
Enamorado de la politesse a la francesa, Lord Chesterfield describe París como «refugio de las Gracias»; menos impresionado, Horace Walpole simplemente la verá como un amontonamiento de «casas sucias, calles feas, tiendas aún peores e iglesias llenas de cuadros malos». Quizá haya que tener la libertad de espíritu de un Walpole —gran presencia dieciochesca— para deplorar París en tales términos, pero a lo largo del tiempo no fueron pocos los viajeros ingleses que acusaron el desfase entre sus expectativas de belleza entresoñada y una realidad continental mucho más áspera. Así, si «el inglés común» emprendía su voyage en Italie sin más propósito que «arrancar un racimo de la parra con sus propias manos y que una muchacha de ojos negros le sirva el Falerno», Hazlitt, ante las grandezas de Roma, constata con decepción que «el olor del ajo prevalece sobre el olor de la antigüedad».
Tal vez no fuera el caso de los prohombres citados, pero, ante la imposibilidad de volver del continente con una educación sentimental, muchos británicos iban a regresar con unas bubas sifilíticas. Era, sin duda, la penitencia debida después de cambiar «las arboledas, los ríos y las praderas» de la dulce Inglaterra por «ese horrible país llamado extranjero». Y ya desde el primer aliento del Grand Tour, allá entre los siglos XVII y XVIII, el estamento moralista de las islas no dejaría de arremeter contra el exceso de aquellos milordi que, tras darse a «vinos extranjeros y putas extranjeras», aún podían llegar a la iniquidad de «besar los pies del papa».
Sería tentador reducir la censura a clérigos tronantes, pero la polémica iba a tener el empaque de un debate nacional: Constable intentó disuadir a sus discípulos de peregrinar en pos de los restos clásicos, e incluso Adam Smith se mostraría contundente: «el típico viajero joven», escribe el escocés, «regresa a casa más presuntuoso, más amoral, más disipado y más incapaz de aplicación» que de haber permanecido en Gran Bretaña. Es el continente como lugar de perdición, y el cliché estaba destinado a conocer tan larga fortuna que, ya avanzado el XIX, el príncipe Bertie cruza el canal y la prensa lo dibuja en el trance de abandonar a la matrona Britannia por una ramera francesa. De la Corona a las gentes del común, Frances Trollope condensa las percepciones con el diálogo de dos londinenses al poner pie en Calais: «¡Qué horrible olor!», se queja el joven; «Es el olor del continente», aclara el preceptor. A saber si no era aquel olor a ajo que sintió Hazlitt en Roma y Victoria Beckham en Madrid.
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Exquisito.Desde que tuve la fortuna de leer Pompa y circunstancia, Ignacio Peyró es para mi un referente de la cultura británica. He leído todo lo que he podido de él, ‘Comimos y bebimos», ‘la Vista desde aqui», ‘lo mejor de ambos mundos»,sus traducciones y prólogos, como su primorosa traducción de «el rector de Justin» de Louis Auchincloss o prólogo al libro de artículos de Augusto Assía. Todos ellos extraordinarios.
No espero levantar cabeza de las páginas de su próximo libro al que estoy deseando hincar el diente.
«Mirar de frente al triunfo y al desastre, y tratar por igual a ambos impostores…» De eso se trata en la vida, y de decisión.
Un cordial saludo.
«Había algo en la increíble estupidez de los ingleses que al Kommandant van Heerden le resultaba atractivo. Apelaba a algo profundamente enraizado en su propio ser.» Me temo que el personaje de Tom Sharpe no es el único. Espero que el brexit enseñe algo a tantos anglófilos.
A mí siempre me ha parecido que a los ingleses hay que darles de comer aparte. Y teniendo en cuenta que comen cosas como el fish and chips, hamburguesas o pastel de riñones, sólo puedo añadir: con su pan se lo coman.
Esto me ha recordado muchísimo a algo que sucedió en Londres en la década de los sesenta, en plena beatlemanía. Un amiguete nuestro llevaba un tiempo allí trabajando para una editorial como dibujante; el caso es que ligaba bastante y le pusimos sobre la pista de una de las chicas guapas de la editorial, pero eso sí, le insistimos mucho en que era masoquista y lo que más le enloquecía era que después de correrse, su amante le disparara una batería de pedos en plena cara. El caso es que nuestro amigo acabó creyendo este cuento ¡y llevándolo a la práctica! Cuando nos contó la cara de estupefacción de la desmoralizada inglesita que no podía dar crédito a lo que el guapo español hacía después de… ¡Ah! ¿Pero es que tú no eras masoquista…? Estuvo algo cabreado con nosotros durante algún tiempo pero al final, nos reíamos todos juntos como hienas.
Hay que ser lo bastante asqueroso, infantilizado, impresentable y estúpido como para encima vanagloriarse.
Pero mari, ¿es que tú lo has probado? No seas amargada, mujer y ábrete a nuevas experiencias.