clorofila. Mejor dicho, a dos, ya que existen la clorofila-A y la clorofila-B. Aunque, si queremos hablar con propiedad, hemos de decir que carotenoides, flavonoides y antocianinas también aportan tonos amarillentos y rojizos que destacan más cuando la molécula verde nos abandona al llegar el otoño.
La clorofila es una molécula muy peculiar. Para empezar, aunque parezca mentira, es químicamente similar a la que tiñe de escarlata nuestra sangre. A diferencia de la hemoglobina, absorbe la parte de la luz visible que corresponde al rojo y al azul, mientras que refleja la luz verde que le otorga su color. Gracias a esta interacción las plantas pueden obtener energía y, de paso, producir oxígeno, lo que nos viene bastante bien para sobrevivir en este planeta. Eso sí, la casi siempre generosa naturaleza ha impedido que la clorofila se use en obras de arte, ya que no se pueden realizar pinturas permanentes. Si pensamos en arte rupestre, a nadie le vendrá el verde a la cabeza. De hecho, los colores primarios en el arte prehistórico son el negro, el rojo y el blanco, logrados de cenizas, óxidos de hierro y arcillas como el caolín, respectivamente. O eso pensamos. ¿Quién nos dice que nuestros antepasados no intentaron reflejar robles y helechos al igual que ciervos y bisontes? Tal vez el tiempo ha condenado esos dibujos al olvido…
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Qué buen artículo, señores! Felicitaciones. Y es sugestivo imaginar que, probablemente el Maestro o Maestra de Altamira haya usado ese color que desvanecería con el tiempo. Hay un verde que al principio me causó gracia por el nombre: verde vejiga. El habitante metropolitano no tiene ocasión de admirarlo, pero quien vivió en el campo y tuvo la oportunidad (horrenda) de ver faenar un animal, sí. Siendo ese órgano el contenedor de la orina (que supongo también sea un compuesto químico), creo que su estructura orgánica tome por contacto ese peculiar color muy apreciado en la paleta de los pintores. Excelente lectura. Gracias.
Pingback: Verde (495-570) - ¡Cuánta Ciencia!