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Paul von Hase fue el gobernador militar de Berlín durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial. Un carguito nada trivial que, a pesar de todo, desde al menos 1938, no le impidió conspirar y conspirar para derrocar a su principal empleador. Es bien conocido que entre cierta aristocracia alemana se consideraba poco menos que un castigo muy obsceno el tener que rendir cuentas ante un cabo austriaco. Es algo muy comprensible en una clase social que tenía por costumbre, al cumplir sus pequeños principitos la tierna edad de doce años, año arriba, año abajo, cascarles un monóculo y mandarlos a batirse en duelo por algún asunto importante —como mofarse del color melocotón de unas medias masculinas— para buscar la serie de cicatrices perfecta que les sirviera de salvoconducto hacia las altas esferas del poder alemán. Generalmente nada tenía que ver en esta inquina hacia Hitler el odio al judío que profesaban este mequetrefe y sus camisas pardas y después negras, ni sus ansias por expandir el espacio vital alemán a costa de cientos de miles de vidas consideradas infrahumanas. Ni Treblinka, ni Mein Kampf, ni leches. Un cabo, un rango que no llega ni a la categoría de suboficial, un mendigo, un advenedizo, gritando y escupiendo órdenes a mariscales de apellido compuesto. El fin de Alemania.
El padre de Von Hase fue médico de la corte de Guillermo II. Su abuelo dedicó su vida a predicar la fe luterana y a ejercer como historiador en una época en que aún era una profesión respetada, pues significaba que podías dedicar tu vida a leer libros y escribir sobre batallas mientras tu sustento dependía de las rentas que tuvieras a bien o a mal cobrar de los arrendatarios que ocuparan tus fincas, ninguna menor que muchas provincias españolas y algunas que se podrían presentar sin rastro de pudor como pequeños virreinatos. Así que con estos ancestros, a Paul no le quedaba más remedio que ponerse muy colorado, casi negro de ira, cada vez que oía hablar de Hitler, y no pudo evitar idear planes locos para, preferentemente, volarlo por los aires en pedazos de dimensiones epsilónicas. Como si Dios existe desde luego tiene muy mala leche, Hitler salió ileso cuando en julio de 1944 le colocaron una bomba literalmente debajo del culo. Y Von Hase, una noche que estaba cenando con Goebbels, fue detenido, juzgado por el tristemente famoso Tribunal del Pueblo del juez Roland Freisler, y ahorcado el 8 de agosto de ese mismo año. Injusticia exprés.
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¡Qué texto más delicioso de leer! ¡Por qué no se cuenta la historia con un humor tan fino como el que acabo de leer!
Vaya poca seriedad y rigor histórico, espero on Stalin hables mejor que de él, pues se nota tu ramalazo de historia oficial del sistema.