
Mi padre, por fortuna, manejaba aquella tartana a velocidades más dignas de la tortuga que de Aquiles. Nos costaba tres días llegar desde el mediterráneo hasta las rías, renqueando por las carreteruchas de la España de finales de los 60 —aquel país donde ya no se pasaba hambre pero donde no sobraba de nada— con la misma parsimonia con que discurre la luz entre la Vía Láctea y Andrómeda.
Nadie hablaba aún del calentamiento global, pero no por ello los veranos eran menos tórridos. Cuando viajábamos en Agosto y el calor apretaba, bajábamos las ventanillas para refrescarnos y como nadie nos había dicho que era peligroso, mi hermana Lola y yo sacábamos los brazos fuera del coche y jugábamos a planear nuestras manos en el viento.
Tampoco nos dijo nunca nadie —y en todo caso, con seis años ella y siete yo, dudo que nos hubiera interesado— que aquel aire contra el que se desplazaba el Ondine de mi padre, delataba que era el coche y no el mundo quién se movía.
Hace unos días argumentaba que todo movimiento es relativo. Si uno viaja en un MAGLEV, sin vibración alguna, no tiene manera de saber si es el tren quien se apresura entre Madrid y Valencia o si es Madrid quien se larga a toda prisa, huyendo de la ciudad del Turia. Pero si el viajero baja la ventanilla del tren recibe una bofetada de aire a 300 kilómetros por hora que le informa que es el ferrocarril y no la estación quién se mueve. O, en otras palabras, podemos definir un sistema de referencia fijo como aquel en el que el aire está quieto.
Pero la Tierra —y el Sol y la galaxia— también se mueven y en el espacio exterior no hay aire. Si imaginamos una familia de marcianos viajando en su utilitario espacial bajar las ventanillas no tendrá, asumiendo que lleven bien ajustados sus trajes espaciales, efecto alguno. Si dos turistas siderales se cruzan en pleno cosmos, viajando a bordo de sus respectivas Enterprise, la impresión que cada uno de ellos tiene es la de estar flotando inmóvil en el vacío mientras el otro pasa frente a él a todo Warp. Así que se diría que podemos recuperar la noción de que todo movimiento es relativo siempre y cuando hagamos experimentos en el vacío del espacio.
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Si encuentras un tren que viaje a 300 km/h y puedas bajar la ventanilla, no estás en este mundo.
Los trenes de alta velocidad no tienen «ventanillas» de subir y bajar. Tienen las cristaleras para ver el paisaje… si la velocidad no lo distorsiona, claro.
Pablo.
¡Qué guay, qué guay! ¡Que continúe ya!
Pues, una respuesta de listillo sería aludir a la relatividad diciendo que la luz siempre viaja a la misma velocidad (en el mismo medio), independientemente del punto de referencia; es decir, para la nave Klingon su rayo laser se alejaría de ella a 300.000 km/s y para la nave Enterprise se acercaría también a 300.000 km/s (y no a 600.000 km/s), por tanto el rayo llegará a la Enterprise en el momento justo en la que esta salte al ciberespacio (esto no se si significa que el rayo llegaría a darle o no).
Sin embargo, estamos suponiendo la existencia del éter. En este caso la velocidad de la luz no será siempre la misma, sino que dependerá del observador. Aún así, discrepo en que el rayo láser viaje a 600.000 km/s. El rayo seguirá viajando a 300.000 km/s en relación al éter (pero no en relación a la nave klingon), que es la velocidad que le corresponde en ese medio. El rayo sufriría un efecto Doppler de desplazamiento al violeta. La nave Klingon estaría cerca de romper la «barerra de la luz», en analogía con lo que ocurre con el sonido, el aire y los aviones. EL rayo llegaría en el mismo instante que el salto al ciberespacio. Por tanto el resultado sigue siendo el mismo.
Quizás esta segunda respuesta se todavía más de listillo que la primera, y quizás por ello me merezca meter la pata.
Un saludo.
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