
Los monstruos vienen en todas las formas y tamaños. Algunos son cosas que las personas temen. Algunos otros son cosas que antes atemorizaban a las personas. Algunas veces, los monstruos son cosas que las personas deberían de temer, pero que en realidad no lo hacen.
(Neil Gaiman, El océano al final del camino)
Esta es una historia tradicional —de las de introducción, nudo y desenlace— pero para sumergirse en ella lo primero que van a tener que hacer es olvidar. Olvidar que alguna vez fueron niños y leyeron los cuentos de los hermanos Grimm. No se deshagan de todos, no hay para tanto. Vayan a ese lugar inexacto donde están clavadas las cosas que fuimos y borren el recuerdo que lleva por nombre «Juan sin miedo», para dejar rehacer al narrador.
Érase… dos veces, porque esta historia sucede en dos tiempos, y tiene dos protagonistas: un hombre y una mujer. No, no es una historia de amor, porque ellos nunca se conocerán. De hecho, ni siquiera habitan el mismo plano de realidad. Comparten, eso sí, que ninguno tiene nombre. Ni miedo.
Él es hijo de mil padres, un bastardo del folclore. Su concepción fue fruto de incontables encamamientos de su madre, la tradición oral europea, con trovadores de medio continente, quienes diseminaron la historia del pequeño y de su especialísima cualidad: era incapaz de sentir miedo. Y aunque desde Eslovenia (The Boy who Searched for Fear), Rusia (The Fearless Merchant’s Son), Sicilia (The Fearless Young Man) y hasta Turquía (The Boy who Found Fear at Last) se reclama la paternidad del retoño —que tiene cara de cuento popular—, solo cuando llegó a España se le bautizó. Recién llegado de Alemania como The Story of a Boy who Wanted to Learn Fear, le cascamos un «Juan» y dimos por bueno lo que dos venerables señores (a la postre, Jacob y Wilhelm Grimm) decían de él. No había por qué desconfiar de la mágica y esponjosa epopeya que narraban, donde el muchacho emprende una aventura para conseguir experimentar el miedo, con ogros, princesas y un final de los que empujan al crío hasta la vigilia y no hasta la pesadilla. O quizás sí.
Ella, que tampoco tiene nombre, nació en Kentucky hace los suficientes años para hoy promediar la cincuentena. No hay nada en su infancia digno de ser fabulado, salvo dos o tres cosas que la obligaron a recordar: la vez que se refugió en los brazos de su madre, aterrorizada por el pertinaz ladrido de un dóberman, aquella noche que durmió junto a su hermana mayor huyendo de la oscuridad o esa broma estúpida del hermano en un cementerio y el llanto que duró horas. Fragmentos de detalles sepultados en la memoria que se volvieron importantes en 1994 cuando, ya convertida en madre, empezó a ser vista con recelo, comenzando su destierro de la normalidad. Era compasiva cuando había de serlo, severa en el castigo, jubilosa en los domingos, pero algo no encajaba. El tiempo le fue peinando una particularidad que se hacía ver en pocas ocasiones y sobresaltaba a quienes creían conocerla. Sus hijos se extrañaban cuando les apartaba del camino serpientes con las manos desnudas. Sus hermanos se ofuscaron cuando tras sufrir desagradable episodio de violencia domestica no lloró ni sembró de cerrojos la puerta principal, ni siquiera colocó un arma bajo la almohada. O loca, o estúpida.
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Sorprendente e interesantísimo
Con razón dicen que el auténtico valiente no es quien no siente miedo, sino quien no se deja arrastrar por éste.
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