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Pickelhaube mon amour o cómo casarse con un casco de la I Guerra Mundial

Pickelhaube
Oficiales alemanes, 1901. Fotografía: Corbis. Pickelhaube

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Paul von Hase fue el gobernador militar de Berlín durante buena parte de la Segunda Guerra Mundial. Un carguito nada trivial que, a pesar de todo, desde al menos 1938, no le impidió conspirar y conspirar para derrocar a su principal empleador. Es bien conocido que entre cierta aristocracia alemana se consideraba poco menos que un castigo muy obsceno el tener que rendir cuentas ante un cabo austriaco. Es algo muy comprensible en una clase social que tenía por costumbre, al cumplir sus pequeños principitos la tierna edad de doce años, año arriba, año abajo, cascarles un monóculo y mandarlos a batirse en duelo por algún asunto importante —como mofarse del color melocotón de unas medias masculinas— para buscar la serie de cicatrices perfecta que les sirviera de salvoconducto hacia las altas esferas del poder alemán. Generalmente nada tenía que ver en esta inquina hacia Hitler el odio al judío que profesaban este mequetrefe y sus camisas pardas y después negras, ni sus ansias por expandir el espacio vital alemán a costa de cientos de miles de vidas consideradas infrahumanas. Ni Treblinka, ni Mein Kampf, ni leches. Un cabo, un rango que no llega ni a la categoría de suboficial, un mendigo, un advenedizo, gritando y escupiendo órdenes a mariscales de apellido compuesto. El fin de Alemania.

El padre de Von Hase fue médico de la corte de Guillermo II. Su abuelo dedicó su vida a predicar la fe luterana y a ejercer como historiador en una época en que aún era una profesión respetada, pues significaba que podías dedicar tu vida a leer libros y escribir sobre batallas mientras tu sustento dependía de las rentas que tuvieras a bien o a mal cobrar de los arrendatarios que ocuparan tus fincas, ninguna menor que muchas provincias españolas y algunas que se podrían presentar sin rastro de pudor como pequeños virreinatos. Así que con estos ancestros, a Paul no le quedaba más remedio que ponerse muy colorado, casi negro de ira, cada vez que oía hablar de Hitler, y no pudo evitar idear planes locos para, preferentemente, volarlo por los aires en pedazos de dimensiones epsilónicas. Como si Dios existe desde luego tiene muy mala leche, Hitler salió ileso cuando en julio de 1944 le colocaron una bomba literalmente debajo del culo. Y Von Hase, una noche que estaba cenando con Goebbels, fue detenido, juzgado por el tristemente famoso Tribunal del Pueblo del juez Roland Freisler, y ahorcado el 8 de agosto de ese mismo año. Injusticia exprés.

Antes de volver a la historia de la familia Von Hase, que es significativa para mostrar los grados de insania que la fidelidad a Hitler llegó a alcanzar, resaltemos el cómico final de la vida de Roland Freisler. A veces el buen Dios sí tiene gracia. El 3 de febrero de 1945, seis meses después de condenar a la horca a Von Hase, Freisler dictaba sentencia contra el teniente Fabian von Schlabrendorff, otro implicado en el complot de julio. «Le mandaría directo al infierno», le espetó Freisler, a lo que el teniente contestó: «con gusto le cedo el paso a usted primero». Y antes de que terminara la vista una bomba aliada cayó sobre la sala, y bajo una columna de granito derrumbada el teniente Von Schlabrendorff vio asomar la mano inerte del juez Freisler, que aún sostenía su expediente. Fabian von Schlabrendorff fallecería en 1980 a los setenta y tres años de edad.

