
Mirad entre las naciones, ved y asombraos, porque haré una obra en vuestros días, que, aun cuando se os contara, no la creeríais. (Habacuc 1:5)
El concepto de teoría económica denominado «Frontera de posibilidades de producción» se puede resumir con la frase: queréis cañones y mantequilla, y todo no puede ser. Viene a colación porque, en un momento dado de un conflicto bélico, alguien tiene que decidir en qué emplear los recursos: si en suministrar armamento a sus tropas o en dar de comer a la población; o, dicho de otro modo, en fines militares o civiles. Por suerte, este dilema encierra una amplia gama de grises porque no nos consta que en mitad de una guerra un contendiente renunciara a fabricar cañones y se centrara en aumentar el colesterol de su población con grasa animal.
En esta situación y con el fin de ahorrar tiempo y materias primas (en concreto, acero), en Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial se puso sobre la mesa la aparentemente demencial idea de construir buques de hormigón armado. No se extrañen tanto, los primeros usos de este material cuando se descubrió a mediados del siglo XIX fueron depósitos de agua, jardineras y ¡barcas! El hormigón pesa, pero recordemos que la flotabilidad es función del volumen desalojado; ya saben, Arquímedes en cueros en su bañera rebosante de agua y gritando ¡Eureka! Pero no solo eso es importante: nadie ha pasado a la historia como el audaz diseñador de un portaaviones fabricado íntegramente en corchopán. La resistencia estructural, el comportamiento hidrodinámico, el confort, la estanqueidad, la inflamabilidad y, desde luego, la economía, son otros aspectos a tener muy en cuenta a la hora de diseñar un artefacto que navegue. Y en mitad de la Gran Guerra, con escasez de acero, el hormigón empezó a ser mirado con esperanza: la misma esperanza que se tiene de encontrar pareja para toda la vida en un bar a las cinco de la mañana. Tirando del mismo símil, se aceptó que para dar una vuelta cualquier bici es buena, hasta una de hormigón armado.
En cierta bibliografía se denomina ferrocemento a la mezcla que se emplea para la fabricación de barcos, pero es un término que lleva a confusión puesto que ese material no es hierro y cemento, sino acero y hormigón (lo que llamamos hormigón armado). No lo llamen cemento, por favor: es hormigón armado. Por si hay aún algún despistado, aclaremos que el hormigón armado es un bocadillo de jamón de jabugo. El hormigón es el pan; el acero, el jamón; y el cemento, la harina con la que se hace el pan. Así que recuerden siempre la diferencia que existe entre llevarse a la boca un buen emparedado de pata de cerdo ibérico bien curada frente a paladear un puñado de cereal molido.
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Sí, bueno, nos reímos de esas teorías porque ahora vemos que estaba claro que no iban a triunfar. Pero a Churchill también le convencieron para hacer otra de esas mamarrachadas ingenieriles que resultó ser un enorme éxito. Y es que construir un avión de madera en plena segunda guerra mundial era una frikada. Convencieron al hombre del puro, y salió el De Havilland Mosquito, un pedazo avión que era mucho más ligero, más rápido, con mayor autonomía, y más fiable que sus aviones colegas metálicos.