
Este texto ha sido finalista del concurso DIPC–LSC en la modalidad de ficción científica de Ciencia Jot Down 2020.
En el año 1930 las sociedades europeas se agitaban tensionadas por el oleaje de la Gran Depresión y comenzaban a asomarse al abismo del totalitarismo; el despiadado dictador Leónidas Trujillo «el Benefactor» se hacía con el poder en la República Dominicana; Clyde W. Tombaugh descubría la existencia de Plutón; y John Scott Campbell publicaba el relato «The Infinite Brain» en el número de mayo de la revista estadounidense Science Wonder Stories. En este relato, el científico Anton Des Roubles ha sido capaz de construir un mecanismo que replica los procesos de su cerebro y se comunica por escrito con Gene, la narradora, a través de una máquina que contiene su pensamiento y personalidad; porque Anton Des Roubles ha fallecido.
Cuatro acontecimientos que van de la universalidad al pequeño suceso, de la realidad más dura a la ficción extrema. Al menos por ahora.
Son las nueve de la mañana de un viernes de enero del año 2080. Los asistentes a la reunión del consejo de dirección de la compañía paneuropea a la que acaba de incorporarse Antonio van llegando con aire tranquilo. Cogen sus cafés del dispensador, y algunos se atreven con un sándwich o con unas galletas. Pasados los quince minutos de cortesía, ven como el director general enciende el proyector 3D y un holograma se alza sobre el centro de la gran mesa de reuniones. Aparecen el programa del día con los diferentes puntos a tratar y la figura del décimo primer asistente: el anterior director general de la compañía, fallecido hace apenas un año: el señor B. Se le ve feliz de estar ahí; su opinión continúa siendo fundamental.
«No, claro que no tomaron su cerebro y lo mantienen vivo de manera artificial. No es eso, Antonio. Lo que han hecho ha sido replicarlo, emularlo para guardarlo en un servidor».
Antonio H. es el nuevo responsable de manipulados de Water Textiles SA. Mientras le explican esto, sorbe café y mira hacia al diminuto proyector que le ha permitido presenciar lo que hasta ahora había visto como un gran avance científico-técnico anunciado en revistas y programas de televisión.
El campo de estudio del cerebro humano es vasto y esperanzador. Enfermedades neurodegenerativas, malformaciones cerebrales, epilepsias, tumores, y tantos otros tipos de dolencias que podrían tener horizontes de cura o de tratamientos que mejoren sustancialmente la vida de los pacientes. Al final del pasillo el transhumanismo más procaz se está frotando las manos. La emulación o transferencia mental que han tratado en su obra de ficción Clarke, Asimov, David Brin y tantos otros, parece estar llegado. Y ahora sobrevuela algunos aceleradores de startups tecnológicas como una nueva y gigantesca oportunidad de negocio. Un game-changer. Pero no es un cambio de paradigma, es una detonación nuclear.
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