Retomemos la saga Von Hase. El hijo de Paul, muy apropiadamente llamado Karl-Günther, tuvo que volver del frente italiano para probar su inocencia. Consiguió demostrarla, pero fue expulsado del Estado Mayor en enero de 1945 y enviado a combatir a un lugar de Pomerania Oriental llamado Schneidemuhl, donde sus probabilidades de sobrevivir a un Ejército Rojo cuyos efectivos solo se podían calcular empleando la notación exponencial rozaban, según todos los cálculos, incluidos los más fanáticamente nazis, el cero absoluto. Aun así, a pesar de su situación familiar, dentro de su cabezota germana no se planteó ningún tipo de dilema y siguió combatiendo «porque yo era un profesional y era mi deber». Parece que habla de meterle un gol a un equipo de fútbol del que formó parte en el pasado, y no de servir a las órdenes de quien colgó a su padre del cuello hasta morir.

Karl-Günther tuvo suerte. Antes de caer en manos de los soviéticos mandó un mensaje por radio pidiendo contraer matrimonio por poderes con su prometida Renata, que en esos momentos no daba abasto recomponiendo cuerpos nazis en un hospital de Turingia. Un hombre como Thor manda, sí señor. Así que Renata acudió al registro civil y contrajo matrimonio con un casco de acero que, según le indicaron, representaba al novio. Posó la mano encima, suponemos que aliviada porque la pica que hasta 1916 coronaba el Pickelhaube ya fuera un recuerdo del pasado, y juró fidelidad y etcétera hasta que la muerte los separara, una fecha que, en lo que concernía a Karl-Günther, parecía bastante cercana. El joven militar, sin embargo, no tuvo manera de enterarse de que el proceso había llegado a buen fin. Cuando sus captores le preguntaron si estaba casado, Karl-Günther contestó: «No lo sé». Ignoramos cómo le habría ido la vida a la joven enfermera Renata de haberse tomado al pie de la letra su matrimonio y compartido cama solo con un yelmo metálico porque, ¡oh, milagro!, Karl-Günther volvió de su cautiverio con vida, como sospechará cualquiera que haya estado atento a las comillas que resaltan la literalidad de las frases anteriormente citadas. Al oír en su celda de la prisión moscovita de Butikri el sonido de los fuegos artificiales que hacían de banda sonora a los sonoros «¡¡Hitler kaputt!!» de sus guardias, metió la cabeza entre sus brazos y rompió a sollozar.

El ansia de salir de dudas respecto a su estado civil quizás fue lo único que lo mantuvo apartado de unas ideas suicidas que, a pesar de no formar parte de la tradición militar alemana —son raros los suicidios cometidos tras la derrota de 1918, por ejemplo— abundaron entre las mentes castrenses de los más altos niveles de la cadena de mando. Algunos encontraron excusas de lo más peregrinas para levantarse la tapa de los sesos. El general Hesleni, al mando del 3.er ejército húngaro, dejó escrito en su nota de suicidio: «Me quito la vida por razones de salud: un estómago como el mío no sobreviviría al cautiverio».

Mientras tanto, al otro lado del canal de la Mancha, volvía el buen humor entre quien se lo pudiera permitir. Es decir, entre la alta sociedad. En una de las primeras bodas de postín celebradas tras el fin de la guerra, Henry Channon, que como miembro del Parlamento era conocido como Chips, un apodo que se consideraba simpático o ridículo según las fidelidades que se le profesaran al diputado, intentaba competir en ingenio con Emerald Cunard, la famosa socialite, amiga de Wallis Simpson, y —se sospechaba— amante del novelista George Moore y del director de orquesta sir Thomas Beecham. Señaló a los invitados bien encopetados, cargados de joyas y otros complementos no menos preclaros, y dijo:

—Bueno… Por esto es por lo que hemos luchado.

Y ella respondió: —¡No me diga que todos estos son polacos!

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2 Comentarios

  1. ¡Qué texto más delicioso de leer! ¡Por qué no se cuenta la historia con un humor tan fino como el que acabo de leer!

  2. Vaya poca seriedad y rigor histórico, espero on Stalin hables mejor que de él, pues se nota tu ramalazo de historia oficial del sistema.

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